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EL DOBLE HEREJE
Aún en los años 90 han quemado el
Cántico cósmico por «amenazas contra la moral», y
todavía vagan viejos fantasmas dogmáticos en el
pensamiento y en la acción de algunos que hasta hoy se
proclaman revolucionarios. Bienaventurados los herejes
como Ernesto Cardenal. Hagamos que de ellos sea el reino
de todos los cielos.
Juan
Nicolás Padrón|
La Habana
En la década del
40, después de haber padecido la II Guerra Mundial que
concluyó con la explosión de dos bombas atómicas y la
muerte inmediata de 185 mil civiles, de haber
presenciado los inicios de la Guerra Fría con el
proceso de persecución a comunistas, filocomunistas,
izquierdistas, anticapitalistas —en fin, daba lo
mismo—; y de haber vivido la experiencia de
presidentes serviles, militares de espinazo blando, y
dictadores de bolsillo, nada quedó del entusiasmo de
racionalidad capitalista de principios del siglo XX.
La frustración ante la modernidad se hizo patente en
la cultura, y especialmente fue reflejada por la
poesía: de la bienvenida y admiración tributadas a las
máquinas y al progreso en la poética de Manuel Maples
Arce, se pasó al desengaño y el desencanto de total
escepticismo, incluso ya hasta con humor, en los
poemas de Carlos Drummond de Andrade. Las máquinas no
servían para mejorar al ser humano, sino para matarlo
mejor. La nutrición dejada por las vanguardias en
América no se podía desconocer en este contexto: el
ultraísmo argentino de Girondo y Borges, el
creacionismo del chileno Huidobro, el propio
estridentismo de los mexicanos Maples Arce y
Quintanillas, el purismo del cubano Brull y la poesía
mulata de Guillén, la poesía negra del puertorriqueño
Palés Matos, el modernismo brasileño de Manuel
Bandeira y Mario de Andrade, entre otros. La creación
de manifiestos y la fundación de numerosas revistas,
apoyaron estos y otros movimientos de expresión, y
junto a ellos desarrollaron sus luminosas órbitas,
fuera de los «ismos», creadores como César Vallejo y
Pablo Neruda. La metáfora se convirtió en dueña de la
situación y se coronó reina de la imagen poética, a
tal punto que no se podía concebir la poesía sin ella.
Las dimensiones se habían perdido: la extensión del
poema podía ser descomunal como en Huidobro o
Gorostiza, o reducirse a tres versos como en los hai
kú de Tablada. Una composición poética se transformaba
en pintura como en Pellicer, o en música como en
Guillén. El verso se convertía en versículo como en
Pablo de Rockha. La preocupación civil, la protesta
social y la acción política se habían llevado al poema
desde el humanismo angustioso de Vallejo y el discurso
programático de Neruda. El sujeto lírico se establecía
por primera vez desde los marginados: a partir del
indio de Vallejo y del negro de Guillén. Con la
renovación del lenguaje poético se incorporaba una
perspectiva objetiva «feísta» de la realidad que
pulverizó el modelo modernista de belleza. La
promoción de continuas asociaciones involuntarias
había construido modelos de absurdo irracional, tal
como sucedía en la vida. Se incursionaba en una
relación irreverente con la religión y la
religiosidad, cuestionadora de sus bases dogmáticas.
Los poetas habían insistido en una actitud provocativa
frente a la ética y a las políticas establecidas.
Algunos proponían una vuelta a lo más pueril o
infantil, y casi todos, en medio de la crisis
espiritual, mostraban un mayor interés por lo
confesional e íntimo y también por la sublimación del
Yo poético hacia lo cósmico y externo. En este
contexto histórico y cultural surge la figura de
Ernesto Cardenal.
