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EL PUEBLO ARMADO
 
Carlo Frabetti| Madrid

La última vez que estuve en Iraq, en enero de este año, lo que más me impresionó y no solo a mí: todas las personas que estuvimos allí durante las semanas previas a la invasión, coincidimos en este punto fue la sensación de absoluta normalidad que se respiraba en las calles, en los mercados, en la universidad...

Algunos medios occidentales dijeron entonces que el gobierno iraquí engañaba a la población negando o minimizando el riesgo de ataque, para evitar que cundiera el pánico o que se produjeran reacciones de apoyo a los invasores. Nada más falso. Los iraquíes tenían muy claro lo que iba a pasar y por qué. Fueran o no leales a Sadam, sabían que los mismos criminales que los habían sometido a un embargo genocida que en doce años había matado a casi dos millones de personas (la mayoría niños), los mismos canallas que habían bombardeado 30 000 escuelas y sembrado el país de uranio empobrecido, que habían destruido las plantas potabilizadoras de agua y las centrales eléctricas para «devolver a Iraq al siglo XIX», según palabras textuales del Pentágono, iban a invadirles para robarles el petróleo y hacerse con el control estratégico de la zona, con el vil pretexto de neutralizar una amenaza inexistente mediante una masacre «preventiva». Tan claro lo tenían los iraquíes, que en todos los hogares había reservas de víveres para varios meses, y estaban cavando pozos en los patios de las casas para asegurarse el suministro de agua. Y había hay siete millones de armas repartidas entre la población. (Dicho sea de paso, un gobierno que teme a su pueblo, que piensa que puede apoyar a un ejército invasor, no deja siete millones de armas en manos de los civiles.)

¿Por qué, entonces, ofreció Bagdad tan escasa resistencia? ¿Por qué sus defensores no hicieron algo tan obvio y tan fácil como volar los puentes del Tigris para cerrarles el paso a los tanques estadounidenses? Muy sencillo: porque si los bagdadíes hubieran impedido la entrada de las tropas enemigas, habrían seguido bombardeándolos y masacrando a la población civil hasta destruir todo conato de resistencia. Los invasores habían dejado bien claro que no tenían ningún problema en lanzar sus criminales bombas de fragmentación sobre mercados y barrios residenciales para «ablandar» a la población; ni siquiera descartaban la posibilidad de usar armamento nuclear. De modo que los iraquíes hicieron lo único que podían hacer para neutralizar a la aviación estadounidense (que, por ahora, no se atreve a bombardear a sus propias tropas): dejar entrar los tanques en Bagdad y dar entonces comienzo a la verdadera guerra, la guerra de guerrillas (hasta ese momento, el mero hecho de hablar de guerra era un insulto a la razón: cuando el ejército más poderoso y más cobarde de todos los tiempos bombardea masiva e indiscriminadamente un país sin defensas antiaéreas, solo cabe hablar de atropello y de infamia).

La guerra empezó el día que Bush anunció su final (la verdad suele coincidir con lo contrario de lo que dicen los canallas que gobiernan el mundo), y no terminará hasta que los invasores, sus cómplices, sus comparsas y sus tontos útiles se hayan ido de Iraq con el rabo entre las piernas. Como se fueron de Vietnam, y por análogas razones. (Hay claras diferencias entre la guerra de Vietnam y la de Iraq; la más evidente, de carácter geográfico y demográfico, es que en el segundo caso la resistencia adopta las tácticas de la guerrilla urbana; la más importante, que ahora el gobierno estadounidense y las multinacionales que lo controlan se juegan mucho más que en Vietnam, tanto en el terreno económico como en el político y en el estratégico-militar, por lo que presumiblemente se aferrarán con uñas y dientes a la presa. Pero en lo fundamental, ambas situaciones son paralelas, y la heroica resistencia del pueblo iraquí, apoyada por las fuerzas antiimperialistas de todo el mundo y por la creciente oposición interna estadounidense, acabará infligiendo a los invasores una derrota memorable.)   

La vieja máxima revolucionaria «El pueblo unido jamás será vencido» es, por desgracia, una regla con muchas excepciones, por más que exprese una verdad profunda y universal. Pero hay una variante que nunca falla, que no puede fallar: «El pueblo armado jamás será aplastado». Los cubanos lo saben bien, y por eso llevan cuarenta años riéndose en las barbas del Tío Sam. Lo sabían los vietnamitas, y se lo demostraron incluso a los más escépticos. Lo saben los palestinos, lo saben los guerrilleros de Hezbolá (que alternan la lectura del Corán con la de Gramsci), lo saben los zapatistas, lo saben los bolivarianos. Y, por supuesto, lo saben los iraquíes. Y tienen siete millones de armas.

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