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Por la paz y la sobrevivencia
Las
obras de Ennegro cautivan por su calidad, por su
colorido, por el mensaje que lleva implícito cada pieza,
por el ambiente mágico religioso que las envuelve, pero
más que por todo eso por el esfuerzo incalculable que
realizan sus integrantes en la confección de cada obra.
Magaly
Cabrales |
La Habana
Desde
las lejanas y casi desconocidas regiones orientales de
Pilón del Cauto, Barrancas, La Clarita, Ramón de
Guaninao, Contramaestre y Palma Soriano llegó a la
Octava Bienal de La Habana un clamor por la paz, la
sobrevivencia, la igualdad entre los hombres, la
soberanía de los pueblos y un no rotundo a la guerra, en
las obras del grupo Ennegro.
A estos
creadores de la Plástica cubana tuve la dicha de
conocerlos en el marco del Festival del Caribe,
celebrado el pasado mes de julio en Santiago de Cuba.
Por estos días conversé nuevamente con ellos en la Casa
de la Cultura de Alamar, donde se encuentran expuestas
sus obras. Estas conforman la exposición denominada
Mamá Tierra y lo primero que llama la atención en
ella es la calidad que ha ido ganando el grupo en cada
una de sus creaciones.
Así, en
la explanada que da acceso a la entrada de la Casa de la
Cultura, una gigantesca paloma como símbolo de la paz y
nuestra enseña nacional representando nuestra cubanía,
dan la bienvenida a los visitantes a la exposición.
Ambas obras fueron realizadas utilizando pedazos de
rocas y piedras policromadas extraídas de las playas que
circundan el Reparto de Alamar. El tamaño de estas obras
y el material empleado en su ejecución hablan ya del
esfuerzo de sus creadores, quienes se crecieron como
gigantes para dejar montada en solo siete días una
exposición, cuya complejidad no obedece solamente al
número de obras expuestas, sino también a la dimensión
de cada una de las piezas.
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Ya
dentro de la instalación sobrecoge a los visitantes la
representación mística de Mackandal, cuya mirada
iracunda sentencia el proceder de algunos hombres
empeñados en esclavizar a sus semejantes. Al propio
tiempo aquel brazo que le fuera cercenado cuando
finalmente resultó presa de sus captores después de
algún tiempo escondido en parajes haitianos como
cimarrón, aparece enérgico clamando por la libertad que
a él le fue negada y del tronco modelado semejando el
brazo brotan un sinnúmero de ramificaciones que no son
más que los seguidores de Mackandal; los frutos de
aquella semilla en la cual se convirtió aquel negro
esclavo. Las cadenas, sin embargo, continúan atando a
Mackandal y a quienes le sucedieron, como atados están
también a la banalidad, a la envidia, al afán de
riquezas la mayoría de los hombres que forman parte del
mundo actual.
Muy
cerca del esclavo rebelde aparece representado en huesos
de animales de gran tamaño el dios Baon Sadí. Es uno de
los tantos dioses o loas que conforman la religión vudú.
Su residencia es el cementerio y por ello su
representación, semejando un ancestral dinosaurio,
aparece rodeada de cruces. Pero al propio tiempo, las
gigantescas patas del animal se apoyan en una mariposa,
la cual es sinónimo de vida para los practicantes de la
religión vudú. De este modo los artistas de Ennegro
significan la muerte como la concibieron sus ancestros
haitianos: una prolongación de la vida.
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Asimismo, el llamado a la conservación del medio
ambiente está implícito en varias creaciones del grupo.
Esta reiteración no resulta en modo alguno casual, pues
justamente es en la naturaleza donde se encuentra el
basamento fundamental de la obra de Ennegro. Para
estos artistas de la Plástica la naturaleza es algo
maravilloso y vital que el hombre, sin embargo,
destruye implacablemente. Así lo representan en una
obra donde una muñeca negra, de producción industrial,
aparece con los ojos vendados mientras sostiene en sus
manos un ente vivo que semeja un corazón. A los pies de
la muñeca, se esparce la tierra árida y de ella brota
solamente hierba mustia y palos secos. No obstante,
para demostrar que todavía el hombre está a tiempo de
salvar la naturaleza y con ella su propia vida, fueron
dibujadas con piedras sobre la tierra algunas hojas de
plantas.
El tema
de la guerra aparece también representado en varias
obras. Con ellas demuestran, al decir de sus propios
creadores, que el vudú es una filosofía militante que no
se circunscribe solamente a la naturaleza, sino que
además abarca a todo aquello que vaya en contra de la
preservación de la vida sobre la Tierra. Tal es el caso
del uso de las armas. A ellas los integrantes del grupo
Ennegro han dicho un no rotundo con unas siete piezas,
entre las cuales sobresale la que refleja al primer
mundo lanzando un anzuelo para atrapar a la humanidad
inocente, representada en una pequeña e insignificante
muñeca. A ese mundo desarrollado, que descansa sobre un
gran juego delineado en el piso con arenas policromadas,
es al que pertenecen los cañones y las alambradas y el
que es causante, además, de la muerte de miles de seres
humanos identificados con una mujer afgana que apoya una
mano sobre una gigantesca lápida. Condenando a ese
mundo cruel la mirada pueril de un niño, casi
desesperanzada, se pierde en lo infinito, al tiempo que
un arpa clama por la armonía y dos grandes muletas
indican el modo en que anda el mundo que nos ha tocado
vivir.
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Constituyen estas solo algunas piezas de las veinte que
conforman la exposición Mamá Tierra del grupo
Ennegro. En todas ellas la tierra es, en efecto, el
elemento representativo y a partir de la cual surgen
todas las formas de vida. Utilizada en su color natural
o matizada en una gama infinita de colores, imprime
autenticidad a las creaciones de esta agrupación
santiaguera, en cuyas obras pueden apreciarse también el
uso de otros materiales ofrecidos bondadosamente por la
naturaleza como troncos, tallos, raíces y ramas de
árboles, además de rocas, piedras y cera. Sin lugar a
dudas son todos recursos muy naturales, con los cuales
los 22 integrantes del grupo Ennegro se han estrenado en
una Bienal, ganándose la admiración de los capitalinos y
de quienes participan en esta Octava edición.
Las obras de Ennegro cautivan por su calidad, por su
colorido, por el mensaje que lleva implícito cada
pieza, por el ambiente mágico religioso que las
envuelve, pero más que por todo eso por el esfuerzo
incalculable que realizan sus integrantes en la
confección de cada obra. A simple vista pudiera parecer
un arte rudimentario sobre todo si se tienen en cuenta
los materiales empleados. Sin embargo, hay tanta
dedicación, tanta maestría, tanta precisión, tanto
talento detrás de cada pieza que nadie puede poner en
duda de que en la obra de este joven colectivo hay mucho
más que arte. |