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Echar a volar la imaginación
 
Un viejo refrán asegura que el amor entra por la cocina, «pero si a esa cocina no se le imprime arte, imaginación y dedicación jamás entrará el verdadero amor». Así afirmó para La Jiribilla Roberto Renzoli, escultor de un verdadero arte basado en la técnica conocida universalmente con el nombre de kaichiqui.

Magaly Cabrales | La Habana

Fotos cortesía de Roberto Renzoli
 

Un viejo refrán asegura que el amor entra por la cocina, «pero si a esa cocina no se le imprime arte, imaginación y dedicación jamás entrará el verdadero amor». Así afirmó para La Jiribilla Roberto Renzoli, quien se desempeña como asesor de garden manger de la Asociación Culinaria de la República de Cuba, desde 1992. 

La experiencia laboral de Renzoli  no se circunscribe, sin embargo, a once escasos años, sino que se extiende a la respetable cifra de 53.  

A raíz del triunfo de la Revolución cubana fue creado el Instituto Rubén Martínez Villena, adjunto al Hotel Sevilla, donde Roberto perfeccionó sus habilidades como cocinero, especializándose en comidas frías. A partir de ese momento comenzó a desarrollar su arte, el cual aparece plasmado de las formas más diversas en frutas oriundas de nuestro país. En unos inicios la maestría de Renzoli sirvió para promover las frutas cubanas en ferias comerciales internacionales. Su destreza para transformar calabazas en instrumentos musicales, o melones en relojes, o fruta bomba en diosa implorando, atraían la atención de los visitantes, y los productos cubanos lograban, por consiguiente,  mayor número de compradores. 

Con el tiempo este escultor fue perfeccionando sus obras y  estas  dejaron de tener un móvil comercial para  convertirse en un verdadero arte, basado en la técnica conocida universalmente con el nombre de kaichiqui.  

Mediante la utilización de esta técnica, cuya traducción al español es habilidad para manejar los cuchillos,  y la destreza que le permiten su experiencia y su inabarcable imaginación, Renzoli logra sus piezas dando cortes precisos en las cortezas de las frutas hasta sacar a la luz una imagen casi exacta de los objetos y  animales que forman parte de su vida cotidiana. Así este consumado artista que es, sin duda, Roberto Renzoli halaga a quienes admiran su obra, como muchos siglos atrás, en 1600, agasajaron a  sus visitantes los emperadores japoneses, los mandarines chinos y posteriormente los zares rusos, quienes se esmeraban en adornar sus mesas con animales hechos de frutas en un arte que ya desde aquella época se le llamó Mukimono. 

El Mukimono no es un arte muy conocido en nuestro país, como tampoco su aprendizaje se contempla en las escuelas donde se preparan a especialistas en arte culinario. De igual manera tampoco se promociona desde el punto de vista literario. Razón por la cual Renzoli ha logrado desarrollar su obra apoyándose mucho en la intuición, en libros que le han hecho llegar colegas residentes en el extranjero y en encuentros internacionales, como el celebrado  en Perú hace dos años.       

Esta precaria promoción de un arte tan antiguo es motivo de preocupación para Renzoli, quien, aun cuando se siente plenamente satisfecho de la obra que crea cada día, no se reconoce verdaderamente realizado porque «son tan pocos los seguidores con que contamos que no dudo que este arte desaparezca con el transcurso de los años». 

Al propio tiempo asegura que él asesora a tres estudiantes que muestran un interés particular por el dominio del kaichiqui,  pero «cuántos existen en Cuba y en la misma Habana que lo conocen solo de oídas o de verlo en exposiciones o por la televisión». Destaca que este tipo de cocina es un arte y como tal hay que dedicarle tiempo y tener además mucha imaginación, muchos deseos de aprender y sobre todo  mucho amor por lo que se realiza. Reconoce que no siempre se cuentan con las herramientas necesarias para llevarlo a cabo, «pero se puede lograr», asegura convencido. 

Y sin el menor asomo de duda este maestro lo ha conseguido. Para demostrarlo confecciona sus piezas valiéndose  solamente de un pequeño cuchillo, con el cual ha logrado atesorar cerca de un centenar de creaciones  conservadas todas en fotografías. Entre ellas sobresalen las que representan al género animal porque «los animales viven en mí y de esa forma yo les doy vida». 

Igualmente  da vida a nuestros ancestros aborígenes, pues «casi siempre que hago un rostro, en él aparecen los rasgos indígenas. No sé si es porque las narices afiladas me resultan muy difíciles de hacer, o porque en realidad llevo a los indios en el subconsciente y los represento en mi obra sin siquiera percatarme».  

De todos modos es la representación de lo autóctono lo que se refleja en la obra de Renzoli , pues no hay nada más cubano que una calabaza convertida en guitarra, o un mamey convertido en el rostro de una persona cuyos labios gruesos y nariz chata indican evidentemente que se trata de un negro. Otro tanto puede decirse de las frutas que emplea este maestro para confeccionar sus piezas, en las que no falta el melón, ni la naranja, ni el mango, por citar algunas, además del nombre de Cuba escrito firmemente en no pocas piezas. 

Con sus obras y acompañado por su esposa Zenaida Pérez, quien fuera lunchera por más de treinta años y devenida su mejor ayudante,  Roberto Renzoli ha recorrido las instalaciones hoteleras más importantes de nuestro país. También ha representado a Cuba en diversos eventos internacionales. Con todo ello patentiza que la cocina ciertamente es un laboratorio misterioso donde se mezclan especias, vegetales, frutas, habilidad,  amor y sabiduría para dar origen a un genuino arte que junto a la pintura, el baile,  la música y el teatro, es representativo de la cultura y la idiosincrasia de nuestro pueblo.
 

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