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DEMOCRACIA EN AMÉRICA
 
Martí Batres Guadarrama | México

Nuevamente escuchamos al inefable presidente de EE.UU., George W. Bush, expresarse con una de sus acostumbradas manifestaciones de intervencionismo. En el marco de la Cumbre Extraordinaria de las Américas, habló del avance de la democracia en el continente, calificó a quienes habían avanzado y a quienes no en este propósito. Por cierto, también habló de que había solo un país que no se regía por el principio democrático, y llamó a lograr una transición rápida para que este alcanzara la democracia.

No recuerdo bien a qué país se refería el presidente Bush, pero me parece que debe tratarse del suyo mismo y que estamos, seguramente, ante una insólita reflexión autocrítica. Es precisamente la gran potencia del norte de América el país que menos transformaciones políticas ha sufrido en el reciente siglo.

En todo el mundo ocurren transiciones políticas, transformaciones, surgimiento de nuevos sujetos, abanicos más amplios de expresiones políticas e ideológicas, pero en EE.UU. no se ha registrado una sola transición política; sus instituciones siguen siendo las mismas que se crearon en el siglo XVIII en condiciones nacionales y mundiales completamente distintas, sus partidos políticos son esencialmente la continuación de los mismos que fundaron ese Estado, su Constitución política acaso sea la que menos enmiendas, para decirlo al estilo americano, ha sufrido a lo largo de su existencia en el continente.

Así, mientras se anuncian transiciones políticas en regímenes donde ya estaba plasmada la democracia formal en las respectivas constituciones, como México, por ejemplo, en EE.UU. no hay una sola transición política, y nadie habla de eso en la clase política de ese país. EE.UU. acaso cuenta con el poder más oligárquico, ya no digamos del continente americano, sino del mundo entero, el más dependiente de los grandes poderes económicos.

En EE.UU. están proscritos los partidos políticos de izquierda; la pluralidad no puede ir más allá de dos partidos políticos que conforman una tendencia homogénea que se continúa a lo largo de las décadas. En EE.UU. no se discuten los temas del financiamiento público o privado de los partidos políticos. En EE.UU. rige un sistema electoral del siglo XVIII, avanzado para su época tal vez en comparación con las monarquías absolutistas que todavía existían entonces, pero atrasado frente a las grandes transformaciones de nuestra era. Ahí el voto sigue siendo indirecto, los electores no eligen directamente a sus representantes ante el Congreso o al presidente o a los gobernadores de los estados de la federación, sino que eligen electores que son quienes finalmente tienen en sus manos la prerrogativa de elegir a las autoridades en aquella nación.

En otras palabras, en ese país no hay voto universal, directo y secreto, expresión que forma ya parte de la inmensa mayoría de las constituciones políticas del mundo; su sistema parlamentario, que muestra fortalezas constitucionales importantes para equilibrarse con un poder ejecutivo de un sistema presidencialista, está conformado, sin embargo, por legisladores que en muchos casos se perpetúan en su escaño; es común que el legislador de determinado distrito o estado lo sea por varias décadas consecutivas, y que acuda simplemente a su reelección como un ritual que formaliza una permanencia indefinida en el cargo, con el apoyo de los poderes económicos que logran esa permanencia. Así, hay legisladores que han estado 40 años en el mismo escaño, incluso líderes de congresos locales que han perdurado en el mismo cargo también durante similar lapso prolongado.

Sin embargo, además de los atrasos institucionales, de la ausencia de participación directa y de la perpetuación de los funcionarios en ciertos espacios de poder, la democracia estadounidense ha mostrado fragilidades frente a las cuales la sociedad de ese país no contó con recursos para defender su voluntad. No debe olvidarse que el actual presidente de EE.UU. surgió de una elección por lo menos desaseada, cuando menos objeto de la sospecha, en la que la balanza se inclinó en su favor en el estado de Florida a partir de las maniobras ilegales de su propio hermano, gobernador de esa entidad.

Me quedo aquí en los aspectos formales y no hablo de asuntos más profundos que tienen que ver, por ejemplo, con lo antidemocrático que resulta el peso del dinero y de los negocios en la competencia electoral estadounidense, así como el papel que desempeña el poderío militar diseminado no en el interior de ese país, pero sí en el exterior, en general en el mundo, que constituye un recurso de fuerza y no de consenso para sostener el poder político en aquella nación.

Si debatimos entonces el tema de la democracia en América, estamos obligados a preguntarnos: ¿cuándo será el día en que en EE.UU. de América pueda existir un verdadero pluripartidismo sin persecuciones macartistas?, ¿cuándo, por fin, se abrirá la posibilidad de que en ese país los ciudadanos voten de manera directa por las autoridades?, ¿cuándo habrá límites al sistema releccionista eterno que existe en el Poder Legislativo estadounidense? En otras palabras, ¿cuándo, por fin, podrá haber una transición a la democracia, a esa simple y llana democracia formal que tanto pregonan los estadounidenses en el mundo y que poco practican?

Hoy, en pleno siglo XXI, EE.UU. es uno de los países menos democráticos del mundo; en pleno siglo XXI, EE.UU. tiene un sistema político del siglo XVIII. La transición que sí les urge a todos los países latinoamericanos, desde el río Bravo hasta la Patagonia, es la transición a la democracia en EE.UU. de América.

Tomado de La Jornada

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