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A PROPÓSITO DE HAITÍ
Haití ha sido una de las víctimas preferentes del
intervencionismo político y militar, y de toda índole,
del imperialismo estadounidense, que ha continuado la
obra del colonialismo europeo y coadyuvado al pavoroso
empobrecimiento de ese pueblo caribeño, donde prohijó un
ejemplo mayor de gorilismo.
Luis
Toledo Sande|
La Habana
A las
puertas del bicentenario de la independencia de Haití
—acontecimiento que merece celebrarse a la altura de su
importancia en la historia de las luchas por la
emancipación dentro y fuera de nuestra América—, voces
representativas del hermano país se han unido en una
declaración contra las calamidades que sufre su pueblo,
y, naturalmente, contra los responsables y cómplices de
tal situación. El asunto —aunque no se agote en ellos,
pues concierne también a factores internos— remite
directamente a los actos de injerencia violatoria del
imperialismo estadounidense contra la soberanía de las
naciones y la libertad de los pueblos, no solo en la
región más cercana geográficamente a él.
En
esa región figura Haití, país al cual se le ha hecho
pagar caro su pionero gesto independentista asociado a
la abolición de la esclavitud, como a Cuba se le ha
hecho pagar caro la voluntad de unir la conquista de su
soberanía con metas más altas de justicia social. No
hay que buscar en estas páginas un recuento
factográfico irreductible a unas pocas cuartillas: se
trata de una realidad en plena marcha y se le han
dedicado, si no todas las necesarias, sí muchas páginas
ya publicadas, aparte de vivir
en la memoria
de
quienes no escojan ser olvidadizos o ignorantes. Huelga
decir que estos últimos vocablos no aluden a los
millones de seres humanos que, condenados por la
opresión a vivir en la ignorancia, tienen sin embargo la
sabiduría y las intuiciones con que los pobres de la
tierra se oponen a la iniquidad.
De
un modo imprevisto y singular, el tema haitiano surgió
hace algunos años en uno de los encuentros que en Cuba
se dedicaron —como en otros países de nuestra América e
incluso de Europa, señaladamente España— a tratar, con
ocasión de su centenario, acontecimientos que suelen
resumirse en una sintética expresión: el 98. Son,
desde luego, los hechos signados por la acción con que
los EE. UU. humillaron a la Corona española, frustraron
la independencia de Cuba, colonizaron a Puerto Rico,
masacraron al pueblo filipino para apoderarse también de
esas islas e iniciaron así, en grande, su acometida para
dominar al planeta.
Invitado a participar en uno de los paneles de aquel
encuentro, se me encargó presentar una breve ponencia
sobre la actitud del gobierno de los EE. UU. hacia los
pueblos de nuestra América. Cualquiera que fuese el
abordaje de ese tema, pasaría por la ineludible denuncia
de una potencia imperialista que, desde su fundación, ha
castigado a los pueblos vecinos con saqueos
territoriales y económicos, agresiones armadas y
cruentos golpes de Estado para imponer sangrientas
tiranías a su servicio.
A
la hora del debate pidió la palabra —entre otras
personas, cubanas y no cubanas, que asistían al
encuentro— una profesional estadounidense. Su interés,
distinto del expresado por los demás participantes, era
pedirme que reconsiderase mis argumentos a la luz de un
hecho que, para ella, acusaba una nueva política de su
país con respecto a la región. En sus palabras aprecié
sinceridad y, a ratos, candor; tuve hasta la impresión
de que, si se hubiera extendido un poco más, no habría
podido disimular la sordina del nudo en su garganta.
Manifestaba su querencia a Cuba y a todos los pueblos
del mundo, se pronunciaba contra las injusticias y, al
mismo tiempo, evidenciaba desear vivamente en el plano
internacional que su gobierno empezara a enrumbarse por
buenos caminos: o sea, a respetar el derecho de
autodeterminación de los demás países y, en estos, los
principios de la democracia que ella daba por cumplidos
en el suyo.
