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SOMOS POLVO DE ESTRELLAS
Vislumbramos con esperanza los albores de una nueva
revolución que se viene levantando en toda la tierra, y
es la de esos miles de miles de jóvenes, convocados por
ellos mismos y con la velocidad de la electrónica, sin
partidos políticos ni líderes ni ideologías, reuniéndose
en una gran ciudad un día y en otra gran ciudad otro
día, o simultáneamente en todas las ciudades el mismo
día para protestar contra la guerra y el neoliberalismo
y la globalización, y anunciar que otro mundo es
posible.
Ernesto
Cardenal|
La Habana
Se piensa que es muy
posible que la vida exista en otros planetas de otras
estrellas por el hecho de que en el nuestro apareció la
vida inmediatamente que hubo las condiciones para ella.
El título «Somos polvo de estrellas», aunque poético es
perfectamente científico. Pero, cuál es el origen de la
vida no tiene respuesta científica. A esta pregunta el
científico Du Bois-Reymond en el siglo XIX, en un
congreso de fisiólogos, respondió diciendo: Ignoramus
et ignorabimus. Y aún seguimos sin respuesta. Me
parece que sobre el origen de la vida solo podemos decir
tres cosas: Que la creó Dios, lo cual podría ser una
respuesta verdadera o falsa, pero no es científica. Que
se creó sola sin ningún Dios, lo cual podría ser también
una respuesta verdadera o falsa, pero tampoco es
científica, y exige tanta o más fe que la anterior. O
que no sabemos, lo cual podría ser científico pero no es
respuesta.
Lo que sabemos es que
la vida apareció en la Tierra hace tres mil o cuatro mil
millones de años. Primero hubo moléculas grandes, que
procedían de moléculas más pequeñas, las que procedían
de átomos formados a temperaturas de 20 millones de
grados en el corazón de las galaxias, las cuales se
formaron de nubes de hidrógeno y helio que salieron del
Big Bang. Algo, pues, sí sabemos: que la vida viene del
Big Bang.
Esto según el relato
científico actual de la creación. Hay otros relatos
contados de otra manera, pero que en el fondo vienen a
decir lo mismo. Los indios cunas de Panamá dicen que al
principio no había sino crepúsculo. En los Mares del Sur
se dice que solo Ta´aroa existía en la gran inmensidad,
cuando no había tierra ni había cielo, ni había mar ni
Tahití, y él se convirtió en universo. Los chinos dicen
que al principio el Tao no tenía nombre; lo tuvo, y fue
la creación. Un pueblo amazónico dice que en aquel
tiempo solo había oscuridad y no había río. Otros dicen
que él hizo la tierra de Hawai como una concha marina, y
la tierra comenzó a danzar. Otro pueblo dice que en el
principio solo estaba el Uno sin otros, y ese Ser pensó
y deseó ser muchos. Otro dice que fueron dos gemelos,
los que enseñaron a producir fuego, a cazar las focas,
enseñaron a los hombres a hacer el amor, y les revelaron
los nombres de las cosas.
Lo que sabemos
científicamente es que en el principio no había nada, y
surgió la energía, y después la materia que está
compuesta de átomos, y los átomos están unidos de una
manera que engarzan unos con otros. Así se formaron
aglomeraciones de átomos. Y así el orden emergió del
caos. Los átomos no tienen forma fija propiamente, son
un núcleo rodeado de una nube. Las moléculas sí tienen
forma fija, como los encajes de cristal de un copo de
nieve. Este es un orden salido del caos. Un orden aún
mayor es cuando de la molécula salió la vida.
La evolución de la
vida es de lo pequeño a lo más grande. Se pasa de lo más
simple a lo más complejo, y lo más complejo es más
grande. Los mamíferos han procedido gradualmente de los
reptiles sin que hubiera un reptil que de pronto diera a
luz un mamífero. De la misma manera la vida ha procedido
gradualmente de la no vida. En el agua o el barro
moléculas de carbono fueron dando origen a otras
moléculas de carbono cada vez más complejas y más
grandes, y después empezaron a repetirse, y esto poco a
poco fue haciéndose vida. Hasta nosotros.
