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UNA SEMILLA EN UN SURCO DE FUEGO
La hora de la acción
ha llegado. El 18 de marzo de 1923 es su bautizo
político, que es también su eterno desposorio con la
vida y con la acción. El ruinoso Convento de Santa Clara
había sido comprado en tres millones de pesos por el
Gobierno. Es una operación de típico corte zayista. El
país entero repudia el turbio negocio. Pero nadie osa
decirlo. Rubén lo dirá. Y ante el mismo Secretario
servil que refrendó sin corresponderle siquiera, el
escandaloso decreto.
Raúl Roa
En junio de 1922,
casi al año de haber terminado la carrera, Rubén se
graduó de doctor en Derecho Civil y Público. Dejaba tras
de sí, en la colina universitaria, un bosque perfumado
de afectos. Ahora la vida se abría ante él como un
horizonte enjoyado de promesas. Talento, cultura, verbo,
simpatía, personalidad; le sobraban resortes para ser un
gran abogado y hacerse rico, inmensamente rico, y llevar
una vida regalada y tranquila. En el bufete donde
trabajaba, todavía estudiante, ya le había rondado más
de una proposición tentadora. Pero él no sería abogado
ni rico. Se lo impedía, no ya su condición de poeta; se
lo impedía su conciencia. Y ante el asombro de Fernando
Ortiz, se retiró del bufete y escondió el pergamino.
Luego lo usará como arma vibrante de lucha para defender
perseguidos y procesar la injusticia. De otro modo no
concebía al abogado.
Ese año, en cambio,
fue pródigo en versos. Hizo dos sonetos maestros: «La
Ruta de Oro», prefacio lírico a los Poemas
Cantábricos de Uncal, y «El Cazador», donde la
delicadeza de la forma atenúa la crueldad del motivo. El
«Homenaje al Monosílabo Ilustre» y «Presagio de la Burla
Final —sonetos también— exhiben su garra. Pero su
realización cimera de ese año fue la «Canción del
Sainete Póstumo». Es un poema dolido e irónico, en que
el poeta se mofa del velorio y de la muerte. Por la
índole peculiar de la anécdota y la manera emotiva con
que la resuelve, la «Canción del Sainete Póstumo», sin
ser su mejor creación, es la que más extensa popularidad
ha disfrutado y disfruta. Como él mismo dijera, burlón,
a Pablo de la Torriente Brau, es su «Niagarita».
Rubén, sin embargo, se siente insatisfecho. Y no solo de
su obra poética y de sí mismo: insatisfecho de todo. El
ambiente lo ahoga. Su naturaleza política —ya revelada
en memorable ocasión— ansía cobrar vida activa. Aquel
ensimismado y estéril vivir —el verso es cárcel
estrecha— es indigno de él. La necesidad de actuar
—imperativo de conciencia en Rubén— impone sus fueros.
Actuar, ¿pero en qué? Rubén se hurga por dentro y no
acierta a centrar políticamente su anhelo:
Hay una fuerza
concentrada,
colérica, expectante, en el fondo sereno
de mi organismo;
hay algo,
hay algo que
reclama
una función oscura
y
formidable.
Es un anhelo
impreciso de
árbol; un impulso
de ascender
y ascender
hasta que pueda
¡rendir montañas
y
amasar estrellas!
Sufre otra crisis
profunda. Ese denodado braceo por darle contenido
concreto a su vida, lo agota de nuevo. Siente así, y lo
expresa en un soneto de factura herediana, la angustia
del hombre que «no siente, ni espera, ni rememora nada».
Pero es solo un instante.
¿Cómo enclaustrarte
egoístamente en tu angustia —le dice al oído la fuerza
centrífuga, la fuerza generosa y buena— cuando la isla
entera reclama porque la saquen de la angustia y del
fango?
Rubén Martínez
Villena siente cómo le circula la indignación por las
venas. No: él no será de los que contemplen el «crimen
en calma». Él pondrá su inteligencia y su pecho en la
lucha por acabar con el crimen.
Ya estos párrafos
hirvientes, sonoros y graves anuncian el tránsito:
«Bello sería cantar —en su aniversario— la clarinada que
alzó sobre los estribos a los hombres del 95. Digno
sería evocar la marcha dislocada de los jinetes que
vinieron con la aurora de Baire en las pupilas y el sol
huyendo y bailando en las hojas de sus aceros.
