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REPORTERO DE OFICIO
Oscar Pino Santos
A raíz del cierre de
Hoy, el PSP logró la publicación de La Última
Hora —no
formalmente identificada con el partido—
cuyo director era Julio Veliz López, un hombre
progresista que editaba La Correspondencia,
antiguo y prestigioso periódico de la ciudad de
Cienfuegos.
Como me atraía el
periodismo, espontáneamente y sin gestión mediadora,
comencé a llevar artículos a La Última Hora. Por
lo general, eran breves pero bien documentados trabajos
que estilísticamente se inspiraban en la norteamericana
«US News & World Report» —una
revista reaccionaria, pero que contenía materiales de
interés presentados en una forma moderna y novedosa. Yo
los reinterpretaba además en un sentido antimperialista
y siempre me los publicaban, ocurriendo incluso que en
cierta ocasión Julio Veliz escribió una suerte de
editorial —titulado
«Carta a un joven que promete»—
en el que yo me sentí halagadoramente aludido.
La Última Hora
la confeccionaba en realidad el equipo de periodistas
del clausurado Hoy.
Un día, en ocasión
de llevar yo un artículo, el jefe de redacción, Honorio
Muñoz, me llamó.
—Están
buenos estos materiales que tú traes —dijo.
—Bueno,
gracias.
—Oye,
¿aceptarías trabajar para Hoy?
—
¿Yo? Desde luego —respondí
entendiendo que se estaba refiriendo a ese día—
Y mañana también.
—No.
Yo digo trabajar en el periódico Hoy.
—
¡Ah! Pero Hoy lo cerró el gobierno.
—Sí,
pero la clausura se levanta la semana que viene.
—No
lo sabía.
—Pues
así es. ¿Qué me respondes? ¿Sí o sí?
—Sí1.
Ese fue el comienzo
de mi carrera periodística.
En ella desempeñó un
papel determinante Honorio Muñoz —un
nombre para muchos desconocido pero que yo creo debiera
estar inscrito con letras de oro en los anales de la
prensa cubana.
Honorio era de
mediana estatura y corpulencia, tez muy blanca y
facciones más bien aguileñas. Usaba unos espejuelos de
aros de metal que le engrandecían los ojos negros e
inquisitivos y su bigote entrecano comenzaba a anunciar
sus cuarenta y tantos años. De temperamento tenso y
enérgico carácter —según
algunos conflictivo, aunque yo nunca tuve un sí o un no
con él—,
cuando excitado su voz vibraba tronitronante por toda la
redacción. Mientras más lo conocía mayor era mi
admiración por él no solo como periodista, sino por su
honradez, espíritu abnegado y total entrega a la causa
de los trabajadores.
Tenía una
cultura inmensa y como director artístico que había sido
de la Emisora Mil Diez fue el descubridor de muchos
talentos —cantantes
y conjuntos musicales—
que luego adquirieron gran fama nacional e
internacional. Todos le conocían y él le sabía la vida y
milagros a todos, a veces haciendo de «componedor» en
algunos conflictos que surgían entre ellos. En una
ocasión un tanto bohemia estuve hasta altas horas de la
noche en su casa escuchándole acompañar un trío entonces
muy conocido y descubriendo que no solo cantaba bien
sino que era una verdadera enciclopedia de conocimientos
sobre la vieja trova.
Pero Honorio era
sobre todo un extraordinario periodista: a mi juicio de
entonces y aún de ahora, probablemente el más completo
que haya producido Cuba. Su nivel de información y
sentido de la noticia eran asombrosos. Y, muy
singularmente, sus excelencias literarias creo yo no
tenían rival en la prensa de la época. Entre chupada y
chupada del inseparable tabaco, podía redactar en
cuestión de minutos un texto cuajado de las más bellas y
sorprendentes metáforas que hayan adornado la prosa
periodística proletaria. Sus reportajes describiendo los
entierros de Jesús Menéndez y Aracelio Iglesias
merecerían estar en la más exigente de las antologías
del género.
Con Honorio
aprendí yo a hacer periodismo en una suerte de curso tan
intensivo como acelerado.
