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Marxismo y tradición nacional
en Villena
 
Para Villena toda la acción debe estar encaminada al logro de la justicia verdadera y la unión latinoamericana, a la consumación de una verdadera revolución de los espíritus o emancipación humana. De Martí aprendió que uno de los principales propósitos de la lucha político-revolucionaria es lograr que imperen el derecho y la justicia un su patria y en América.


Juana Rosales García* | La Habana


El pensamiento político revolucionario de Rubén Martínez Villena —cuyo centenario estamos celebrando en este año— constituyen un eslabón fundamental para esclarecer en detalle la forma específica en que se articulan la ideología de la clase obrera y las tradiciones nacionales en nuestra cultura, especialmente el pensamiento de José Martí, proceso que ha transcurrido de manera lógica y natural, a partir de la interrelación de los elementos nacionales y universales del devenir histórico cubano, del cual las ideas son expresión.
 

Rubén Martínez Villena nace en uno de los períodos más penosos de nuestra historia, años en que predominó el sentimiento de frustración en el pueblo cubano, tras la intervención de EE.UU. que dio el fin de la Guerra de Independencia, en los que el país pasó de colonia española a neocolonia del imperialismo norteamericano. Era el marco adecuado para el predominio de una ideología dominante, conservadora y pro imperialista, profundamente antinacional, que se asentó en los criterios del fatalismo geográfico y en la incapacidad de los cubanos para poseer gobierno propio. Es evidente que en un contexto como ese, el pensamiento de liberación nacional y emancipación humana de José Martí no podrá ser promovido.
 

Las dos primeras décadas del siglo habían transcurrido sin que se hiciera evidente para muchos la necesidad de llevar a término el programa nacional, liberador y antimperialista que defendió el apóstol. Apenas unas cuantas voces aisladas del mambisado revolucionario, la emigración progresista y de la intelectualidad progresista —Salvador Cisneros Betancourt, Manuel Sanguily, Juan Gualberto Gómez, E. José Varona, Diego Vicente Tejera, Carlos Baliño o el joven periodista Julio César Gandarilla, entre otros, — advertían la gravedad del proceso donde se había escamoteado la independencia y la soberanía de Cuba.
 

Fue a principios de la década del 20 que empezaron a crearse las condiciones propicias para lo que sería el estallido revolucionario posterior. Figura paradigmática entre otros muchos jóvenes fue Villena, el cual buscó armas en el pensamiento y la acción de José Martí para conocer y transformar la realidad de la república plattista.
 

Villena transitó el camino —ya iniciado por Julio A. Mella— del redescubrimiento del Martí revolucionario radical y de la búsqueda de la vinculación de sus ideas más avanzadas con el programa nacional liberador que las condiciones de la Cuba neocolonial exigía. En tal esfuerzo encontraron como continuidad de la causa martiana, la batalla de clases, la fuerza de la clase obrera y la ideología de los comunistas. Mella y Villena, marcan —sin desconocer el antecedente de Baliño— el nacimiento del nuevo revolucionario orgánico cubano: ambos articulan dentro de su visión marxista, la universalidad, el latinoamericanismo y la cubanía martianos.
 

El profundo estudio del ideario fecundante del maestro le proporcionó a Villena los instrumentos teóricos y políticos para poder cuestionar los soportes sobre los que se había erigido aquella república, la que en lenguaje martiano era una república formal y le indujo a buscar en el pensamiento contemporáneo, la teoría capaz de dar respuesta a los nuevos problemas que le planteaba su época. Villena como todos los jóvenes de su generación, parte de la concepción de república martiana. No obstante, surgirán nuevas interpretaciones enriquecedoras de aquellos postulados. Martí aspiraba a una república de equilibrio social donde todos los hombres fueran iguales. Veinte años después, en la época del despliegue total del imperialismo y la consecuente agudización de las contradicciones clasistas en los países latinoamericanos; Villena se planteará como objetivo final de la lucha, la construcción del régimen nuevo de la sociedad socialista, en el cual la libertad, la igualdad y la democracia alcanzarían su verdadera dimensión.
 

Rubén Martínez Villena natural de Alquízar, pequeño pueblo de agricultores de la provincia de La Habana, había nacido en 1899 en un hogar modesto a pesar de sus antepasados de abolengo por vía materna. Su madre fue una mujer culta y delicada. El padre era un profesor que a fuerza de una constante superación y voluntad llegó a ocupar una cátedra en la Universidad de La Habana.
 

El hogar donde transcurrieron sus años infantiles, fue marco propicio para que comenzara a formarse en el niño un carácter sensible, atento a todo lo que le rodeaba. Creció en el seno de una familia ajena a toda forma de discriminación social, y las experiencias que en este sentido acumuló, le hicieron comprender que derechos tan esenciales como la educación y la cultura, eran privilegios de un sector minoritario de la Cuba de entonces.
 

La escuela No. 37 del Cerro, donde realizara sus estudios de enseñanza primaria, también influyó notablemente en la formación de sentimientos y valores de rebeldía y justicia social que, unidos a un natural sentido del honor y el respeto a la dignidad humana, constituyeron el punto de partida para un desarrollo revolucionario ascendente que tuvo su primera guía en el pensamiento de José Martí y en la historia patria. Cabe resaltar en este ámbito la guía ejercida por dos magníficos educadores; Salvador de la Torre y Luis Padró, los cuales iniciaron en aquel centro de estudios un ensayo sin precedentes en la escuela pública cubana: establecieron una «república escolar» que imitaba a lo que debía ser la República de Cuba , aquella que formara hombres íntegros, cívicos y honrados. Rubén ocupó diferentes cargos en aquella «república», llegando por sus méritos a ser incluso presidente.
 

Su alto sentido del deber lo lleva a trabajar siendo aún un adolescente como maestro sustituto en la escuela «Hoyos y Junco», instituto que estaba incorporado al sistema de escuelas que mantenía la Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP) y de la cual su padre había sido nombrado director. Rubén expresaba así su necesidad cada vez más creciente de ser útil a los demás y la vocación de servicio a las necesidades de la sociedad. Las memorias de la SEAP dan cuenta hasta hoy de los nobles desempeños del joven bachiller en letras y ciencias quien, como maestro voluntario, tuvo a su cargo una sección especial, el aula no. 5 organizada con niños analfabetos y desamparados. Esta tarea también constituía un homenaje a Luis Padró, quien fuera «mi primer maestro y me enseñó a sentir y a pensar»; pues: «Ser maestro es una forma de hacer patria y esta es de fijo la mejor grandeza», como expresara en su primer artículo pedagógico. Tales criterios reafirman además, la identificación del novel educador con lo mejor de la tradición de la escuela cubana. Están presentes en estos textos el ideario pedagógico de José de la Luz y Caballero y la huella clara y precisa del maestro José Martí.
 