Patriótico sería fijar, a ritmo de galope, la loa del
esfuerzo con que, a precio de vida, nos arrancaron
nuestros padres del tirano. Pero más patriótico y digno
y hasta más bello, por más sincero, fuera confesar los
errores que nos hacen hoy indignos de los muertos».
La hora de la acción
ha llegado. El 18 de marzo de 1923 es su bautizo
político, que es también su eterno desposorio con la
vida y con la acción. El ruinoso Convento de Santa Clara
había sido comprado en tres millones de pesos por el
Gobierno. Es una operación de típico corte zayista. El
país entero repudia el turbio negocio. Pero nadie osa
decirlo. Rubén lo dirá. Y ante el mismo Secretario
servil que refrendó sin corresponderle siquiera, el
escandaloso decreto.
Mediodía. Academia de
Ciencias. El salón está lleno. Minutos antes de
iniciarse el acto aparece Rubén, seguido por un grupo de
amigos, que aún saboreaban el café del almuerzo con que
habían festejado a Andrés Núñez Olano y a Guillermo
Martínez Márquez por el éxito de su zarzuela Las
naciones del Golfo, recientemente estrenada por la
Compañía de Lupe Rivas Cacho. Incluyendo al líder
bizarro, suman quince en total: José Manuel Acosta, José
Antonio Fernández de Castro, José Ramón García Pedrosa,
Luis Gómez Wangüemert, Alberto Lamar Schweyer, Primitivo
Cordero Leyva, Félix Lizaso, Francisco Ichaso, Jorge
Mañach, Juan Marinello, Calixto Masó, José Z. Tallet,
Andrés Núñez Olano y Guillermo Martínez Márquez. Es un
acto organizado por una asociación femenina. La señorita
que lo preside hace la apertura y concede la palabra al
Dr. Erasmo Regüiferos.
—Señoras y señores...
No dijo más. No pudo
decir más. Una voz vibradora y viril le arrancó la
palabra. Todas las pupilas se concentraron, de una vez,
asombradas, en la magra y ardorosa figura por cuya boca
salía aquella magnífica clarinada. La presidencia
ensayó, vanamente, reducirla al silencio. Regüiferos
temblaba. El público —un público de chaqué y
circunspecto, público de Academia de Ciencias— no salía
de su asombro. La presidencia dio por terminado el acto.
Rubén y sus amigos se fueron altivos y pálidos.
En la mesa de un café
cercano a la redacción de El Heraldo de Cuba,
Martínez Villena escribió un enérgico manifiesto
a la
opinión pública,
conocido por la «Protesta de los Trece», ya que de los
quince del grupo, dos no lo firmaron.
Horas después Rubén
Martínez Villena trascendía, por primera vez, las rejas
de la cárcel. Al día siguiente, un juececillo venal los
procesó a todos por delito de injuria. El hecho conmovió
la conciencia pública. El pueblo, con esa percepción
finísima que le caracteriza, advirtió en él un signo
prometedor. Todo no estaba inficionado ni perdido. Había
aún honradez y entereza.
Rubén, inflamado
todavía, se hará eco del episodio en su incitante
«Mensaje lírico-civil», dirigido al poeta peruano José
Torres Vidaurre. Sus estrofas contienen la imagen
informe del futuro revolucionario:
Pero esto es solo
un síntoma, hace falta una valla
para salvar a Cuba
del oleaje maldito:
hay la aspiración
de perpetuar delito
y la feroz
política se rinde a la canalla.
Hay patriotismo
falso, de relumbrón
y pompa,
con acompañamiento
de timbales
y trompa:
se cambian
secretarios en situación muy crítica.
Nuestra Cuba, bien
sabes cuán propicia a la caza
de naciones,
y cómo
soporta la amenaza
permanente del
Norte que su ambición incuba:
la Florida es un
índice que señala hacia Cuba.
Tenemos el destino
en nuestras propias manos
y es lo triste que
somos nosotros, los cubanos,
quienes
conseguiremos la probable desgracia,
adulterando,
infames, la noble democracia,
viviendo entre
inquietudes de
e ignorando el
peligro del norte que vigila.
Hace falta una
carga para matar bribones,
para acabar la
obra de las revoluciones;
para vengar los
muertos que padecen ultraje,
para limpiar la
costra terca
del
coloniaje.
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Yo juro por la
sangre que manó tanta herida
ansiar la
salvación de la patria querida,
y a despecho de
toda persecución injusta
seguir
administrando el cáustico
y la fusta.
