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CARNAVALES DE CUBA
Las
fiestas carnavalescas son abundantes en el territorio
nacional cubano. Los carnavales más populares son los de
Santiago de Cuba, Camagüey y La Habana; sobre todo, el
primero, famoso por su alegría y participación
colectiva.
Virtudes
Feliú Herrera |
La Habana
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Las fiestas carnavalescas son abundantes en el
territorio nacional cubano; mas, debemos diferenciar a
aquellas que conservan carácter tradicional, por ser
estas las que motivan el presente trabajo. Los
carnavales más populares eran los de Santiago de Cuba,
Camagüey y La Habana; sobre todo, el primero, famoso por
su alegría y participación colectiva.
En el interior del país (desde las provincias centrales
a las orientales) se celebraban por San Juan y San
Pedro, Santiago, Santa Ana y Santa Cristina (del 24 de
junio al 25 de julio) los fines de semana. En la
capital, en cambio, los carnavales se estructuraron en
torno a los tres días anteriores al inicio de la
cuaresma.
Esta fiesta se ha conocido con distintas denominaciones:
antruejo, camestolenda, mascaritas y otras, según el
lugar y la época. Tenemos noticia de que en La Habana se
efectuaron las carnestolendas desde mucho antes de 1585,
pero es de suponer que las recién fundadas villas, cuya
economía se desarrollaba lentamente y que ya tenían que
atender los gastos que originaba la fiesta del Corpus,
no podían dedicar una atención mayor a otra festividad
que también llegaba insertada en el calendario católico
por la fuerza de la tradición y fue dejada desde sus
inicios a la espontaneidad popular. Por tanto, para su
celebración se utilizaron los mismos elementos profanos
que acompañaban a la fiesta del Corpus; o sea, la
comparsería y aquellas llamadas «invenciones» y los
elementos que llevaban en «carros» como la tarasca o
también los «gigantes» o muñecones, como diríamos en la
actualidad. Pero sobre todo las comparsas de
«mamarrachos», el acompañamiento habitual de aquellas
procesiones.
En pueblos de zonas rurales se entremezclaban elementos
de las fiestas campesinas con los propios de la fiesta,
solían incluirse peleas de gallos, serenatas, piezas de
dominó y argollas.
En el ámbito de las ciudades coloniales se conmemoraba
el día de la Epifanía de Nuestro Señor o día de Reyes (6
de enero), fiesta de la liturgia católica. Los cabildos
de las distintas etnias africanas recorrían las calles,
con una parada final en la sede del gobierno. El origen
de este «carnaval negro» ha provocado varias
discusiones: unos opinan que los negros imitaban a la
tropa que pedía el aguinaldo el 6 de enero acompañada de
pitos, tambores y cometas; mientras otros entienden que
los negros festejaban al rey negro Melchor, santo que
por ser de su raza habían adoptado como su patrono
celestial. Fernando Ortiz se inclina a pensar que los
negros imitaban la costumbre practicada por los esclavos
del rey en América, quienes acudían a pedir el aguinaldo
al representante de su amo. Opina Don Fernando que: «Con
el tiempo acudirían los mismos esclavos, solicitados
quizá por los gobernadores que encontraban así un modo
de sostener una fiesta popular y captarse las simpatías
de los esclavos en general, de cuya adhesión no estuvo
nunca muy seguro, según se ha dicho».2
Esta costumbre de felicitar el 6 de enero al Capitán
General y solicitar el obsequio del aguinaldo, hizo que
cada cabildo tratara de mejorar sus salidas,
perfeccionando trajes y pendones particulares con afanes
competitivos. Al mismo tiempo significó una
interinfluencia entre las propias etnias africanas. Al
revivir las fiestas de sus tierras se produjeron un
análisis y síntesis dentro de las relaciones sociales
existentes. El negro se hizo representativo de hechos y
funciones que se revivían.
En Cuba, los blancos celebraban estas fiestas en «tiempo
de cuaresma» según apuntamos antes, aunque esto no era
óbice para que se efectuaran bailes y lucidos paseos
durante varios domingos «de piñata», «de la vieja» y del
«figurín del entierro de la sardina», en alusión a
antiquísimas tradiciones hispanas.