El universo es
uniforme. Solo hay como cien elementos (cien clases de
átomos) en todo el universo, y de ellos estamos hechos
nosotros. Y también así es la vida. Todas las células
tienen composición similar. Desde la diatomea unicelular
hasta la ballena azul (y en medio, los humanos) todos
los seres vivos estamos compuestos de los mismos
amino-ácidos: en total 20 aminoácidos. Y de una sola
célula proceden todos los seres vivos. Y aun de la misma
organización de moléculas que más tarde pasó a ser la
primera célula. Aunque la diferencia que hay entre la
molécula y la célula es tan grande que se dice que si
una molécula fuera un automóvil, la célula sería la
compañía Ford.
Así es que somos
hermanos de todos los seres vivos, pero de los no vivos
también. Hace poco leía al científico Louis J. Halle en
su libro Out of Chaos, quien decía que lo vivo y
lo no vivo son solo categorías con las que nuestra mente
divide los seres. No consideramos vivo al cristal de un
copo de nieve que flota en el viento, decía él, pero
consideramos viva a la diatomea, la bellísima célula de
caparazones sílicos con dibujos extraordinariamente
delicados que flota en el mar. Y, sin embargo, las
moléculas que componen la diatomea no son más vivas que
las del copo de nieve. Y agregaba que la vida de la
diatomea es efímera y pronto no tendrá más vida que la
nieve, pero nuestras vidas son también efímeras como las
diatomeas.
Pero de un unicelular
se pasó después a las muchas células. Y no sabemos cómo
las células han hecho para organizarse y ser un pulpo,
un roble, una mariposa. Hay casos en que crecen sin
control y a eso llamamos cáncer. No sabemos cómo en un
huevo fertilizado están las instrucciones hasta del
color de los ojos de la criatura que va a nacer. Cómo en
el huevo de un ave está el mapa de la Tierra, y los
conocimientos geográficos y astronómicos necesarios para
que el nuevo pájaro pueda emigrar de un polo a otro sin
que nadie lo lleve.
La evolución del
universo comenzó en el Big Bang, y la vida es
continuación de esta evolución. Hasta nosotros. Todos
los seres del universo hemos nacido del mismo vientre,
ese evento tan improbable como es el Big Bang. Y desde
entonces empezó la evolución. En la Biblia se cuenta que
Dios dijo que todo estaba bueno, pero lo habrá dicho
después de algunos billones de años de evolución. Con la
evolución, la vida engendró vida, pero antes la no vida
engendró vida. Por errores ocurridos en la transmisión
del ADN se fueron creando variaciones. Y así avanzaba la
evolución. Si no hubiera habido nunca un error y todo
hubiera sido perfecto no hubiera habido sino microbios.
No hubiera habido el paso de la ameba a la diatomea, al
reptil, al simio y a nosotros. Que han sido grados de
percibir más y más realidad.
Nosotros somos
agentes de la aceleración de la evolución, y agentes
conscientes. De la evolución no biológica, conste.
Porque la mano humana evolucionó en herramienta. Y ya no
tenía por qué evolucionar en más dedos, por ejemplo.
Este vastísimo
universo en el que estamos es por nosotros que se
conoció a sí mismo. Somos las estrellas estudiando ahora
a las estrellas.
En los lodazales de
la tierra, el cosmos se hizo vivo. Y poco tiempo después
(en los humanos) se entendió a sí mismo. En nosotros, a
quien un científico ha llamado la más compleja de las
moléculas.
En este planeta, de
reacciones puramente químicas se pasó a vida
inteligente. Pero no para ser mentes múltiples, sino una
sola mente colectiva. Preguntaron al astronauta cómo se
ve la Tierra desde la luna y contestó: «Frágil». Y
también dijo que se ve sin ninguna división de
naciones.
Existe lo que se
llama el Principio de la Mediocridad. Si el sol es una
estrella ordinaria, y los planetas en una estrella son
una cosa común, y la química de nuestros cuerpos es algo
que existe en todo el universo, no hay razón para que en
el universo no haya muchos otros como nosotros.
Puede ser que en el
futuro próximo las computadoras nos hermanen más. Pero
la cooperación ha existido siempre a todo nivel
biológico, y es tan antigua como la vida. Preguntar por
el origen de la cooperación —se ha dicho— es como
preguntar por el origen de la vida. Un factor de la
evolución ha sido la cooperación. Y otro el altruismo.