Aumenta en el
peligro la obligación sagrada
(El oprobio merece
la palabra colérica)
Yo, tiro de mi
alma, cual si
fuera una espada
y juro, de
rodillas, ante la madre América.
Años después, aún no
hace un lustro para nosotros, los estudiantes repetirían
mil veces el hecho en los cines y lugares públicos,
denunciando los horrores y lacras del régimen de
Machado. Pero la Protesta de los trece quedará
registrada, en nuestra historia civil, con el luminoso
relieve que le da su condición de gesto precursor. No en
balde dio a los intelectuales cubanos —como dijera el
propio Rubén— «una fórmula de sanción y actividad
revolucionaria».
Ganado ya para la
agitación y la lucha, Rubén funda en seguida, con los
protestantes de la Academia de Ciencias y un núcleo
reducido de escritores y amigos, la Falange de Acción
Cubana.
Su acta de
constitución se suscribió en la Biblioteca Falangón,
sita en el Colegio Hoyo y Junco, de la Sociedad
Económica de Amigos del País, en cuyo tercer piso vivía
la familia de Rubén. En su manifiesto-programa
—redactado por el propio Rubén— se definen, clara y
enérgicamente, sus propósitos. La Falange de Acción
Cubana surgía a la vida en un momento público cargado de
sombras y podrido de vicios y se imponía, como misión
básica, la crítica diaria y resuelta de los métodos
corrompidos y corruptores del gobierno de Zayas,
demandando su rectificación inmediata. En el orden
ideológico, clamaba, y lucharía hasta lograrlo, por la
implantación verdadera y efectiva de la república de
Martí, la república limpia y próspera, libre y cordial,
la república independiente y soberana y no «la
mayordomía espantada de Veintemilla, ni la hacienda
sangrienta de Rosas, ni el Paraguay lúgubre de Francia».
Se trata, sin duda, del primer intento de incorporar a
los intelectuales cubanos a la acción política.
El desarrollo mismo
de los acontecimientos, en vertiginosa precipitación, se
tragan, apenas nacida, la Falange de Acción Cubana. El
desenfreno y el desbarajuste imperantes han llegado a su
colmo. La intromisión extranjera, ya crónica, adquiere,
por minutos, descoco inaudito. En lugar de Zayas, manda
Crowder. El descontento y la agitación se dejan ya
sentir, con tal fuerza, que un desbordamiento popular
parece inminente. La Universidad es una hoguera. Hasta
la Sociedad Económica de Amigos del País, deja oír su
voz de condenación y protesta, como antaño lo hiciera
contra el absolutismo colonial y los traficantes de
esclavos.
El movimiento se
organiza y vertebra en la Asociación de Veteranos y
Patriotas. Rubén es llamado a formar en su Consejo
Supremo. Desde un principio, mantuvo un criterio
insurreccional, ganado al cabo de memorable polémica. La
propaganda se puso en sus manos. Rubén despliega una
energía y una actividad asombradoras. Cada domingo
levanta en el teatro Verdún su verbo empenachado y
ardiente, cuajado de saetas y centellas. Es el Saint
Just del movimiento.
Paralelamente, se
inician los trabajos preparativos de la insurrección.
Rubén también está en ellos. Hay que allegar pertrechos
y crear células de combate, cerrar filas y mantener el
fuego en los espíritus. Hay que hablar en Matanzas: él
habla. Hay que hablar, esa misma noche, en Bejucal: él
se brindará, sonriendo, cuando todavía no se ha sacudido
el polvo de la reciente jornada. Hay que dar una
proclama a la prensa: es Rubén quien la hace. Un día, el
Consejo Supremo acuerda, a petición suya, apoderarse de
la dinamita existente en las Canteras de Camoa: él va a
la riesgosa aventura. Va con dos compañeros hercúleos,
encargados de acarrearla hasta el automóvil. Aquellos
cargan, con visible esfuerzo, sendos paquetes bajo sus
brazos de hierro. «Síguenos», le dicen a Rubén. Y Rubén
los sigue. El camino es pedregoso y largo, casi dos
kilómetros. La noche, densa. No se distingue a un metro.
Cuando llegaron a la carretera, resoplando y sudando, y
la boca repleta de ternos, Rubén, esa cosita endeble que
fue físicamente Rubén, tiró al suelo, con desenfado
simpático, dos paquetes de cincuenta libras... « ¡Y
después hablan de músculos!».