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La referencia más antigua de un baile de carnaval
pertenece al año 1833, a la que sigue un artículo
titulado «Idea de un buen baile», de González del Valle,
quien en 1841 escribe acerca de los bailes de carnaval
que se efectuaron en distintos salones y teatros de
nuestra ciudad con máscaras y disfraces.3
Los lugares más utilizados eran el teatro Tacón,
Diorama, Tivolí y Villanueva, así como el café La Lonja.
La celebración incluía paseos por las principales
avenidas (Calzada de la Reina, Alameda de Paula, el
Campo de Marte, y otros). Las damas utilizaban coches y
quitrines con guirnaldas de flores. Los hombres, casi
siempre disfrazados, iban a caballo o a pie. A su paso
recibían flores, las que más tarde se sustituyeron por
serpentinas y confetis. Estos paseos, al evolucionar en
la época republicana, crearon un jurado que otorgaba los
premios desde una glorieta. La primera noticia de un
carnaval estructurado y organizado más o menos como lo
conocemos hoy, data de 1902, cuando por medio de un
mandato alcaldisio se regula el itinerario de la fiesta.
En Santiago de Cuba, centro oriental de la división
gubernativa colonial, los carnavales se realizaron en
una época que permitía incorporar un mayor número de
personas de las clases humildes y de fuera de la ciudad,
con la consiguiente movilidad demográfica, junto a la
beneficiosa migración francesa y catalana —clase
trabajadora dedicada a labores diversas— y a la vez se
contaba con poblaciones que, aunque con vida económica
independiente, tenían en Santiago un lugar de escalada;
y la coincidencia de estar cerca de varias fechas en las
cuales se conmemoran distintas fiestas católicas. Todo
eso hizo que las fiestas de carnaval santiagueras
tuvieran otros modelos y motivaciones de las de La
Habana, pues en dicha ciudad oriental se tornó la fiesta
de participación colectiva más igualitaria y sin
carácter de espectáculo contemplado desde fuera ni un
recorrido oficialmente determinado, y que dependiera de
los sitios de concentración y de las calles que las
conectaban, para lo cual la topografía de la ciudad se
prestaba con sus pequeñas plazas, a solo unos pasos unas
de otras, dispuestas en abanico en el espacio que era
antaño la ciudad.
Juan Pérez Villarreal relata la composición del carnaval
santiaguero a finales del siglo XIX: «En la temporada de
carnaval que tiene lugar en pleno verano, el derroche y
la algarabía suben de punto, singularmente los días de
Santiago, San Pedro y San Joaquín en que se liba y baila
por todo lo alto, sobresaliendo en estos festejos las
llamadas re1aciones compuestas por improvisados
saineteros, los que detenidos en las esquinas del
trayecto, allí donde el gentío es más denso, en una
especie de escenario al aire libre, actuaban en críticas
y befas de los actos públicos y privados de autoridades
y familias de rango, coreadas por las carcajadas y
chiflidos de la muchedumbre. Las comparsas de Moros y
Cristianos a lo largo del paseo remedaban encuentros de
arma blanca.
«Los Cabildos negros sobresalen por el lujo de los
vistosos adornos y los trajes suntuarios que lucen las
reinas de diversas naciones. Los amos de esclavos
participan de estos desfiles al compás de los cantos y
tambores, ruidos de almirez, botijuelas y maracas.
Gustaban adornar los cuerpos de las negras lindas con
pulsos de oro, diademas de piedras preciosas,
gargantillas y dormilonas de diamantes y exóticos
mantones de Manila. Las reinas con sus tronos eran
llevadas en andas».4
En esta descripción sobresale un elemento propio del
panorama santiaguero, nos referimos al teatro netamente
popular, llamado «de relaciones» que ponía en ridículo
las costumbres y usos de autoridades y burguesía. Era
vehículo idóneo para ironizar y, a la vez, protestar de
la actuación política y social entre risas, forma del
comportamiento muy común del cubano.
En Santiago de Cuba, casi todas las comparsas se
originaron en tumbas francesas y cabildos africanos
existentes en numerosos barrios. La influencia cultural
francesa proveniente de Haití se hizo sentir a través de
los cabildos Cocuyé, Carabalí Isuama, Carabalí Olugo,
Cabildo Lucumí, Cabildo del Tivoli, Cabildo Vivi San
Salvador de Horta, Cabildo de Congos y otros.
