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SOBRE LA EXTRAÑA POESÍA DE RUBÉN

La poesía de Rubén estuvo sobre todo en lo que vivió. Fue un hacedor, un creador total. Extraña es la realidad, y la auténtica poesía no es lo menos extraño de ella. 


Roberto Fernández Retamar| La Habana

Extraña es la realidad, y la auténtica poesía no es lo menos extraño de ella. Así la de Rubén Martínez Villena. En los primeros años de la década del veinte de este siglo, cuando en Cuba ya habían producido sus obras de mayor vuelo Boti y Poveda, y aún no habían comenzado las suyas Guillén, Florit y Ballagas, el poeta más promisorio era Martínez Villena (Brull alcanzaría años después «su definición mejor», y aún más tarde Dulce María Loynaz). Si en los cuatro sonetos de su «Sinfonía urbana», de 1921, Rubén había revelado voz propia e indudable penetración, su «Canción del sainete póstumo», de 1922, le granjeó reputación incluso más allá de los estrechos círculos literarios del momento. Por este hecho, él solía aludir con humor al poema llamándolo «mi Niagarita». Desde entonces se han repetido mucho esos versos: «Yo moriré prosaicamente de cualquier cosa, (¿el estómago, el hígado, la garganta, ¡el pulmón!?)...»; esos versos que, como los de Tallet, se abrían a una poesía entonces distinta, prosaísta a irónica. Pero el gran año creador de Rubén fue 1923, cuando escribió «La pupila insomne» y «El anhelo inútil», versos que llevarían a Silvio Rodríguez a ponerles música. Con aquellos versos se emparientan los de «Insuficiencia de la escala y el iris», en los cuales la intensidad, la hermosura verbal y el desasosiego trascendente de Rubén alcanzaron nuevas cotas. Pocos comienzos de poemas en nuestra literatura tan felices como el alejandrino perfecto y dúctil «La luz es música en la garganta de la alondra». Cuando hace treinta y cinco años comparé este poema con otro poema poderoso de Rubén, «El gigante», donde Cintio Vitier vio con acierto la impronta de los Versos libres martianos, llamé la atención sobre cómo ambos textos nos permitían asomarnos a combates que tenían lugar en el alma de su afiebrado y puro autor. Si en «Insuficiencia...», tras desplegar tesoros para los sentidos, el escritor nos asegura «que tu mayor dolor quedará sin ser dicho», en «El gigante» se pregunta: «y qué hago yo aquí donde no hay nada grande que hacer». Del ámbito esencialmente literario de decir, se ha pasado al ámbito de la acción: hacer.

Es inevitable recordar que 1923 fue, para Martínez Villena, el de la Protesta de los Trece, esto es, el de su ingreso en la vida política, cuya importancia, como sabemos de sobra, no haría sino crecer y radicalizarse en él. Tallet quien conoció en lo hondo a Martínez Villena, dijo que era «hombre de la estirpe moral e intelectual de Martí, de quien fuera ferviente devoto». Y como Martí, Martínez Villena fundió vida y obra. También en su caso o se las condena o se salvan juntas. Nada extraño que poco después de la Protesta, Rubén escribiera los vibrantes dísticos de su «Mensaje lírico civil», recordados por Fidel al conmemorarse el vigésimo aniversario del 26 de julio, cuya hazaña fue, dijo en tal ocasión, la carga pedida en aquellos versos. El poeta, el ser humano de carne y hueso, de historia y heroísmo, había encontrado lo que reclamara «El gigante»: «algo grande que hacer». Se trataba nada menos que de la Revolución, a la que iba a entregar fervorosa y abnegadamente su maravillosa vida.

Cuando al responder a un comentario por lo menos ambiguo de Mañach, Rubén, en 1927 (año de su ingreso en el Partido Comunista), escribió con acritud: «Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido: me interesa tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social», dejó abierta una interrogación que hoy, a más de setenta años, sigue encendiendo los más variados comentarios. ¿Pero no había dicho Martí que quería ser tenido por poeta en actos antes que por poeta en versos? Aquella respuesta tuvo de coyuntural y de definitivo. Que Rubén siguió siendo un poeta hasta el último momento de su vida es indudable. No lo es menos que había dejado de ser el hombre de letras que fue. Su faena verbal, propia del dirigente revolucionario en que se había convertido, insistió en la investigación, el artículo, el discurso, la polémica. Ejemplo mayor de ello es «Cuba, factoría yanqui», una obra de gran envergadura que durante mucho tiempo permaneció casi enteramente desconocida.

Sin embargo, ya se dijo que siguió siendo poeta: a ello no podía renunciar, pues no podía renunciar a ser quien era. Si antes se acercó a Martí, hagámoslo ahora a otra criatura más cercana en el tiempo y también de su estirpe: el Che. En 1933, Rubén escribió en carta a su hermana Judith:

No hay que darle vuelta al asunto: pasan los años y I envejecemos. La cuestión es conservar siempre un pedacito interior de niñez; mientras eso exista podemos estar seguros de que aún podemos mejorarnos (ser más comprensivos: aprender cosas nuevas, ser capaces de generosidad) y así podemos alegremente acercarnos a la vejez, mientras algo no sólo permanece joven, si no está caminando hacia la juventud dentro de nosotros. ¿Sientes tú eso, no es verdad? Yo también, pero es cierto que se me pasa mucho tiempo sin que me dé cuenta de que existe ese pedacito de infancia en mi interior (el cual se parece ya mucho a una máquina dura, inflexible, fría) mientras él está allá en un rincón, como un juguetico frágil perdido bajo un montón de tarecos sucios, feos, viejos.

En su «Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental», de 1967, afirmaría el Che que «el odio intransigente al enemigo» convierte al ser humano «en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar». El mismo Che, no obstante, había dicho dos años antes en su carta a Carlos Quijano conocida como «El socialismo y el hombre en Cuba»:

«Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad».

Volveré, para terminar, a Martí. En su prólogo a Los poetas de la guerra (1893), aseguró de estos: «Su literatura no estaba en lo que escribían, si no en lo que hacían». La poesía de Rubén estuvo sobre todo en lo que vivió. Fue un hacedor, un creador total. Extraña es la realidad, y la auténtica poesía no es lo menos extraño de ella. 

La Habana, 15 de diciembre de 1999

Prólogo al libro La pupila insomne, de Rubén Martínez Villena. Casa Editora Abril. La Habana, 2003

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