Rubén es una fuerza
apasionada, febril, tormentosa. A la semana siguiente
del lance narrado, embarcó, secretamente, para el sur de
los Estados Unidos, en cumplimiento de una riesgosa
misión. Se necesitaba un aviador experto y audaz que
bombardeara los objetivos militares de La Habana: él
sería ese aviador. ¡Siempre en primera fila, mientras
los grandes caimanes apenas osaban sacar los colmillos!
En Ocala levantó su
campamento, junto con dos compañeros, uno de los cuales
era José Antonio Fernández de Castro. Jamás había
montado en un aeroplano. Más aún: ni siquiera lo había
visto de cerca. Pero bastarían quince días de estudio y
de la práctica para ponerlo en posesión y control de los
secretos y resortes de la máquina voladora.
Cuando solo aguardaba
órdenes para hacerse al aire, fue detenido por agentes
especiales de la policía federal. El gobierno de Zayas
lo había denunciado. Estuvo preso, con sus dos como
pañeros, y por espacio de un mes, en una celda de la
cárcel de Ocala. Estando allí supo del grotesco fracaso
del movimiento planeado. No había contado él, en su
inocencia política, en su buena fe candorosa, con el
factor «veterano» y el factor «patriota». En el Consejo
Supremo habían dominado siempre, a despecho de
circunstanciales posturas, las fuerzas espúreas. Todo,
cualquier cosa, menos rifarse el pellejo. Nada que no
tuviera la previa certificación de Washington. El
desenlace no podía ser otro que el que tuvo.
Rubén Martínez
Villena vio así fracasar, por la cobardía y maldad de
los supuestos caudillos, su primer sueño político, a
cuya realización se había entregado pura y
valerosamente. Cuando salió de la cárcel, y como no
tenía un centavo y no estaba dispuesto a aceptar ayuda
económica de nadie, ni siquiera de su propia familia, se
dirigió a Tampa con el propósito de colectar, mediante
su trabajo, el dinero necesario para costearse el
regreso. Fue así como Rubén, obrero esforzado y anónimo
en una fábrica de cerveza, conoció, en carne propia, el
dolor y la infamia de la explotación del hombre por el
hombre.
Ya en Cuba, Rubén
refugió su desengaño momentáneo en el verso y la
literatura. A esta época corresponde, junto con el
soneto egregio de los mil pesos evaporados, «La medalla
del soneto clásico», y al par que el despunte del
prosista, lo más logrado, intenso y fluido de su
producción lírica. La nota dominante en esa etapa
estelar de su vida poética es, por un lado, el ansia
incolmable de infinito, que se manifiesta, como ha dicho
Regino Pedroso en bellísimo ensayo, «en un ancho anhelo,
en una aspiración febril de llenar el mundo». Y del
otro, una preocupación honda y puramente humana, al
margen de todo convencionalismo religioso, ante la vida
y ante la muerte:
Tengo el impulso
torvo y
el anhelo sagrado
de atisbar en la
vida mis ensueños de muerto.
¡Oh, la pupila
insomne y
el párpado cerrado!
¡Ya dormiré mañana
con el párpado abierto!
Importa señalar la
ausencia casi absoluta del motivo amoroso en la poesía
de Rubén. Como los compiladores literarios —dos poetas
de gusto tan exigente como José Z. Tallet y Ramón Guirao—
no han vacilado en recoger toda la obra publicada y
cuanto material inédito han podido encontrar, en
infatigable y denodada búsqueda, puede el lector
verificar por sí mismo el aserto. Véase cómo aún en sus
balbuceos adolescentes y en lo más desvaído y manido de
su cosecha no solo es fácil hallar el chispazo de su
genio lírico, sino que es mucho menos difícil percibir
un soplo doloroso y extraño de clara raíz metafísica.
Quizás la explicación esté en que cuando se ama
demasiado —y él amó como un romántico fiel—, de tanto
adorar y limpiar de adherencias vulgares a la mujer
querida, el amor se repliega pudoroso en sí mismo y se
derrama —surtidor celeste— hacia dentro. Por excepción,
cincelará Martínez Villena ese dije amoroso y delicado
que es el «Capricho en Tono Menor». ¿Especulación?
¿Realidad? No hace aún muchos días que Asela Jiménez —su
esposa luego— vive en su pecho con llama inextinguible.