Las esperanzas de la joven las alimentaba el hecho de
que a la Casa Blanca había llegado un mandatario
carismático, con fama de liberal y audaz, y con la
aureola que le daban su relativa juventud y
declaraciones progresistas hechas durante la campaña
electoral. Pero que no tuvo lo que necesitaba tener, en
sí mismo y sobre todo en las fuerzas dominantes de su
nación, para cumplir sus promesas. Como cualquier otro
presidente del imperio, era dominado por los poderosos
de su país, y acabó envuelto en brutales agresiones a
otros países; y, para colmo, humillado por escándalos
dignos de comentarse en las comidillas del barrio, pero
que, en virtud de las manipulaciones de que fueron
objeto por parte de los intereses más retrógrados,
fueron magnificados grotescamente.
Para pedirme que cambiara o, por lo pronto, modificara
mis criterios sobre la ilegal e inmoral agresividad del
gobierno de su nación, la joven aducía la reposición de
Jean-Bertrand Aristide, tras su temporal derrocamiento
por fuerzas militares intestinas, como presidente
haitiano. Sugería que se viera una expresión de buena fe
en el acto que quizás haya sido el más diabólico de los
muchos y muy terribles perpetrados contra Haití por el
Norte imperial. Como quiso saber en qué me basaba para
sostener ese criterio, me extendí en la respuesta.
Haití ha sido una de las víctimas preferentes del
intervencionismo político y militar, y de toda índole,
del imperialismo estadounidense, que ha continuado la
obra del colonialismo europeo y coadyuvado al pavoroso
empobrecimiento de ese pueblo caribeño, donde prohijó un
ejemplo mayor de gorilismo. Cuando ya las dictaduras
sostenidas por ejércitos antipopulares habían caído en
la infuncionalidad y no convenían a sus patrocinadores,
el imperio aceptó que en Haití ocurriese lo que en otros
países latinoamericanos: la elección de un presidente
calificado de democrático. Cualquier persona ingenua
pudo creer que ahí terminaba esa historia. Pero no.
El estreno de
Aristide en la presidencia de su nación fomentó muy
dignas esperanzas. Era, de entrada, un símbolo opuesto a
prácticas bárbaras que allí habían venido imponiéndose
con la complicidad, cuando no con el patrocinio, del amo
extranjero, y triunfó en elecciones inéditas en su
tierra. Su civilidad, aunada a una condición religiosa
que lo ubicaba en las tendencias teológicas renovadoras
de la América Latina, le daba un aura de espiritualidad
y decencia estimulante en relación con el ambiente
implantado y capitalizado por los opresores nativos y
foráneos. Era, en fin, una figura que rebasaba —como
ilusión al menos— las expectativas tolerables por el
imperio. Pronto, pues, lo derrocaron las mismas fuerzas
militares que este último había venido manejando y
manejaba (maneja), y el depuesto sacerdote-presidente
halló asilo en la nación imperial.
Altruista ese
gobierno anfitrión!, ¿verdad? Lo cierto es que recibió a
un Aristide neutralizado, a un Aristide a quien ya, de
hecho, el derrocamiento por los gorilas lo identificaba
con la incapacidad objetiva para cumplir el programa de
transformación que su pueblo necesitaba y esperaba.
Demos por sentado que ese programa, es decir, el propio
Aristide, era sincero, y se comprenderá mucho mejor aún
por qué tenía en su contra la tradicional política
fomentada en su patria —con propósitos harto opuestos a
la emancipación y a la dignidad— por el imperio y por la
oligarquía interna.
De ahí que el modo
como, luego de su derrocamiento, Aristide fue recolocado
en su cargo de presidente, pueda calificarse como una
operación particularmente diabólica. Con ella, el
imperio conseguiría llevar a cabo en Haití una ocupación
militar que pareciera justificada, y, de paso, le
recordaría a la arrogante camarilla castrense algo que
esta no podía permitirse olvidar: también ella actuaba
según los designios del amo imperialista, y no tenía
fuerza para más.
