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SOÑANDO LA GUERRA
Gore Vidal
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EE.UU.
De todos los enemigos
de las libertades públicas, la guerra es quizá el más
temible, porque contiene y desarrolla el germen de todos
los demás. Como padre de los ejércitos, la guerra
fomenta las deudas y los impuestos, que son los
instrumentos conocidos para someter a la mayoría a la
dominación de unos pocos. En la guerra se amplía
asimismo el poder discrecional del ejecutivo (...) y
todos los medios de seducir a las mentes se suman a las
formas de sojuzgar la fuerza del pueblo...
De este modo nos
prevenía James Madison en
los albores de nuestra república.
Después del 11 de
septiembre, gracias a la «dominación de unos cuantos»,
el Congreso y los medios de comunicación guardan
silencio mientras el ejecutivo, por medio de la
propaganda y de sondeos sesgados, seduce a la opinión
pública, crea centros de poder hasta la fecha
impensables, como la Defensa de la Patria, y el 4 por
ciento de la población del país ha sido invitado a
afiliarse al TIPS, un sistema civil de espionaje para
denunciar a quienes despiertan sospechas o ponen
objeciones a lo que el gobierno está haciendo en el país
o en el extranjero.
Aunque todos los
países conocen la manera —si tienen los medios y la
voluntad de hacerlo— de protegerse de los matones que
nos ha deparado el 11 de septiembre, la guerra no es una
alternativa. Las guerras se hacen contra países, no
contra grupos desarraigados. Se pone un precio a sus
cabezas y se les captura. En época reciente, Italia lo
ha hecho contra la mafia siciliana, y nadie ha propuesto
todavía que se bombardee Palermo.
Pero la Junta
Cheney-Bush
quiere una guerra para dominar Afganistán, construir un
oleoducto y obtener el control del petróleo de los
Stan de
Eurasia para sus socios empresariales, así como
para causar a Iraq y a Irán el mayor daño posible debido
a que estos países malvados algún día pueden tapizar de
ántrax o algo parecido nuestros campos ámbar de
cereales.
Los medios de
comunicación, nunca muy finos para los análisis, pierden
cada vez más resuello y coherencia. En la CNN, hasta el
impasible Jim
Clancy empezó a
hiperventilar cuando un
académico indio trató de explicar que Iraq fue en otro
tiempo nuestro aliado y «amigo» en su guerra contra
nuestro satánico enemigo Irán. «Nada de ese rollo de
conspiración», gruñó Clancy.
Por lo visto, «rollo de conspiración» ahora es un
eufemismo de «verdad que no se puede decir».
Por el mes de agosto,
había un consenso creciente, al menos entre economistas,
respecto a que, teniendo en cuenta nuestra inmensa deuda
nacional (tomamos prestados 2 mil millones de dólares al
día para mantener la actividad del gobierno) y la
drástica reducción de la base impositiva decretada por
la junta, con el fin de beneficiar al uno por ciento que
posee la mayor parte de la riqueza nacional, no hay
manera de encontrar los miles de millones necesarios
para destruir Iraq en «una guerra larga», y ni siquiera
en una corta, con toda Europa alineada contra nosotros.
Alemania y Japón, a regañadientes, pagaron la guerra del
Golfo, aun cuando Japón, en el último momento, desató
una disputa irritada acerca del tipo de cambio en la
época del contrato. Ahora la Alemania de
Schroeder dice que no. Japón
no abre la boca.
Pero los
tamtam siguen repicando
venganza, y el hecho de que la mayoría del mundo se
oponga a nuestra guerra sólo sirve para pintar un febril
color rosa en las mejillas de Bush
padre, miembro del Carlyle
Group;
Bush hijo, de Harken;
Cheney, de
Halliburton,
Condoleezza Rice, de
Chevron-Texaco;
Rumsfeld, de Occidental, y
Gale
Norton, de BP Amoco.
Si alguna vez hubo un gobierno que debiera recusarse a
sí mismo en cuestiones relativas a energía, es la junta
actual. Pero no se parece a ningún otro gobierno de
nuestra historia. Es evidente que tienen el corazón en
otro sitio, ganando dinero, lejos de nuestros templos de
estilo romano, y que, ¡ay!, sólo nos dejan sus
respectivas cabezas, soñando la guerra, de preferencia
contra débiles estados periféricos.
