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EL DESPEDIDO DE SÍ MISMO
Todo poeta real es un poeta realista. La poesía no tiene
otro asunto que la realidad, de la cual, por definición,
nadie escapa. Pero en el caso de Cardenal se trata de un
realismo militante, de un realismo a la vez
revolucionario y místico, es decir, que busca
combativamente, agónicamente, la transformación y la
unión por el amor, en el amor.
Cintio
Vitier|
La Habana
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Ernesto Cardenal ha
calificado su propia poesía y la que más le gusta de
Nicaragua y Cuba, como poesía «exteriorista». No
obstante su aparente simplicidad, el término se presta a
equívocos. «Exteriorista» no significa desde luego
«exterior» en el sentido de superficial, intrascendente
o desprovisto de subjetividad, pues «el exteriorismo»
(que, según aclara Cardenal, «no es un ismo ni una
escuela literaria») implica una opción, precisamente, de
la subjetividad, la cual decide salir de sí, entregarse
y olvidarse, para expresar el mundo circundante y ayudar
transformarlo o mejorarlo, a partir del lenguaje mismo
de la realidad.
El exteriorismo es la
poesía creada con las imágenes del mundo exterior, el,
mundo que vemos y palpamos, y que es, por lo general, el
mundo específico de la poesía. El exteriorismo es la
poesía objetiva: narrativa y anecdótica, hecha con los
elementos de la vida real y con cosas concretas, con
nombres propios y detalles precisos y datos exactos y
cifras y hechos y dichos.
¿Será necesario
volver a evocar la sombra de Ezra' Pound, il miglior
fabro, que dijera Eliot? En todo caso estas
palabras definitorias de Cardenal, extraídas como las
anteriores del prólogo a su antología de la poesía
nicaragüense, (1) deben ser completadas, en el
caso específico de su poesía, por otras de Thomas Merton,
escritas a propósito de los apuntes en que Cardenal dejó
testimonio de su paso por la abadía trapense de
Gethsemani, Kentucky, en 1957. «Él calla (dice Merton),
como debía, los aspectos más íntimos y personales de su
experiencia contemplativa, y sin embargo, esta se revela
más claramente en la absoluta sencillez y objetividad
con que anota los detalles exteriores y ordinarios de
esta vida. «Tan oportuna observación ―inmediatamente
comprobable con la lectura de aquellos apuntes de
Gethsemani, Ky, que carecen incluso de toda
reflexión o alusión trascendente― ilumina ese aspecto
del exteriorismo ascético de Cardenal y nos ayuda a
entender la otra dimensión de su obra: la de su poesía
política y militante, en la que lo que llamaríamos la
opción dialéctica de su lirismo, da un paso más audaz.
Consiste este paso en asumir la humanidad objetivada o
más bien impresa (como las huellas dactilares) en las
cosas (naturaleza, objetos, criaturas) saturadas de
dolor humano, y encarnar en su palabra ese lirismo
colectivo de la realidad que es sencillamente la poesía
de la historia, la épica. Por eso puede decir también
Cardenal que el exteriorismo «es tan antiguo como Homero
y la poesía bíblica (en realidad es lo que ha
constituido la gran poesía de todos los tiempos)».
Pero ¿no ha existido
también una gran poesía rigurosamente íntima o
personal? ¿No es gran poesía, por ejemplo, la de San
Juan de la Cruz y la del propio Cardenal en las prosas
de Vida en el amor, su gran meditación mística?
Pero ¿cuál era la intimidad que buscaba San Juan de la
Cruz y se busca en Vida en el amor? ¿No era, no
es, precisamente, lo más exterior al subjetivismo del
poeta? Sea como fuere, es indudable que, expresando el
mundo que lo rodea y sus raíces históricas, denunciando
en amargos y proféticos cantos, que tienen tanto de
crónica como de apocalipsis, las devastaciones del
imperialismo español y del imperialismo yanqui en
América, Cardenal se ha expresado también
insuperablemente a sí mismo, como otros poetas ―el
lector puede escogerlos, a su gusto, de la larga
nómina―, dedicados a decirse a sí mismos, han expresado
también por concentración, reflejo o antítesis, el
mundo que los sustentaba.
