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EN EL NOMBRE DEL PADRE, DEL HIJO Y DE TODOS LOS INFELICES

Alberto Garrandés
| La Habana

Con su más reciente novela, La saga del perseguido, un texto cuya tesitura es la de los oratorios, Guillermo Vidal se ha puesto a la cabeza de la novelística cubana de ahora mismo; este juicio, obviamente arriesgado y perentorio, podría fundarse en varios aciertos que han venido integrando, de manera intermitente, su trayectoria desde Matarile, publicada hace diez años, hasta hoy, donde cuajan de modo sorprendente. Me refiero al Vidal que hace del infortunio y la impiedad un territorio por el que se pasean ciertos personajes suyos confinados por el destino, el azar o la reunión ímproba de ciertas circunstancias al sufrimiento como ritual formativo del yo.

Las ficciones de la Isla, generalmente definibles en tanto compuestos inestables de vivir cotidiano, realismo factográfico, imaginación barroquizante y microfisuras (o mejor aún: micromutaciones) de esa tipología llamada identidad nacional, prodigan con algún impudor el vínculo tantálico entre lo real y la escritura. Unas veces desde la testificación sociológica y otras desde un tipo de referenciación que analogiza determinadas porciones del suceder inmediato, dichas ficciones quedan apresadas en una órbita que la realidad suele trascender con el simple transcurso del tiempo y con el reordenamiento de aquellos índices donde un narrador (me refiero a un narrador conjetural, pero representativo de esos gestos de escritura) veía el desplazamiento crucial de la vida hacia uno o varios de sus límites.

Hablo de límites (y fronteras) que al cabo iban (y van) mostrando una provisoriedad despampanante, casi burlona, puesto que, en lo relativo a la expresión «doméstica» (liosa, intrahistórica) de la realidad cubana de hoy, los llamados «momentos decisivos» son muy corredizos y establecen proporciones de validez muy transitorias. Suelen desplazarse con desenvoltura dentro de un anómalo sistema de interinfluencias y solicitaciones cuya velocidad ese narrador conjetural no alcanza todavía a igualar, en caso de que anhele hacerlo sin comprender aún que su aspiración no es un deber ser de las ficciones realistas, sino un malentendido del llamado realismo social en condiciones históricas de excepción.

Colocarse en la médula misma de los grandes temas de la literatura es una frase equívoca que merece o necesita explicaciones. A estas alturas los grandes temas de la ficción son todos los temas posibles, por así decir, y entonces nos quedaríamos con nada en las manos. La enmienda real ocurre cuando aludimos a grandes temas del sujeto, o grandes temas —el amor, la muerte, el sexo, la infelicidad— donde se pone a prueba, o se tensa, la identidad humana. Temas, preciso es repetirlo, en los que el sujeto se supone una entidad tan universal como diaria, tan arquetípica como puntual.

La saga del perseguido es una reflexión sobre el arte de la novela, sobre la condición humana en momentos extremos y sobre el lenguaje como insuficiencia cultural en relación con la verdad del yo. Vidal, que ya desde antes se había ocupado de resolver ecuaciones inexactas en torno al destino individual, o de evaluar las marcas de la desventura como anticipos de la disolución, completa ahora esas inclementes pesquisas por medio de una historia que presumimos real a causa de su pesantez y su disposición para enfrentarnos a los correlatos de lo real y lo verosímil.

En un momento impreciso de los años 50 un hombre que conduce un camión atropella a un niño y lo mata. Lleno de horror, espantado por una casualidad inevitable, se da a la fuga; abandona todo y a todos. Empieza a hacer una vida nómada, semejante a la del gran paria que cree ser o es. Después del triunfo de la Revolución su huida continúa tan intensa como antes, tan despojada de la futilidad histórica como antes, y entonces se une a una mujer con quien tiene descendencia y a quien le confiesa su secreto. Ella lo desprecia lastimosamente y él vuelve a irse. En un instante de ese tiempo suyo que fluye inabarcable e infinito dentro de la culpa, lo confunden con un violador y lo encarcelan; poco después, aún en la cárcel, se reencuentra con el hijo a quien había dejado, y con la madre de este. Más tarde el hombre es declarado inocente y queda libre.

Pero la libertad es una noción que, desde Kafka, se somete al tribunal de la voluntad, la conciencia y el lenguaje. Al par que se produce el escape de los otros y de sí mismo, una historia se desgrana paralela: el hijo del hombre ha ido creciendo, ha ido recordando confusamente a su padre el perseguido, y él mismo, adolescente taciturno, nos va contando su historia. En el servicio militar y en la universidad los descubrimientos vitales han estado entrañablemente rubricados por la ausencia del padre, por el cero misterioso de un individuo del que proviene una parte de sí. Hasta que el padre es una realidad comprobable y, sin embargo, nada o casi nada parece modificarse ante el recuerdo contumaz de un hecho remoto, sólido y cruel, o ante la inmensidad cósmica de un dolor que persiste hasta la muerte, cubriéndolo todo después con una fagocitación de estirpe bíblica.

