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COMO EL MAESTRO
Al
igual que Martí
unió Martínez Villena a su temperamento artístico, a su
sed de belleza, a su vuelo lírico, un sentido pleno de
la realidad y una suprema capacidad de guiar y actuar
ante ella con la fría, sagaz y certera penetración del
más depurado espíritu analítico, pero impulsado siempre
por su apasionado amor a su pueblo y al ser humano, y a
las causas nobles y justas que los hagan felices.
Ángel
Augier |
La Habana
Al cumplirse setenta
años de la muerte de Rubén Martínez Villena, hay que
reconocer una hermosa realidad: la de la huella que dejó
su breve pero poderosa y generosa existencia en la
historia de su patria y en la conciencia de sus
compatriotas, fue lo suficientemente amplia y profunda,
como para que el ejemplo de su certera y abnegada acción
revolucionaria se mantenga permanente en el pensamiento
y en la acción de las nuevas generaciones cubanas.
No tuve la suerte de
conocer a Villena personalmente porque permanecí hasta
bien entrada mi juventud en el batey azucarero donde
nací, pero desde muy temprano, mi vocación periodística
y literaria me mantuvo pendiente de los acontecimientos
políticos y culturales de la capital. Esa curiosidad
prematura me permitió estar al tanto de todo el
trascendental proceso histórico donde fueron
protagonistas y héroes Julio Antonio Mella, Rubén, Juan
Marinello y tantos otros precursores de la Revolución
cubana de los años 30, en la que participé entonces, y
siempre.
Debo reconocer que,
de inicio, lo más que me impresionó de la recia
personalidad de Martínez Villena fue su poesía, que
marca un alto momento lírico en la antología La
Poesía Moderna en Cuba, editada en 1926. Es, sin
duda, la voz poética más pura y genuina de la nueva
poesía. Pero ya entonces esta generación comenzó a
asimilar a Martí, por lo que a Rubén, a su pasión por la
justicia, por la dignidad humana, por la independencia
de la patria, robada por la intrusión y la voracidad
norteamericanas. Ya en 1923 había escrito su vibrante
Mensaje Lírico Civil, y se mantuvo fiel a su juramento:
«Yo juro por la
sangre que manó tanta herida/ ansiar la salvación de la
tierra querida/ (…) Yo tiro de mi alma, cual si fuera
una espada,/ y juro, de rodillas, ante la Madre
América.»
La dura realidad de
la lucha revolucionaria desde las trincheras de los
sindicatos obreros, frente a una tiranía respaldada por
el imperio yanqui, agostó la salud del combatiente, pero
tuvo el coraje de quemar sus últimas fuerzas en la
dirección de la huelga general revolucionaria de agosto
de 1933, que liquidó la sangrienta dictadura machadista.
Desdichadamente, solo
pude acercarme a su persona, ver fugazmente su rostro
fino y sugestivo, en su ataúd, la triste noche del 16 de
enero de 1934, cuando, profundamente conmovida, una
silenciosa multitud rodeaba su féretro, en el salón de
la histórica Sociedad de Torcedores, en la calle San
Miguel. Al día siguiente, fui una gota más del
impresionante océano que le condujo en oleaje de amor y
rebeldía al definitivo reposo, consciente aquella
muchedumbre de que, más que nunca, el ejemplo y las
ideas de Rubén Martínez Villena continuaban fraguando,
combatiendo, impulsando el espíritu revolucionario de su
pueblo, por la conquista de un mundo mejor para la
humanidad.
Poeta, como Martí,
también como el Maestro, unió Martínez Villena a su
temperamento artístico, a su sed de belleza, a su vuelo
lírico, un sentido pleno de la realidad y una suprema
capacidad de guiar y actuar ante ella con la fría, sagaz
y certera penetración del más depurado espíritu
analítico, pero impulsado siempre por su apasionado amor
a su pueblo y al ser humano, y a las causas nobles y
justas que los hagan felices. |