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LA crónica

PUEBLOS DEL BENNY

Amado del Pino
| La Habana

Nuestro inmenso Benny Moré fue nombrando pueblos con su voz sublime y enronada. La bahía de Manzanillo, tan olorosa a marisco y con esa resonancia musical, fue integrada a la melodía del cantor y también el azul de Varadero y, por supuesto, y para siempre, la sureña Cienfuegos, sede de la infancia del Benny, con su piropo eterno: «Cienfuegos es la ciudad que más me gusta a mí».

A finales de los 80, cuando trabajaba en las febriles páginas de Juventud Rebelde, me propuse un artículo a partir de aquella canción en que se remite a «Vertientes, Camagüey, Florida y Morón». Por algún archivo amarillento andan esos párrafos en los que cuento  rastros del Bárbaro del Ritmo en el Vertientes de su adolescencia o narro el abrazo de uno de sus primos que me hizo empinar el trago más fuerte de mi juventud, un alcohol del cercano central, curado con yerbas y raíces casi celestiales. También saqué a relucir testimonios del cantor demorándose en la casa de las mujeres de la vida floridanas. Por cierto, el término popular pero  despectivo en su origen,  siempre me ha parecido que enmascara algo de metafórico y elogioso. Pues de allí, de «la vida» llegó el Benny a cantar un poco tarde. Se hizo perdonar las copas de más y los minutos de menos, interpretando de forma magistral aquello de «Me llaman el Conde Negro…» y de ahí salió el título del apasionado reportaje: El Conde Negro en la llanura.

Más allá de la viva y creciente leyenda del Benny, Florida y Vertientes son para mí mucho más que dos municipios camagüeyanos, llanos y azucareros. En Vertientes anduve tras las huellas de María del Carmen, la posible inspiradora de la preciosa canción de Noel Nicola, una de las piezas más límpidas de la Nueva Trova cubana. En Vertientes el ajiaco, caliente y compartido, me puso a salvo de resacas o melancolías de la veintena. Allí, en el pueblo pequeño y siempre con olor a mela’o, confirmé las leyendas de grandes peloteros que mi padre me enseñó a admirar y vi crecer sueños literarios, aparentemente imposibles o lejanos.

De Florida tengo muchos recuerdos que desembocan en mi hija Adriana y su familia. Pueblo de la carretera, centro comercial de los más humildes Esmeralda, Céspedes o Piedrecitas. Lugar de tránsito pero afincado en el auge cañero con dos centrales azucareros y mucha fiesta, movimiento. Deambulé por lugares de regular muerte, pero con nombres sugestivos como El cielo floridano o el más común y gráfico Azuquita. En Florida serví de ayudante de taxista, acompañante del conductor en coche de caballos, cargador de viandas hacia La Habana y otros azares menores. En la calma disfruté de su biblioteca pública, en plena carretera central, leyendo un poema, mirando a los que viajan hacia La Habana y otros versos aventurando el destino de los que se encaminaban hacia el caliente y cantarín Oriente cubano.

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