Ese mismo imperio
privaba a Aristide de toda fuerza transformadora al
convertirlo en alguien que no sería ya un presidente
electo por la mayoría de su pueblo, y mucho menos un
símbolo de las esperanzas que las masas maltratadas y
humilladas en su tierra podían albergar. Sería un
mandatario «elevado» a esa condición por el mismo
imperio que había propiciado y aprovechado largamente en
función de sus intereses la tragedia haitiana.
Desactivando a Aristide, ese imperio daba además un
golpe a la teología de la liberación, incompatible con
el satánico «mesianismo» de césares que se han permitido
decir que Dios está con ellos y hasta los visita y les
habla al oído en el templo llamado Casa Blanca.
El gobierno de los
EE. UU. no se ha caracterizado precisamente por defender
y promover libertadores, por apoyar a gobernantes que
hayan intentado actuar honradamente al servicio de sus
pueblos, sino por todo lo contrario. Así como en
determinadas circunstancias podrá «proclamar que lucha»
contra terroristas —terroristas que antes, ¡vaya
casualidad!, le han servido en sus planes, como en
Afganistán—, puede derrocar a presuntos o reales
dictadores —en Kosovo, en Iraq o en cualquier otra
«oscura» parte del mundo adonde decidan llevar sus actos
genocidas—, pero no para sustituirlos por defensores de
la justicia. Como en Guatemala y en Chile, han derrocado
gobiernos legítimos y democráticos para reemplazarlos
por tiranos sanguinarios; y hacen todo lo posible por
asfixiar y derrotar a la Revolución cubana.
Es
de extrañar que el imperialismo no haya consumado en
Palestina una estratagema similar a la que aplicaron en
el caso haitiano para anular las que parecieron
potencialidades progresistas, quizás revolucionarias, de
Aristide. Como apunté en un artículo publicado en La
Jiribilla digital poco después de los sucesos del 11
de septiembre de 2001 —sucesos trágicos y turbios: no se
conocen sus verdaderos comisores, pero sí sus únicos
beneficiarios—, el poderío que han conseguido en el
Medio Oriente pudo haber movido ya a los imperialistas a
patrocinar la fundación y el acatamiento de un Estado
palestino. No, por supuesto, del Estado libre y soberano
a que ese pueblo tiene pleno derecho histórico y moral,
sino otro harto distinto y que también tributase, como
tributa el sionismo en pago de la protección recibida, a
las arcas y a la hegemonía del imperio.
El imperio
completaría aún mejor sus maniobras si a ese Estado lo
representaran, en el plano formal, sus más prestigiosos
símbolos históricos, pues con ello los aniquilaría moral
y políticamente. Que al menos de manera resuelta no
hayan puesto en práctica un plan semejante, habla de la
tozudez del devastador proyecto imperiosionista, que
muestra su voluntad de exterminar al pueblo palestino.
Pero es también un voto en favor de la consecuencia de
Yasser Arafat. Si hubieran podido aniquilarlo con un
procedimiento de semejante entraña, le habrían dado al
movimiento de liberación palestino, y a todas las
fuerzas defensoras de la justicia en el mundo, un golpe
mucho más efectivo que el asesinato con que ese
dirigente está amenazado en medio de un cerco feroz,
donde lo que debe asombrar es que no lo hayan asesinado
todavía. Apuestan probablemente a su muerte natural,
pues la biología es implacable; pero también en ese caso
quedará en pie la imagen de un luchador que no se
doblegó ni fue manipulado.
Para quien de veras quiera aprender y actuar
consecuentemente, no escasearán las lecciones de la
historia: es decir, de la vida. En ellas hace pensar la
declaración que dentro de Haití se ha alzado contra la
realidad que ese país sufre doscientos años después de
haber ganado heroicamente su independencia. Quienes han
firmado y promueven aquella declaración, se han sentido
con derecho a enfilarla contra un gobernante que tantas
ilusiones despertó en su momento, por lo que se esperaba
que pudiera hacer o apoyar en pos del bien de su sufrido
pueblo en el reino de este maltrecho mundo.
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