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El cuento de La Jiribilla
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MENOS TRES
Gessliam Suárez
Hoy Mario recibió un
nuevo telegrama. Me lo entregó intacto y se quedó a ver
«cómo mis tijeras lo transformaban en muñequitos de
papel».
Una hora después
llamaron a la puerta y Mario regresó con otro sobre.
Esta vez salieron muñequitas, una tira de cuatro
muñequitas idénticas. A la hora siguiente sonó el timbre
y así, cada sesenta minutos comenzaron a llegar los
telegramas, y yo, a recortar patos, a recortar perros, a
recortar gallos, pavos reales, palomas, casas, sombras o
cualquier cosa que se me ocurriera.
Hace tres meses
estaba en la cocina pelando naranjas cuando llamaron a
la puerta. Escuché los tres primeros toques pendiente a
la caída en espiral de una corteza. Esperaron un momento
y volvieron a llamar. La fruta quedó limpia de un tirón.
Otra pausa y de nuevo el timbre. El cuchillo se hundió
suavemente y partió la naranja en varios pedazos.
Insistieron una, dos, tres, cuatro, cinco, hasta seis
veces más, entonces pensé que podría ser algo urgente y
me apuré en abrir. Por la calle solo pasaba el tiempo.
Nunca hay nadie después de las llamadas. Ya iba a
cerrar, inquieta por haber oído de más, cuando hallé en
el piso, a dos pasos de mí, un sobre blanquísimo.
El telegrama, si así
se les puede llamar a esos malditos papeles, era «para
mi marido y como único mensaje tenía un número impreso»:
el doscientos. No llevaba remitente ni dirección de
origen y hasta ahora no he hallado otro detalle. Tampoco
Mario, al regresar, pudo explicarme nada. Para él las
cosas estaban igual de oscuras. Al final, nos figuramos
que fuera el chiste de alguien con ganas de molestar a
dos cuarentones envejecidos y dimos por terminado el
asunto. Llegaron más telegramas. Todos los días un sobre
de más con un número de menos: «ciento noventa y nueve,
ciento noventa y ocho, ciento noventa y siete, y seis, y
cinco»… hasta ahora siempre cifras que decrecen.
Una semana después
fuimos a reclamar. En la oficina de correos se
sorprendieron, no había nada semejante en los archivos.
Nos advirtieron que el procedimiento era ilegal y debía
ser analizado. Nadie sabía nada y tampoco los carteros
del pueblo recordaban habernos llevado alguna
correspondencia en años. Así que, después de quince días
de papeleos e investigaciones llevaron el caso a la
provincia, luego a la nación y finalmente, de regreso al
correo de la localidad donde quedó engavetado en un buró
como asunto pendiente. Mientras tanto, los telegramas
continuaban apareciendo todos los días, precedidos por
los timbrazos imposibles.
Al principio era yo
quien abría. Mario se pasaba todo el tiempo en la calle
y las horas se le iban entre pretextos y trabajos
inaplazables. Era difícil permanecer tranquila con tanto
miedo. Había un mecanismo extraño en todo aquello, algo
retorcido e inexplicable. A veces abría la puerta con el
timbre aún sonando y ni siquiera encontraba una sombra
que me hiciera gritar. Hubiera preferido una cara
horrible, un cuchillo abriéndose paso en el aire,
ochenta tipos malos; cualquier cosa por más horrible que
fuera, con tal de ver algo. Pero al abrir, solo había
silencio y un sobrecito en el piso.
Llegué a desconfiar
de Mario. Metida en mi cocina preparé una historia
aliñada con mucha traición, alguna amante nalgona y un
plan en mi contra, la estuve amasando tres días enteros
con sus telegramas y timbrazos incluidos, hasta que
estuvo a punto y la serví entre quejas y lamentaciones a
la hora de la comida. Una noche entera le costó a mi
marido convencerme de todos sus miedos, muy parecidos a
los míos, y que lo disculpara por su egoísmo. Amanecimos
en el portal, totalmente reconciliados y absortos en la
búsqueda de alguna solución.
Nuestra vida se llenó
de papeles y puertas y timbrazos y números en descenso.
No importaba a donde fuéramos, no importaba fingirnos
ausentes y esperar callados mientras el timbre sonaba y
sonaba, ni machacar con el asunto de la policía que sí,
que seguía investigando el caso y no, todavía no hay
ninguna evidencia, no importaba si pasábamos todo el día
en la calle, siempre esperarían a nuestro regreso, sin
importarles la hora, porque siempre hay tiempo para un
maldito telegrama gritándonos que cada día falta menos.
¿Menos para qué?
Dejamos de abrir los
sobres. Nos asustaba la llegada del telegrama con el
número uno. ¿Qué pasaría al finalizar la cuenta?
Buscando la forma de eliminarlos sin traumas terminé por
preferir a las tijeras.
Pero hoy las cosas han ido más lejos. Nada es muy simple
desde que los anónimos empezaron a llegar tan seguido.
El proceso aceleró inexplicablemente a un telegrama por
hora y hasta el momento llevo recortadas doce tiras. Es
difícil dormir a retazos porque el tiempo se desfigura y
uno va perdiendo la noción. Mario está tirado en el sofá
contando los minutos. Hace un rato hizo mierda el timbre
de un martillazo y tuve que empujarlo para evitar que la
puerta se rompiera. De todas formas hay un hueco donde
estaba el aparato; un circulito por donde me guiñan un
ojo y me sacan la lengua sin que mi marido los vea para
que no vaya a ponerse celoso. El sigue allí, mirando su
reloj digital con el seño fruncido, cree que todo
terminará con el telegrama número uno. Sin saber por qué
comienzo a sentirme más tranquila y me aflojo los
zapatos. Alguien toca: «Te lo dije, que el timbre no
importaba nada». Mientras haya puerta van a
seguir jodiendo. Voy a hacer una tira de nubecitas
redondas con ese papelito. Mario no quiere darme el
sobre y comienza a abrirlo tan lento que me ha entrado
sueño. Los zapatos ruedan como cucarachas por el piso,
las antenas son las hebillas, ¿y las patas, qué son las
patas? No encontró sus espejuelos de leer y me quedo con
el sobrecito. Comienzo a recortar las nubes en forma de
globo volador. ¿Qué son las patas? La puerta vuelve a
sonar con su tum tum opaco y todavía no hacen cinco
minutos que terminé la tira. Mario parece vacilar. «Abre
si no quieres que te vuelvan loco con tanta tocadera».
Otro telegrama para mis tijeras hambrientas. ¿Qué son
las patas? Mis cucarachas no tienen patas, solo antenas.
Mi marido regresa con otro mensaje en la mano pero no
llega hasta mí porque han vuelto a tocar. Tum tum. Me
tira el papel y corre hacia la entrada. Tum tum. Rompo
la envoltura y tropiezo con el número. ¿Mis zapatos
tienen patas? Oigo los pasos de Mario. «¿Qué
número es?» Tengo un marido gordo mirándome por entre
sus patas de gallina mientras yo acabo de enterarme que
los telegramas se crean por si mismos, a la puerta no la
toca nadie y los números no son más que una excusa para
joder mientras tengamos tiempo de ser jodidos. Tum tum
tum. El telegrama tiene el menos tres escrito. Tum tum
tum. Ahora la puerta del baño también está sonando. |