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FLORIT EN LA EVOCACIÓN
 
Él anda entre nosotros. Se le siente en el campo y en el mar. Su palabra limpia, nítida, sentida es una suerte de apoyo, de respaldo en las contingencias menos previsibles. Haberlo conocido y haber atendido a su voz, a su mirada, al noble gesto que nos impone ver, sentir y amar, es una dádiva nunca suficientemente agradecida.


Pablo Armando Fernández| La Habana
 

En el principio tú, flor de los labios
abeja fiel de la palabra inmensa

 

 

Eugenio Florit: la poesía

Hablando en términos de estricta creación, debo decir que Eugenio Florit ha sido el más cercano a mi persona y obra, entre los poetas cubanos que me han reconocido, guiado y acompañado: Emilio Ballagas, José Lezama Lima, Nicolás Guillén, Dulce María y Enrique Loynaz, Virgilio Piñera y Cintio Vitier.

Durante los primeros años de mi iniciación en la poesía, Florit era un nombre para la evocación. Un nombre que en mi niñez y adolescencia, escuché en casa. Mi hermano Alfredo y sus amigos, conocían y repetían las décimas de Trópico, tan consustanciales a nuestro medio: campo y mar. Paisaje indudablemente cubano, reminiscente de otros en Barcelona y Port-Bou, donde transcurriera parte de la niñez y adolescencia del poeta (dato que entonces yo ignoraba), creaba en mí una inquietante sensación de distancias aunque reconocibles, inapresables. Delicias, en el litoral norte de la Isla, verde y azul, con tonalidades del amarillo y del malva en horas crepusculares, era un feudo norteamericano dedicado al cultivo y a la producción de azúcar, que yo creía reconocer en los versos de esas décimas:

Realidad de fuego en frío/ quiébrase el sol en cristales/ al caer en desiguales/ luces sobre el claro río./ Multiplícase el desvío/ del fuego solar, y baña/ verde los campos de caña/ y jobos del cafetal.

Dije que en esos años de mi adolescencia en Nueva York, Florit era un nombre para la evocación. También diré que atribuyéndolos a otros autores —El Cucalambé, Agustín Acosta— repetía algunos de sus versos:

Arde el sol y muerde el llano/ rabia de luz en la tienda./ Ay, río, que no te venda/ tu dueño al americano.

O estos otros:

Chirriar del grillo apresado/ en ruedas de la carreta,/ gira volcando en la veta/ del camino verde prado.

Estos versos y los de Agustín Acosta animaron muchas de las tardes de poesía en casa.

Florit, era un nombre en boca de mis amigos en Nueva York, que lo conocían. Había dejado su empleo en el Consulado General de Cuba en esa ciudad y era profesor en Barnard College, de Columbia University. En tanta evocación Florit era algo lejano, inalcanzable, no importa que viviésemos en la misma ciudad, que yo conociese a personas que lo frecuentaran en el Instituto Hispánico, que rememorase como un encantamiento las décimas aprendidas en mi casa de Delicias. De cierta manera conocía algo de él, de su visión de mi pequeño, por íntimo, y vasto por lo universal, mundo de campo y mar.

Válgame acudir a la pregunta que alguna vez se hizo Andrés Iduarte. «¿Cómo es Florit, por dentro y por fuera?»1 Él lo vio en 1940. Yo, para verlo, tuve que esperar la década de los ’50, aunque era una presencia, casi tangible, en los labios de Emilio Ballagas, que me indujo a buscarlo y conocerlo.

Podría recurrir a mi obstinada intención de regresar a Cuba, a la tantas veces recurrente Antología de Cintio Vitier, Cincuenta años de poesía cubana, a mi primer encuentro con Emilio Ballagas en Nueva York y a los reiterados viajes a Cuba que siempre culminaban en el fracaso hasta casi convencerme que Nueva York era mi destino.