En la biblioteca Falangón anexa a la Sociedad Económica de Amigos del País, Villena inició sus estudios de Historia de Cuba y de la vida y obra de grandes patriotas, Martí, Céspedes, Maceo, Sanguily, Máximo Gómez, Agramonte, Enrique José Varona. Todo ello fue cimentando un espíritu de rebeldía y entrega, y sus ansias de vivir una vida de altos ideales.
 

I. Proyecto de revolución y modelo de república: concepciones iniciales.
 

Inicialmente Villena se acerca al pensamiento martiano, desde la visión liberal burguesa de los fundadores del Movimiento de Veteranos y Patriotas. Ello explica según nuestro criterio, que el joven centre sus reflexiones teóricas en una concepción de «revolución» y un modelo de república limitados aún por las ideas reformistas sobre el cambio social, cuyo punto de partida fue la lucha contra la corrupción administrativa, la reforma educacional, el antinjerencismo y el antiplattismo. Su vinculación posterior al movimiento veteranista es expresión de estas concepciones.
 

Pero Villena recibe, además, el influjo del liberalismo antimperialista, más radical, de Varona y Sanguily. Estos patriotas se propusieron, entre otros empeños, el rescate de la historia patria, especialmente de las luchas por la independencia del pueblo cubano y defendían la necesidad de volver al ideario democrático de Martí. Otra de las influencias importantes en la formación inicial de Villena fue la de los llamados renovadores de los estudios históricos cubanos, cuyas figuras más representativas, como se sabe, fueron Ramiro Guerra, Emilio Roig de Leuchsenring y Fernando Ortiz. Ellos van a analizar la situación nacional y la historia de Cuba desde una óptica antimperialista, anticlerical, objetiva y develadora de las raíces etnoculturales en la formación de la nacionalidad cubana. Recordemos que muchos de aquellos jóvenes que protagonizaron el «despertar de la conciencia nacional» en la década del 20 mantenían relaciones de trabajo, intercambios, reuniones literarias etcétera, con aquellas personalidades. Villena fue incluso secretario particular de Fernando Ortiz.
 

Algunos años antes del inicio de la década del veinte, siendo Villena un joven estudiante universitario de la Escuela de Derecho, comienza a preocuparse por los problemas de la patria. Los versos que escribe centrarían su atención en elogiar las gestas independentistas y a los patriotas del mambisado revolucionario. Por esta época es conocido entre los estudiantes por un «Canto a Martí» y fue entonces que sus amigos lo bautizaron con el sobrenombre del poeta.
 

A partir de 1918 sus poemas aparecen publicados en diferentes revistas: 19 de Mayo, San Pedro, Jimaguayú y Máximo Gómez, entre otros. El despertar de sus preocupaciones políticas y patrióticas fuertemente motivado por una Universidad que es la antítesis de la que él había soñado, se expresó en el estudio profundo de nuestro pasado histórico, de la guerra de emancipación y del pensamiento y la acción de José Martí. «El descubrimiento de Martí—como diría Roa— letra encarnada en acción, fue como si el sol se le volcase repentinamente en el pecho y le destellara en la sangre». De esas raíces nacería una vocación revolucionaria puesta al servicio de los más altos empeños.
 

La recepción inicial que hace Villena del pensamiento martiano data de esta primera etapa. Vale la pena rememorar la esencia de sus más profundos poemas escritos en los albores de 1923 como «La pupila insomne», «Insuficiencia de la escala y el iris»,«El Gigante», este último como diría un gran martiano «única resurrección del fuego espiritual de los versos libres». Todos ellos invocan un cambio radical en el sentido de la vida, una necesidad de luchar, de involucrarse de alguna forma en la transformación del status existente.
 

La primera prosa recogida por Villena que expresa un anhelo concreto de redención nacional data de febrero de 1923. En «Baire» reflexiona sobre nuestra historia patria como punto de partida para iniciar la lucha contra los males que aquejaban a la sociedad cubana y sobre la necesidad de realizar un nuevo esfuerzo para «sacarla del fracaso de la independencia». Este artículo se enmarca en una etapa en que su pensamiento acerca de la revolución está limitado a una vía romántica y reformista del cambio social, donde preveía que el principio de la virtud doméstica sería el determinante para regenerar la patria.
 

Paralela en el tiempo a los acontecimientos de la Reforma Universitaria liderada por Mella, la Protesta de los Trece ha pasado a la historia como la primera acción política de Rubén M. Villena, su «bautizo político». Este hecho significó la irrupción en la historia cubana de una nueva generación de intelectuales de la pequeña burguesía que bajo la guía de Villena van a repudiar la corrupción administrativa y política del Zayismo y a proyectarse hacia la búsqueda de nuevos rumbos, por no mantenerse al margen de los hechos. Por otra parte dicha protesta significará el reconocimiento tácito al liderazgo de Villena sobre un grupo de intelectuales que se encontraban en proceso de maduración ideológica. En el «Manifiesto de los Protestantes» redactado por él, aquellos jóvenes se proyectaban contra la corrupción de los gobernantes y solicitaban el apoyo y la adhesión de «todo el que sintiéndose indignado contra los que maltratan la república piensen con nosotros y estime que ha llegado la hora de reaccionar vigorosamente (...).
 

Fruto inmediato de la Protesta de los Trece fue la constitución de la Falange de Acción Cubana y la concreción del Grupo Minorista. Los limitados objetivos de la Falange pronto la conducirían a la inercia. Aún se planteaban como misión primordial solo y la lucha por el mejoramiento patrio. La falange daba cuenta de la continuidad del pensamiento martiano, pero de un Martí aún no conocido profundamente. El Grupo Minorista (1923-1927) en el cual Villena participaba y lideraba a un grupo numeroso de jóvenes intelectuales, se caracterizó inicialmente por una postura antiplattista y nacionalista. Ellos pensaban que las relaciones humillantes de Cuba con relación a EE.UU. solo podrían resolverse con la creación de un gobierno que a través de un programa reformista posibilitara la «república martiana». No tenían una clara comprensión del fenómeno imperialista y aspiraban a una república democrático-burguesa.
 

Aquellos jóvenes abogaban por la virtud doméstica, por la regeneración como remedio a la situación cubana que ya había planteado Villena en su artículo «Baire». Pero no obstante lo limitado de sus proyecciones políticas, no debe subestimarse la acción colectiva de este grupo tanto en el orden cultural como político. Bajo la dirección tácita y el ejemplo de Villena, en esta heterogénea agrupación de la juventud intelectual se fue operando un proceso de desarrollo y decantación ideológica , producto del cual se deslindó el lugar y el papel de cada minorista en el proceso revolucionario de la década del veinte, lo que se expresó en el abandono por parte de algunos de una actitud pasiva y la toma de posición política y cultural ante la situación neocolonial de la sociedad cubana, mientras que otros renunciaron a sus iniciales inquietudes progresistas.
 

