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TODO TIENE LA HUELLA...
Cardenal es como cuando uno de niño se
cuestiona sobre qué habrá después de la tierra o del
universo o qué hay en ese hueco negro que se ve cuando
te muestran la lámina con el planetario y siempre
termina pesándote haber comenzado con la primera
pregunta.
María
Matienzo|
La Habana
Ella con el rostro cortado no parecía tener nada que ver
conmigo; sin embargo, las dos estábamos entrando a la
iglesia. Tal vez ella pediría por el marido que la
maltrata; yo por el mío que me abandona sin dejar
huellas. Pierdo el interés por mi oración y me detengo a
contemplarla: una ropa que yo nunca me pondré; unos
gestos que, sin quererlo, desprecio; se ve sucia. Se ha
arrodillado demasiado cerca de mí, entonces me levanto y
me voy.
Ya en la casa busqué consuelo en mis libros sin dejar de
pensar en esa mujer y por azar abrí un libro que
identifiqué al momento: «Toda mujer es una mujer junto
al pozo. El pozo es profundo. Y en el brocal del pozo
está sentado Jesús.». Cardenal me hizo descender. Me
pregunté qué tendrían mis ojos en común con los «del
policía y el empleado y el aventurero y el asesino y el
revolucionario y el dictador y el santo...» y con los de
esa mujer de la iglesia. ¿Estaré yo también anhelando
alcanzar el cielo?
Pero no traté de entenderlo. Cardenal es como cuando uno
de niño se cuestiona sobre qué habrá después de la
tierra o del universo o qué hay en ese hueco negro que
se ve cuando te muestran la lámina con el planetario y
siempre termina pesándote haber comenzado con la primera
pregunta.
Leerlo es pasar por un estado psíquico complejo, es
sentir que dentro de uno todo se hace pequeño y de
repente, como si hubieras mordido el pastel de Alicia,
comenzarás a crecer y el resto quedará pequeño. Al
principio algo parecido a la histeria, luego es asomarte
a una ventana y recorrer e interactuar con el paisaje
que te toca pero a la vez no. Es estar consciente que
puedes ser arrastrado hacia lo sensitivo, hacia la
mística ―no importa cuál sea esta― y creértela. Él
apuesta por las formas y los sentimientos que hacen
parecer al hombre y a la naturaleza más bueno de lo que
realmente son.
Aunque su lenguaje es claro, sencillo que hace entender
los procesos más complicados como cosas omitidas no se
puede dejar de pensar en cuánto hay en su mensaje de
oscuro, de misterioso, de hermético.
Es una ráfaga de espiritualidad lo que trasmite: un
vacío lleno de cosas. Es la grandeza del hombre la que
te impulsa a la duda sobre si existe realmente Dios. «Y
cuando el enamorado dice que los ojos de su amada
brillan más que las estrellas, no está diciendo un
hipérbaton (...) porque en esos ojos asoma la luz de la
inteligencia y el amor, que no la tienen Sigma de la
Dorada, ni Alfa de la Lira, ni Antares. » Y si «El
árbol, las piedras, la lagartija y el conejo, el meteoro
y los cometas y las estrellas, son santos por nosotros»
¿Dios es Dios por nosotros?
Pero al unísono es tanta la grandeza de Dios que muestra
que es imposible no creer también en su existencia tan
amplia que el poeta no circunscribe su imagen a la
semejanza con el hombre: «Así que estamos hechos de
estrella, o mejor dicho todo el cosmos está hecho de
nuestra propia carne. (...) Y lo está también en el
Cuerpo Místico de Cristo, que somos todos nosotros, y
que en realidad es la creación entera. »
Este Dios lo traspasa todo, forma parte de nosotros, «es
como una película que no comienza a verse en la pantalla
hasta que se cierran las puertas y se apagan las luces»;
es mirarse hacia adentro y como en la antigüedad
categoriza el alma de entidad hondamente sensitiva y
racional que adquiere un conocimiento inmediato de la
realidad divina solo si sobrepasa toda experiencia de
los sentidos. Sentimiento interior que podemos obtener
mediante la meditación, el éxtasis, o la intuición; es
un estado localizable «entre la percepción y la
realidad»; es la negación de uno mismo para hallar una
autodefinición, el hallazgo divino.
Creo que su grandeza radica en creer tanto en el poder
ilimitado de Dios como en el del hombre que provoca a la
autosuficiencia humana: ¿somos realmente tan grandes
como para que una estrella esté hecha de nuestra carne?;
yo no me atrevo a dudarlo. Entonces, no solo Eva, sino
también la tierra que fue creada para Adán, el hombre,
era carne de su carne y hueso de sus huesos. Cardenal es
un resumen del aliento universal que recoge toda mística
no importa bajo qué nombre aparezca «porque los brazos
del alma humana han sido creados para abrazar el
infinito y nada más. ».
La cuestión está en fluir con su poesía, con la
naturaleza y con nosotros mismos; «descubrir este
pattern, esta unidad de dibujo que corre a través de
todo lo creado, y el ver cómo las cosas más diversas
también son las mismas... ». Lograr ver la verdad que
nos dice que está aquí, allí, ahí y no somos capaces de
verla.
Entonces sentí pena por la mujer de la iglesia que
quizás busca a un Dios que nunca encontrará donde lo
busca; y sentí pena doblemente por mí: primero, por no
haber tolerado su presencia; y segundo, por creer que
con saber dónde puedo encontrarlo, ya estoy salvada. Y
si «fumar puede ser también oración, o pintar un cuadro,
o mirar al cielo, o beber agua» espero con esta lectura
haber orado por las dos. |