«Altruismo» es una
palabra nueva en biología. Ya existía antes, pero sin el
nuevo sentido biológico que ahora tiene. Cuando el
gavilán va a atacar una bandada de tordos que comen en
un prado, hay un tordo que silba fuerte alertando a los
demás. Es a él al que el gavilán ataca mientras los
otros pueden escapar: eso es altruismo. Los genes de ese
altruista no se transmiten porque murió prematuramente,
pero se transmiten los de sus familiares más cercanos, y
eso hace que más tarde se produzca otro altruista. Igual
sucede con los héroes y mártires.
La primera economía
fue compartir. Y la sociobiología enseña que hacer bien
a otro es hacerlo a uno mismo. Y que la guerra la
tenemos en nuestros genes, es un mito de nuestro
tiempo.
Una diferencia que
hay entre la evolución humana y la de los animales es
que las abejas han venido teniendo el mismo lenguaje
desde hace millones de años, mientras entre nosotros ya
nadie sabe hablar sumerio. La evolución animal ha sido
del instinto. La nuestra superar el instinto.
Somos animales que
son elementos químicos que son átomos que son solo
niebla de probabilidades. Es un misterio el que el azar
pueda ser causa del orden. Pero los electrones parecen
tomar decisiones, dice Talbot. Y dice Dysson: «La mente
es inherente al electrón».
Toda especie se va
dividiendo y dividiendo. Solo una se fue uniendo más y
más, y esa somos nosotros, que nos unimos tanto hasta
convertirnos en ciudades.
Una vez en el siglo
XIX en el Caribe estaba un niño en la cubierta de un
barco mirando las estrellas, y sentado junto a él el
gran prócer cubano José Martí. Posteriormente ese niño,
ya de más de noventa años, relató al escritor cubano
Cintio Vitier lo que le dijo Martí de las estrellas, y
su relato quedó en una grabadora, y es como oír a Martí
hablando. Martí le dijo: «Muchacho, ¿tú crees que todo
eso fue hecho solo para que nosotros lo contempláramos
un tiempo breve? ¿No te parece que habrá algo más grande
que nosotros? ¿Tú te das cuenta de lo que todo eso que
estás viendo allí arriba representa, y que nosotros
somos parte de eso? Así pues, debes entender que todo
eso no fue hecho para divertirnos y que tenemos
obligaciones con eso que se ha creado».
En nuestro tiempo,
Wheeler ha preguntado para qué sirve un universo sin
conciencia de ese universo. Y agrega que el universo es
tan grande porque solo así podríamos estar nosotros. Si
no hubiera evolucionado hasta ser del tamaño que ahora
es, no hubiéramos tenido oportunidad de estar en él.
Igualmente dice Barrow que nuestra existencia es la
causa de la estructura del universo.
Misteriosa
astrofísica es esta. Que las condiciones físicas hayan
producido al hombre lo entendemos. ¿Pero que el hombre
haya producido las condiciones físicas para que él
apareciera en el futuro? Otro físico ha dicho, aunque ya
no recuerdo quién, que el universo tenía que crear
observadores de él. (Como aquel niño que había estado
mirando las estrellas junto con José Martí).
La Tierra era una
bola de piedra derretida que se enfrió. Se enfrió en la
corteza, pues se dice que en su interior es tan caliente
como la superficie del sol. Y la corteza fue quedando
llena de toda clase de pedazos de piedra, muchos de
ellos terrestres y otros extraterrestres. Y esas piedras
un homínido las empezó a labrar. Así se hicieron hachas
y flechas. Por el filo del pedernal fue desapareciendo
el filo de los colmillos.
El Homo habilis
labró las piedras. Pero en su evolución no fue lo
más determinante la perfección de herramientas, sino la
socialización. O como decimos ahora, la solidaridad.
Muchos animales cazan juntos, pero no comparten lo
cazado. Cuando el mono compartió la comida ya no fue
mono sino humano. El dar y recibir es también lo que nos
hizo humanos. Darwin había dicho: «La sobrevivencia del
más apto». Pero los más aptos son los más solidarios. El
biólogo Stephen Jay Gould ha dicho que el progreso de la
evolución ha sido más por comunión que por combate. En
esas selvas no hubo ley de la selva.