La presencia africana se patentizó en negros y mulatos
descendientes de aquellos que fundaron las comparsas,
paseos y las comparsas-congas. A mediados del 1800,
según hemos podido conocer por algunos informantes
entrevistados, la gran influencia de la cultura africana
en los carnavales santiagueros se evidencia en los
ritmos, instrumentos y formas danzarias propias de sus
tierras de origen; único elemento que, junto a la
religión, pudieron conservar con fuerza sus culturas.
Las fiestas tradicionales de San Juan y San Pedro
devinieron fiestas de carnaval en la provincia Camagüey.
Entre 1725 y 1728 empezaron a celebrarse las fiestas
patronales de los referidos santos en la otrora Puerto
Príncipe el 24 de junio (día de San Juan), extendiéndose
hasta finales de mes.
Durante el siglo XIX, el San Juan alcanzó su más alto
esplendor debido, en gran parte, a la contribución
brindada por el Regimiento Fijo de Cuba, creado en 1780,
el cual llegó a la ciudad en 1827. «La oficialidad de
este cuerpo en su mayoría cubana, inició la época del
brillantísimo San Juan Camagüeyano, que llegó a ser el
carnaval más notable, no solo en la Isla de Cuba, sino
de muchas capitales de Europa».5
El primitivo y rural San Juan a caballo quedó relegado
paulatinamente ante el empuje de otras diversiones. En
una crónica de 1839 se refleja la nostalgia de algunos
por aquellas primeras fiestas, como un recuerdo de
antiguos muchachos. Se dice que el último se realizó en
1819. Los caballos que participaban eran engalanados con
flores y se les trenzaban el rabo y la crin, del mismo
modo que en Santiago de Cuba.
Otras noticias de 1866 nos refieren la riqueza que
adquiere la fiesta cada año. Se habla con orgullo de las
carrozas finamente adornadas, las reinas de belleza
elegidas por primera vez a iniciativa de algunos
vecinos, la sabrosa comida preparada para la ocasión:
lechón asado, arroz con pollo, salpicón hecho con
picadillo de carne, pepino, hierba buena, piña, hojas de
ciruela, aceite y vinagre. Paralelamente se oferta un
ajiaco creación colectiva de todos los vecinos, situando
en cada cuadra una olla para consumo de la comunidad.
Esta tradición se conserva con gran fuerza y constituye
un rasgo típico de la fiesta. Uno de los juegos propios
de esta fiesta que mayor popularidad alcanzó fue la caza
del berraco, simpática actividad surgida en el siglo XIX
y prohibida luego por un trágico accidente. En 1842, el
gobernador Francisco de Paula Alburquerque lo abolió por
«peligrosa y contraria a la decencia pública y las
buenas costumbres», tal y como era el decir de la
época.
Durante los días festivos, la ciudad se colma de vecinos
de pueblos aledaños que llegan a disfrutar esos días de
esparcimiento. Se llevan a efecto tómbolas y verbenas,
repiques y bailes en los barrios La Vigía, Las Mercedes,
Saratoga, Matadero, Cristo, Carmen y la plazoleta de
Bedoya.
Con menos incidencia nacional existieron y aún
sobreviven algunos complejos que, si bien no se
consideran fiestas caracterizadas totalmente con las
actividades propias del carnaval (comparsas, carrozas y
congas), poseen otros elementos análogos que las
encasillan dentro de este grupo de divertimiento. Se
estiman como populares y tradicionales los llamados
«carnavales acuáticos», presentes aún en Caimanera
(provincia de Guantánamo) y Morón (Ciego de Ávila).
Estas expresiones, como su nombre indica, se
desenvuelven en el agua y poseen toda una serie de
juegos y competencias que se desarrollan en ella, rasgo
que las diferencia de las demás. Se rescataron durante
la investigación nacional realizada por las comisiones
provinciales del Atlas etnográfico de Cuba y devueltas
al disfrute de la población debido a la gran popularidad
de que gozaban. En ocasiones, el carnaval toma diversos
nombres, hay regiones en que se llaman mamarrachos
(Santiago de Cuba), carnaval de las flores (Ciego de
Ávila), Montompolo (Guantánamo) y carnavales de San
Joaquín (en algunas poblaciones de Granma y Guantánamo);
mas, todas conservan elementos similares que permiten
identificarlas.