El tenía cierta
predilección por los reportajes basados en la consulta a
la opinión de los trabajadores y en forma de campañas
que duraban a veces semanas. Podía, por ejemplo,
tratarse de una reivindicación de los obreros portuarios
y entonces iba yo madrugada tras madrugada a los muelles —en
compañía de Raúl Corrales como fotógrafo—
a pedirles que hablaran de su lucha contra los
ferries y su efecto desempleador. O a los campesinos
de las cercanías para que lo hicieran sobre sus
problemas. O a los solares habaneros para denunciar la
insalubridad y pobreza abismales de sus habitantes. En
ocasiones nos acompañaba el líder sindical del sector y
fue así que conocí a Pablo Sandoval «Macuto», Miguel
Espino, Agapito Figueroa, José María Pérez y muchos
dirigentes históricos de los trabajadores. Otras, íbamos
solos y surgía algún incidente más o menos peligroso
como aquella vez cuando el mastodóntico seudodirigente
impuesto por el gobierno en los muelles de la Ward Line
se me encimó en actitud agresiva (la reacción de la masa
obrera me libró de la pateadura). Pero todo esto era la
sal de la actividad y luego Raúl y yo nos divertíamos en
la redacción contando aquellas peripecias.
Una tarde veo que
Aníbal Escalante, director del periódico, se acerca a
Honorio y, estando yo cerca, escucho que le dice en tono
más bien bajo:
— ¿A que no sabes quién
viene para acá, sorpresivamente, a hacernos una visita?
—No
sé.
—Pues,
nada menos que Batista.
— ¡Bah! Eso debe formar
parte de su campaña electoral.
—Eso
creo. Pero no me da tiempo de consultar...
Está al llegar y me
pregunto qué voy a hacer.
—Nada.
Recibirlo. Es su iniciativa.
Batista se
presentó poco después, acompañado de un séquito de paniaguados y guardaespaldas. Estaba efectivamente
visitando las redacciones de los periódicos como parte
de sus trajines como candidato a las elecciones ya
próximas2 y Hoy estaba en su programa. Vestía
elegantemente y, sonriente y efusivo,
hablaba con aquella
característica voz engolada de siempre. Se desenvolvía
con soltura, transpirando seguridad «en sí mismo y sin
duda cierta fuerza de personalidad que se sabe dueña del
escenario en que se desenvuelve.
Luego de los saludos
y de una breve conversación en su oficina, Aníbal le
acompañó hasta la puerta para despedirlo, regresando
enseguida a donde le esperábamos, expectantes, los
miembros de la redacción.
—Nada —dijo—,
una visita formal e intrascendente.
No podía imaginar
que solo unas semanas más tarde, el 10 de marzo de 1952,
Batista daría un golpe de Estado y desencadenaría, ya
erigido en dictador, la más feroz carnicería
anticomunista y contrarrevolucionaria que recordara la
historia del país.
(…)
A raíz de los sucesos
del Moncada el periódico Hoy fue clausurado por
la dictadura.
Mi actividad
periodística quedó así interrumpida durante varios meses
hasta un día en que se me ocurrió preparar un artículo
sobre cierto tema intrascendente y capaz de pasar la
censura establecida por el gobierno: los ciclones. La
mano de Adigio Benítez le dio vida con unas excelentes
ilustraciones y pese al criterio escéptico de quienes
supieron de esta iniciativa («lo meterán en el
refrigerador y al cabo de los meses te dirán que no les
interesa») lo llevé a la revista Bohemia —la
de mayor circulación en Cuba y una de las más
importantes de América Latina3—
entregándoselo al portero, y dispuesto a esperar todo el
tiempo que fuera necesario para ver lo que ocurría. Lo
publicaron en el próximo número de la revista.
Entusiasmado,
enseguida preparé otro y como tuviera igual acogida
continué presentando varios más, siempre con el mismo
inmediato éxito. Los firmaba para evitar que su autoría
se identificara con el reportero que yo había sido de —Hoy
durante tres años—
como Oscar Pino Santos, casi un pseudónimo, pues ese era
el nombre de mi padre, sin sospechar que tal nombre de
pluma me quedaría para siempre.
Cierto día, en
ocasión de llevar otro artículo, al entregarlo me
dijeron que Antonio Ortega —jefe
de redacción de la revista—
pedía que subiera a verlo para conocerme.
Ortega —un
hombre de complexión menuda, facciones célticas, hablar
suave con el cese o de su origen asturiano y, según
descubrí luego, fino escritor—
me recibió en su despacho aire acondicionado y lleno de
libros.
Tras un rato de
charla me sorprendió con una proposición que suscitó en
mí el recuerdo de lo ocurrido tres o cuatro años atrás
en La Última Hora.
— ¿Le gustaría trabajar
en Carteles?
Era esta la segunda
revista del país en importancia. Fundada, como
Bohemia, décadas atrás, se distinguía por aquellas
maravillosas portadas de uno de los mejores dibujantes
de entonces, Andrés, y por su casi insuperable calidad
tipográfica (fue la primera revista en el continente
impresa en
offset).
Pero, a diferencia de Bohemia, era una
publicación de corte conservador y en más de un aspecto,
reaccionario.
— ¿Trabajar en
Carteles?
—reaccioné
sorprendido. Pero, bueno... esa es otra empresa... por
decir lo menos.