Este ha sido el único
animal de posición erguida. Los brazos se le acortaron y
se le alargaron las piernas. Ya tuvo una capacidad
física para andar en dos pies, y también se dice que ya
tuvo una «ideología bípeda».
El estar en dos pies
nos hizo inteligentes. Porque ya no era un cerebro
inclinado hacia abajo, colgado de un cuerpo, sino puesto
sobre una columna vertical dominándolo todo. Y el
cerebro se hizo más grande y con más frente. Llegó a ser
cuatro veces más grande que el del mono, y esto hizo que
la frente se proyectara hacia delante. Al mismo tiempo
las manos ya no fueron para caminar.
Mientras estaba más
tiempo erecto usaba más sus manos; y mientras usaba más
sus manos estaba más tiempo erecto.
El fuego también
sirvió para juntarnos. Propició el lenguaje, el estar
contando historias junto a la fogata. El macho tuvo ya
una mayor inclinación familiar. De no haber sido así se
habrían extinguido los humanos.
La penúltima rama de
la evolución habían sido los neanderthales. La última
fuimos nosotros (hasta ahora). La manito apretada del
bebé es por el pelambre que tenía la mamá y al que él se
aferraba. Parece que físicamente el neanderthal era más
avanzado que el sapiens, pero no desarrolló los lóbulos
frontales como el sapiens, que son los de la
imaginación, la ética y las emociones.
Somos también el
único vertebrado que fue filósofo. Hacía tiempo que la
cola ya no era útil. El fuego no solo fue útil, sino
también fascinante. Y todavía lo es; por eso a los niños
les gusta tanto jugar con fósforos. Y a todos nos gusta
mirar las llamas de la chimenea. Ese fuego había sido
traído del interior del bosque, posiblemente de algún
árbol que estaba ardiendo. Fue como si se hubiera metido
el sol en la cueva. Y a su alrededor danzamos.
El ser humano existe
solo en grupo. Existe solo como comunidad humana.
Debemos saber también
que esta especie humana es una especie afortunada.
Tenemos el caso de los delfines. Se dice que son tan
inteligentes como nosotros, y tal vez más. Hay delfines
que casi han hablado inglés —la lengua de su
entrenamiento— en acústica subacuática que es a veces
ultrasónica. Sus sonares y radares son mejores que los
nuestros. En tecnología no antropocéntrica una gran
tecnología. Su cerebro más evolucionado que el de
nosotros. Con una visión bajo el agua igual que en el
aire. Mitad del ojo con visión acuática y mitad visión
aérea. Pero ellos quedaron frustrados en su evolución.
Por ser aerodinámicos no tienen mano derecha ni
izquierda. No pueden tocar piano ni usar herramientas, y
no pueden encender fuego por estar bajo el agua.
Todavía no se sabe
por qué nosotros nos pusimos en dos pies. La afición de
los niños de trepar a los árboles se debe a nuestro
primer estado. Por no andar ya en los árboles nuestros
dedos se movieron separados. El pulgar y el índice
pudieron así formar un círculo. Los ojos habían sido
para mirar de noche y por eso eran grandes. Después
fueron para mirar de día pero siguieron siendo grandes.
Y también ya fueron para mirar los colores. Esto en la
selva monocroma era una ventaja. Un mundo de colores,
tridimensional y tocable, para distinguir mejor la fruta
dentro del follaje, y cogerla y cortarla, y tal vez
ofrecerla. Eso fue ya pensamiento: separar lo concreto
de su entorno indiferenciado. Fue ya pensamiento y
lenguaje. Eso sería el fruto del conocimiento que dice
el Génesis. Sea como sea, la verdad es que el que veamos
en colores se debe a las frutas maduras.
La curva hacia atrás
arriba del lumbar hizo al cuerpo más erecto y más bello
también. Tal vez fue entonces que se sintieron desnudos,
con el sexo en medio de sus cuerpos. El Edén era en
África. ¿Será desde entonces que ya tuvimos que andar
vestidos? En África a orillas del lago Turkana se han
encontrado fósiles de homínidos, de los más antiguos, y
entre esos fósiles una hoja de higuera: una hoja de
higuera que quedó moldeada en el barro ahora
petrificado. Se dice que dejamos de tener pelo como los
monos para estar más frescos bajo el sol tropical, y que
los pigmentos negros fueron un pudor de la piel. El
hecho es que desde entonces ya no andamos desnudos.
