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LA
VIDA EN CUADRITOS
Paquita
Armas Fonseca
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La Habana |
CARICATURA CUBANA
Cualquier teórico de la comunicación, caricaturista o
historietista que se adentre en el mundo gráfico cubano,
apreciará la calidad del trazo a la hora de enfrentar el
arte de comunicar por medio de chistes o dramas
dibujados en cuadros.(*)
No
faltan en un amplio mosaico modalidades de viñetas que
apenas muestran unas cuantas líneas con las que se
define un personaje, pero tampoco son pocas las obras
con un acabado casi preciosista, en las que despunta un
dibujo anatómico realista.
Pero, esas cualidades del trazo, desgraciadamente, no se
complementan siempre, en el caso de la historieta, con
un desarrollo dramatúrgico que esté a la altura de la
imagen. El guión ha sido por muchos años el gran talón
de Aquiles del cómic cubano que no ha evolucionado a la
par de su hermana, la caricatura.
Para
los críticos, gallego, Xosé Alberto Suárez y japonés,
Kosei Ono, conocedores de gran parte de la obra de los
artistas cubanos, esta es una situación normal, ambos
afirman que por lo general, donde la caricatura y la
viñeta alcanzan un alto desempeño, el cómics queda
rezagado y al revés.
En
Cuba existen razones para el despunte de una y el pujar,
sin óptimos resultados, de la otra.
Un poco de historia...
Como
en la mayoría de los países la caricatura y la viñeta
ocuparon espacio en los medios de prensa desde el siglo
XIX, alguna imitando o defendiendo las que salían en
España, a la sazón dueña de la Isla. Después de la
guerra de independencia, a partir de 1898, también
proliferaron dibujantes que publicaban en diversos
periódicos y revistas. El humor fue soporte de la
mayoría de los cartones que reflejaban de una forma u
otra el modo de ser del cubano. También existía la
sátira política, que en la primera mitad del pasado
siglo, tuvo su expresión más simbólica en «El bobo»,
personaje creado por Eduardo Abela.
Durante las décadas de los años 40 y 50
surgieron otros personajes como «El loquito» de René de
la Nuez, que con chistes, aparentemente inocentes se
enfrenta a los gobiernos de turno, especialmente al de
Fulgencio Batista.
Con el
triunfo de la Revolución, en 1959, que operó un
movimiento telúrico en todas las esferas de la sociedad,
aparecieron nuevos órganos de prensa y también otra
forma de encarar la sátira desde el humor. En la
temprana década del 60 muchos fueron los jóvenes
que se incorporaron, con todo su ímpetu, al mundo de la
caricatura. Desde entonces, hasta los años 1994, 1995 ó
1996 en los que apenas circularon periódicos en Cuba por
la escasez de papel, siempre el cartón ha tenido un
espacio en sus páginas, lo que no ha sucedido con la
historieta. La posibilidad de ver su obra publicada
representó un estímulo para los creadores, que a su vez,
se crecieron en dimensiones estéticas. Los resultados no
se hicieron esperar: a Cuba pertenecen decenas de
premios importantes en los más insospechados concursos,
organizados en París, Estambul, Ciudad de México o
Montenegro.
El del cómics, otro destino...
Desde
finales del siglo XIX hasta la década del 50 del XX, la historieta en Cuba, igual que en otras naciones,
incluidas algunas desarrolladas, fue monopolio de las
editoriales norteamericanas que difunden, por millones,
los cómics hechos por y para llevar a todo el planeta
una manera de pensar y vivir. Más de 400 personajes de
historietas norteamericanas circulaban en nuestro país.
Superman y Tarzán eran más conocidos por los niños y
adolescentes cubanos que el propio José Martí, paradigma
de la Isla antillana.
Hubo
intentos de desarrollar una historieta que reflejara
nuestra idiosincrasia. Por ejemplo, en 1927 apareció El
curioso cubano de Heriberto Portell Vilá y luego, en
otras décadas, en órganos de prensa muy específicos, se
publicaron cómics portadores de nuestra historia patria
o que reflejaban la identidad nacional, como José
Dolores y Sabino, de Rafael Fornés, creador con quien
iniciamos esta sección.
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En los
años 60 del siglo pasado parecía que la historieta
tendría al fin su despunte definitivo. Salieron de las
prensas obras como Supertiñosa, una parodia de Superman,
con guión de Marcos Behmara y dibujos de Virgilio
Martínez, pieza que aún despierta admiración. A su vez,
en el suplemento Lunes de Revolución, Fornés
volvía con su Sabino y Santiago, Chago, Armada publicaba
Salomón, personajes ambos dirigidos a adultos con
sensibilidad e intuición especiales. Por esa época,
muchos dibujantes, algunos provenientes de trabajos
publicitarios, se incorporaron a aquel tren que
aparentemente tenía un destino provisorio. Surgió el
semanario Pionero con numerosas páginas dedicadas
a historietas y años después aparecería Zunzún.