Las fiestas y salidas de comparsas fueron aprovechadas
por los intereses políticos, sobre todo, durante la
república. Se autorizaba o prohibía según conviniera a
los gobernantes del momento. A esto se unieron las
consecuencias derivadas de la penetración capitalista
norteamericana en la industria y el comercio, después de
la proclamación de la Constitución de 1901. Las grandes
firmas distribuidoras se valían de todos los medios con
el fin de colocar sus anuncios, para propagar ventajas
de sus productos. Nuestras fiestas se convirtieron en
contexto propicio para sus propósitos mercantilistas. El
método más usual era el «apadrinamiento» de una comparsa
o carroza a cambio de poner el anuncio en los lugares
más visibles al público: las farolas, pendones, capas,
sombreros, disfraces e instrumentos musicales resultaban
los más empleados para tal fin. Este fenómeno también se
producía por la situación económica que confrontaban las
agrupaciones populares tradicionales. Sin apoyo oficial
suficiente para cubrir sus gastos y carentes de fondos
propios, se veían obligadas a aceptar este sistema de
protección.
En nuestras fiestas de carnaval, la influencia de la
sociedad de consumo se reflejó en una degeneración de
las costumbres. En los llamados «festejos de invierno»
de la capital, las carrozas se transformaron en anuncios
ambulantes; el sello femenino se usó como elemento
llamativo. Con el afán de atraer turistas yanquis se
sacrifican los rasgos tradicionales de la fiesta, y se
deja a un lado la participación popular, al poner los
recursos a disposición de un espectáculo propio para ser
disfrutado pasivamente desde un palco. Este mecanismo
también envolvió a comerciantes, industriales, políticos
y militares, quienes de inmediato se percataron de la
favorable campaña publicitaria que proporcionaban los
festejos. Los políticos veían la posibilidad de obtener
votos suficientes para ser elegidos y los militares
acumulaban ganancias mediante el soborno y la tolerancia
de actos delictivos.
Los carnavales de Santiago de Cuba no escaparon de esta
situación, la comercialización de los festejos se
estableció a través del comité denominado «Gran Semana
Santiaguera», entre 1948-1956. En él se concentraban los
grandes intereses económicos: instalación de kioscos,
adornos de calles, comparsas y paseos.
El San Juan camagüeyano, como las demás fiestas
carnavalescas de relevancia, padeció en menor medida
esta explotación. Grupos tradicionales de gran arraigo
popular, como la comparsa El Lirio Blanco, tuvieron que
someterse a esta tutela a cambio de una pobre
financiación que les garantizaba la salida de cada año.
Del mismo modo comenzaron a proliferar los juegos
prohibidos, concursos para obtener ciertos premios que
beneficiaban la venta de algunos productos.
La labor de revitalización de festejos tuvo en los
carnavales un objetivo primordial, por ser estas las
fiestas más populares del país. Al respecto se ha
efectuado un trabajo dirigido en dos sentidos: la
revitalización de la fiesta como un todo de reanimación
y/o algunos de sus elementos.
Hubo lugares donde se sustituyó el carnaval por otra
fiesta, a la cual se le denominaba comúnmente del mismo
modo sin sus elementos particulares. Se ha hecho un
esfuerzo serio en este sentido; no obstante, no podemos
afirmar que este empeño se haya logrado plenamente.
Existen todavía lugares que efectúan estas nuevas
fiestas y también se da el caso de municipios que
realizan de manera indistinta ambas actividades. En el
peor de los casos no se ha alcanzado revitalizar el
verdadero carnaval y se siguen improvisando «fiestas
populares» que no tienen una acogida colectiva.