En agosto de 1923 se organiza el Movimiento de Veteranos y Patriotas, y Villena es llamado a formar parte de su consejo supremo. Algunos minoristas lo secundan en este nuevo intento para la regeneración patria. El movimiento constituiría un peldaño más en el proceso de maduración político-ideológica del futuro líder revolucionario. En esta organización Villena representaba aquella parte honesta de la juventud cubana que buscaba afanosamente el camino de la libertad, la renovación y la justicia. Julio A. Mella aunque criticó aquellos empeños, inicialmente les brindó apoyo y ofreció —según un informe de la policía judicial de La Habana— «los tres mil corazones y los seis mil brazos» del movimiento universitario para la causa veteranista. No obstante, cuando Villena le expone que la finalidad de la insurrección que preparaban era realizar el mandato incumplido de Martí, Mella no le oculta su desconfianza con relación a los máximos dirigentes de Veteranos y Patriotas y le enfatiza que solo hay una fórmula para resolver el problema cubano: la revolución económica, política y social; antimperialista de los trabajadores.
 

El fracaso de aquel movimiento constituyó un terrible golpe para Villena. Allí había puesto sueños y esperanzas. A finales de 1923 el joven revolucionario publica en el periódico El Universal una serie de artículos acerca de la llamada Revolución de 1923. En ellos analiza objetivamente los antecedentes de la aventura veteranista, sus causas históricas antiguas, contemporáneas e inmediatas; así como los factores favorables y las limitaciones de la misma.
 

En octubre de 1924 Villena se inicia como director de la página literaria de El Heraldo, donde también ha de colaborar con artículos de carácter político y social, en los que da cuenta del cambio que se va operando en su pensamiento, aunque todavía le falten los instrumentos teóricos y los métodos de acción política congruentes con su nueva óptica.
 

II. Revolución y antimperialismo: tras la huella martiana.
 

Consecuentemente con el conocimiento cada vez más profundo del ideario político de Martí y con ello el tránsito del liberalismo al marxismo y al leninismo desde la inicial formación martiana, el pensamiento de Villena con relación a los EE.UU. se transforma pasando del antinjerencismo, y el antimperialismo liberal de las primeras décadas republicanas, al antimperialismo marxista y leninista que tuviera en Baliño las primeras expresiones y en Mella el desarrollo teórico primigenio.
 

A partir de 1924 y consecuente con el proceso de concientización revolucionaria que se está operando en Villena, ya se puede encontrar en muchos de los artículos que publica, expresiones claras de este proceso de radicalización. En «La caída del meteoro» diría metafóricamente: «El ciclón se ha ido al norte, mas en los observadores de nuestra meteorología política hay un recelo latente. La atmósfera sigue amenazada (...) ¿Habrá quién desee que el ciclón recurve (...) que pase sobre el nombre del titán, suba hasta el asta de la bandera, arrase al guajiro y al ciudadano? (...). La república parece indefensa ante el mar. Cuba se ofrece toda al ataque que viene de afuera».

 

En la revista Venezuela Libre (1925) cuya dirección asume Villena, aparecen las primeras manifestaciones antimperialistas de los minoristas. En este sentido dicha publicación se convirtió en el órgano de la recién fundada «Liga Antiimperialista» en la cual junto a Mella y Villena participaron miembros del Grupo Minorista y algunos latinoamericanos. La continuidad del antimperialismo y el latinoamericanismo martiano se puede apreciar en el Manifiesto por Venezuela que aparece en su primer número. Allí Villena anuncia los objetivos de dicha publicación que no solo serán «luchar desde la tierra de Martí por devolver a la civilización y la democracia a la tierra de Bolívar», sino librar de obstáculos el camino a una gran confederación de pueblos indolatinos que garantice a esos contra el poder absorbente del imperialismo yanqui».

 

En esta revista aparecen diferentes artículos de Rubén en los que se proyecta contra el intervencionismo yanqui, critica los litigios que aún existen entre algunos países de América Latina, los cuales facilitan aún mas aquella intromisión y ponen de manifiesto —argumenta— el que todavía no ha penetrado en estos países suficientemente la necesidad de vincular estrechamente las diversas nacionalidades en un todo único. Se alarma asimismo de la actitud de aquellos gobiernos que son capaces de nombrar árbitro de sus conflictos precisamente a quien trata de absorberlos, los EE.UU. Los puntos de contacto con el antimperialismo y el latinoamericanismo martiano se hacen cada vez más patentes.

 

Uno de los trabajos más importantes publicados por Villena en Venezuela Libre es «Un aspecto del problema económico de Cuba» donde analiza la penetración del capital yanqui en el sector azucarero cubano. Ya desde las páginas de El Heraldo había denunciado la intromisión norteamericana en nuestra economía, pero ahora ampliaba aún más sus criterios y confirmaba una concepción más profunda y esencial de dicho fenómeno. Esta dependencia económica en sus aspectos esenciales ya había sido descubierta por Martí, no obstante, a finales del siglo XIX, en la etapa del pensamiento maduro del Apóstol, esta cuestión no tenía la misma connotación, pero en la época histórica en que se desarrolla el pensamiento y la acción de Rubén Martínez Villena, la situación de dependencia económica de Cuba con respecto al imperialismo yanqui es ya absoluta.

 

Después del forzoso exilio de Mella, Villena se consagró totalmente a cumplir las diversas misiones que aquel le confiara y le da continuidad al trabajo en múltiples frentes: el partido, el movimiento obrero, la Liga Antimperialista y la UPJM y paralelamente continúa participando en actividades del minorismo. El recién constituido partido comunista ha sufrido la fuerte represión del régimen y se encuentra desmembrado sin una organización política y orgánicamente sólida y el movimiento obrero al cual ya Villena se encuentra vinculado, está igualmente hostigado y dividido.

 

Ante tan disímiles e importantes tareas, Villena va a concentrar todos sus esfuerzos en el logro de una política unitaria durante estos años. Paralelamente y en estrecha relación con el PCC y la Federación Obrera de la Habana (FOH) va a fortalecer la dirección de la Liga Antimperialista y a reorganizar la UPJM, tarea que se tradujo en el incremento de sus actividades con los sindicatos y centros obreros.

 

III. Marxismo y revolución.

 

La evolución hacia el marxismo en Villena transcurrió como un proceso natural, el cual no encontró contradicciones antagónicas entre el ideario martiano y los postulados fundamentales de aquella concepción. La relación entre el marxismo y el leninismo con las tradiciones nacionales más revolucionarias se expresa en una articulación que presupone nexos de continuidad y ruptura desde una perspectiva crítica superadora. Esta articulación constituye un proceso evolutivo condicionado por la situación concreta cubana.

 

El primer encuentro de Villena con las ideas marxistas, según el testimonio de Roa; es muy probable que se haya efectuado en aquellas fructíferas discusiones que sostuvo con el joven Julio A. Mella. Las ideas que este último le aportara influyeron, sin duda, en la inclinación del desarrollo del pensamiento de Villena hacia las posiciones marxistas y leninistas.