Vidal está tratando con Job y con Judas, con el hombre puesto a prueba y con el hombre que traiciona lo humano y se convierte en el gran excluido del mundo. Lleva a su prosa el tono de los profetas del Antiguo Testamento; con trazos tenues de la prosa de Mario Vargas Llosa, aportaciones sutiles de Ernesto Sábato, toques de la nouveau roman francesa y sin desligarse de un estilo que corta la respiración, torrencial, encrespado, que no concede prácticamente nada a la falsedad de un lirismo más o menos hipócrita, más o menos ineficiente, Vidal embrida sus dos historias hasta conseguir un contrapunto que incrementa el desconsuelo y subraya el carácter taciturno de ambos personajes, el padre que huye y el hijo que se da a la vida real sin salirse de una especie de cubil donde rumia una pena hosca, rigurosa. Es el hijo quien nos cuenta todo: todo sobre su padre, todo sobre sí mismo. Una voz que nos depara, por un lado, la profundidad de la aflicción, mientras que por el otro nos revela la urdimbre de su artificio.

Es a partir de entonces que Vidal se convierte, creo, en el mejor novelista vivo entre nosotros, si es que esa distinción —acaso una mera frase— tiene algún sentido dentro de su probable escepticismo ante las glorias humanas; él practica una inmersión hondísima en la desconsoladora orfandad del alma y, al mismo tiempo, nos dice que se trata de una experiencia «efable» desde el magma de una novela cuyas evidencias mayores, en términos argumentales, se afincan en la articulación vocálica de lo posible con lo real, la presunción hija del deseo (y la congoja) con la testarudez de los sucesos.

El plexo de una figura filosófica tupida como la del padre va fabricando un gozne de donde se agarra con fuerza (pero supositivamente) la voz fantasmática del hijo que cuenta. Él nos dice: «todas estas ideas son posteriores a los hechos, porque se sabe que no estuve advertido, lo cual es una forma de que las cosas no hayan ocurrido para uno y pudieron mantenerse así para el resto de mi vida», una declaración que insinúa y tal vez corrobora lo que ya indicaba el tono del libro: el talante deseoso de aquella voz, naturaleza suya que la hace proclive a la edificación de un mundo de sensaciones «incorporables», prestas a ser vividas. La irrealidad del padre es, hasta cierto punto, lo real dentro del hijo gracias a esa voz, y asimismo se podría decir que, entre el azar y lo inexorable, entre lo accidental y lo que no se puede borrar, lo real viene a ser, en este caso, esa permanente segregación de lo que pudo haber sido contra lo que fue, o de lo que sucede de veras en el interior del sujeto contra esa engañosa libertad oficial.

Es así que el hijo aprende cómo el mundo posee dos o tres cosas firmes y grandiosas —porque son horribles o porque son bellas— en medio de un océano de quimeras e ilusión. Vidal se ha atrevido, incluso, a interponer en la densa corriente de su historia un diario erótico o sentimental, el del hijo, cuyos hechos están bañados por una pátina de júbilo angustiado, de gozo que se encuentra medido paso a paso por un mirar fuertemente interrogativo, que está como de regreso de toda la experiencia humana y que, al mismo tiempo, se halla en el umbral de la vida, a punto de enfrentarse ambos (la mirada y quien la ejerce) a los años por venir.

Y allí, en la duda del péndulo —en el cansancio que por adelantado le concede al hijo la perspectiva de vivir doblemente, entre la suposición y la realidad—, termina La saga del perseguido, una novela donde el hombre que huye es tan irreal como una metáfora (o como una convención cultural que se nos hubiera revelado en un sistema de adivinación propio de nuestro tristísimo tiempo) y tan real como quien visita varias veces un prostíbulo de nombre obsceno —La Descremadora— y se enamora de una mujer que se gasta sexualmente y que se llama como una ópera famosa, Aída, Aída L., impersonal y tangible al modo de Sandra M., la novia del hijo durante los años universitarios, el tiempo a ratos feliz que de pronto queda ya detrás, a la zaga del presente novelesco desde donde alguien, atrapado en el ensombrecimiento de su espíritu, ha empezado a relatarnos, con la debida distancia y con la extraña pasión fisiológica de quien conoce su destino, la historia de una adversidad que nunca se apaga.

Quien ha escrito este libro ha sabido ponerse a la altura del padecimiento humano, una de las poquísimas cosas que existen de veras. Y ha sabido hacerlo sin dejar de expandir una novela (iba a escribir «mera» novela) hacia las demarcaciones de una época donde el universo de un hombre puede ser la expresión del macromundo doloroso y atormentado que nos toca en suerte.  
 

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