Todo poeta real es un
poeta realista. La poesía no tiene otro asunto que la
realidad, de la cual, por definición, nadie escapa.
Pero en el caso de Cardenal se trata de un realismo
militante, de un realismo a la vez revolucionario y
místico, es decir, que busca combativamente,
agónicamente, la transformación y la unión por el amor,
en el amor.
Atravesado una vez,
como es de rigor, por el niño terrible, despedido de sí
mismo ―del sí mismo peculiar y «subjetivo»― con suprema
elegancia e ironía, con humor delicado que a veces halla
el equilibrio entre Catulo y el haikú, en sus ya
clásicos Epigramas, tan modernos y tan antiguos,
tan provincianos y tan universales ―honor de
Hispanoamérica―, Cardenal va precisando y profundizando
sus objetivos desde el mural de «Con Walker en
Nicaragua» hasta el coral de «Canto nacional», desde la
catarsis de «Hora O» (en el que se sitúa uno de los
momentos más altos de la poesía) hispanoamericana,
cuando revive el alba de la noche en que asesinaron a Sandino) hasta la enorme denuncia apocalíptica de
«Oráculo sobre Managua», en una vasta ofensiva poética
que cuenta con armas de alto calibre como la versión «a
lo moderno» de los salmos davídicos, asaltos a pecho
desnudo como «Oración por Marilyn Monroe»,
exploraciones en profundidad como las «Coplas a la
muerte de Merton», y una poderosa retaguardia vigilada
por El estrecho dudoso, crónica del tamaño del
crimen que relata, en la que el lenguaje de los
conquistadores es esgrimido vindicativamente por el
poeta, y el Homenaje a los indios americanos,
unitivo, por la martirizada raíz indígena, de las dos Américas.
Poesía, toda ella, de
avance, de asalto, de toma de posiciones estratégicas,
que naturalmente ha tenido a ser la expresión más alta
de la lucha de su pueblo. Poesía como «posters»,
documentales o reportajes, él mismo lo dice, pero
también como homilías y sermones (José Coronel Urtecho,
el inventor, de poemas, cuyo «Febrero en la azucena»
regó la tierra de «Hora O», se lo dijo allá en su finca
Las Brisas). Poesía de su tierra, «como el zanate
clarinero, como el coyol», como todos los pájaros de su
tierra, que él ha cantado como nadie. Poesía, en fin,
telúrica y modernísima, enemiga creciente de todo
dualismo (profano-sagrado, política-religión,
fe-ateísmo, etcétera), la de este destinado vocero del
Frente Sandinista de Liberación, cuya obra, hija de una
experiencia personal y colectiva situada a la
vanguardia del Tercer Mundo, parte de la praxis
revolucionaria juvenil ―en los días del frustrado golpe
contra el viejo Somoza, abril de 1954, cuando «la mano
de los epigramas de amor manejó una Madzen»― y
desemboca después de un proceso que incluye el
noviciado trapense la ordenación sacerdotal, el
memorable experimento de Solentiname (2) y el
encuentro con la Revolución cubana, en la conciencia y
la militancia revolucionaria de una madurez que ha
producido los textos poéticos más grandiosos e
iluminadores de su generación.
Notas:
Prólogo a Poesía, de Ernesto Cardenal. La Habana,
Casa de las Américas, 1979. El título es de los
editores.
1 Poesía nicaragüense. Selección y prólogo de
Ernesto Cardenal 1. La Habana, Casa de las Américas,
1973.
2 Véase «Lo que fue Solentiname (carta al pueblo de
Nicaragua)», por Ernesto Cardenal, en Casa de las
Américas; n, 108, mayo-junio, 1978. |