Pero, en seguida, el poeta deplorará, angustiado de
angustia entrañable, su incapacidad insuperable de
aprehender el sentido recóndito del dolor
El espectro
visible tiene siete colores,
la escala natural
tiene siete sonidos;
puedes trenzarlos
todos en diversas canciones
que tu mayor dolor
quedará sin ser dicho.
Alado y trascendente,
como Shelley, dirá de él Luis Araquistain. Ni
comparación más feliz, ni juicio que mejor lo defina
poéticamente. Yo lo suscribo como resumen del mío.
Pero la aparición del
prosista en Rubén, simultánea a su plenitud lírica,
constituyó un verdadero suceso. No se trataba, en
efecto, de un prosista más. Ni siquiera de un buen
prosista. Era, para decirlo de una vez, la revelación de
un escritor como pocos han frutecido en nuestro medio
aldeano: no solo dueño de un instrumento personalísimo,
sino parejamente apto para apresar todos los matices y
cultivar, con acierto ostensible, todos los géneros. El
cuento y la crítica literaria, la crónica y el panfleto
adquirieron, a través de su prosa, nueva prestancia y
peculiar colorido. Y hay en ella, como en lo más puro y
descollante de su obra poética, una veta penetrante y
suave de ironía, que se cuela, insensiblemente, en el
ánimo. Yo quisiera referirme, con el detenimiento y la
extensión que ellos merecen, a sus dos cuentos únicos.
«Un nombre» y «En automóvil», ambos antológicos, y al
capítulo con que contribuyó a la novela Fantoches
1926 aparecida en Social. Quisiera, asimismo,
entresacar párrafos culminantes de ellos. Razones de
espacio lo impiden. Con todo, no resisto
a la
tentación de
transcribir este trozo representativo de su prosa,
tomado de su crónica «La lluvia en las calles»:
En los días lluviosos
la ciudad parece apagar sus ruidos: todo es recogimiento
triste. Acaso por mera simpatía de color, el azul del
uniforme policíaco se encapota tanto como el cielo. Los
tranvías eléctricos rellenan el hueco de sus ventanillas
con recios cristales calisténicos. Las banderas se
cuelgan chorreantes, perdidos su gracia y su color,
paralelas o enrolladas al asta; solo sigue flotando,
delicadamente, con impermeabilidad mágica, el estandarte
vaporoso de las chimeneas. Bajo el aguacero pertinaz,
llegamos a reflexionar seriamente sobre la utilidad real
del paraguas y hacemos la observación honrada de que los
aleros sirven para que los transeúntes no vayan por las
aceras cuando llueve.
Pero en La Habana
hay, sobre todo, algo interesantísimo: es ese fango
nuestro. Como nuestras calles —sorprendente milagro— no
son de tierra blanda, el fango no es espeso y profundo,
como el de esos caminos en donde se hunden hasta el buje
las ruedas de las carretas atestadas. Nuestras calles
son de sólidos adoquines, graciosamente levantados aquí
y allá, como fijados con elegante negligencia; nuestras
principales vías son de brillante asfalto, adornadas con
hondos baches, caprichosa pero profusamente
distribuidos; de modo que hoy ostentan la belleza
miniaturizada de Escocia y de Suiza, regiones
civilizadas de Europa.
Este aristocrático
lodo, de grasa consistencia y esos charcos de agua
celeste depositada en los cuencos hospitalarios, tienen
regocijadas travesuras. El lodo trepa desesperadamente a
las ruedas de los vehículos y en un júbilo de
liberación, abrazado a la fuerza centrífuga, se lanza
cariñosamente sobre los peatones. En su temible alegría,
el agua y el lodo se divierten: desalmidonan los driles
rígidos y constelan los casimires severos de graciosos
lunares coquetos.
Gracias a esos
divertidos episodios callejeros se puede sufrir el tedio
de los días de lluvia. Cuerpos en inverosímiles escorzos
fugitivos, se unifican con las fachadas, para
resguardarse del paso de los carruajes; graves hombres
reumáticos se detienen a estudiar los lagunatos y los
riachuelos de las bocacalles; damas venerables alzan la
planta y el vestido en un delicado gesto de minué... Y
el lodo resbala hacia las alcantarillas y las obtura; y
las corrientes se ensañan sobre las debilidades del
pavimento; y en los charcos adonde no llega el azote de
la lluvia, el insecto que generosamente propaga la
infección deposita la millarada de sus huevos.
(Fragmento IV tomado del libro Rubén
Martínez Villena, esbozo biográfico de Raúl Roa.) |