 

Mella y Villena se habían conocido a mediados de 1923, cuando el primero, líder estudiantil, organizaba el Primer Congreso Nacional de Estudiantes. A partir de entonces, nació una inquebrantable y ejemplar amistad. Rubén encuentra en ese período, en las luchas universitarias lideradas por Mella una base para su formación ideológica y revolucionaria. Así lo afirmaría el propio Villena algunos años después estando ya en la Unión Soviética. El pensamiento profundamente antimperialista de Mella y su vertiginosa maduración política hacia el marxismo, le permitió ejercer una influencia decisiva en Rubén. Del brazo de Mella, Villena comprendió que solo del proletariado cubano emergerían los nuevos libertadores, herederos del 68 y el 95; que no había solución al problema cubano, sino se rompía la dependencia neocolonial de los EE.UU.

 

El ingreso de Villena en el profesorado de la Universidad Popular José Martí a propuesta de Mella, la relación directa con la clase obrera y la lectura de folletos y textos marxistas que Mella le proporcionaba; contribuyeron al acercamiento progresivo hacia el marxismo y el leninismo.

 

La relación de Villena con el grupo de exilados venezolanos y peruanos, que más tarde fundarían la revista Venezuela Libre, también le sería muy provechosa en ese sentido. Todos aquellos jóvenes se reunían en un local bautizado por Mella con el sugerente nombre de La Cueva Roja, en el cual se desarrollaban largos debates en torno a la necesidad de consolidar y unificar la lucha antimperialista y a los caminos más eficaces para realizar la revolución social. Allí le proporcionaron a Villena dos libros indispensables para la praxis transformadora de la sociedad capitalista: «El imperialismo, fase superior del capitalismo» y «El estado y la revolución» de V. I. Lenin. La bibliografía disponible de Marx, Engels y Lenin era insuficiente en Cuba, pero Villena logra extraer los fundamentos esenciales de aquellos textos que tanta luz proporcionaban a su rebelde lectura de la situación nacional.

 

El revolucionario marxista comenzaba a nacer. Otras obras de interés que estudia son el Manifiesto Comunista y Contribución a la crítica de la economía política. En ellas pudo encontrar los presupuestos teóricos que le permitieron analizar la realidad nacional y comprender que la eliminación de la explotación del hombre por el hombre solo sería posible con el derrocamiento del sistema capitalista y la construcción del socialismo.

 

En el proceso de concientización revolucionaria de Villena —que lo llevó a la asunción de la ideología del proletariado como teoría y método de transformación de la sociedad— jugó un papel fundamental la práctica revolucionaria a la que el joven estuvo vinculado muy tempranamente. En esta nueva etapa, a la luz de la asimilación de la teoría marxista y leninista, Villena va a situar el factor económico como determinante en los procesos sociales. La lucha de clase como motor de la historia, el papel del proletariado como fuerza motriz y clase dirigente de la Revolución Socialista, van a constituir nuevas intelecciones que lo van a separar definitivamente de su inicial posición liberal reformista.

 

Comienza una nueva lectura de la historia patria, del pensamiento de los principales líderes del mambisado, busca el sentido y el alcance social de sus ideas. Releyó a Martí y percibió la verdadera dimensión antimperialista y latinoamericanista de sus ideaciones. Según el valioso testimonio de Raúl Roa, Villena escribiría un largo ensayo sobre la actitud de Martí en los EE.UU., a partir de la profundización que hace de su pensamiento. Aunque el ensayo se extravió, cuenta Roa que los que pudieron leerlo se «asombraron de su agudeza política, de su singular identificación espiritual» con el Maestro.

 

También el estudio de la obra de Julio César Gandarilla, Emilio Roig, E. J. Varona y M. Sanguily le sería en extremo provechosa para su maduración ideológica. Los textos de Rodó, Vasconcelos e Ingenieros, a los cuales llamaría «maestros de la juventud americana» también jugarían un importante rol en este sentido.

 

Villena ha revisado sus conceptos políticos y sociales con el propósito concreto de conocer las raíces del presente histórico, como punto de partida para construir el cambio social que Cuba necesitaba, la nueva y verdadera República libre que quería Martí. Ello influyó a su vez en una mejor interpretación de la ideología socialista y el rumbo revolucionario del cual Mella era abanderado.

 

La Declaración del Grupo Minorista de mayo de 1927, redactada por Villena; expresa nítidamente el proceso de radicalización que se va apreciando en el joven marxista. La misma conducirá a una toma de partido en relación con el problema de la liberación nacional y social. En esta coyuntura Villena ocupó la posición de vanguardia entregándose a la lucha por el socialismo.

 

En esta declaración, Villena explica claramente el proceso de renovación ideológica y de izquierdización que se ha producido en el minorismo, al cual autodefine como un grupo de trabajadores intelectuales preocupados por los problemas de su patria y de su época desde posiciones de combate. Allí proclama la necesidad de revisar los valores falsos y gastados de introducir en Cuba las últimas doctrinas, teóricas y prácticas, artísticas y científicas, por reformar y modernizar la Universidad y se subraya además la necesidad de luchar por la independencia económica de Cuba y contra el imperialismo yanqui, contra todas las dictaduras políticas, contra la falsa democracia burguesa y por la real participación del pueblo en la gestión del gobierno y por la unidad latinoamericana.

 

Hacia 1927 era evidente que la necesidad de fortalecer y ampliar la lucha revolucionaria y antimperialista del continente imponía la fundación de una nueva revista de combate con sentido y proyección latinoamericana. En abril de ese año Villena crea junto a un grupo de profesores de la UPJM «América Libre», revista revolucionaria de vanguardia; heredera de los ideales de José Martí y órgano del pensamiento antimperialista y marxista.

 

Con el dominio pleno de las concepciones marxistas y leninistas a las que se podía tener acceso en la Cuba de estos años, en diferentes trabajos Villena denuncia al imperialismo norteamericano como el principal enemigo de los pueblos latinoamericanos y analiza el peso del factor económico de la penetración imperialista en aquellas condiciones, como «el formidable desarrollo industrial de ese país ha forzado la expansión continua y creciente de sus capitales; ha producido, junto a una primordial necesidad de mercados seguros y suficientes, una paralela y no menos importante necesidad de sitios de producción y explotación de materias primas y elementos indispensables a su misma industria». Así resume —como en su época lo hiciera Martí— las causas fundamentales de la penetración capitalista yanqui en nuestros países.

 

Para Villena toda la acción debe estar encaminada al logro de la justicia verdadera y la unión latinoamericana, a la consumación de una verdadera revolución de los espíritus o emancipación humana. De Martí ha aprendido que uno de los principales propósitos de la lucha político-revolucionaria es lograr que imperen el derecho y la justicia un su patria y en América. El sentido de la justicia social acompañó a Martí en todo un ideario y en sus luchas por la liberación de Cuba. Aunque el Apóstol creía posible la implantación de la justicia social sin eliminar el fundamento de la desigualdad, las relaciones de propiedad privada.