Elpidio Valdés y Vampiros, de Juan Padrón, nacieron en
esas revistas, como el Matías Pérez de Luis Lorenzo, el
Naoh de Roberto Alfonso, el Capitán Plin de Oliver o
Yeyín de Ernesto Padrón.
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Sin
embargo, un enemigo le salió al paso a la historieta
nacional: una corriente de pensamiento que quería abolir
todo lo que hubiera surgido en Norteamérica. Los
muñequitos —como el rock— todos lo sabemos, tienen su
origen para bien y para mal en Estados Unidos. En ambos
casos, a la vez de facilitarles todo el desarrollo, han
sido manipulados con fines políticos ajenos a los
presupuestos de la sociedad cubana. Pero, esa no es
razón para borrarlos del mapa, al contrario: si son tan
eficaces como medios comunicativos, lo lógico es
utilizar sus recursos a fin de trasmitir otros mensajes.
Contra
esa postura de algunos críticos ortodoxos y uno que otro
funcionario, se tuvieron que enfrentar los
historietistas cubanos y fue quizás una de las causas
por las que el tratamiento del héroe, tanto ficticio
como real, pasó a ser en gran parte maniqueo, con
personajes tan buenos o tan malos, que resultaban poco
convincentes. Claro que esa tendencia no afectó solo a
la historieta. Telenovelas, aventuras televisivas,
algunos filmes y hasta cierta zona de nuestra
literatura, padecieron el mal de pintar a los cubanos y
cubanas como los seres más beatíficos de ser buenos (o
buenas) o los más luciféricos, de ser malos (o malas), a
lo que se unía un canto apologético a todo lo social con
ausencia total de crítica.
Otro momento...
La
Editora Abril contaba con las consolidadas revistas
Pionero, Zunzún y Bijirita, más la
publicación de libros de historieta, cuando a mediados
de los años 80, nació la editorial Pablo de la Torriente que desde sus inicios tuvo una línea de
trabajo dirigida al comics, parecía de nuevo que a este
género le había llegado su hora. Quincenalmente salía un
tabloide con 53 mil ejemplares, una revista mensual con
80 mil y otra semestral con 30 mil, a las que se añadía
la publicación de libros con autores cubanos y
extranjeros. El gran problema de dónde publicar se había
resuelto y a partir de ese punto se podía entonces
desandar un camino ascendente hacia una historieta
nacional. Como nunca antes los historietistas pudieron
ver sus obras publicadas por capítulos o en libros.
Estaba listo el camino para una superación cualitativa a
partir de jóvenes que abrazaban este arte teniendo ya
una formación académica en pintura, otros, incorporados
en talleres incursionaban con éxito en pintar la vida en
cuadritos.
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Pero
los 90, con la caída del campo socialista, estaban
asechando. La aguda crisis económica, conocida como
período especial, significó que los medios de prensa
redujeran su tirada y cantidad de páginas. De las
revistas de historietas o que publicaban algunas, solo
quedó Zunzún con una salida bastante inestable.
Nuevamente el género volvía a verse limitado por razones
externas a su condición intrínseca.
En el
último trienio una cierta reanimación editorial ha
llegado de alguna manera a la historieta. Pionero,
ahora como revista con carácter mensual, comenzó a
circular y con ella nuevos personajes: Tito y la Mochila
mágica, de Maikel García, un joven que desde adolescente
se empeñó en ser historietista y ya tiene su sello.
Actualmente dibuja el libro Descamisado, de
Enrique Acevedo y parece que le va bien.
Mad
sigue en Zunzún, publicación que continúa dándole
el espacio que merecen Roberto Alfonso, Jorge Oliver
(que también tiene su página en Pionero) y los
Padrón (Juan y Ernesto).
En
tanto Palante, con una salida estable ahora,
mantiene tiras de Delga, José Luis, Wilson y Rose. El
DDT que aún no ha vuelto a su autonomía como
suplemento (sale en una página de Juventud Rebelde)
publica algunas tiras de Garrincha. Similar situación
tiene Melaíto en el centro del país que se inserta en el
periódico Vanguardia.
Sobra
decir que no hay ni por asomo las mismas cantidades de
revistas o de posibilidades de publicar libros que en
los finales de los años ochenta, pero tampoco se vive la
estrechez de a mediados de los 90.
Los
historietistas que hicieron sus pininos en los años 60 continúan activos en su mayoría y una no tan
amplia como buena cantidad de jóvenes se han
incorporado. Estos últimos con tanto amor pero a la vez
con una cosmovisión diferente, le proporcionan al género
nuevos aires. Tienen mucha más información que sus
predecesores y en algunos casos estudios académicos. Tal
vez sea esa la generación que le brinde a la historieta
el fijador que necesita para que se iguale con su
hermana la caricatura, una verdadera reina del arte en
Cuba
(*) Este texto, sin las
actualizaciones lógicas, fue publicado por la autora en
la revista Chasqui en enero de 1995. |