El Homo erectus
es cuando ya fuimos hombres y no monos. Por un
millón y medio de años fuimos cazadores-recolectores,
con herramientas y con el fuego domesticado. El paraíso
no fue algo dado, sino tan solo ofrecido. Algo ofrecido
al hombre y no al animal. Y fue ofrecido el progreso al
hombre, pero no al animal.
Por eones estuvieron
mirando las estrellas, que tenían alguna regularidad y
muchas irregularidades, y se preguntaban: ¿Qué serán
ellas? Más tarde aprendieron aritmética contando ovejas.
Aritmética que ha permitido ahora contar galaxias.
El hombre es también
el único animal con nalgas. Y en posición erecta se le
ocultó el ano. La mujer es el único mamífero con mamas
permanentes, no solo cuando está amamantando; y también
con orgasmo y con celo todo el año. Eso fue para que en
aquellas cuevas hubiera un amor permanente. Y para que
así los niños, de crecimiento lento, fueran cuidados
muchos años, hasta que pudieran valerse por sí mismos. O
la especie habría desaparecido.
También el hombre es
el único animal que sonríe. Los labios se modificaron,
separándose de las encías, para poder sonreír.
La nariz se alargó
hacia delante, igual que la barbilla, y estas dos cosas
fueron para poder hablar. Los colmillos se atrofiaron,
lo que nos modificó la cara, y también nos permitió
hablar. La lengua ya fue menos larga que la de los
monos, y esto fue también para hablar. Primero habrán
sido sonidos simbólicos individuales, pero después
habrán sido de todo el grupo. También el estar mucho
tiempo juntos en la cueva habrá aumentado la
comunicación. El hombre empezó a hablar, y hablando
recordó el pasado y planeó para el futuro —lo que no
hacen los animales— y también ya fue consciente de sí
mismo, del que hablaba.
Cada vez andaba mejor
en dos pies y su mano cada vez agarraba mejor. Esto hizo
crecer su cerebro. Y así llegó a su término la evolución
anatómica del Homo sapiens; ya no hubo necesidad
de más evolución anatómica. La evolución fue ya de otro
orden.
Los monos menos
humanos se perdieron en el monte. ¿El lenguaje nos hizo
humanos o fue el cerebro humano el que hizo el lenguaje?
Comenzaron a tener ideas y nociones. Por ejemplo, la
noción de la muerte. Es el único animal que sabe que va
a morir.
El lenguaje fue con
fines prácticos primeramente, pero después pasó al mito
y a cosas espirituales. Domesticó plantas y animales,
pero antes se domesticó a sí mismo.
¿Tal vez los vestidos
fueron para ocultar la animalidad? Ya no tuvo pelambre
en el cuerpo, tan solo en la cabeza, para proteger del
sol al cerebro, y en el sexo para resaltarlo.
Tuvo ojos bellos,
labios bellos y bellos dientes, Homo sapiens.
Esta fue la evolución de una especie para dominar la
evolución. Otra diferencia con los animales es que somos
responsables. A pesar de que algunos fósiles humanos
apenas se distinguen de los de los animales.
El Salmo dice que
Dios creó al hombre solo un poco menor que los ángeles.
¿Pero por qué con pedos y con intestino recto? Y Dios
encarnó en el Homo sapiens. Aquello que pasmaba a
Tertuliano: el que Dios —decía— hubiera sido sacado a
luz por partes vergonzosas, y alimentado de manera
ridícula.
Es el único animal
que sabe que va a morir. Pero antes todo cambio
evolutivo, hasta nosotros, había sido para la
sobrevivencia. Y yo pienso: ¿siendo la nuestra la más
adaptable de las especies, no se adaptará también tras
la muerte? No es muy difícil concebir que pasaríamos a
ser parte de una conciencia colectiva, y que nuestro
cuerpo será todo el universo.
