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EL DIARIO DE ELSA
La pulcritud formal y
conceptual caracteriza la exposición Diario con
la que Elsa Mora participa en la VIII Bienal de La
Habana. Se trata de un manojo de obras en las que la
artista encuentra la agudeza y la multiplicidad de
sentidos a partir de un diálogo singular con lo
cotidiano.
Tania
Cordero |
La Habana
La pulcritud formal y
conceptual caracteriza la exposición Diario
con la que Elsa Mora participa en la VIII Bienal de La
Habana. Se trata de un manojo de obras (impresión
digital sobre papel de acuarela) en las que la artista
encuentra la agudeza y la multiplicidad de sentidos a
partir de un diálogo singular con lo cotidiano. Elsa ha
indagado anteriormente en el tema con similar variedad y
sus reflexiones lo confirman: «A lo largo de mi proceso
de trabajo he ido atravesando etapas que me conducen a
un estado más puro (digamos) de relación entre mi
persona y el mundo. El proceso de creación significa un
momento de conexión, de visión profunda, donde emergen
las cuestiones esenciales sobre la existencia. Mediante
la creación vivo experiencias diferentes, relacionadas
con un estado de sensibilidad donde estoy en constante
asombro ante lo habitual.
«Darles nuevos sentidos a las cosas, adoptar una
posición abierta, abstracta, que me remita a sensaciones
más libres, son algunos de los motivos por los cuales
vuelvo una y otra vez sobre el trabajo, así, he tratado
de conformar un lenguaje que me permita vivir de manera
personalizada mi tiempo».
Su tiempo,
deslumbrado por las posibilidades de lo digital, resurge
en fotos de familia (Reflejos) desempolvando la
memoria. Otra figura de la muestra aparece, luminosa,
casi transparente. Puede ser bastón, batuta engordada
hasta el delirio, adorno familiar en peligro de romperse
y quebrar la tradición, o un exquisito símbolo fálico.
La luz de esta obra nos acompaña cuando ya salimos de la
pequeña sala de la biblioteca Martínez Villena y nos
protege de una tarde de caminata y recorrido.
La tendencia a
unificar precisión formal y poderío semántico se aprecia
también en Círculo vicioso. Aquí las rosas
impecables, las flores «lindas»
―como
de postal de año nuevo―
hacen su ronda, tejen un círculo amable. Pero cuando ya
la vista se va acostumbrando al desfile de la belleza
común, las rosas se truecan en cucarachas. Estamos ante
toda una metamorfosis que se resuelve ejemplarmente a
nivel técnico. Hay una rosa que tal parece mitad flor,
mitad animalejo. Si Gregorio Sanza amaneció convertido
en cucaracha, Elsa parece actualizar la metáfora
kafkiana y tal vez insinuarnos que hasta lo más
pulimentado o efectista puede transformarse en su
contrario grotesco.
Antes de irnos, la artista
―omnipresente
con su block de notas―
invita a registrar nuestras reflexiones, frescas aún,
con la emoción todavía en la piel. El hecho devela su
intención por cuidar los detalles de un encuentro
colectivo, a la vez íntimo y público. Quién sabe si en
estos apuntes sinceros de los espectadores ronde el
pretexto de otra entrega artística, igualmente
disfrazada de algo común, pero aguda y palpitante. |