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VIDA EN EL AMOR
(fragmento)
Ernesto Cardenal
Cuando miras la vastedad del universo en una noche
estrellada (nuestra galaxia con trescientos mil millones
de estrellas, y estrellas que tienen el brillo de
trescientos mil soles, y cien millones de galaxias en
el universo explorable) no debes sentir tu pequeñez y tu
insignificancia, sino tu grandeza. Porque el espíritu
del hombre es mucho más grande que esos universos.
Porque el hombre puede mirar a esos mundos y
comprenderlos y ser consciente de ellos, mientras que
esos mundos no pueden comprender al hombre. Esos mundos
están compuestos de moléculas simples, como la del
hidrógeno que solo es un núcleo y un electrón, mientras
que el cuerpo humano tiene moléculas más complicadas y
tiene además la vida, cuya complejidad trasciende la del
mundo molecular; y el hombre tiene además la conciencia
y el amor. Y cuando el enamorado dice que los ojos de su
amada brillan más que las estrellas, no está diciendo un
hipérbaton (aún cuando Sigma de la Dorada brille
trescientos mil veces más que el sol) porque en sus ojos
asoma la luz de la inteligencia y el amor, que no la
tienen Sigma de la Dorada, ni Alfa de la Lira ni
Antares. Y aun cuando el radio del universo sea de cien
mil millones de años luz, el radio del universo tiene
límites. Y el más inferior de los hombres es mayor que
todo el universo material, con una grandeza de otro
orden que sobrepasa la grandeza de volumen. Porque todo
el universo material se vuelve como un pequeño punto en
el entendimiento humano que lo piensa. Y esos mundos son
mudos. Alaban a Dios pero con la alabanza inconsciente,
sin saberlo. Y tú eres la voz de esos mundos, y la
conciencia de ellos. Y esos mundos no son tampoco
capaces de amor, mientras que tú eres la materia
enamorada.
Pero tu entendimiento no está separado de esos mundos.
Tú eres también ese inmenso universo, y eres la
conciencia y el corazón. Eres el vasto universo que
piensa y que ama. Porque el alma completa al universo,
como decía Platón, y ha sido creada para que el cosmos
tuviera un intelecto. El hombre es la perfección de la
creación visible, y no podemos considerarlo como
insignificante y vil («vil gusano de la tierra») porque
sería considerar insignificante y vil toda la obra de
Dios.
Y la vastedad del universo que contemplas en una noche
estrellada se hace más vasta si te contemplas también a
ti mismo como parte de ese universo que contemplas, y te
das cuenta que tú eres el mismo universo contemplándose
y que además de sus dimensiones espacio- temporales en
ti adquiere unas dimensiones ―todavía mayor― el
universo.
Somos la conciencia del cosmos. Y la encarnación del
Verbo en un cuerpo humano significa la encarnación en
todo el cosmos.
Porque todo el cosmos está en comunión. El calcio de
nuestros cuerpos es el mismo calcio de nuestro mar (y lo
hemos sacado del mar porque nuestra vida salió del mar).
Y en realidad no existen vacíos interestelares ni
intergaláxicos, sino que todo el cosmos es una sola
masa de materia, más o menos rarificada o concentrada, y
todo el cosmos es un solo cuerpo. Los elementos de los
meteoritos venidos de estrellas lejanas (calcio, hierro,
cobre, fósforo) son los mismos elementos de nuestro
planeta, y de nuestro cuerpo, y los mismos de los
espacios interestelares. Así que estamos hechos de
estrellas, o mejor dicho todo el cosmos está hecho de
nuestra carne. Y cuando el Verbo se hizo carne y habitó
entre nosotros, pudo decir de toda la naturaleza como
Adán dijo de Eva: «Esta sí es carne de mi carne y hueso
de mis huesos». En el Cuerpo Místico de Cristo, que
somos todos nosotros, y que en realidad es la creación
entera.
En nuestro cuerpo comulgan todos los animales vivos y
los fósiles, los metales y todos los elementos del
universo. El escultor que labra la piedra está hecho de
la misma materia de la que está hecha la piedra, y es
como la conciencia de la piedra, es la piedra hecha
artista, es la materia con alma. Y cuando el hombre ama
a Dios y se une con Él, es la creación entera con sus
tres reinos, mineral, vegetal y animal, la que lo ama y
se une con Él.
La naturaleza es por eso más sagrada para el cristiano
que lo fue nunca para el panteísta pagano. Nosotros
somos más que panteístas, pues el cristianismo sobrepasa
todo panteísmo y la Encarnación va más allá de lo que
ningún filósofo panteísta hubiera podido ni siquiera
soñar.
Nuestros cuerpos son sagrados. Son templos dice
san Pablo (y para los judíos no había nada más sagrado
que el Templo), y toda la materia participa en la
santidad de nuestros cuerpos. La creación entera es un
templo, según san Gregorio Magno. El árbol, las piedras,
la lagartija y el conejo, el meteoro y los cometas y las
estrellas, son santos por nosotros. |