 

En esta revista Villena comenzó a publicar su ensayo «Cuba, factoría yanqui», el cual constituye el primer intento de interpretación marxista del proceso absorción política y económica del imperialismo norteamericano en Cuba. Villena, desde una perspectiva marxista y leninista madura, resume la historia del intervencionismo yanqui desde el siglo XIX y como había ocurrido precisamente aquello sobre lo que Martí alertó y temió: que a partir del control económico y político del país, los EE.UU. ganaran «para influir sobre la conquista de la América y asegurar su predominio en el continente, una importante posición estratégica desde el punto de vista militar y político». Resultado de esta penetración ha sido la pérdida de la independencia y la soberanía, pues Cuba  «a la luz del derecho público se ha convertido en un protectorado».

 

La corrupción política y administrativa de los gobiernos de turno, aunque es un elemento a tener en cuenta, pasa ahora a segundo plano en el análisis, en relación con la etapa liberal reformista de su pensamiento abordada anteriormente. En este sentido, Villena plantea que solo con el conocimiento de nuestros males y la valoración real de lo que significa el peligro imperialista, podrá el pueblo detener el avance del invasor yanqui y resolver Cuba su situación de dependencia económica. A través del estudio que realiza de la cadena de empréstitos contraídos por el Estado Cubano, Villena establece la relación independencia económica —soberanía y concluye que aquel Estado se ha convertido en un factor mediador de los intereses imperialistas, hecho que ha condicionado la inexistencia de una real independencia política, como antes lo había previsto José Martí.

 

Este año de 1927 también fue testigo de la transformación de Rubén Martínez Villena en guía político del proletariado cubano, a partir de entonces la entrega a la causa del socialismo y a la lucha imperialista serán su brújula. La situación en que se encontraba el movimiento obrero y su Partido, imponían la creación de condiciones que vertebraran un movimiento popular revolucionario que involucrara a todos en la lucha por la liberación nacional y social.

 

Villena comenzó a actuar en las filas del Partido Comunista al que ingresa en septiembre de 1927. Bajo su dirección se va a operar un cambio radical en el movimiento obrero en el cual ejerce decisiva influencia a través de las funciones de asesor legal de la CNOC. A partir de allí va a darse a la tarea de aglutinar las fuerzas obreras y sindicales por entonces dispersas en el camino de las luchas por las reivindicaciones sociales. Como expresara Roa en su citado testimonio, Rubén «todo lo dejará para acelerar, con su sacrificio, el advenimiento de una nueva vida; se había hallado al fin a sí mismo: servir en silencio a los demás y desde abajo (...), la semilla en un surco de mármol devenía semilla en un surco de fuego».

 

Prontamente Villena se transforma de abogado asesor de la CNOC a dirigente máximo del movimiento obrero. A él le tocaría aplicar y desarrollar las ideas marxistas y leninistas acerca de la revolución en las condiciones concretas de Cuba. De lo que se trataba era de adaptar los métodos y objetivos generales de la lucha a esas condiciones. En su trabajo «Cuba: la Confederación nacional obrera» realiza un análisis marxista y leninista de la unidad de clase revolucionaria que representa la CNOC, valora el papel de esta organización y lo que ella significa en ese proceso. Plantea además la urgencia de organizar el movimiento obrero a través de la CNOC para así poder responder a la necesidad objetiva de constituir un frente único sindical capaz de impedir los excesos fascistas del gobierno.

 

La constitución de la CNOC si bien era expresión de un importante desarrollo del movimiento obrero cubano, no había resuelto aún las profundas debilidades organizativas e ideológicas de la clase obrera cubana de entonces. En cuanto a organización, la CNOC aún no había penetrado la industria azucarera, primer renglón de la economía nacional, que contaba con el sector más numeroso de la clase obrera. Las debilidades de naturaleza ideológica estaban dadas por el predominio de concepciones anarcosindicalistas y reformistas en la dirección de la recién creada organización nacional. Los sindicatos dirigidos por comunistas constituían aún una minoría y muchos de sus dirigentes estaban también influidos por el anarcosindicalismo.

 

Villena comprende que para lograr la vertebración del disperso movimiento obrero y preparar las condiciones del surgimiento de un fuerte movimiento popular es necesario levantar a la clase obrera para la acción revolucionaria. Tiene muy en cuenta las indicaciones de Lenin: «La masa se incorpora al movimiento, participa en él con energía, lo tiene en gran estima y da muestras de heroísmo, abnegación y fidelidad a la gran causa, siempre y cuando esté implícito un mejoramiento en la situación económica de quienes trabajan. De otra manera no puede ser, pues las condiciones de vida de los obreros en ‘situaciones normales’ son increíblemente duras. Cuando la clase obrera trata de mejorar sus condiciones de vida, se eleva a la vez en el sentido moral, intelectual y político, se hace más capaz de llevar a cabo su gran misión liberadora».

 

Influenciados por las tesis leninistas, Villena y los comunistas cubanos se empeñaron en la lucha por levantar las demandas económicas y políticas más reclamadas por los trabajadores, particularmente a partir de 1927, en que el primero se convierte en el líder del proletariado cubano. Villena ha ido profundizando en la situación de Cuba y ha valorado acertadamente que muy a pesar del espacio ganado por los comunistas, aún la acción política y social del movimiento obrero no ha alcanzado los niveles de unidad necesarios que la lucha exigía, era imprescindible la cooperación de todos los dirigentes obreros y sindicales independientemente de sus tendencias reformistas.

 

En diversas reuniones de la dirección del Partido y de la Liga antimperialista Villena había insistido en que el sentido revolucionario de la lucha se iba perfilando cada vez más claro: la rebeldía estudiantil, el descontento político y la solidaridad con la lucha de Sandino, constituían —entre otros— signo de las contradicciones clasistas de las aspiraciones de cambio que estaban presentes en las masas y del desarrollo de la lucha antimperialista.

 

Precisamente por aquellos días Villena recibe de J. A. Mella, un mensaje en clave que lo ponía al corriente de los planes insurreccionales que preparaba. Según el testimonio de Roa, aunque a Villena le faltaban los detalles y las precisiones necesarias, aprobó de inmediato las ideas de Mella, no obstante albergar ciertas dudas en relación con el abanico social que dicha insurrección abarcaba. Después del asesinato de Mella, Villena considera imposible proseguir los planes de este. Su pensamiento y acción, la personalidad extraordinaria del jefe indiscutible resultaba imprescindible para ejecutarse.