Desde antes que el
hombre fuera hombre, desde el neanderthal, se ha creído
en la resurrección. Sin embargo, de todos modos, sabe
que va a morir. Y será tal vez por eso que el hombre es
el único animal que llora cuando nace.
La muerte también es
un factor de la evolución. Morimos para que nazcan
otros, y esos otros sean mejores. Sin muerte no habría
especie humana, ni ninguna especie. O sea, no habría
evolución. La muerte es un fenómeno de todos los
sistemas estelares. Pero según Dysson la vida es
organización más que sustancia, y por tanto puede estar
libre de la carne y la sangre.
Yo diría que esa vida
tras la muerte sería una vida no molecular. Estaríamos
en la última etapa de la evolución cósmica. Hace cuatro
mil millones de años la química se hizo biología. Cabe
preguntar: ¿En el futuro no podría la biología ser algo
más?
Consideremos a la
muerte como otra fase de la vida. O consideremos a la
muerte como que es solo reciclaje. Es entrar a nuevas
combinaciones. Es un proceso orgánico. ¿Cómo es este
proceso? Yo diría que es como una forma de conservación
de la energía. La misma fuerza que nos sacó del caos es
la que nos lleva hacia la muerte. Y el científico
Prigogine ha dicho que el desorden no es el destino
final del que nadie escapa, sino que es algo de donde
nace el orden.
El nacimiento del
mundo, aquel Big Bang, fue antientrópico. Las estrellas
son sociales, están siempre en galaxias. Y existe una
cosmología común a todas las galaxias.
Las estrellas es
donde la materia se hizo luz. Pero es cierto que entre
ellas hay hoyos negros que están hechos de nada. Unos
piensan que en el corazón de cada galaxia hay un hoyo
negro donde el tamaño es cero y la densidad infinita. Y
que nosotros giramos con toda la galaxia hacia ese fatal
centro común a morir. Pero también se piensa que el hoyo
negro es a la vez muerte y nacimiento de la materia. Que
el hoyo negro puede ser también hoyo blanco. Hoyo negro
aquí y blanco en otra parte.
¿Por qué no pensar
que la vida es algo inherente al universo, como lo son
el espacio y el tiempo? El cosmos podrá ser todo él un
hoyo negro y todos vamos cayendo en ese hoyo, ¿pero no
sería para resurgir en otra realidad como un hoyo
blanco? Pienso que el temor a la muerte es un error de
óptica. ¿Qué nos dice el cielo estrellado? Que somos
parte de algo mucho mayor, como le dijo José Martí a
aquel niño en la cubierta de un barco.
La ley más universal
es que todo nace y muere en el universo, aun las
estrellas, aun el mismo universo. Pero todo nace de
otras muertes, aun las estrellas. Y yo pregunto: ¿qué
nacerá de este universo? En la parroquia de Sâo Féliz de
Marinha, una pequeña aldea de Portugal, hay un sacerdote
llamado Padre Torres Maia, el cual está siempre
predicando a sus feligreses que no enfloren las tumbas
ni las estén cuidando ni aseando. Cuando él va a visitar
su aldea natal nunca va a la tumba de sus padres. Y él
dice: «Todas las tumbas están vacías. ¡En los
cementerios no hay nadie!»
Los hoyos negros son
materia sin dimensión. Los hoyos blancos será el tener
todos los muertos dimensión otra vez.
Imagino a los muertos
de todas las naciones de la Tierra preguntando: «¿Se
triunfará alguna vez sobre la Segunda Ley de la
Termodinámica?» Imagino también a Dios diciendo: «He
aquí que lleno todo el universo de hoyos blancos».
Yo digo que la muerte
es buena, porque si no, Dios no hubiera creado un
universo donde todo muere y todo ser vivo se genera de
una muerte. Tan solo no mueren las partículas
elementales, las que no se pueden subdividir más y por
tanto no se desbaratan, existen desde el Big Bang. En
este sentido son eternas. Ellas constituyen nuestros
cuerpos y estamos hechos de partículas eternas.
