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Notas del norte
LO MALO, LO FEO Y LO PREVISIBLE
Jon
Hillson |
Los Ángeles
¿Recuerdas el famoso
momento en la legendaria película Casablanca
cuando el inspector Renaud (Claude Raines) —aficionado
de la ruleta, pero obediente a los nazis, dice a Rick (Humphrey
Bogart)— un opositor a los fascistas, que la policía de
Vichy iba a cerrar su club nocturno?
«¡Rick, estoy
horrorizado», exclama Renaud, con sus ojos
desorbitados, «al enterarme que hay juegos aquí!»
A partir de esa
escena se puede entender lo que pasó la noche del 12 de
noviembre, cuando los republicanos eliminaron una
enmienda a la legislación multibillonaria para los
Departamentos de Transporte y Tesoro que negó fondos
para aplicar sanciones contra quienes viajan a Cuba. No
deberíamos estar «horrorizados» de lo que ocurrió en
Washington. Una estratagema tal es típica, común y
natural en el gobierno norteamericano.
¿CORROMPER O SOFOCAR LA REVOLUCIÓN CUBANA?
A pesar de algunas
críticas de un puñado de politiqueros demócratas y
republicanos —que repudiaron la maniobra como algo «no
democrático», horrorizados con menos inocencia que el
inspector Renaud— el pequeño evento era algo
completamente previsible, anticlimático y banal.
Los votos a favor de
tal medida, aprobada en ambas cámaras del Congreso en
octubre y noviembre evidenciaron, en el fondo, las
divisiones tácticas en la clase patronal sobre cómo
debilitar, dividir y derrocar la Revolución cubana.
En 1999, Fidel
explicó que cada fracción burguesa tiene sus métodos
—para «sofocar» o «corromper» la Revolución—, pero una
única meta compartida, la muerte de la revolución. Los
defensores de Cuba soberana rechazan los parámetros
reaccionarios de este «debate».
No era un secreto que
el presidente Bush vetaría la enmienda. Entonces, a los
republicanos les fue fácil votar a favor de la medida.
Sabían que la misma nunca alcanzaría la mesa del
comandante en jefe del imperio. Otro tanto sabían todos
los miembros de la leal oposición capitalista, los
demócratas. ¡Qué teatro!
POLÍTICA EXTERIOR Y DEMOCRACIA BURGUESA
Todos estos
politiqueros entienden muy bien que el odio oficial del
gobierno estadounidense a la Revolución cubana —no
importa el nombre del presidente o el partido en poder—
ha sido el tema más consistente y constante en la
política exterior del imperialismo por 45 años.
En los debates de los
protagonistas de la enmienda fueron repetitivos en
cuanto al repudio de la «dictadura castrista» y de la
supuesta capacidad de una ola de turistas
norteamericanos y sus omnipotentes dólares para socavar
las fundaciones de la sociedad revolucionaria y la
ideología socialista.
Todo el proceso
parlamentario —maniobras, trámites legales, reglas—
forma la maquinaria de la ilusión de democracia, pero el
sistema es «democrático» solamente para los dueños, los
patrones, los capitalistas. La «democracia» es una
definición de la clase en el poder. Para la inmensa
mayoría del pueblo norteamericano —es decir, el pueblo
trabajador, los pequeños agricultores y una clase media
cada día más arruinada— el gobierno nunca puede ser
democrático, porque en su esencia representa a la
dictadura del capital.
CIRUGÍA ESTÉTICA
Si la clase dominante
habría querido levantar un pedacito del bloqueo, hubiera
sido muy fácil, como lo fue en 1978 para el presidente
James Carter, cuando eliminó la prohibición contra los
viajes a Cuba. En ese entonces, la comunidad
cubano-americana estaba mucho más unida, bajo la
hegemonía de la ultraderecha terrorista, casi
completamente hostil a Cuba. No existía, como hoy, tanto
interés en Cuba, tanta demanda para visitar Cuba. En el
2003, a pesar de numerosas restricciones y penas
severas, casi 200 mil estadounidenses —100 mil de ellos
de origen cubano— visitarán la Isla.
Hubo muy pocos grupos
pro cubanos en los EE. UU. haciendo campañas en defensa
del derecho a viajar a Cuba.