Prueba de cómo habían sido recepcionadas las tesis de Mella en el PCC fueron las polémicas desarrolladas en la I Conferencia de Partidos Comunistas de América Latina celebrada en Buenos Aires en junio de 1929 (a cinco meses del asesinato de Julio Antonio), donde los comunistas cubanos fueron fuertemente criticados por la Internacional Comunista ( IC ) por mantener la cuestión de la alianza con las fuerzas nacionalistas.

 

Pero no solo influyó en el cambio de la concepción de unidad —que de hecho se materializó— la ausencia del jefe indiscutible que era Mella y las críticas de la IC, también; justo es decirlo, las condiciones políticas concretas habían variado, el momento histórico preciso se perdió. Posteriormente se pondrían al desnudo las verdaderas intenciones de la dirección de la Unión Nacionalista (UN), la cual mostrará para 1930 su real naturaleza oportunista.

 

La concepción de unidad revolucionaria del Partido Comunista hasta 1935 fue la de un frente único antimperialista por la base, visión coincidente con la línea política de la IC. Dicho frente marginaba a todas las corrientes revolucionarias, patrióticas y democráticas de la coparticipación en la jefatura temporal del proceso revolucionario, la cual solo sería concebida bajo la dirección del Partido Comunista. Lo más importante, según Villena era continuar acumulando fuerzas para constituir un verdadero frente de lucha contra la tiranía y el imperialismo bajo la dirección de la clase obrera y su Partido.

 

Como ha explicado atinadamente Carlos R. Rodríguez, «El heroísmo y la tenacidad combativa de los comunistas en aquel período le sirvieron para darle a la clase obrera una dirección militante e insobornable, pero el partido carecía de la experiencia necesaria para sobreponerse a una corriente internacional evidentemente sectaria «que cambiaría en el VII Congreso de la IC. Prevalecía —como hemos apuntado antes— la tesis de «clase contra clase»: «En vez de trabajar por la unión de las fuerzas antimperialistas, y de esforzarse por neutralizar primero y conquistar después a los elementos vacilantes pero honestos de la pequeña burguesía, el partido concentraba sus ataques precisamente sobre estos...» concluye Carlos Rafael.

 

Villena se planteará la Revolución proletaria como el único camino para alcanzar la libertad del pueblo cubano. «El pueblo de Cuba triunfará —explica en el manifiesto del Partido ante el asesinato de Mella— é l irá a la lucha porque sabe con el maestro Marx que solo las cadenas puede perder y en cambio tiene un mundo que ganar: preparar la nueva sociedad de productores».

 

La dirigencia comunista se aprestó a instrumentar la acción política de clase que había discutido y aprobado. Su acción organizadora y aglutinante, en torno al objetivo de crear las condiciones subjetivas necesarias para llevar a cabo la revolución agraria y antimperialista en Cuba se vería expresada en el documento redactado por Villena y presentado al proletariado cubano en noviembre de 1929, conocido como Programa de reivindicaciones de la CNOC. Su amplio contenido que reflejaba los intereses y anhelos de todos los sectores asalariados, afiliados o no a la CNOC, convertía el programa en una fuerte base para la unidad de acción del movimiento obrero con el propósito de conquistar superiores condiciones de vida y de trabajo y por el respeto a los derechos democráticos de los trabajadores. Además abarcaba la estrategia a seguir por la CNOC en la lucha por estas demandas, para lo cual promulgaba la realización de una campaña general por la organización del proletariado y de sus combates. Para esta fecha era evidente que en Cuba se pisaban los umbrales de una situación revolucionaria, acelerada más aún por la crisis económica mundial que se avecinaba.

 

En el citado Manifiesto del Comité Central del Partido redactado por Villena en enero de 1930 se expone el objetivo central del partido: «despertar a las masas obreras y campesinas e ir al frente de ellas a la revolución obrera y campesina contra la dictadura machadista y contra su amo, el imperialismo yanqui». El objetivo central de esta concepción de revolución será el «derribamiento del régimen capitalista y la instauración de la dictadura del proletariado, para expropiar a los expropiadores y para edificar la sociedad socialista, en que no existen ni explotados ni explotadores, sino solo productores organizados en fraternal cooperación con los productores de otros países...»

 

Villena también denunciaba el régimen de Machado —títere del imperialismo— y ponía al desnudo las verdaderas intenciones de Unión Nacionalista, partido burgués terrateniente que trataba de desviar a las masas por los caminos del reformismo. Su análisis marxista demostraba que el Partido Comunista había calado profundamente en la verdadera naturaleza social de la UN. No obstante, la táctica de clase contra clase se delinea claramente en el documento. Aunque todo lo que se le imputaba a la UN era real, la unidad revolucionaria se vería afectada al no poder el Partido deslindar entre la dirección y los elementos más radicales de las bases nacionalistas que en un momento dado podían sumarse a la lucha, tal y como había hecho antes Julio Antonio Mella. Esta táctica errónea de unidad que solo estimaba la alianza natural con sus propias fuerzas de clase para llevar a vías éxito la revolución nacional liberadora «cavaría un foso profundo» entre el Partido y las fuerzas nacionalistas. Aunque la actitud asumida era congruente con la concepción teórica y práctica del Partido, esta dificultaba seriamente las posibilidades de construir un frente amplio nacional antimperialista— democrático y patriótico en el cual la clase obrera jugara un papel hegemónico.

 

Para inicios de 1930 el movimiento huelguístico y reivindicativo bajo la dirección de la CNOC y el PCC se había tornado alarmante para la dictadura. El nivel de unidad, organización y combatividad del proletariado ascendía vertiginosamente. La agitación social, el descontento popular, el resurgimiento de la protesta estudiantil, la creciente inquietud en el agro y los estragos de la crisis económica agudizaban las contradicciones del sistema. En el manifiesto, Villena también denunciaba el régimen de Machado —títere del imperialismo—  y ponía al desnudo las verdaderas intenciones de Unión Nacionalista, partido burgués terrateniente que trataba de desviar a las masas por los caminos del reformismo. Su análisis marxista demostraba que el Partido Comunista había calado profundamente en la verdadera naturaleza social de la Unión nacionalista (UN).

 

El 20 de marzo, la CNOC llama a la huelga general. El manifiesto redactado por Villena llamando a la huelga, planteaba la necesidad estratégica de infundirle un sentido político a la misma, era indispensable crear las condiciones que aceleraran el desarrollo ulterior de la lucha obrera, estudiantil, popular y antimperialista. Para ello los fines de la huelga general debían rebasar el marco de las demandas estrictamente económicas. En este documento, Villena expone la situación de miseria de los trabajadores y sobre todo de sus tres sectores más numerosos. A diferencia del momento histórico en que Martí llevó adelante sus proyectos de liberación nacional, ahora la problemática socioclasista era asumida en primer plano como condicionante en última instancia de las luchas políticas.