Por eso, es muy
indicativo que sintamos a la muerte como antinatural. En
el fondo no creemos en ella. En el hombre ha sido
universal la creencia en la inmortalidad, y ya dije que
aun desde antes, desde el neanderthal. Yo me había
declarado, y me sigo declarando, comunista, pero mi
divergencia con ese comunismo que fracasó en el camino
era mi creencia en la supervivencia después de la
muerte. Y creo que una de las principales razones por
las que ese comunismo haya muerto es porque negaba la
inmortalidad.
En el universo todo
tiende a convertirse en algo mejor, a ser superior a lo
anterior, y eso es la evolución. ¿Y el ser humano no iba
a tender también a una transformación?
Demócrito, el de los
átomos, creía que el espíritu estaba también compuesto
de átomos, aunque estos eran átomos «especiales». Ahora
sabemos que los átomos no son la más pequeña unidad de
la materia porque pueden dividirse; la última realidad
son las partículas elementales, y Jean Charon sostiene
que es en ellas donde reside el espíritu. Ellas están no
solo en nuestro cerebro, sino en todo nuestro cuerpo y
también fuera de él, y han estado en infinidad de seres.
Habiendo en ellas espíritu, tienen memoria y amor, y se
han ido enriqueciendo con el tiempo según la trayectoria
individual de cada partícula a través de tantísimos
seres. Una partícula de nuestro cuerpo puede haber
estado en el de Sócrates, y una en el de Jesucristo, lo
que me hace recordar aquello de San Pablo de que todos
formamos un solo cuerpo y que somos el cuerpo de Cristo.
Y me parece también que esta teoría, o tal vez metáfora
de Charon, es como una interpretación científica de la
reencarnación y de la resurrección a la vez.
Bohm ha dicho que
todo se interpenetra con todo. Materia viva y no viva
por igual. Y también que cada vez es más inadecuado
pensar como individuos. Y hay un lugar del universo
donde todo está junto, dice Bohm.
Los electrones no
existen, se dice, sino tienen «tendencia a existir» ¡y,
sin embargo, estamos compuestos de ellos! «Un excéntrico
elemento del mundo físico» llama Davies a las
partículas, y de ellas estamos hechos.
En la dinastía Ming
alguien planteó la pregunta de que si había mucha
distancia entre la Tierra y el cielo. Ahora podemos
decir que cada vez hay menos distancia. En realidad,
entre la evolución y la trascendencia no hay diferencia.
La evolución es la aspiración de la Tierra de juntarse
con el cielo.
Con arena de la playa
son fabricadas las computadoras. (De silicio que es el
principal compuesto de la arena). Y con esta humilde
arena se han calculado los quasares que siendo del
tamaño del sistema solar, son más brillantes que un
trillón de soles y a veces más que cien mil galaxias; y
se ha calculado una billonésima de billonésima del
núcleo de un átomo.
En estos hechos
científicos yo encuentro mucha inspiración mística y
mucha inspiración poética. Por eso, desde hace tiempo mi
poesía se nutre de la ciencia. Una vez me tocó en Munich
leer fragmentos de mi Cántico Cósmico (un extenso
poema de más de 500 páginas hecho principalmente con
poesía científica o ciencia poética) y leí citas como
las de Wheeler al que ya he mencionado, de que un
universo sin vida no podría haberse producido y un
universo sin un observador no es tal; la teoría de
Prosser que todo está en todas partes; lo que dice Bohm,
que el universo entero está en cada una de sus partes;
lo de Dysson, que parece que el universo sabía que
vendríamos; o lo que de Sir Fred Hoyle, que pareciera
que el universo es una obra planeada; y lo de Murchi, de
que las abstracciones místicas parecen ser la esencia de
la materia. Sucedió que en esa lectura estaba presente
el director del Instituto Max Planck de Astrofísica de
Munich, Hermann Ulrich Schmidt, y él me invitó a que al
día siguiente fuera a conversar con los científicos del
Instituto. Me parece que fue el famoso Wheeler, el que
desde Barkeley, California, había informado al Instituto
de Astrofísica de mi próxima pasada por Munich, después
de que yo tuviera una lectura en la universidad de
Berkeley, y por eso, llegó a escucharme el director. Así
es que al día siguiente yo visité el Instituto Max
Planck, que queda un poco fuera de Munich.
