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ALCA
en Miami
MIAMI, CAPITAL DE AMÉRICA LATINA
Jesús
Arboleya Cervera|
La Habana
Miami aspira a que
con el establecimiento del ALCA se oficialice su
pretendida condición de capital latinoamericana. Si no
lo es por razones de cultura, identidad e historia, bien
pudiera reclamar esta condición debido a su papel en la
relación existente entre la oligarquía latinoamericana y
Estados Unidos.
La mayoría del
comercio norteamericano con América Latina se realiza a
través de los puertos y aeropuertos miamenses. Más de 1
000 vuelos semanales enlazan a Miami con el
subcontinente y en esta ciudad radican las oficinas para
América Latina de más de 550 multinacionales
norteamericanas. En Miami están asentados 99 bancos,
donde se deposita buena parte del capital privado que
emigra de la región. Allí se brinda asesoría legal y
técnica a los inversionistas latinoamericanos y se lava
el dinero procedente del tráfico de drogas, la venta de
armas y otros negocios ilícitos, para los cuales la
ciudad es uno de los principales centros de operaciones
del mundo.
En Miami están
establecidos los dos grandes gigantes televisivos en
español del continente, allí se produce la música
comercial más consumida, y la ciudad ha devenido el
núcleo político de la derecha latinoamericana.
Cualquier intento de modificar la relación de
dependencia de América Latina con Estados Unidos sabe
que tendrá en Miami el nido de sus adversarios, y aquel
es lugar de refugio para cuanto político derechista cae
en desgracia, por lo que todos se preparan de antemano
para tal eventualidad.
La derecha
cubano-americana es la principal beneficiaria de este
estado de cosas. El control que ejercen en la ciudad la
convierte en un enlace natural entre la oligarquía
latinoamericana y el establishment
norteamericano. Sería un error suponer que la derecha
cubano-americana se ocupa solo del problema cubano, ya
que su participación es muy activa en otras áreas de las
relaciones de Estados Unidos con América Latina. Tiene
sus antecedentes en el papel contrainsurgente
desempeñado por los emigrantes cubanos contra los
procesos revolucionarios de las décadas del 60 y el 70
y, con posterioridad, asumiendo un carácter más integral
en la actividad contrarrevolucionaria desplegada contra
Nicaragua, El Salvador y ahora contra Venezuela, para
citar los casos más sobresalientes.
En la actualidad, el
papel de la derecha en la política de Estados Unidos
hacia América Latina se incrementa, como resultado de
los compromisos de la administración Bush con este
sector y la falta de prioridad que el gobierno le ha
concedido a la región debido a los problemas que
enfrenta en otras partes del mundo. Este vacío ha sido
llenado por los intereses cubano-americanos y ha
originado lo que algunos críticos de la administración
han denominado la «cubanización» de la política
latinoamericana de Washington.
No se trata solo de
la participación de cubano-americanos en el diseño e
implementación de esta política, la cual es de por sí
muy activa, sino de utilizar a Cuba como punto de
referencia y factor de presión sobre los gobiernos del
área, los cuales han llegado a definir su grado de
independencia a partir de la política que asuman
respecto a Cuba. Ello ha originado conflictos en la
relación bilateral de Estados Unidos con algunos de
estos países y la reacción de rechazo de diversos
sectores del área, ya sea porque son solidarios con
Cuba, porque se sienten ofendidos ante tal intromisión o
porque ven afectados sus intereses, debido al carácter
extraterritorial de estas imposiciones.
Tal parece que, más
que actuar, Estados Unidos se encuentra en una fase de
observación de lo que está ocurriendo en América Latina,
en la esperanza de poder controlar la situación sin
necesidad de una intervención burda que ponga en crisis
los mecanismos de dominación supranacionales
existentes. El desgaste que constituye la priorización
del tema cubano se aprecia cada año en los esfuerzos que
realiza por lograr una condena a Cuba en la Comisión de
Derechos Humanos de la ONU y en el aislamiento en que lo
coloca su política de bloqueo económico.
Para la extrema
derecha cubano-americana todo forma parte del mismo
paquete. De la intransigencia con Cuba depende el
mantenimiento de estos grupos, la preponderancia
alcanzada en el sur de la Florida y el protagonismo
desmedido que han alcanzado en la política exterior del
país. En ello, a su vez, radica su eficacia como puente
con el establishment norteamericano. La
permanencia de gobiernos de extrema derecha en América
Latina constituye un prerrequisito indispensable, toda
vez que se trata de aliados históricos. Abogan por el
neoliberalismo, porque no son otra cosa que los
representantes de las transnacionales norteamericanas en
el área.
Otto Reich, el cubano
asesor presidencial para asuntos de América Latina, no
es solo un instrumento ideológico y político de la
extrema derecha cubano-americana, sino también su
representante comercial. De hecho, desempeñó este cargo
oficialmente en la Florida antes de que Reagan lo
colocara al frente del famoso experimento de «diplomacia
pública» que explotó con el escándalo Irán-Contra.
Después trabajó para estos intereses como embajador en
Venezuela —lo cual explica su antipatía por el gobierno
de Hugo Chávez— y más tarde fue cabildero de Bacardí en
Washington, así como promotor de la ley Helms-Burton,
diseñada en función de las intenciones restauracionistas
de la antigua oligarquía cubana.
América Latina es una
región en estado de ebullición, cuyas causas no dependen
de la Revolución cubana, sino que son el resultado de un
sistema de dominación en crisis. Con el fin de la
guerra fría, Estados Unidos creyó estar en condiciones
de imponer el neoliberalismo y controlar la región
mediante los mecanismos de la democracia
representativa. Pero el sistema neoliberal debilitó a
los gobiernos nacionales, limitando su capacidad para
lidiar con los problemas domésticos que ese mismo
sistema genera. En algunos casos, las demandas populares
por reformas se han canalizado por medio del acceso al
propio aparato gubernamental, como en Venezuela, Brasil
y Argentina, generando contradicciones más o menos
intensas con Estados Unidos, que se enfrenta al dilema
de respetar las reglas del juego o violentarlas, como
ocurre ya en Venezuela. En otros, cuyo ejemplo es
Bolivia, las contradicciones apuntan a la integridad
misma del régimen.
La obsesionada
intransigencia de Estados Unidos frente a Cuba agudiza
las contradicciones en el plano interno, y a escala
continental debilita aún más a los gobiernos
subordinados y afecta la capacidad de diálogo del
gobierno norteamericano con los diversos sectores en
pugna, sobre todo cuando se trata de una política
cuestionada dentro de su propio país. Ubicado en el
polo de la extrema derecha, Estados Unidos convierte al
centro y a la izquierda latinoamericanos en sus enemigos
irreconciliables.
Quizá no pueda ser de
otra manera, ya que responde a la naturaleza misma del
sistema norteamericano. De ser así, Estados Unidos no
tendrá otra opción que recurrir a la más despiadada
represión para frenar los cambios que impulsan las masas
populares. El tiempo de las dictaduras militares puede
no haber terminado, mucho menos el de revoluciones.
Entonces Miami podría aspirar a mantener el lugar que le
corresponde como capital de la contrarrevolución
latinoamericana. Para ello sí pueden contar con la
extrema derecha cubano-americana.
Tomado de
Progreso Semanal |