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Teatro
escrito en el agua
Y concluyó la
vigésimo octava edición del Festival Internacional
de Teatro de Oriente (FITO), con un saldo
indudablemente positivo. La Barcelona venezolana es
una ciudad modesta, con dimensiones humanas, lista
para propiciar el encuentro. Encuentro que ha de
potenciarse a través de sesiones de trabajo de
distinto tipo: talleres, conferencias, seminarios,
diálogos con la crítica.
Lo incentiva el
hecho de que estamos ante la mayor muestra anual de
teatro de ese país y una nada desdeñable
participación internacional. A pesar de ser mi
primera vez, me di cuenta de que, junto a los nuevos
invitados, hay siempre repitentes, esos que forman
una suerte de familia reunida cada año allí, suerte
de escudo de defensa de la puntual realización del
evento.
Entre los últimos
espectáculos presentados, mi regreso me impidió ver
a los titiriteros rusos de Samovar y a los
ecuatorianos de Contracorriente, dirigidos por el
cubano Fernando Sáez. Pero no a los jóvenes
catalanes de Teatre Nu, quienes después de
explorar su territorio desde su asentamiento en
Igualada, emprenden una promisoria carrera
internacional.
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En El hombre
justo, dirigido por Marc Hervàs i Solà, asumen
la convención de narradores que, encontrados en un
evento de cuentería, se proponen explicarnos un
relato. Claro que nos harán partícipes del cuento,
pero esa simple perspectiva les sirve para dotar al
relato de una voluntad explicativa otra, que le
viene muy bien para hacerlo distinto, con un toque
brechtiano. Sin faltar, por supuesto, a convenciones
deliciosas en el universo de los títeres. De unos
módulos que seguramente sirven para trasladar toda
la escenografía surge el escenario mismo, habitado
por hermosos muñecos de madera, capaces de
sorprendernos a cada instante. La aventura de Juan
terminará cuando su ambición lo determina a
traicionar a la Muerte, quien tanto le había
ayudado.
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La
dama duende |
En las antípodas,
un espectáculo comercial del grupo caraqueño Zona
Teatral, El juicio ha comenzado. Dentro de un
programa de televisión un juicio de animales contra
el Hombre por los perjuicios causados por este a la
naturaleza. Con todos los enunciados dichos,
repetidos y resabidos, pero lo peor es lo forzado de
las situaciones, lo vistas que están, y para
acompañarlas ese tipo de actuación «actuada», falsa,
externa que ni siquiera se justifica aquí por la
farsa y el musical porque carece absolutamente de
gracia.
El festival
siguió otorgando espacio a la danza. Propuestas como
Escrito en el agua de Rodolfo Rodríguez con
el Centro Internacional del Nuevo Teatro y Entre
viajes y mudanzas del colectivo Mudanza, lo
confirman. En la primera, al parecer se buscan
ciertas equivalencias entre el mundo de los peces y
los humanos: restricciones, imposibilidades, muerte.
O tal vez no, quizás solo trate de una incursión
marina, en cualquier caso presa de un lenguaje
viejo. La segunda quiere moverse en paisajes
concretos del país: las desigualdades sociales, la
violencia, la lucha política. Pero la columna
vertebral del espectáculo es débil, las situaciones
muy elementales y retóricas por evidentes.
Con modestia se
presentó Garage Teatro, del Estado Portuguesa, con
Dos actores dos monólogos, creación de Simón
Salcedo y Alexander DLeón. Sin embargo su montaje de
las piezas «Sobre el daño que hace el tabaco», de
Chéjov y «Elisa», a partir de un relato de Roberto
Ryzcko, resultan muy eficaces por el equilibrio de
la puesta fuera de un espacio teatral tradicional y
las actuaciones de los propios directores.
Así, con su
programación apretada en las noches, y muy disímil,
saltando de estéticas experimentales a convenciones
ya expuestas, del teatro a la danza, de la calle a
las salas, de los grandes formatos a los monólogos,
terminó el FITO, evento panorámico por naturaleza y
elección, fiesta de las artes escénicas y la cultura
para una ciudad entregada a él y para sus
agradecidos visitantes. |