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A PROPÓSITO DE MIRAR A JULITO
 
Uno de los más reconocidos exponentes del expresionismo abstracto guardó, hasta el último hálito de su existencia, una singular dosis de frescura y originalidad. El Centro Pablo de la Torriente Brau, en su sala Majadahonda, nos devuelve otra mirada, ahora, desde las imágenes y papeles del artista y el ser humano que es Julio Girona.


Idania Trujillo | La Habana
 

Le veía con alguna frecuencia —a pesar de que el elevador de su edificio, ubicado en plena Rampa habanera, me hacía sudar y blasfemar. Sin embargo, nunca me importó subir los agobiantes dieciocho pisos para llegar a saludarle y conversar —café frente al mar— sobre temas diversos. Estaba a punto de una visita cuando supe la noticia de su muerte, hace ya casi un año. Desde entonces conservo una rosa roja y un pequeño poema. Repaso la amable dedicatoria que me escribió en su libro Memorias sin título y me pregunto si no nos habrá hecho otra de las suyas y ande, por ahí, escondido, acechando por las hendijas de uno de sus maravillosos abstractos o esperando para contar el último cuento, el próximo poema, y a hurtadillas, con la inocencia con que un niño pide un chocolate, me suplique le sirva un último sorbito de ron.

Julio Girona poseyó, a la vez que una inagotable imaginación, una admirable capacidad para contar historias. Nacido en Manzanillo —pintoresca ciudad del oriente cubano— además de pintor, escultor y caricaturista, fue un intenso y auténtico poeta. Hombre pequeño e inmenso, amó con la misma y sorprendente pasión con que dibujaba en un abstracto multicolor, las más misteriosas y aparentemente pueriles escenas de la vida.

Su obra plástica transitó por varios ciclos y estilos, desde la más moderna abstracción hasta el tratamiento de la figura humana, en especial, la de la mujer.

Salió por vez primera de Cuba en 1934. Desde entonces viajó por numerosos países de América, Europa y África, lo que le ganó el bien merecido calificativo de «trotamundos». Su permanencia durante tres años en la Segunda Guerra Mundial, en la que participó como soldado, le sirvió no solo para dejar testimonio a través de su pintura, sino para escribir su libro Seis horas y más, por el cual recibió el Premio de la Crítica en 1990.

«Desde que yo era niño allá en Manzanillo —me contó en una entrevista— recogía papeles de mi padre, que era procurador, y me ponía a dibujar el río y el bohío de mi tía que vivía en Veguitas. Luego comencé a hacer caricaturas. Tuve la dicha de conocer a Conrado Massaguer. Un día mi padre me llevó a verlo; quería convencerse si yo realmente tenía talento, porque te confieso que yo no era muy bueno en la aritmética. Por suerte para mí, Massaguer vio mis dibujos y al parecer le gustaron, pues pidió permiso a mi padre para publicar uno o dos en la revista Social. Luego hice caricaturas en barro, me entretenía modelando rostros y hasta hice un busto de Máximo Gómez. La caricatura siempre me persiguió. Cuando llegué a los EE. UU., un amigo me contó que estaban buscando un dibujante para un periódico en Nueva York. Me presenté y a los pocos días comencé a publicar caricaturas antifascistas en La Voz. Con apenas 20 años me había convertido en todo un artista del trazo, ¡te imaginas! Un día Navarro Luna —que fue una especie de padre intelectual— me reprochó duramente y me dijo que cómo podía contentarme con tan poco, que tenía talento para más. Seguí haciendo caricaturas por algún tiempo, me fascinaba aquel mundo. Unos años después obtuve una beca para estudiar en París. Durante esos años recorrí casi toda Europa; dormí en estaciones, parques, en el subway; me fui en barco hasta África, visité las pirámides de Egipto; recorrí Grecia, Alemania en bicicleta y cuando regresé a Nueva York me casé y fui a vivir a Brooklyn.

«Ya había comenzado la Segunda Guerra Mundial. Pensé que podía hacer algo más importante que simples caricaturas. Me alisté como voluntario en el Ejército de los EE. UU. y partí a los frentes de guerra. Durante mucho tiempo, lamenté haber perdido aquellos tres años de mi vida; sin embargo, de no haber pasado por aquella experiencia no habría podido recorrer lugares, conocer a gentes, saber cómo fue aquella guerra, pintar rostros de mujeres, niños, soldados, ancianos, escribir, recordar. Hice muchos dibujos de prisioneros, de gente común y corriente, y al final, comprendí que fue duro pero hermoso...»

Como pintor abstracto, Girona visitó un montón de variantes posibles: abstracción simbólica, pintura del gesto, del signo, espacialismo. Pero ¿qué hay detrás de cada brochazo, de cada mancha de la tela? Una quisiera entrar al cuadro y descubrir el acertijo, el juego con los sentidos que el pintor propone. Luego de disímiles operaciones mentales identifica dos puntos y una curva debajo de la línea de un rostro, entonces, solo entonces encuentra en lo no-figurativo una sabia picardía.

«Empecé a pintar por mi cuenta, con colores. Influenciado por Modigliani pinté mujeres. Picasso, Chagall eran mis ídolos. Al principio destruí muchas piezas, pues no sabía cuándo parar. Ese es uno de los momentos más difíciles para un pintor que comienza: saber cuándo una obra está acabada. Luego pude estudiar y perfeccionar mi entonces rudimentaria manera de crear. Cuando supe que podía estudiar en cualquier lugar, pues como veterano de guerra el gobierno me pagaba una carrera, decidí matricular en una escuela de arte en Nueva York. Noté que la gente copiaba mis cosas y pensé, caramba, estoy influyendo en los demás y eso me dio fuerzas, sentí que aquel era mi camino, el de la pintura abstraccionista, que es lo que más he hecho en mi vida.

«Un día se me ocurre incorporar como tema plástico la caligrafía en las áreas vacías de mis cuadros; así escribí palabras como ‘primavera’, ‘noche’, ‘tarde’; nombres de mujeres como ‘Milagros’, ‘Esperanza’; de calles como ‘Amargura’. Y así escribía todo lo que me venía a la cabeza. Había entrado, sin querer, en el reino de la literatura. Una ventana de la memoria llevaba a otra y a otra y otra nueva. Al poco tiempo apareció mi primer libro Música barroca, que recogía treinta y dos poemas muy breves. La poesía es como un relámpago, esa es su magia.

«Crear algo es una de las cosas que más respeto. No soy un escritor en el sentido exacto de la palabra, soy un tipo que cuenta cosas que recuerda, con cierta picardía, con cierto humor. Nunca pensé que mis cuentos pudieran interesar a la gente, incluso, hubo gente que llegó a decir que lo mío era un caso curioso porque cuando ya muchos imaginaban que iba de cabeza para el asilo aparece Seis horas y más, y luego, Memorias sin título, pero aún más; cuando pensaron que ya me encontraba en la honorable lista de los legionarios del Asilo Santovenia, se publica La corbata Roja y el más reciente Café frente al mar. Nada que lo único que falta es que despida mi duelo con un poema o con un relato de esos bien picantes, porque lo que nunca he podido ocultar es que soy cubano y me encanta serlo».

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