De la serie «sitios
famosos»
La Alameda de Paula
Josefina
Ortega
|
La Habana
«Hay dos paseos muy
buenos, el uno entre el hospicio de Paula y el teatro
Principal (...) El primero fue hermoseado en su interior
con mucho gusto por Perrani, artista italiano, en 1803»
Así se refería el
Barón alemán Alejandro Von Humbolt a uno de los sitios
de la capital cubana más atractivo: La Alameda de Paula.
Ese largo «paseo»
era en 1825 el punto de reunión de toda la habana
elegante de entonces y durante mucho tiempo fue punto
de referencia de la ciudad.
J. M de Anduela
escribía en su libro de largísimo título Isla de Cuba
Pintoresca: historia política, literaria, mercantil e
industrial; recueros, apuntes, impresiones de una
época.…«en Paula se apeaban las bellas de sus
«quitrines», hacían alarde de su gracia, recorriendo el
espacio que media desde el convento que le da nombre
hasta el teatro, y gozando de la anhelada frescura de la
vecina bahía, durante los entreactos de la Opera
Española, en tanto que los aficionados a cenar, pocos en
aquel país, se dirigían a la afamada fonda de R...
Algunos que lean esto recordarán haber saboreado allí la
deliciosa «Ropa Vieja».
Claro que La Alameda
cambió mucho con el tiempo aunque conserva hoy sus
buenos centenares de metros rodeados de verjas. Hoy
llega por su extremo sureste a lo que fuera la capilla
de la Iglesia de Paula, excelentemente renovada y en la
actualidad sede de un conjunto de música antigua llamado
Ars Longa.
Por su parte extremo
noroeste colinda con un parque, la Avenida del Puerto y
el embarcadero de los «lanchones» que trasportan
pasajeros al otro lado de la bahía.
El teatro principal a
que alude Humbolt desapareció hace muchos años. Se llamó
también Coliseo y luego de haber sido reformado a
principio de 1846, el 11 de octubre de ese mismo año y a
causa de un furioso huracán, quedó en tal mal estado que
nuca volvió a ser el sitio que fuera.
En otras palabras,
larga y azarosa vida ha tenido el paseo, desde que el
Capitán General Felipe Fons de Viela, Marqués de la
Torre, y considerado por muchos como el primer urbanista
dedicado a la ciudad, decidiera mandar a construirlo.
Parecía que La Habana
a todas luces necesitaba embellecimiento urgente, pues
según otro famoso urbanista, esta vez José M. Bers,
analizaba que alrededor de 1770…«preocupada la Habana en
aumentar sus medios de defensa (…) solo había construido
castillos, recinto amurallado y un respetable número de
iglesias y conventos (…) aún no estaban construidos el
templo de la catedral ni el palacio del Gobernador».
De modo que el paseo
de la Alameda de Paula —nombrado así por la advocación
de San Francisco de Paula a la hora de construir el
hospicio, un hospital y la iglesia— empezó a tomar
forma cuando bajo la dirección de Antonio Fernández
Trevejo dejó de ser algo más que un terraplén, para
tomar la forma de un sito, según Jacobo de la Pezuela,
«adornado con dos hileras de álamos y algunos bancos de
piedra, en el tránsito de la continuación de la calle de
los oficios hasta el mismo hospital».
Aquel primer paseo
oficial de la colonia gracias al primer impulso de Fons
de Viela recibió varias modificaciones, y así, en 1805,
se veía embaldosado, adornado con una fuente sencilla y
otros bancos, ahora con espaldar de reja labrada.
En 1845, otro Capitán
General, de apellido O´Donnell, ordenó instalar una
glorieta y de paso cambiar el nombre por el de… ¡Paseo
O´Donnell! —aunque el nombre duró muy poco.
Ya había sido
edificada la Plaza de Armas y los viandantes comenzaban
a mudarse de sitio elegante y la alameda paso a ser
sito de concurrencia de cuanto marinero pasaba por la
ciudad.
Durante mucho tiempo
importante varias familias de abolengo mantuvieron
residencia en sus alrededores. Como los condes de
O´Relly, los marqueses de Campo Florido, etc.
La desgracia pareció
abatirse definitivamente cuando la compañía
norteamericana Havanna Central instaló a la orilla del
mar sus muelles y almacenes.
Hoy rescatada y
esplendorosa La Alameda de Paula vuelve a ser sitio de
referencia y partida para la buena imagen de la ciudad.