Si bien es verdad que el Estado revolucionario ha
cuidado y apoyado el rescate y revitalización de las
fiestas populares, al proporcionarles los recursos
necesarios para su celebración, no es menos cierto que,
producto del proceso de transición que vive el país y
las difíciles condiciones económicas que enfrentamos, se
advierten deficiencias en el resultado final de la
preparación. Notamos que el período acostumbrado de
planificación se ha acortado, se inician las labores de
construcción de carrozas con muy poco tiempo de
antelación y, a veces, algunos materiales fundamentales
no llegan a tiempo. Al triunfo de la Revolución nuevos
factores se sumaron al carnaval, como la participación
de los sindicatos en estos festejos. Olvidamos, sin
embargo, que la característica esencial de los
carnavales radicaba en que las comparsas pertenecían a
determinados barrios, poseedoras de una rica tradición
fuertemente arraigada en la población. Con la
sectorización de los carnavales por sindicatos, lo
principal resulta el renglón productivo o de servicios a
que pertenece el trabajador y no al barrio de donde
proviene.
No obstante, y a pesar de las limitaciones económicas
existentes, el carnaval tuvo su apogeo en las décadas
del 60 y 70, pero a finales de esta última ya no eran
los mismos. Se aprecia poca creatividad en la confección
de carrozas y vestuario, en la escasa riqueza de los
números musicales que se interpretan. Es necesario
encontrar una línea de trabajo que requiere excelentes
coreógrafos, diseñadores, bailadores y modelos con
talento y belleza física. La situación también podría
mejorar si se convocara a concursos para seleccionar
adecuados diseños de carrozas, pendones y vestuarios,
con una rigurosa supervisión en lo referente a sus
resultados estéticos. Se evidencia la necesidad de
engalanar debidamente las áreas carnavalescas, que los
círculos sociales, casas de Cultura y otras
instituciones intensifiquen sus actividades, con una
mayor atención a lo relacionado con la tradición del
carnaval, dejando a un lado la concepción del
espectáculo.
En los últimos años existe cierta mejoría en la
organización y proyección general del festejo en la
capital. Se ha emprendido un trabajo serio con las
agrupaciones populares tradicionales, reteniendo el
origen del barrio de éstas.
Las comparsas Los Payasos, Las Boyeras, La Sultana, Los
Faraones, El Alacrán y otras, tienen una atención mayor
con una preocupación por la reafirmación de sus
características tradicionales. En el caso de la comparsa
Los Payasos se realizó una reanimación artística
contemporánea que ha causado una notable aceptación
popular.
Mayor atención artística y adecuado apoyo material son
los factores que han posibilitado un punto de partida
que promete mejores resultados. Hay otros colectivos de
más reciente creación que ya muestran un salto artístico
favorable, la comparsa de la Federación Estudiantil
Universitaria (FEU) constituye un buen ejemplo de ello.
En los carnavales más recientes han salido comparsas por
municipio, que si bien aún les falta una línea artística
definida y cierta cohesión, pueden ser elementos a tomar
en cuenta en la evolución favorable del carnaval
habanero. Se impone seguir el trabajo en este sentido,
que dé pasos consecuentes durante todo el año con el fin
de alcanzar cada vez mejores resultados de manera, que
la población vuelva a disfrutar de sus festejos como
años atrás.
Notas:
1 María Teresa de Rojas: Índice y extractos del archivo
y protocolo de La Habana, Oscar García, La Habana, 1947,
t. II, p. 303.
2 Femando Ortiz: La antigua fiesta afrocubana del Día de
Reyes. División de Publicaciones, Ministerio de
Relaciones Exteriores, La Habana, 1963, p. 23.
3 Tomado de la obra «La literatura costumbrista cubana
de los siglos XVIII y XIX», de Emilio Roig de
Leuchesring, perteneciente al fondo del Museo de la
Ciudad de La Habana.
4 Juan Pérez Villarreal: Oriente: biografía de una
provincia, Editorial Siglo XX, La Habana. 1960, p. 142.
5 Índice histórico de Camagüey, Academia de Ciencias de
Cuba, La Habana, t. 11, 1968.
6 Gaspar Betancourt Cisneros: «Escenas cotidianas», en
Gaceta de Puerto Príncipe, 3 de julio de 1839.p. 1.
7 El Camagüey legendario, Instituto de Segunda
Enseñanza. Camagüey, 1944, p. (2).
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