Mohammed
Heikal
es un brillante periodista y observador egipcio, que en
su día fue ministro de Exteriores. El 10 de octubre de
2001 declaró al
Guardian:
«Bin
Laden no tiene los recursos
para una operación de esta envergadura. Cuando oigo a
Bush hablar de Al
Qaeda como si fuese la
Alemania nazi o el Partido Comunista de la Unión
Soviética, me río porque sé de qué se trata.
Bin
Laden ha estado años sometido a vigilancia: todas
sus llamadas telefónicas eran escuchadas, y Al
Qaeda ha estado infiltrada
por el servicio de inteligencia
estadounidense, el paquistaní, el
saudí y el egipcio. No habría
podido mantener en secreto una operación que requería un
grado semejante de complejidad y organización.»
El antiguo presidente
del servicio interior alemán de inteligencia,
Eckehardt
Werthebach (American
Free Press, 4 de diciembre
de 2001), lo explica con detalle. El ataque del 11 de
septiembre exigía «años de planificación», mientras que
la escala en que se produjo indica que fue producto de
«acciones organizadas por un estado». Eso es. Quizá,
después de todo, Bush hijo
tenía razón al llamarlo una guerra. Pero ¿Qué estado nos
atacó?
Por favor, que los
sospechosos se pongan en fila. ¿Arabia Saudita? «No, no.
Caramba, os estamos pagando 50 millones de dólares al
año por entrenar al servicio de seguridad real en
nuestro propio, aunque árido, sagrado suelo. Es cierto
que hay en el reino muchos enemigos ricos e instruidos,
pero...» Bush padre y
Bush hijo intercambian una
mirada cómplice. ¿Egipto? Ni hablar. En bancarrota a
pesar de la calderilla
estadounidense. ¿Siria? No tiene fondos. ¿Irán?
Demasiado orgullosa para ocuparse de un estado
advenedizo como Estados Unidos. ¿Israel?
Sharon es capaz de cualquier
cosa. Pero le faltan las agallas y el estado de gracia
del auténtico kamikaze. De todos modos,
Sharon no estaba al mando
cuando la operación dio comienzo con la infiltración de
activistas «durmientes» en las cinco escuelas de vuelo
estadounidenses, hace cinco
o seis años. ¿Estados Unidos? Hay elementos del
empresariado ansiosos de que se produzca «un ataque
masivo externo» que nos permitiría declarar la guerra
cuando el presidente lo considerase oportuno, al tiempo
que se suspenderían las libertades civiles. (Las 342
páginas de la Ley Patriótica,
Patriot Act, fueron
elaboradas antes del 11 de septiembre.)
Bush
padre y
Bush
hijo se están riendo tontamente ahora. ¿Por qué? Porque
en aquel entonces el presidente era
Clinton.
Cuando el ex presidente es excluido de la lista de
sospechosos, dice más enfadado que triste: «Cuando
dejamos la Casa Blanca teníamos un plan para una guerra
sin cuartel contra Al
Qaeda.
Se lo entregamos a este gobierno y no hicieron nada.
¿Por qué?» Pasa de largo, mordiéndose el labio. Los
Bush
ya no se ríen. Pakistán prorrumpe:
«¡Fui
yo! ¡Lo confieso! No pude contenerme. Salvadme. Soy un
malhechor».
Es obvio que el
culpable es Pakistán: en parte. Ahora debemos
remontarnos a 1979, cuando se desencadenó «la más amplia
operación encubierta en la historia de la CIA», en
respuesta a la invasión rusa de Afganistán.
Ahmed
Rashid, especialista en Asia central, escribió en
Foreign
Affairs, noviembre-diciembre de 1999:
«Con el apoyo activo
de la CIA y de los ISI paquistaníes (Servicios de
Inteligencia Internos), que querían convertir la «jihad»
afgana en una guerra global, librada por todos los
estados musulmanes contra la Unión Soviética, unos 35
mil musulmanes radicales de 40 países se alistaron en la
lucha de Afganistán entre 1982 y 1992 (...) más de 100
mil musulmanes radicales extranjeros sufrieron la
influencia directa de la jihad
afgana.»