Los jesuitas de
León y el bachillerato de Granada habían inducido la
modelación de su carácter y personalidad literaria,
que se presentaba peculiar. Los primeros versos en
León y el impacto de las tertulias de Pablo Antonio
Cuadra en Granada, hicieron del poeta un liberal y un
conservador a la vez en literatura: asimilaba la
tradición literaria granadina y las innovaciones
vanguardistas leonesas. Así llega en 1943 a México
para ser estudiante de la UNAM y darse a conocer allí
como poeta publicado en 1946. Tres años después el
poema «Proclama del conquistador» confirmó su pacto
con la Historia y los oprimidos, en lo que los
críticos clasificaron como «poesía comprometida», pero
con un doble compromiso: con la justicia y con el arte
y la poesía. Aun cuando todavía no había clarificado
su estilo definitivo, ya lograba su condición de oveja
negra de la tradición y de la novedad, por no seguir
los caminos de moda en la época. El poeta se había
manifestado con singularidad y se hacía difícil para
unos y para otros. Su permanencia en la Universidad de
Columbia de Nueva York fue esencial para identificarse
con la generación beat y con la poesía de Pound,
Williams, Ginsberg, Lowell, Lee Masters, Frost, Hughes,
Crane, Cummings, Jeffers, entre otros, muchos de ellos
traducidos por él espléndidamente al español. Pero
tales caminos enredaban más al creador en su condición
de descarriado del rebaño. Así establece su poética:
verso libre que va construyendo una visión
antiabstracta de la realidad, partiendo de mínimos
detalles sugerentes, para edificar un mensaje general
que deberá ser erigido en la subjetividad del lector
mediante una lectura totalizadora; verso despojado de
metáforas y de alteraciones sintácticas, en un desafío
a sus contemporáneos, porque fotografiando y
reportando, diseñando la página en blanco con diversas
alineaciones, se expresaba un lenguaje sencillo y
llano, a veces más bien antipoético y callejero, que
tenía el simple objetivo de informar —para que todos
se enteraran bien, con claridad y rapidez—, las
injusticias del pasado y las cometidas en el presente
más inmediato. Los doctores de América Latina lo
recibieron como un raro, que podía ser problemático.
La poesía en
Cardenal era reportaje de la Historia, crónica de los
sucesos cotidianos significativos estremecedores de la
conciencia de nuestros pueblos. No era el periodismo
de los controlados medios; se escribía en verso,
intercalando detalles de gran humanismo que lo
aproximaban al interés de los más indiferentes para
encender su corazón; se precisaban datos,
aparentemente inútiles, pero que ayudan a crear una
atmósfera de auténtica realidad, como para confiar en
ella: es la realidad del realismo en medio de una
selección de informaciones y sucesos, cuyo punto de
vista y manera de combinados, los hacen parecer más
fantásticos que la mayor de las fantasías. Relación de
noticias tratadas como poesía necesaria reclamada por
una época de mordaza feroz, frente a la incredulidad
de algunos profesores-periodistas puros, que
enseñaban en las escuelas exclusivamente las técnicas
de la información y dudaban de la eficacia de la
«contaminación» con la sensibilidad literaria; y
también negada por poetas puros dudosos de que
por este procedimiento se pudiera llegar a la poesía.
Duda y polémica por el riesgo y la audacia del creador
en su empeño por establecer una poética que fuera
poniendo en su sitio lo descuartizado en siglos.
Acontecimiento y poesía se fundían otra vez en un
abrazo que Homero aplaudiría, pero que la civilización
occidental se había encargado de separar para que cada
uno tomara una específica función acomodaticia en la
estructura racional que se les había reservado hasta
la modernidad. Cardenal no es tomado en cuenta por los
ortodoxos de la enseñanza del periodismo, y es
desestimado asimismo por algunos poetas y críticos
«descontaminadotes» del verso.
Una poética llamada
por el propio autor «exteriorista», presenta un
mosaico de informaciones del exterior con el cual el
lector habrá de construir una subjetividad inducida
que subyace en la combinación y resultado de los
elementos elegidos. Versos objetivos, narrativos y
anecdóticos, abundantes en pormenores, cifras y
documentos, cercanos a la árida prosa de las
instituciones, vinculados a la propaganda y a los
elementos visuales: «La poesía como posters / o como
film documental/ o como reportaje», según sus propias
palabras. Poesía llamada «telúrica», vocablo comodín
de moda por esos años para significar su enraizamiento
a la tierra. Y junto a ello, poesía que desentraña los
últimos laberintos de la conciencia y la emoción desde
una profunda asociación contemplativa del paisaje
humano para llegar a lo más íntimo del individuo.