¿Por qué levantó
Carter la sanción?
Debido a que en aquel
momento le fue útil limpiar la imagen de los EE. UU.,
después de la agresión sangrienta y criminal en
Indochina, la crisis que surgió por los abusos groseros
de los derechos democráticos y el escándalo de Watergate.
El período en que la
Casa Blanca promovía los «derechos humanos» fue breve e
interrumpido por las nuevas dificultades y los desafíos
de la insurgencia revolucionaria en Centroamérica, las
victorias de las revoluciones en Granada y Nicaragua y
el derrocamiento popular del Shah en Irán. El
imperialismo tendría que enfrentar esos fuegos con
fuerza militar. Cuba, después del fin de la guerra en
Vietnam, sería otra vez un claro blanco para el imperio.
Vino el fin de la defensa de los «derechos humanos» y de
los viajes legales. Fue el fin de la cirugía estética
del monstruo.
Y el fin de Carter,
un lacayo obsequioso de los superricos, pero incapaz de
cambiar las tácticas de las agresiones e intervenciones
necesarias — ¡y exitosas!— a tiempo.
Veinticinco años más
tarde, aquí estamos.
A
FAVOR DEL DERECHO DE VIAJAR
Los «debates» y los
votos en el Congreso fueron un show, con todos los
actores y actrices metidos en sus papeles, con todos los
periódicos dando consejos de memoria, sin una idea
original. Aplaudieron la eliminación de la enmienda,
Lincoln Díaz-Balart e Ileana Ros-Lehtinen, republicanos
de Miami, pero el papel de la «gusanera» —más vieja cada
día, más divida y más dependiente que nunca del imperio—
fue marginal.
¿Por qué? Porque la
comunidad cubano-americana en Florida es una fuerza —en
su mayoría— contra la «línea dura» hacia Cuba. La
mayoría favorece los viajes legales a Cuba, relaciones
normales y menos sanciones.
Si desapareciera
mañana toda la comunidad, nada cambiaría en la política
yanqui contra la Isla.
ARMAS DEL PARTIDO DE LA GUERRA
En un mundo de
«caos», como dijo Bush el 19 de noviembre en Londres, la
realidad de un sistema insostenible anuncia su llegada
en las palabras del Presidente del último imperio. Esta
crisis crea condiciones objetivas para el surgimiento de
explosiones sociales en todos los rincones del mundo,
especialmente en Latinoamérica.
Impulsados por las
leyes ciegas, el capitalismo y su fase superior, el
imperialismo, no puede ser suavizado ni modernizado, no
puede ser reformado ni balanceado. Sus guerras son
inexorables e inevitables.
Un día antes de la
reafirmación de las sanciones contra los viajes a Cuba,
el mismo Senado votó 89-4 para dar a Bush —sin su
solicitud— un paquete de sanciones rigorosas contra
Siria. La autora de este preludio era Barbara Boxer, de
California, reconocida como la senadora más liberal en
la Cámara alta. La coautora de la misma medida en la
Cámara baja, aprobaba 398-4, fue Ros-Lehtinen, una
derechista. Ambas forman dos polos —supuestamente
contrapuestos pero verdaderamente unidos— en el «partido
de la guerra». El partido que expresa los intereses
reales y estratégicos de la clase dominante del
capitalismo.
De hecho, el
candidato más liberal para la nominación presidencial
por los demócratas, Dennis Kucinich, miembro del
Congreso de Ohio, apoya un «recorte» del presupuesto del
Pentágono que lo dejaría en $400 mil millones y una
«defensa musculosa» para los EE. UU.
Con masivas mayorías
en ambas Cámaras, a inicios de noviembre, los demócratas
y republicanos votaron para complacer a la de la Casa
Blanca en su petición de $87 mil millones de dólares
para sus protectorados de Afganistán e Iraq.
En septiembre, dos de
los mayores candidatos demócratas por la presidencia,
Howard Dean, ex gobernador de Vermont y John Kerry,
senador de Massachusetts, anunciaron que han cambiado su
oposición a las sanciones anticubanas y ahora creen que
«no es tiempo» para suavizarlas.
ALGUNAS PREGUNTAS
¿Quién es el
adversario más importante en el mundo contra el sistema
de violación económica, pillaje y muerte?