 

La huelga del 20 de marzo encabezada por Villena, máximo dirigente del PCC y de la CNOC, mostró la fuerza política y organizativa de aquel pequeño y clandestino partido comunista y lo destacó como un factor importante en la vida nacional. En entrevista realizada posteriormente acerca de la huelga, Villena nuevamente expondría el carácter irreconciliablemente opuesto de las clases sociales en Cuba y que el resurgimiento del movimiento obrero no se debía a la voluntad libre de nadie, sino que respondía a una necesidad social científicamente analizable y comprobable. Por otra parte la huelga general constituía una respuesta de la clase obrera ante el asesinato de Julio A. Mella.

 

El destacado papel de Villena en la organización de la huelga, acrecentaría aún más el hostigamiento del régimen hacia su persona, todo lo cual le obligará a transitar el camino antes emprendido por Mella. Hacia finales de marzo, marchará gravemente enfermo a un sanatorio de la antigua Unión Soviética, país en el que permanece por casi tres años. A pesar de su delicado estado de salud no deja de trabajar por la causa del proletariado: participa en el V Congreso de la Internacional Sindical Roja (ISR), representando a la delegación del movimiento obrero cubano donde presentará sus tesis sobre el movimiento revolucionario en los países coloniales y dependientes.

 

Según las tesis expuestas por el partido a partir de enero de 1930, la vanguardia de la clase obrera concebía la revolución en nuestro país en dos etapas históricamente diferentes pero vinculadas entre sí de forma dialéctica. Por primera etapa de la Revolución se entendía la revolución de liberación nacional, agraria y antimperialista, etapa democrático-burguesa que sería lograda mediante la unidad de la clase obrera y el campesinado aliados a las capas pobres de la pequeña burguesía urbana, bajo la hegemonía del proletariado y la dirección del Partido Comunista. Los objetivos fundamentales de dicha fase eran la independencia económica y política de Cuba con respecto al imperialismo, la liquidación del latifundio y el reparto de tierras entre los campesinos, y la instauración de un régimen de amplia democracia para el pueblo entre otras medidas. Todo bajo un gobierno obrero y campesino.

 

La hegemonía de la clase obrera y la dirección del PC en la revolución agraria y antimperialista eran la única garantía de su victoria y de su desarrollo hacia la revolución proletaria o socialista o lo que para el partido representaba la segunda etapa de la revolución, cuyos objetivos esenciales eran la liquidación de la propiedad privada sobre los principales medios de producción, la instauración de la dictadura del proletariado y la construcción del modelo de sociedad socialista.

 

En la época histórica de Martí, el proletariado no podía ser aún el conductor de la Revolución de liberación nacional, papel que le correspondió a la pequeña burguesía. Por otra parte el problema social, la contradicción entre la burguesía y la clase obrera aunque se había recrudecido con el surgimiento de partidos obreros en los países capitalistas desarrollados, en nuestros pueblos de América aún no se pone en primer plano. Martí se planteó la revolución nacional liberadora que su momento le exigía: una revolución popular, democrática, dirigida por la pequeña burguesía con un fuerte contenido antimperialista y latinoamericanista, en la que la clase obrera ocuparía un importante lugar como la clase más confiable en la contienda independentista. En el proyecto de revolución martiana—el más radical de su tiempo— encontró el joven marxista un punto de partida indispensable. La revolución de Martí fue expresión de la necesidad que exigía su época histórica. En las nuevas condiciones de lo que se trataba era de realizar un programa revolucionario dirigido por la clase obrera como fuerza hegemónica y su partido.

 

Dos décadas después de la muerte de Martí, la lucha de liberación nacional en las colonias y países dependientes, perdería toda posibilidad de realización bajo la dirección de la burguesía pro imperialista, para devenir factor coadyuvante de las transformaciones revolucionarias socialistas a nivel mundial. Cuando analizamos la correspondencia de Villena de 1930, podemos constatar que su pensamiento gira mucho alrededor de la concepción de Revolución que las condiciones de Cuba necesitaban. A partir del análisis de la situación revolucionaria creada en el país, él considera que lo que se impone es la huelga general revolucionaria y la insurrección para la conquista del poder político. El papel fundamental lo jugarán las grandes masas que será necesario alzar para esta lucha. Llama la atención sobre la importancia de movimientos aislados y pequeños que podían ser el inicio de alzamientos generales y por ello no se debían subestimar.

 

En este sentido le preocupa mucho el carácter economicista que puedan tener estos movimientos «no es el de ahora un movimiento económico, sindical que va a desembocar en huelgas y a lograr pequeñas ventajas materiales. ¿Hay entre nosotros —se pregunta— ahora, después de tantas bajas, quienes pueden ver la situación políticamente? ¿Comprenderán en cada momento nuestros dirigentes que la lucha obrera de hoy en Cuba es solo una parte, un episodio de los primeros fuegos de la gran batalla mundial, que la lucha es eminentemente política, que va encaminada desde ahora, a la insurrección y a la toma del poder».

 

Para lograr este fin supremo, Villena, como Martí y Lenin cada uno en su momento histórico, precisaba las tareas más importantes de la Revolución en Cuba, a saber: «la propaganda de nuestro programa y de nuestro partido, la labor de prensa clarificadora clasista y de orientación revolucionaria que hoy es más importante que nunca» afirmaba. También era necesario trabajar más en la maduración político–ideológica del proletariado y para el surgimiento del seno del proletariado de un verdadero partido comunista, un gran partido de masas.

 

Su concepción de Partido privilegia esta relación partido-masas. Villena plantea que ningún partido burgués en Cuba, ni siquiera la Unión Nacionalista, tiene bastante prestigio para gozar de la confianza de las grandes masas, escépticas ante viejos y repetidos programas, y argumenta que «nuestro partido está en el mejor momento para crecer, para ganar el apoyo de miles (...) de trabajadores pues —él agita una bandera nueva, sin mancha. Plantea ante las masas un programa audaz, revolucionario, de salvación».

 

En torno a la celebración del Congreso de la ISR, había discutido con los miembros de otras delegaciones aspectos relacionados con la concepción de unidad revolucionaria y el papel que debía asumir el Partido en dicha unidad. Villena planteaba una concepción dialéctica en relación con el trabajo de los comunistas dentro de los sindicatos reformistas el cual debía tener como objetivo conquistar a las masas, pero logrado esto «ya es posible y se debe abandonar el trabajo dentro porque entonces debemos crear (...) nuestro sindicato revolucionario». Hace hincapié en que siempre habrá que tener en cuenta las peculiaridades nacionales de la lucha en cada país.

 

Villena introduce importantes puntos de vista en cuanto a la relación líder–masa. Para él es importante que el movimiento obrero identifique al Partido como líder y no enfoque la dirección en el «líder individual». El papel de la personalidad no era el determinante, analizado dialécticamente. Por otra parte le preocupaba extraordinariamente la carencia de intelectuales en el partido, así como la necesidad de formar cuadros que pudieran guiar al movimiento obrero hacia la Revolución.