Allí estuve toda la
mañana conversando con los científicos en torno a una
mesa en que había café y galletas. Se habló del Big Bang,
el cual no había habido según uno de los científicos;
del Principio Antrópico, que fue negado por otro
científico; de los extraterrestres, en los que no creía
otro de ellos; de si el tiempo tenía existencia real; de
si la física y la mística coincidían cada vez más, lo
que uno de ellos negó vehementemente; de si no debíamos
decir pluriverso en vez de universo, pues
eran muchos y no uno. Yo les expliqué que mis criterios
en materia de ciencia no eran científicos, por no tener
capacitación para ello, sino poéticos. La ciencia me
apasionaba por lo que había en ella de poético, y
también de místico –si es que las dos cosas pueden
separarse.
Lo mismo les digo
ahora a ustedes (y esto es ya casi para terminar) con
respecto a esta conferencia científica que les he venido
a dar. Científica en cuanto que está basada en hechos
científicos o teorías científicas, pero es un material
que yo he reunido por lo que encuentro en él de poético
y de místico. Son pequeñas notas que he venido reuniendo
en mis lecturas científicas, y algunas de ellas ya las
he incluido en mis poemas, y otras podrían ser incluidas
en el futuro.
He dicho que lo
científico tiene para mí un interés poético y místico,
pero también pudiera agregar el interés político y el
económico que no están desvinculados de mi poesía. No
menciono lo religioso, porque comparto la posición de un
teólogo portugués, el P. Mario de Oliveira, que pone en
boca de Dios estas palabras: «A mí no me interesa la
religión sino la política» (con lo cual no hace sino
copiar a los profetas bíblicos).
Después de la caída
de los regímenes socialistas que a más de la mitad del
mundo ilusionaron, vislumbramos con esperanza los
albores de una nueva revolución que se viene levantando
en toda la tierra, y es la de esos miles de miles de
jóvenes, convocados por ellos mismos y con la velocidad
de la electrónica, sin partidos políticos ni líderes ni
ideologías, reuniéndose en una gran ciudad un día y en
otra gran ciudad otro día, o simultáneamente en todas
las ciudades el mismo día para protestar contra la
guerra y el neoliberalismo y la globalización, y
anunciar que otro mundo es posible.
Es la evolución la
que está haciendo aparecer a todos estos hombres y
mujeres con una preocupación por mejorar el mundo como
nunca se había tenido antes. Es una aceleración de la
evolución, y es la evolución haciéndose cada vez más y
más consciente. Todos somos productos de un mismo Big
Bang, desde las subpartículas más simples que fueron las
primeras en juntarse hasta las sociedades humanas más
complejas que se siguen juntando. Y no sería científico
pensar que nosotros somos ya el final de la evolución.
El caballo tiene 60 millones de años. Mientras que el
hombre solo tiene como dos millones de años, el Homo
sapiens menos de cien mil años, y la civilización
—con el invento de la agricultura y la domesticación de
los animales— apenas diez mil años. ¿Podemos imaginar lo
que será la humanidad dentro de diez mil años más? ¿Y
dentro de cien mil años? ¿Y dentro de un millón de años?
¿Cómo se puede decir entonces que estamos al fin de la
historia, o que ya llegamos al final de las utopías?
La evolución tiene
reversibilidades y retrocesos, pero después sigue el
avance aunque sea por otros caminos.
Todos los cabellos de
nuestra cabeza están contados, dijo Cristo. Ahora la
ciencia nos dice que todo el revestimiento del estómago
y del intestino es reemplazado cada tres días. ¿Será que
hay alguien que nos cuida? ¿Alguien que nos está
cuidando desde el Big Bang? Me parece que requiere más
esfuerzo no creerlo.
Comencé diciendo que
no había respuesta científica para el origen de la vida.
Una vez a Einstein le preguntó un periodista cuál era el
origen de la materia, y él no contestó una palabra, sino
que levantó el dedo hacia arriba. Un científico alemán,
que es el que cuenta esta anécdota, termina su libro
Das Molekül und das Leben (La molécula y la vida)
diciendo que este dedo levantado al cielo es la única
respuesta científica para explicar el origen de la vida.
Y es también la única respuesta que yo doy sobre la
vida, y más allá de la vida.
Intervención del escritor nicaragüense en la
inauguración de la Semana de Autor, en la Casa de las
Américas |