Cardenal historiador y Cardenal ascético, mezcla
reveladora de una dimensión no muy cómoda para quienes
se habían convencido de usar los procedimientos del
coloquialismo, solo como método adecuado para ganar
mayor comunicación con un público alejado de la
lectura de la poesía, porque ciertas rupturas
violentas de las vanguardias latinoamericanas habían
destrozado los modelos de un tipo de modernismo a los
que se acostumbró; y además incómoda para poetas
afines a una experiencia cercana a la Filosofía con un
nuevo espiritualismo o intimismo, y que estaban
proponiendo un lenguaje de obsesiones ontológicas y
gnoseológicas. En ambos sentidos, la poesía de
Cardenal era problemática o no muy atractiva.
La descripción
minuciosa de la naturaleza, insinuante de una relación
armoniosa con ella, introduce, y a la vez convive con
él, el retrato detallado de una triste realidad
histórica y social desequilibrada, como para
mostrarnos que lo perfecto en la Madre Natura,
resultaba una locura en la Polis: en la primera,
belleza y perfección; en la segunda, repulsión e
injusticia. A los renovadores del paisaje de entonces,
les gustaba exaltar las virtudes de la naturaleza sin
adentrarse mucho en la convivencia con ella de su don
supremo, el ser humano; sobre todo, si se trataba de
analizar los problemas sociales. Mientras los artistas
de la época muy vinculados con la política, raras
veces enlazaban en su obra la admiración de la
grandeza y las bondades naturales, por consideradas
ajenas a los asuntos políticos y sociales, y en última
instancia triviales. Cardenal había divisado desde
entonces que una sola tierra prometida pasaba por la
conjunción de los elementos naturales y sociales; ahí
está su «Canto Nacional» que oye el «canto dulce del
zenzontle» para deleitarnos, junto a los
estremecedores gritos del torturado para
horrorizarnos. Canto y grito son escuchados con el
mismo oído y desde la misma tierra, paisaje y
sociedad, pidiendo hermanarse en un solo corazón, el
de la justicia del cielo y de los hombres. Nada parece
ser suficiente para examinar cada contraste entre el
mundo natural y el social, uno para exaltarlo y el
otro para denunciarlo, como hijos legítimos y
maldecidos de la creación. Ante los que gustaban
recrearse en paisajes puros, el poeta era demasiado
agresivo; frente a los otros puros parecía muy
ornamental y verboso.
Predicador de
verdades, valdría la pena mencionar algunas de ellas y
suponer la recepción de esas reflexiones expresadas en
la «Epístola a José Coronel Urtecho». A los
escolásticos doctrinarios de la izquierda,
escandalizados cuando tocaban a sus ídolos, no caería
muy bien la afirmación de que «Engels fue millonario
[...] / (Revolucionario hecho empresario para
financiar El Capital…)». Los devotos defensores
del capitalismo, estarían rabiosos al leer: «La
propiedad privada —ese eufemismo. / Ladrones, no es
retórica». A las altas jerarquías vinculadas al gran
capital, no les sonaría muy bien eso de que «No hay
comunión con Dios ni con / los hombres si hay clases,
/ si hay explotación / no hay comunión». Los
defensores del «realismo socialista» y comparsa —en
esta época eran más de la cuenta—, lo tacharían de sus
listas de «ompañeros de viaje» cuando siguieran la
cita de Mao: «El arte revolucionario sin valor
artístico / no tiene valor revolucionario»; y después,
como para problematizar más la cita: «El arte
revolucionario sin valor artístico... / ¿y el
artístico sin valor revolucionario?» Así se buscaba
problemas con todos. La verdad como religión hasta con
su amigo Coronel Urtecho cuando en ese mismo poema le
recordaría: «Usted antes fue reaccionario / y ahora
está incómodo en la izquierda / pero en la extrema
izquierda, / sin haber cambiado nada en su interior: /
la realidad a su alrededor ha cambiado»; Cardenal le
vuelve a recordar: «Usted antes estuvo en la reacción.
/ Pero su 'reacción' / no era tanto la vuelta a la
Edad Media sino a la de Piedra».
Cardenal no era
«correcto» para unos, no era «derecho» para otros, y
no era útil para unos y otros; así ha sucedido casi
siempre con quienes tienen a la verdad como una
mística y la llevan con fe y devoción a su poesía. El
poeta no podía ser encasillado ni clasificado por
políticos, teólogos o críticos. No resultaba fácil
ponerle una rápida etiqueta y seguir para otro asunto,
a quien casi seguramente tendría un «pero» para
transitar caminos incondicionales, y cuestionaba la
racionalidad de doctrinas y escuelas. Por no faltar a
su singular y profunda verdad, Cardenal comenzó a
convertirse en un hereje en los dos sentidos.
