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Tambores en la Friedrichstrasse
Los alemanes que
concurrieron al café concert de la berlinesa
Friedrichstrase aquella noche de 1963 que presagiaba la
arribazón de un crudo invierno, no tenían la menor idea
de lo que era una rumba real.
Cuarenta años atrás en Alemania, Los Papines comenzaron
a tejer una leyenda internacional de la percusión
cubana.
Pedro de la Hoz
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La Habana
Los alemanes que concurrieron al café concert de la
berlinesa Friedrichstrase aquella noche de 1963 que
presagiaba la arribazón de un crudo invierno, no tenían
la menor idea de lo que era una rumba real.
Tampoco los músicos cubanos sabían cómo iba a reaccionar
un público desconocido, que hablaba un idioma rudo a sus
oídos, orgulloso de los órganos de bajos profundos de
sus iglesias y de las baladas nostálgicas de Marlene
Dietrich. Un público que se extasiaba ante la
regularidad coreográfica del music hall y el
estallido de la cuerda de metales que recreaban la fama
de Glenn Miller. Un público que por toda actualidad
contaba con los aires de los rythm and blues que
le llegaban del otro lado de la ciudad dividida.
El
más veterano de los tamboreros cubanos, un negro
entonces joven y corpulento, había vivido, sin embargo,
el contacto con otra cultura. Percusionista de la
orquesta del célebre cabaret Tropicana desde 1955, vio a
mucho norteamericano pasar del estado de benevolencia
alcohólica de los turistas a la caza de lo exótico a una
sincera admiración por el ritmo orgánico e irrepetible
sacado del cuero de las tumbadoras.
Aquella noche estaba el destino marcado. Ricardo, Luis,
Alfredo y Jesús Abreu, hermanos de sangre y arte, Los
Papines, nacidos y criados en el barrio de Los Pocitos,
en Marianao, entre rumbas y toques rituales y un sumo
respeto por la tradición y la ética, serían el foco de
atención del espectáculo Ritmos de Cuba.
Para los genossen berlineses no cabían dudas. Lo
visto y escuchado era explosivo, trepidante, y a la vez,
alta cultura. El cuarteto de percusión funcionaba como
un cuarteto de cámara. El mismísimo Andel hubiera
situado a los cuatro pardos antillanos en una de las
barcazas sobre el Támesis para engalanar los fastos
reales. La orgía de los parches podría dar otra vida a
los suntuosos salones de Sans Souci.
Para Los Papines estaba claro el camino. Sabían que
congas y rumbas podían vestir de fiesta los escenarios.
No se trataba de trasladar mecánicamente a los teatros
el suceso folclórico de la calle, sino de integrarlo
como base de un espectáculo. Debían multiplicarse en
cada acto, comprometer al público, subvertir su gusto,
hacerlo cómplice de la clave.
En
Polonia, la Unión Soviética y Checoslovaquia reeditaron
el éxito berlinés, amplificado por el eco de las
televisoras estatales de los países que entonces
formaban el campo socialista.
La
confirmación de Los Papines como fenómeno internacional
sobrevendría dos años después, cuando la música cubana
en vivo se reencontró con París, nada menos que en el
teatro Olimpia.
El
empresario Bruno Coquatrix conocía bien el negocio.
Contaba con el presupuesto de mostrar cómo la isla
sitiada —una fruta prohibida para los norteamericanos,
víctimas de la guerra que su propio gobierno había
desatado contra el mal ejemplo de haber adoptado un
sistema socialista a pocas millas de sus costas— tenía
mucha música que ofrecer. Partía de la premisa del éxito
de las sucesivas vagues cubaines en París, con la
primera en los años 20. Había hecho reunir a las
autoridades culturales de la Cuba revolucionaria un
elenco de estrellas: la eterna charanga de la Orquesta
Aragón, el filin y la sabrosura de Elena Burke, la
cubanización de The Platters en las voces de Los
Zafiros, el naciente Mozambique de Pello el Afrokán, el
guaguancó exultante de Celeste Mendoza y la versión
criolla del music hall en el ballet El solar, de
Alberto Alonso. Y, claro está, Los Papines.
A
partir de ese momento, los hermanos Abreu no dejarían de
recorrer el ancho mundo con sus tambores, sus voces, su
ingenio y su autenticidad.
Incluso se dieron el lujo en 1969 de plagiar al Julio
Verne de La vuelta al mundo en 80 días, con una
gira que en idéntico plazo los llevó de La Habana a
México, de México a Tokio, de Tokio a Moscú, de Moscú a
Argel y de Argel a La Habana.
Cincuenta y dos países se inscriben en su agenda de
viajes. Y a cada vuelta, una lucha por perfeccionar su
arte y hallar nuevas aristas para el espectáculo. En esa
ruta encontrarían la colaboración de Luis Carbonell,
quien les enseñó los secretos de la armonización vocal.
Un
lamentable suceso —la muerte en el 2001 de Alfredo— hizo
temer por el futuro de Los Papines. Una vez más, sin
embargo, se levantaron. En lugar de cuatro, ahora son
cinco, pues la plaza de Alfredo fue ocupada por Yuliet,
la hija de Jesús, y Luisito, el vástago de Luis. Con esa
inyección de sangre fresca, volvieron a conquistar a los
más diversos públicos del mundo, como para demostrar que
la saga de los tambores que estremecieron a la
Friedrichstrasse cuarenta años atrás, no ha concluido
aún.
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