¿Quién ha mostrado
durante casi medio siglo de resistencia su capacidad
para desafiar el imperio?
¿Quién ha dado el
único ejemplo de desarrollo fundamental en el Tercer
Mundo, el ejemplo de solidaridad e internacionalismo, de
soberanía genuina, ejemplos que son más necesarios que
nunca?
¿Dónde hay un
liderazgo capaz y efectivo, si vamos a prepararnos y
estar listos para defender las naciones oprimidas y las
clases populares en el mundo contra los nuevos ataques
del imperialismo?
Como explicó Fidel en Santiago el 26 de julio de 2003:
«Nuevas fuerzas emergen por todas partes con gran
pujanza. Los pueblos están cansados de tutelajes,
injerencias y saqueos, impuestos a través de mecanismos
que privilegian a los más desarrollados y ricos, a costa
de la creciente pobreza y la ruina de los demás. Una
parte de estos pueblos avanza ya con fuerza
incontenible. Otros se sumarán. Entre ellos hay gigantes
que despiertan. A esos pueblos pertenece el futuro».
NO VAN A PREMIAR AL PUEBLO NORTEAMERICANO
Los yanquis no son solamente la policía del mundo —por
eso sancionan a Cuba, a pesar del hecho de que algunos
sectores de su economía perderán varios millones en
ganancias— también lo hacen en casa.
Ambos partidos burgueses atacan los derechos
democráticos, las libertades civiles y la constitución.
Votan en su inmensa mayoría a favor de la Ley Patriótica
del 2001.
¿Para qué premiarían al pueblo trabajador norteamericano
—el blanco de esos ataques—al levantar las sanciones
contra el derecho a viajar? ¿Servirían sus campañas
contra tales derechos y libertades para permitir viajes
más fáciles a Cuba a quienes quieren ver la Revolución
cubana y encontrarse con la gente de la Isla?
¿Para qué diría el gobierno yanqui, «bueno que les vaya
bien», a aquellos que verán una realidad contraria a 45
años de mentiras y calumnias?
Afuera y en casa, mantienen el bloqueo —y sanciones
contra los viajes— los imperialistas. Combinan presiones
contra Cuba —le enseñan a Latinoamérica que hay que
pagar un alto precio por la soberanía real— y los
derechos fundamentales de la clase obrera
estadounidense. La clase dominante debe establecer una
cortina de hierro entre ambos pueblos, por razones
obvias.
A
la vez, las sanciones han fracasado —el pueblo cubano y
su gobierno revolucionario siguen resistiendo.
Ha
perdido Washington la opción militar —los años 1960-65
fueron el momento favorable y después Playa Girón y la
Crisis de Octubre, menos favorables que antes. Los
terroristas anticubanos son cualitativamente menos
fuertes que en los 60 y 70, y no cuentan con una base
social en Florida. La esperanza de los viejos
ultraderechistas de regresar a Cuba y retomar su
propiedad morirá con ellos. El bloqueo, las sanciones y
la presión son los instrumentos con que cuenta el
enemigo de la humanidad.
¿QUIÉNES TENDRÁN LA ÚLTIMA PALABRA?
Habrá luchas en defensa del derecho a viajar, contra los
planes para multar y castigar a la gente que va a Cuba
sin licencias, contra más restricciones de este derecho.
No podemos predecir cuándo y cómo, pero seguro que más
temprano que tarde. Porque el derecho a viajar goza de
un amplio apoyo popular en los EE. UU. Una lucha unida,
organizada y amplia puede lograr mucha solidaridad y
hacer avanzar la batalla por las libertades civiles.
Pero eso no tomará lugar en el vacío, sino en el
contexto de un mundo en lucha y una Yuma en lucha. La
base de la defensa del derecho a viajar —la base
confiable— no serán los liberales ni conservadores del
partido de la guerra, los actores y criminales y señores
imperialistas de Washington, ni los bizneros yanquis,
sus voces periodísticas y sus académicos expertos sobre
los detallitos de «relaciones bilaterales
Washington-Habana».
Esa base será la de los «gigantes que despiertan». Ellos
tendrán la última palabra, parafraseando a Fidel en
Santiago y no al Congreso del imperio. |