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RÉQUIEM POR JOAQUÍN NIN
LEJOS DE CUBA
 
Durante mi entrevista, Joaquín dijo que ya su piano era un mueble de adorno en la sala porque su parálisis no le permitía tocar las danzas que tanto le habían alegrado la vida. Me habló de Cuba como una visitación concurrente. Como la cita eterna de sus obras y como un panteón donde se encuentran sus padres, abuelos y parientes más queridos.

Wendy Guerra | La Habana

Cuando un teléfono suena en la madrugada siempre es para una mala noticia, esa que queda flotando en el helado aire de enero, como si fuera una pesadilla que puede pasar poco a poquito mientras te despiertas.

Pero no era un sueño, no. A las cinco de la mañana, alguien llamó apresuradamente desde Okland para susurrar una amarga verdad. La voz anunciaba que el pianista y compositor Joaquín Nin Culmell había muerto a los 95 años de edad. Allí, en la pequeña y blanca casita de madera que recorrí durante el otoño del 2002, dejó de existir el eminente músico, hijo de Rosa Culmell, cantante lírica habanera y de Joaquín Nin Castellanos; pianista y compositor nacido en la Calle Damas, La Habana, Cuba.

Yo encontré a Joaquín un poco tarde, desesperada mientras seguía la ruta cubana de Anaïs Nin, hurgando en sus documentos de California, husmeando en su familia, robando todo lo que me pudiera describir quién era realmente ella.

Durante mi entrevista Joaquín dijo que ya su piano era un mueble de adorno en la sala porque su parálisis no le permitía tocar las danzas que tanto le habían alegrado la vida. Me habló de Cuba como una visitación concurrente. Como la cita eterna de sus obras y como un panteón donde se encuentran sus padres, abuelos y parientes más queridos.

Joaquín nació incidentalmente en Berlín el 5 de septiembre de 1908, pero se sentía tan cubano como para alistarse en nuestro pelotón junto a Wifredo Lam y Julio Girona en los días de la Guerra Civil  española.

Su maestro Manuel de Falla no dejaba de referirse a su aire cubano cuando interpretaba a Cervantes. —Demasiada pasión— decía Falla, y me pregunto si eso era un halago o un maravilloso defecto de cubano.

Profesor titular de la Universidad de Berkeley. California, nunca renunció a sus nexos culturales con Cuba, la que consideraba su segunda patria. Amigo personal de grandes pianistas de la Isla, deja un hermoso epistolario que hoy, en parte,  me honro en poseer. Admirador de la nueva escuela cubana de piano, premió, como miembro del jurado en el concurso Marguerite Long de París en 1979 al entonces muy joven y siempre virtuoso Jorge Luis Prats. Creo que es justo que eso sea recordado, porque a veces se olvidan los imprescindibles.

Entre sus obras más conocidas se encuentran:

- Danzas cubanas homenaje a Ignacio Cervantes.

- Danza Ibérica.

- Seis Canciones  Populares Sefardíes.

- 4 Canciones populares de Cataluña.

- 4 Canciones Populares de Salamanca.

- 5 Canciones Populares Tradicionales Españolas.

- Ópera basada en «LA CELESTINA».

- Evocaciones cubanas. (Piezas líricas para teatro)

- Música para el ballet: «Le rêve de Cyrano». 

Entre otras interesantes composiciones que funden simbióticamente la llamada música de concierto con la contradanza cubana y el aire español de inicios del siglo XX.

Las cartas de Anaïs a Joaquín desde la isla de Cuba en 1922-23 son una verdadera joya que aparecerán próximamente en mi libro sobre la autora. No se debe olvidar que fueran Hugo Guiler y Anaïs Nin quienes solventaran los estudios del joven en París, cuando, tras el abandono de su padre: el virtuoso Nin Castellanos, Rosa entregara a Anaïs el destino talentoso de su joven hermano.

De Nin Castellanos dijo Anaïs:  

Una mala noticia rompe en la madrugada como en aquel agudo de un «Mephisto Vals» penando de todo, a lo Lizt. Recuerdo mi jugo sobre su mesa, mi terror al preguntar sobre el incesto de su hermana, y mi asombro al darme cuenta que él era tan esencial como ella, solo que yo lo había desconocido por mucho tiempo, por todo el tiempo. Y para el momento en que me despedía, junto con mi amigo Rafael Oceguera quien recogía la cámara para despedíamos, esta vez, sin dudas, ya para siempre. Eché una ojeada sobre los ojos del viejo maestro, quien me miró fijo y nos dijo que quería venir a tocar a Cuba, solo que era demasiado tarde; sonó el teléfono mientras  me decía en perfecto y castizo español: Déjalos, ellos solo quieren saber sobre Anaïs, aquí nadie me llama, nadie ya me recuerda.

Hoy, desde La Habana pongo sus partituras sobre el atril de mi casa, mientras le enciendo un incienso y recuerdo algo que escribió mi mejor amigo: «Cuba es un piano que alguien toca detrás del horizonte». Descanse en paz maestro.

La Habana, Cuba, invierno de 2004.

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