La CIA entrenó
clandestinamente y financió a estos combatientes.
En marzo de 1985, el
presidente Reagan promulgó
la directiva 166 de Seguridad Nacional, por la que se
incrementaba la ayuda militar al tiempo que
especialistas de la CIA se reunían con sus homólogos de
los ISI cerca de Rawalpindi, Pakistán. La mejor crónica
de este encuentro es la del Jane's
Defense
Weekly (14 de septiembre de 2001): «La mayoría de
los instructores pertenecía a los Servicios de
Inteligencia Internos (ISI) de Pakistán, agencia que
aprendió su oficio de los comandos de Boinas Verdes de
América y de la Armada en diversos centros de
instrucción de Estados Unidos». Esto explica por qué la
administración se mostraba reacia a explicar la causa de
que tantas personas no calificadas, y a lo largo de
tanto tiempo, obtuvieran visados para visitar nuestras
hospitalarias costas. En Pakistán, «la instrucción
masiva de mujahidines
(fanáticos) afganos fue posteriormente dirigida por el
ejército paquistaní bajo la supervisión de los servicios
especiales de elite. (...) En 1988, con conocimiento de
Estados Unidos, Bin
Laden creó Al
Qaeda (La Base),
conglomerado de células terroristas islámicas
cuasi independientes, en
territorios situados en unos 26 países como mínimo (...)
Washington se hizo de la vista gorda con la fundación de
Al Qaeda».
El 4 de septiembre de
2001, el Daily
Telegraph de Londres
informó de la llegada a Washington del director general
de los ISI, el general Mahmoud
Ahmed. El 10 de septiembre,
el diario paquistaní The
News señaló:
«La semana de
estancia en Washington del jefe de los ISI, el general
Mahmoud, ha suscitado
conjeturas sobre el orden del día de sus misteriosas
reuniones en el Pentágono y el Consejo de Seguridad
Nacional (...) Fuentes oficiales de Departamento de
Estado afirman que realiza una visita de rutina para
devolver la que el director de la CIA, Charles
Tenet, hizo a Islamabad.
Dichas fuentes confirman que se ha entrevistado con
Tenet esta semana.»
No se facilitaron más
detalles. Pero el 8 de octubre
Mahmoud fue destituido como jefe de los ISI y
adelantó su jubilación. El Times de la India fue
el primero en informar del motivo:
«Fuentes locales de
alto nivel confirmaron el martes que el general perdió
su empleo debido a las 'pruebas' presentadas por la
India que demuestran sus vínculos con uno de los pilotos
suicidas que destruyeron el World
Trade Center. Las
autoridades estadunidenses
solicitaron su destitución tras confirmarse el hecho de
que el jeque Ahmad
Uhmar, a instancias del
general Mahmoud, giró desde
Pakistán 100 mil dólares al secuestrador.»
Ahora sabemos que
Mohammed
Atta estaba al mando de los
19 hombres que secuestraron los cuatro aviones el 11 de
septiembre de 2001. Murió en la colisión con la primera
torre. ¿Ordenó el general Mahmoud,
durante su visita a Washington, que se le enviara
dinero, como afirma el Times de la India y ratifica el
Wall
Street Journal (10 de
octubre de 2001)?
Esta es, sin duda,
una de las preguntas que serán respondidas durante el
futuro proceso de impeachment
contra George W.
Bush, hijo. Esperemos que el
Jefe Cheney le haya
explicado la conexión con Pakistán.
Cuando el avión de
Mohammed
Atta se estrelló contra el
World Trade
Center,
Bush y la niña de la escuela primaria de Florida
estaban hablando del cabritillo
de la alumna. Por casualidad, nuestra palabra (tragedia)
viene del griego: tragos (macho cabrío) y
oide (canción). «Canción del
macho cabrío.» Fue de lo más apropiado que este lamento,
que se cantaba en las antiguas obras de sátiros, se
oyera de nuevo en el momento exacto en que nos alcanzó
el fuego del cielo y empezó para nosotros una tragedia
cuyo final no se ve en el horizonte.
Octubre de 2002
Tomado de La Jornada |