Imposible conciliarse con una ortodoxia arraigada a
cánones rígidos inamovibles, e imposible comulgar con
una heterodoxia preestablecida de racionalidades
dogmáticas, que en el fondo vendrían a sustituir un
canon por otro sin revisar las «reglas del juego». Su
búsqueda de la justicia, divina y terrenal, atendía
otros derroteros, para muchos imposibles de conciliar.
Había explorado en los orígenes de los dos paradigmas
y no tenía respuesta; por ello se lanzaba hacia una
doble búsqueda, convencido de que no solo se habría de
indagar en teorías y modelaciones, sino que tendríamos
que remangarnos la camisa hasta el codo y afincar bien
los pies sobre la tierra, pero sin perder la
esperanza. El testimonio de su obsesión era bien
claro: «Yo he ansiado el paraíso toda mi vida / lo he
buscado como un guaraní / pero ya sé que no está en el
pasado / (un error científico en la Biblia que Cristo
ha corregido) / sino en el futuro».
Escapado de
categorías políticas, teológicas y literarias, el
poeta seguía provocando al poder y continuaba retando
a sus lectores. En la década del 50 su compromiso con
la justicia social, con Dios y con la poesía, se hacen
carnales y forman parte de un universo inseparable que
comenzó a defender con pasión contra todos los
riesgos. Estas convicciones fueron afianzadas en su
ideología cuando se encontró con la heterodoxia
cristiana de Thomas Merton. Fue suficiente para estar
seguro de que desde su cristianismo revolucionario se
fundía en el amor al prójimo del Nazareno en una
demostración concreta con la revolución social; la
poesía entonces desempeñaría el generoso papel de
vehículo ideal para expresar ese amor. Una herejía
total para aquellos tiempos. La mayoría de los
cristianos, y en especial la jerarquía católica,
fieles a una Iglesia que solamente entre 1962 y 1965,
durante los papados de Juan XXIII y Pablo VI, había
podido convocar al Concilio Ecuménico Vaticano II con
la tibia aprobación de la reproducción de la liturgia
en lengua vulgar y la proclamación del principio de
libertad religiosa, declararon anatema lo que estaba
haciendo el sacerdote católico; pero también muchos
revolucionarios marxistas-leninistas, dominados por la
tendencia estalinista, a pesar de las críticas de
Kruchov antes de su dimisión en 1964, lo leían con
recelo. Su fe en Dios, en la Revolución y en la Poesía
lo conducían a profundizar en la Teología, a hacer la
Revolución y a tener su etapa más fértil en la Poesía.
Merton, a propósito de su libro Gethsemani, Ky,
en su segunda edición de 1965, y refiriéndose a la
permanencia de Cardenal en el noviciado de Kentucky,
había asegurado: «Él fue una de las raras vocaciones
que hemos tenido aquí que han combinado en forma clara
y segura los dones del contemplativo y del artista».
Raro para muchos cristianos que hubieran preferido
verlo más concentrado en la meditación espiritual y en
su papel pastoral, y no en componer descripciones
exteriores como propuesta a la reflexión íntima por
medio de la poesía; raro para algunos críticos y
poetas por usar estos procedimientos para encontrar la
poesía; y raro para la mayoría de los
marxistas-leninistas que proclamaban al ateísmo
científico como dogma para ser revolucionarios
consecuentes.
