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PINO SANTOS
Su
obra periodística, sus ensayos, sus tratados históricos
traslucen una mirada de 360 grados, que solo un
estudioso bien entrenado y sin retinosis pigmentaria
podía ostentar. Un investigador que nunca dejó de ser
periodista y que, ni en sus análisis económicos más
eruditos, extravió la comunicación.
Rosa
Miriam Elizalde |
La Habana
En Huracán sobre el
azúcar, el
libro en el que Jean Paul Sartre cuenta detalles de la
visita que hiciera a Cuba poco después del Triunfo de la
Revolución, el filósofo se detiene en una crónica
periodística de Oscar Pino Santos. A pesar de que leí
ese gran reportaje hace casi una década y que citaré la
frase de memoria, estoy segura de no trastocar la idea
que llamó la atención de Sartre: el problema de los
periodistas extranjeros que intentan explicar lo que
pasa en Cuba es que padecen de retinosis pigmentaria;
miran de frente, pero no pueden ver con el rabillo del
ojo.
Recordé la frase, con
gratitud y tristeza, cuando oí en la radio esta mañana
la noticia de la muerte de Oscar Pino Santos. Ya no
estará alguien con quien, a pesar de que solo tuve
alguna que otra conversación telefónica, es un autor que
una vuelve a mirar cada vez que se acerca a la vida
republicana o a las dramáticas relaciones entre Cuba y
Estados Unidos en siglos de ambición anexionista.
Su obra periodística,
sus ensayos, sus tratados históricos traslucen una
mirada de 360 grados, que solo un estudioso bien
entrenado y sin retinosis pigmentaria podía ostentar. Un
investigador que nunca dejó de ser periodista y que, ni
en sus análisis económicos más eruditos, extravió la
comunicación. Se puede ser un lector no muy entendido en
los asuntos que andaban en la órbita de Pino Santos,
pero se puede comprender perfectamente de qué él nos
habla en un libro o en una crónica, porque no desdeña en
sus análisis la anécdota, el cubanismo oportuno, el
testimonio preciso, la palabra ágil, el giro novelado.
JR
publicó algunos de sus extraordinarios reportajes sobre
cómo se redactó y aprobó, en 1959, la Ley de Reforma
Agraria. Recuerdo cuánto sufrimos. La tiranía del
espacio nos obligaba a publicar sus textos por partes, y
en algún momento había que cortar. Era imposible
hacerlo. Cada frase estaba hilada con inteligencia a la
siguiente, y cada párrafo era una consecuencia del
anterior, en una cadena de hierro forjado. Y, además,
daba dolor mutilar la historia que se bebía como agua
fresca. Su pensamiento era así: una catedral en la que
ninguna piedra estaba puesta por gusto.
Hay tanta información
en sus libros y en sus artículos, que nos preguntábamos
en qué tiempo este hombre se había hecho de ese saber
infinito. Con justicia recibió en el 2001 el Premio
Nacional de Ciencias Sociales. Con deslumbramiento lo
seguiremos leyendo todavía y lo leerá todo el que
rastree a profundidad el Siglo XX cubano.
Será alguien
definitivo para mirar atrás, como lo ha sido para
quienes intentaron mirar como él el futuro de Cuba. Otro
de nuestros grandes historiadores, Jorge Ibarra Cuesta,
validaba un acto de justicia elemental con la obra de
Pino Santos. En el prólogo a Los años 50, una
selección de artículos publicados originalmente en la
revista Carteles, dice Ibarra: «La historiografía
republicana sería distinta sin sus aportes... Estas
líneas solo tienen por objetivo aportar un testimonio de
época sobre la significación que tuvieron algunos de sus
escritos en los medios universitarios y revolucionarios
de los años cincuenta. Un testimonio histórico que
también es un testimonio de gratitud, pues nuestra toma
de conciencia revolucionaria estuvo vinculada en más de
un sentido a la lectura de sus escritos. De manera
parecida, sus ensayos y síntesis históricas publicadas
con posterioridad al triunfo revolucionario
contribuyeron a nuestra formación como historiadores. De
ahí que escribamos estas líneas no solo como testigos de
una época, sino también como legatarios de una
tradición.» |