Todos esos años entre 1945 y 1954, vividos en Nueva York y a saltos en Delicias, Holguín y La Habana, el nombre de Florit y su poesía eran una pertinaz evocación. En los años en que intentaba expresarme en una lengua adquirida, prestada, de cierto modo impuesta, las mismas palabras desde Garcilaso a Heredia, desde Martí a Machado, desde Alberti a Florit, me obsedían. Eran mi memoria presente, deseosa de identificarme con algo más allá de mi circunstancia; eran una suerte de reconocimiento y aceptación de mi más recóndito ser. Tal vez porque la décima fuera la estrofa más familiar entre nosotros, que en boca de mi madre exaltaba nuestras celebraciones: cumpleaños, bautismos, bodas, acudía a mi reclamo en esos momentos que la nostalgia genera una inconsolable soledad. Materia para la evocación los versos de Florit, oídos en casa, eran una asistencia:

El agua, entonces sujeta,/ rasga pretéritos lazos;/ y al saltar hecha pedazos/ de fresca cristalería/ condensa la luz del día/ con la sombra entre sus brazos.

Agua y luz conformarán el universo que ha de intentar expresar mi poesía.

Mi primer encuentro real con la obra de Eugenio Florit es en la mencionada Antología de Vitier, ahí están tres décimas de Trópico, cuatro sonetos, «Martirio de San Sebastián», «Estrofas a una estatua», «Tormenta», «La señal», «Momento del cielo» y Seguro pensamiento». Con verdadero deleite enumero la selección de Vitier, pues estos poemas me revelarían lo que tan afanosamente buscaba. Acerca de esto debí hacer algún comentario a Ballagas que conocía, como la suya, la poesía de su amigo y fueron muchas las tardes y las noches dedicadas a repasar sus textos. Este Florit enriquecía mi mundo. Siempre que leo un poema mío de entonces y no reconozco la voz que lo dictaba, pienso en Emilio Ballagas y en Eugenio Florit y, claro, siento a Florit más cercano, él antes que yo anduvo por los predios de la poesía anglosajona, preferentemente la norteamericana, a la que ha dedicado años de trabajo en sus versiones al castellano.

Yo había escrito en Nueva York el conjunto de poemas que formarían Salterio y lamentación y El pequeño cuaderno de Manila Hartman; había conservado los textos de aquellas prosas escritas en inglés, que Carson McCullers consideró poesía y en mis regresos a Delicias y La Habana en 1952 y 1953 había escrito poemas hasta el presente inéditos y otros que Eugenio Florit seleccionara para Nuevos Poemas, que acompañan sus generosas y sentidas palabras:

Pese a todas las inquietudes y los males cubanos una cosa en la patria se mantiene, según lo veo desde mi esquina lejana: la excelencia de su poesía, la calidad  espléndida de sus poetas. Este de ahora, Pablo Armando Fernández, viene a subrayar esa excelencia con un libro que mucho me honro en presentar.2

Publicado mi primer libro y algunos poemas en Orígenes y Nuestro Tiempo, de regreso en Nueva York me di a encontrar a Eugenio Florit. Ballagas me había pedido que lo hiciera. Un tumulto de imágenes lo sitúan en Barnard College, en el Instituto Hispánico, en su apartamento de Park Avenue No. 7, en Las Américas Publishing Company, en un ómnibus o en el metro y con él a Gaetano Massa, Andrés Iduarte, Susana Redondo, Eloy Vaquero, Francisco García Lorca, Octavio Paz, Esquenazi Mayo, en el ámbito académico, en un restaurante en el edificio de las Naciones Unidas, en fin, en Nueva York. Y Eugenio Florit me mira no con la «fina mirada mate de triste sonriencia»3 que tanto impresionara a Juan Ramón Jiménez. Detrás de sus lentas gafas grandes hallo una luz abarcadora que irradia hasta hacerse sentir como una armadura protectora: luz que alumbra, ilumina. Eso sentí siempre que estuve a su lado, siempre que he repasado su poesía.