Ya en la década del
60 y posteriormente a ella, maduraron estos conceptos
en su realización práctica en unas islas al sur del
Gran Lago de Nicaragua: «Nuestra Señora de Solentiname»,
un proyecto de Teología de la Liberación —para él
Teología de la Revolución— que incluía la secreta
filiación con el Frente Sandinista de Liberación
Nacional. Solentiname fue las «ínsulas extrañas» de
San Juan de la Cruz, y al mismo tiempo, su comunidad
contemplativa. Según Coronel Urtecho, a raíz de
establecerse el poeta en el archipiélago: «La
tentación de Solentiname, para el hombre inconforme
con lo que llaman era nuclear, podría ser precisamente
la tentación de lo paradisíaco, que no es únicamente
la de la vida fácil, sino más bien la tentación de no
entrar en la historia o de evadirse de ella». Pero en
realidad el poeta, en silencio, estaba entrando en la
Historia con su participación en el FSLN, para después
ser Ministro de Cultura durante sus pocos años de
poder revolucionario. Mas el sueño del poeta cuando
funda su paraíso idílico, había sido cumplido:
participar con los «creadores de realidades»: espíritu
y materia, relación antagónica en la Filosofía
occidental, que se proponía conciliar. Y en ese
redimensionamiento de creencias e inventarios,
Cardenal subraya su fe en la resurrección y el mito
del retorno eterno, haciéndoles un Homenaje a los
indios americanos, a partir de su mundo único y
sagrado. Se trataba de cuestionar la prepotencia
occidental y su concepción teológica de la realidad,
más que una crítica al dualismo filosófico. Pero de
todas maneras, ante la arrogancia eurocentrista, el
poeta se reafirmaba como hereje; y tampoco era muy
cómodo para los chamanes indígenas, a quienes
resultaba imposible comprender referentes del
pensamiento cristiano, inevitables en un sacerdote. En
definitiva lo que amalgamaba en un solo ser las
esencias de poeta, sacerdote y revolucionario, era la
solidaridad con los marginados en su reclamo de
justicia social, en nada diferente de la justicia
divina.
Otra impiedad fue
la unión de Ciencia y Religión: condenada por no pocos
científicos y teólogos, filósofos y políticos en el
Cántico cósmico, nuestra Divina Comedia
americana actual, presentada a finales de la década
del 80. Ya muchos éramos conscientes de que habíamos
tocado fondo en las racionalidad es extremas y en las
irracionalidades estériles. Ahora bien, podríamos
preguntarnos: ¿qué científico convencido de su sistema
podría aceptar la versión de «El big bang» junto a la
cantiga de «El nacimiento de Venus»?; ¿o qué teólogo
pudiera comulgar con el concepto de evolución del
Universo sostenida en el Cántico cósmico...?
Verlo así sería erróneo. Se trataba de una poesía
refractaria al simbolismo, que propone, como lo había
tenido que hacer oblicuamente Sor Juana Inés de la
Cruz desde su barroquismo filosófico de Primero
Sueño, un nuevo estudio de la Teoría del
Conocimiento. Pero no olvidar esta esencia: no estamos
hablando de Ciencia o de Religión, estamos
refiriéndonos a un libro de poemas que condensan la
conciencia científica y el valor de la fe con el arte,
desde el siempre reafirmado por el poeta —y manipulado
por demasiados políticos— compromiso social y político
con los humildes. La transgresión se ha prolongado
ahora al debate entre Ciencia y Religión, y al de la
Política. El Cántico... ofrece una visión
astrofísica del Universo y su desplazamiento en el
Espacio-Tiempo, como una versión poética de la
divinidad, a partir de un apasionamiento cercano a las
revelaciones, y con una ironía deslizada en la
intensidad de lo cotidiano.
En la perenne doble
herejía del poeta, no han sido esenciales las
contradicciones literarias entre conservadores
modernistas o liberales vanguardistas, ni tampoco el
lenguaje seleccionado ni los métodos empleados para la
comunicación poética. Sería una exageración afirmar que
su sacrilegio haya sido utilizar la Historia para la
construcción de un poema, o haber abusado del Periodismo
en su «poesía exteriorista»; poco cuentan, inclusive,
los juicios de ciertos críticos puros,
científicos y teólogos. Cardenal se hizo doble hereje
cuando, desafiando los poderes de la Iglesia y de los
Partidos, buscó con firmeza y valentía su propio camino,
al margen e, incluso, fuera de los márgenes, y encontró
a su Dios y a su Revolución, uniéndolos con una poesía
de emancipación cristiana y revolucionaria. Su proyecto
catalizador de una nueva eticidad, se multiplica en la
comprensión ineludible de las dialécticas de Iglesias y
Partidos. Pero estemos alerta, aún en los años 90 han
quemado el Cántico cósmico por «amenazas contra
la moral», y todavía vagan viejos fantasmas dogmáticos
en el pensamiento y en la acción de algunos que hasta
hoy se proclaman revolucionarios. Bienaventurados los
herejes como Ernesto Cardenal. Hagamos que de ellos sea
el reino de todos los cielos.
Octubre de 2003 |