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Entrevista
con Silvio Rodríguez
ENTRE GIGANTES
Rubén Martínez
Villena y sus poemas son para mí excepcionales, si es
que se los puede separar, y los conocía desde niño. Mi
padre me leía «Canción del sainete póstumo» antes de
1959. Uno de los sonetos más bellos e ingeniosos que
haya leído jamás es «Insuficiencia de la escala y el
iris». Estos versos me impresionaron por su misterio y
al mismo tiempo por su transparencia. En ellos hay, a la
vez, un vuelo poético y un análisis científico
sobrecogedores. Después de leerlos y releerlos me quedé
paralizado por un tiempo. Era como si alguien lo hubiera
dicho todo. Por eso, les puse música hace años y a lo
peor un día los grabo.
El
Caimán Barbudo |
La Habana
Es común entre los
creadores de la nueva trova haber musicalizado textos de
conocidos poetas. Este no es tu caso. Por lo que sé solo
lo has hecho con poemas de Rubén. ¿Por qué?
He puesto música a
pocos poemas porque suelo hacer las canciones a partir
de la música. Este hábito me ha dificultado construir
«al revés» una composición. Aún así, si mal no recuerdo,
musiqué versos de Martí para el teatro y, en otra
ocasión, la emprendí con fragmentos de «Elegía II»,
de Miguel Hernández, dedicada a Pablo de la Torriente,
para un documental.
Rubén Martínez
Villena y sus poemas son para mí excepcionales, si es
que se los puede separar, y los conocía desde niño. Mi
padre me leía «Canción del sainete póstumo» antes de
1959. Uno de los sonetos más bellos e ingeniosos que
haya leído jamás es «Insuficiencia de la escala y el
iris». Estos versos me impresionaron por su misterio y
al mismo tiempo por su transparencia. En ellos hay, a la
vez, un vuelo poético y un análisis científico
sobrecogedores. Después de leerlos y releerlos me quedé
paralizado por un tiempo. Era como si alguien lo hubiera
dicho todo. Por eso, les puse música hace años y a lo
peor un día los grabo.
¿Por qué escogiste
precisamente «La pupila insomne» y «El anhelo inútil»
para hacer «Tonada para dos poemas de Rubén»?
Porque esos versos
decían precisamente lo que yo necesitaba decir.
Rubén los escribió
más o menos por la misma edad en que yo más tarde los
musicalicé. Puede ser que, formalmente, también haya
influido la sonoridad cantarina de sus alejandrinos.
¿Qué crees del
olvido en que han caído en los últimos años algunas
figuras de nuestra literatura que, como Rubén, hicieron
del compromiso social el sentido de su vida?
Eso pudiera ser una
especie de «venganza», más o menos consciente según el
caso, por la tendencia que hubo hace algunos años de
mostrar como valiosa preferentemente la literatura que
escribieron los más comprometidos socialmente, o si se
quiere los más cercanos a las luchas y a las ideas
socialistas. Aquello fue una profunda injusticia.
Pero esto de hoy no
lo es menos. Pienso en Guillén y sé que ahí estará
siempre para su redescubrimiento cíclico, como sucede, o
debiera suceder, con los grandes. El caso de Rubén es
más curioso, porque hizo muy poca poesía política. Él
fue un hombre político, un revolucionario, pero de esas
características la única que plasmó con insistencia fue
algo así como una rebeldía sustancial. Como se sabe,
Rubén «dejó» la poesía literaria para dedicarse en
cuerpo y alma a la poética de la reivindicación civil.
Incluso dijo que le interesaban sus versos tanto como a
la mayoría de los escritores, la justicia social. Tras
esa bofetada se sumergió en la vorágine que derrocó a
Machado, y acabó con su salud y con su vida.
Uno de los poemas de
Rubén más sugestivos (y perdona que me entusiasme un
poco) es «El gigante». Y es que todos los hombres y
mujeres nacen con ese titán, aunque algunos salgan a su
encuentro y otros le huyan espantados. Martí, en su
juventud, también dejó constancia de su compenetración
con el coloso que le tocaba, en «Yugo y estrella». Tanto
el loco enfebrecido de Martí como el melenudo delirante
de Rubén le dieron pecho. Fidel una vez dijo,
hablándoles a los jóvenes, que el vicio era espontáneo y
que la virtud había que cultivarla. Hoy día en que el
vicio a veces no es tan espontáneo, haciendo un arco de
inmensidades, podría decirse que lo que separa a los
humanos de sus caricaturas es el valor de someter el
ocio, de incendiarse la frente con la estrella que
corresponda y de recibir en su puesto entrañable al
gigante que este sufrido mundo parece reclamar. |