Hallaba en Florit el cúmulo de la gracia, los dones de la creación: la poesía y la pintura. Él también era todo evocación:

Pero vamos a hablar de otras cosas,/ ¿verdad? Cómo te divertiría/ ver que tu hijo el poeta se ha metido a pintor/ —claro que para no hacer más que tonterías./ Es que, como bien tú lo sabes/ —ahora me acuerdo de aquellas montañas verdecitas/ y de aquellos cielos azules que pintabas al temple/para los Nacimientos que en Port-Bou nos hacías—/ digo que, como sabes,/ es una cosa muy entretenida/ eso de embadurnar un lienzo con colores/ sin saber si te va a salir una flor o un gorila.

Las veces que en su casa me detuve frente a sus paisajes, haciendo mía su nostalgia. Florit había dejado Port-Bou a la edad en que yo salí de Delicias y los dos añorábamos «el quieto verde sobre el verde trémulo», añorábamos el mar y el monte. Y yo hacía mío su lamento:

Por mi culpa, Señor, aquí estoy desmarado,/ en una isla lejos de mis islas,/ y ésta de aquí no tiene mares,/ sino pequeños ríos trabajosos./ Y esta isla de aquí me tiene preso,/ cortado de mi ayer como una rama/ rasgada de su tronco por el viento.

Nadie cómo él para expresar la nostalgia, «dolor de ausencia», «Que en el recuerdo vienen luz, perfume, / y que sentimos algo / como un agua de río que nos llega / y nos inunda el corazón». Esa agua calmaría mi sed y me impondría mirar a las que me rodeaban, «las aguas perezosas y tristes / de los dos ríos que ciñen a Manhattan…» Florit, como Hart Crane , García Lorca y Ginsberg, siente que:

Aquí todos andamos solos y perdidos,/ todos desconocidos/ entre el ruido/ de trenes subterráneos, y de bombas de incendio,/ y sirenas de ambulancias/ que tratan de salvar a los suicidas/ que se tiran al río desde un puente,/ o a la calle desde su ventana,/ o que abren las llaves del gas,/ o se toman cien pastillas para dormir/ —porque, como no se han encontrado todavía,/ lo que desean es dormir y olvidarse de todo—,/olvidarse de que nadie se acuerda de ellos,/ de que están solos, terriblemente solos entre la multitud.

Yo vivía en Nueva York y allá fue Florit el primero en hacer público su reconocimiento y aceptación de lo que yo tenía escrito y publicado:

Pertenece su autor a un grupo de poetas que nos parecen estar de regreso de las enrarecidas cumbres metafísicas de una poesía trascendentalista —a la que desde luego no negamos valor ni importancia— para entrarse en su realidad y circunstancia. Se halla ello en Vitier,en Diego, en Retamar, en Fina García Marruz, en otros.

Y ello lo encontramos muy finamente expresado en estos tiernos versos de evocación familiar y de tierra sin tipicismo ni «color local» de Pablo Armando Fernández.4

Su acogida liberó en mí cualquiera de los múltiples frenos inhibitorios que uno mismo se impone delante de quien es un maestro en el más alto y hondo sentido, «lengua de Pentecostés, espíritu de fuego blanco del alba y la tarde… Bella fórmula difícil que une al hombre, sin salirlo de su especie, con el rayo de luz, el surtidor y el cisne»5 Así lo había visto Juan Ramón Jiménez y así lo reconocía yo.