 

En 1931, Villena —después de un año de forzosa hospitalización por sus graves problemas de salud— comienza a trabajar en el Secretariado Latinoamericano de la Comintern en Moscú, capital de la antigua Unión Soviética. Allí en discusiones políticas con comunistas cubanos y latinoamericanos enfatizaba su punto de vista sobre la posibilidad real del triunfo de la Revolución socialista en Cuba. Aunque la conquista del poder por la clase obrera no se vislumbraba en un corto plazo, esta era la dirección estratégica que había tomado históricamente el curso de los acontecimientos, según lo planteado por el Partido Comunista Cubano desde 1930. Las discusiones se desarrollaban alrededor del carácter de revolución que debía privilegiarse, a partir de sus objetivos inmediatos y de sus fuerzas directrices: la revolución política y social en el lenguaje martiano.

 

La revolución nacional liberadora tendrá que recorrer un largo trecho para después transformarse en Revolución socialista. La tarea principal que se imponía era integrarse en un mismo cauce todas las fuerzas antimperialistas, patrióticas, democráticas y antimachadistas bajo la hegemonía del proletariado. Para ello era necesario vertebrar un frente popular antimperialista que incluyera con personalidad propia al movimiento nacionalista revolucionario. Pero a esa concepción de unidad no arribaba Rubén y mucho menos los revolucionarios latinoamericanos «intoxicados por el sectarismo, dogmatismo, el divisionismo y el extremismo» y muy en consonancia con las tesis de la III Internacional predominantes.

 

Si bien en el plano teórico Villena se había caracterizado por un pensamiento dialéctico, opuesto a los dogmas; en relación con la táctica y la estrategia de la Revolución cubana, un conjunto de circunstancias influyeron en que no se lograra estructurar el ansiado por todos y tan necesario frente único de todas las fuerzas antimperialistas, como analizaremos más adelante.

 

En julio de 1931, el PCC en su órgano de prensa «Trabajadores» publicaba un editorial exponiendo su programa de lucha. Allí expresaba que la única solución para la clase obrera y campesina de Cuba está en su «lucha revolucionaria independiente bajo la dirección del partido» contra sus enemigos de clase: bancos y compañías americanos, latifundistas y hacendados cubanos y contra el gobierno y la oposición que los protegen y defienden.

 

En su correspondencia, íntima Villena da cuenta de su plena identificación con esta línea adoptada por el Partido de clase contra clase. En carta a su hermano, Villena le manifiesta que «no gracias a los nacionalistas (...) sino a pesar de los nacionalistas, que se han mostrado siempre muy pacifistas, el movimiento revolucionario sigue creciendo y el motor de este movimiento es la clase obrera y su partido».

 

En relación con el Partido manifiesta preocupaciones muy humanistas por diversos aspectos como por ejemplo, la proyección de este como partido-secta, con la cual discrepaba. Además lo angustiaba extraordinariamente la situación del Partido, sobre la cual en un documento de finales de 1932, referido a la participación en las elecciones parciales manifestaba: «Nuestro Partido se encuentra en la actualidad destrozado. No existen cuadros de lucha, ni organizaciones eficientes. Los efectivos con que contamos son en extremo escasos. Nuestra influencia en las masas es muy superficial y relativa».

 

En marzo de 1933 arriba a New York procedente de la URSS y de inmediato se pone en contacto con los grupos de emigrados revolucionarios y con la del Partido Comunista de los EE.UU. Comienza a colaborar en diferentes publicaciones. Los artículos que publica a partir de entonces van a dar cuenta de un pensamiento marxista maduro, forjado al calor de la intensa polémica del momento acerca del carácter, contenidos, fuerzas motrices y directrices y fines del movimiento revolucionario.

 

Para Villena lo más importante es que dicho movimiento dirigido por el Partido Comunista, salte a un plano superior y logre una verdadera consolidación, que solo se conseguirá cuando el proletariado asuma su papel hegemónico como clase y logre unir a su alrededor a las masas populares, o sea, «a todos los elementos oprimidos y explotados por el imperialismo y por la burguesía y los latifundistas nativos en un verdadero frente único». Solo así se podrá hablar de ascenso revolucionario y se podrá decir que «la revolución democrática–burguesa, que la revolución antifeudal y antimperiaista se aproxima». Esto permitirá después —argumenta Villena— la instauración del gobierno soviético de obreros y campesinos como paso hacia la revolución socialista.

 

No obstante las limitaciones político-ideológicas, el Partido Comunista desde 1929 había realizado una intensa batalla contra todas aquellas corrientes que intentaban limitar la lucha popular a un simple cambio de gobierno, dejando intacta la estructura neocolonial. Villena en viaje de tránsito hacia Cuba había manifestado esta preocupación: era necesario impedir que la oposición burguesa a Machado desviase al pueblo de la lucha revolucionaria. Es en este contexto que se desarrolla la conocida polémica contra el ABC, recién convertido en partido político facistoide.

 

En 1933, Villena se sumerge en las labores de dirección, cohesión y movilización del movimiento obrero con el objetivo de organizar la huelga política que derribaría a la tiranía machadista. Dirigida por el partido y la CNOC y contando con el apoyo del Directorio Estudiantil Universitario y la adhesión de la gran mayoría del pueblo, la huelga general, que al principio parecía ser la suma de un gran número de huelgas aisladas de solidaridad y por reivindicaciones económicas, se convirtió objetivamente en una acción política unida de toda la nación bajo la consigna fundamental para las masas de ¡Abajo Machado!

 

Hacia finales de 1933 Villena se enfrasca en la organización del IV Congreso de unidad sindical que se celebraría en enero de 1934. Sus resoluciones abordarán aspectos nodales sobre el movimiento revolucionario en Cuba, sus luchas, objetivos y tareas. Allí se plantearán —entre otros— importantes tesis relacionadas con las tareas generales del proletariado las cuales eran: el inicio de la revolución agraria y antimperialista en Cuba, la aplicación en amplia escala de la táctica de frente único y la unidad sindical de clase.

 

A modo de conclusión enfatizamos que al ser Martí síntesis suprema del pensamiento revolucionario, humanista, de dignificación del hombre y de la justicia social, resulta el más válido y natural elemento de articulación de la tradición y el pensamiento nacional y, por lo tanto, también universal, con los más progresivos y revolucionarios, en este caso, el socialismo científico. El socialismo que está genuinamente incorporado a la cultura política cubana, como resultado del desarrollo de esta, de necesidades definidas y tareas impostergables apreciadas y desarrolladas por martianos como Rubén Martínez Villena, el cual que para ser articulador de tal desarrollo del pensamiento y la cultura nacional, aportó, además, pasión y amor sin límites, coraje y valor.

NOTAS:

*Investigadora Agregada, Instituto de Filosofía.
Publicado en la Revista Marx Ahora, No. 9, 2000, (en imprenta)

 

Tomado de http://www.filosofia.cu

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