Florit expone en el prefacio a Nuevos Poemas su opinión «del paso seguro conque nuestro amigo entró por la poesía. Es decir que no se ven tanteos, eso de probar aquí y allí, y más allá, para ver lo que nos sale mejor». Lo cierto es que mi encuentro y contacto con los origenistas me causaron un extraordinario deslumbramiento. Ya por ese entonces intuía que yo no era nada más que una representación de otro —quién y de dónde lo ignoraba— y ese otro tenía hondas raíces en una cultura y una tradición, una lengua y una manera de expresarla. Creí entonces que siendo la palabra un signo de la escritura, era razón de poetas develar sus más ocultos arcanos. Este empeño generó en mí una poderosa convicción: la poesía era la palabra en su más inocente desnudez, no obstante me sentía irresistiblemente fascinado por todas sus posibles representaciones. Vivía obsedido por las palabras. Es, precisamente en ese momento, y aún en Cuba, que la poesía de Eugenio Florit, sale a rescatarme de aquella enajenante sugestión. Su Reino de seguro pensamiento, su «monumento ceñido», «beso de estrella, luz para tu frente / desnuda de memorias y de lágrimas…/ Que serena ilusión tienes, estatua / de eternidad bajo la clara noche», me restituían la serenidad. Poesía, religión, filosofía, magia, historia, no eran incompatibles, reconociendo lo que le corresponde a cada una de ellas, aunque cediendo la primacía a quien le viene en derecho, me permitiría comprenderlas orgánicamente. Comencé a atender y seguir su voz: «di las palabras como las sientes; / clava las letras según las viste, / para que al menos cuando te mueras / dejes al mundo, de lo que eras, / las formas fijas de lo que fuiste.»

Su amistad se me hizo imprescindible, de su mano conocí a Jorge Guillén, asistí a cursos de Andrés Iduarte, Eloy Vaquero y Francisco García Lorca. Era el alumno oyente más asiduo y atento a clases. Su serena majestad me acompañaba. Le presenté a otros escritores de mi generación; conoció a Maruja y asistió a nuestras bodas; nos animó en un proyecto que con la asistencia de Heberto Padilla, Rogelio Llopis y Rafael Nardo comenzamos a echar hacia delante: una revista literaria Meridiano 74. Estuvo a mi lado la noche del estreno de «Las armas son de hierro», nos visitaba con cierta regularidad y coincidíamos en casas de otros amigos comunes.

Recuerdo una conversación con H. R. Hays, el día que Florit nos presentó. A Hays preocupaban los peligros que ha de confrontar un poeta al vivir distanciado de su lengua madre. Florit asintió. Su aprobación complacía, satisfacía mi más imperioso anhelo.

En los últimos treinta y ocho años que he vivido en Cuba, como alguna vez me sugirió hiciera, no he dejado de atender, casi con religiosidad, su voz «de precisa eternidad azul y verde» Él anda entre nosotros. Se le siente en el campo y en el mar. Su palabra limpia, nítida, sentida, es una suerte de apoyo, de respaldo en las contingencias menos previsibles. En esos años su cercanía se ha hecho más activa. Haberlo conocido y haber atendido a su voz, a su mirada, al noble gesto que nos impone ver, sentir, y amar, es una dádiva nunca suficientemente agradecida. En mis años de ausencia, cuando en busca de mi alma, hallé al recuperar la lengua materna las esencias de mi ser, aún me faltaba recobrar algo más que el verde y el azul nativos. De su mano y de su voz fui conociendo los ríos con sus nombres:

Señor, dame saber todos mis ríos,/ los que conozco ya, los que me faltan;/ porque saber los ríos/ es saberse la tierra por que pasan;/ porque saber los ríos/ es conocer el árbol que retratan,/ es conocer las piedras que lo besan,/ los pájaros que anidan en su orilla/ y los peces que juegan en sus aguas.

Que saberse los ríos/ es conocer la sangre de la patria.

Me tranquiliza saber que ellos, esos poetas que como él están «en la estirpe de la inmanente aristocracia poética y humana: el noble instinto, la buena conciencia»6, son una representación del Espíritu en la Isla.  

Notas:

1.- Andrés Iduarte, prólogo a Antología Poética (1930-1955) por Eugenio Florit, México, 1956.
2.- Eugenio Florti, prólogo a Nuevos Poemas, Las Americas Publishing Co. New York, 1956.
3.- Juan Ramón Jiménez, citado por Andrés Iduarte.
4.- Eugenio Florit, Revista Hispánica Moderna, año XXII, Núm. l Enero 1956, p. 43.
5.- Juan Ramón Jiménez, ibid.
6.- Ibid.

EUGENIO FLORIT EN CUBALITERARIA

 

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