—Ya
no. Miguelito4 y otro socio acaban de comprarla y la
idea es ponerla a la altura de Bohemia.
— ¡Ah! No lo sabía.
— ¿Es usted periodista
colegiado?
—No.
Yo empecé a estudiar Derecho, pero luego lo dejé, y no
me he ocupado de obtener el título que me acredite como
periodista, aunque supongo que esa es mi profesión.
—Bueno,
podemos presentarlo como colaborador y así nos evitamos
un pleito por intrusismo.
—Me
parece bien.
—Entonces,
prepáreme un plan de reportajes. Algo de interés
nacional, vivo e impactante.. Yo se que usted
puede hacerlo.
—De acuerdo.
Estuve en
"Carteles" unos cinco años -hasta el triunfo de la
revolución el 10 de Enero de 1959. Como publicaba un
trabajo cada semana -no trabajo, no pago- calculo que en
ese período publiqué alrededor de 250 artículos y
reportajes. Incluso en los frecuentes períodos de
censura gubernamental sacaba algo, solo que en estos
casos seleccionando tópicos sin trascendencia —automovilismo,
modas en el vestir, música cubana, cultivo de las flores
y otras lindezas por el estilo—
y firmándolos con otro nombre para mantener el de pluma
identificado con temas de mayor sustancia —los
cuales, por cierto, abundaban en un país tan lleno de
contradicciones sociales y económicas. En aquella época,
además, apenas se conocía en Cuba el periodismo
investigativo capaz de traducirse en forma de reportajes
bien documentados, pero ágiles, amenos y atractivamente
ilustrados. Y a desarrollar esta modalidad —novedosa
tanto en el contenido como en la forma—
me dediqué.
Ayudaban mucho las
fotos de Raúl Corrales.
Raúl no solo era un
verdadero artista del lente, sino un compañero de
increíble disposición para el trabajo y hasta para las a
veces insólitas aventuras que en función de este solía
yo plantearle.
—Oye —le
decía—,
vamos a hacer una campaña sobre la deforestación de
Cuba. Recorreremos el país comenzando por denunciar la
devastación de los bosques por algunos negociantes y
latifundistas que operan en la Sierra Maestra.
—De
acuerdo. ¿Cuándo salimos?
—Mañana.
Y allá íbamos.
Hasta Santiago de Cuba, él con su Leika y yo con mi
cuadernito de notas, el escaso equipaje necesario en una
mochila, para abordar alguna goleta de las que recorrían
la costa sur oriental. Navegábamos de noche y
desembarcábamos en algún punto que nos permitiera
encaramarnos en un camión de transporte maderero hasta
llegar luego —ascendiendo
por increíbles senderos y sorteando abismos en medio del
frío y la densa niebla—
a aquellas ignotas alturas donde se efectuaba el corte y
la carga clandestina de enormes troncos de pinos.
Después de tomar fotos y datos, bajábamos de nuevo a la
costa donde podía ocurrir —como
una vez—
que cayéramos durante varios días presos («retenidos»,
decía el coronel que era por así decido nuestro
anfitrión) en un cuartel de la Guardia Rural (Chivirico) —cómplice
de aquel lesivo e ilegal tráfico de madera.
O pasábamos una
semana a bordo de la pequeña embarcación de un pescador
pobre, surcando por entre la carena del sur de Camagüey,
sin ver más que agua y cielo, para reflejar vívidamente
la explotación de que eran víctimas aquellos
trabajadores del mar y su atraso técnico. O
atravesábamos la Ciénaga de Zapata —a
pie, en camión o en aquellos lanchones o bongos
que cursaban por sus canales—
desafiando los mosquitos y a veces el hambre para
mostrar las duras y peculiares condiciones de vida de
las comunidades carboneras. O recorríamos los barracones
que servían de miserable habitación a los cortadores de
caña de las compañías azucareras del norte oriental. O
las fincas de los campesinos y pequeños colonos
villaclareños. Realmente andando y desandando de un
extremo a otro todo el país —y
en contacto con los actores de la vida económica y
social de aquella época.
Desde luego que no
todo consistía en «trabajo de campo».
El problema esencial
de Cuba era entonces el de las estructuras económicas
inadecuadas tan evidentes por ejemplo en el fenómeno
latifundiario y la tendencia a la monoproducción
azucarera —ambos
sostenidos por las dominantes inversiones
norteamericanas en los sectores fundamentales y
remachadas por los tratados de «reciprocidad» comercial
con los EE.UU, que entregaban el mercado cubano a las
importaciones procedentes de ese país. Y estos temas,
mejor que el reportaje, solicitaban el artículo o ensayo
breve, estadísticamente documentado, aunque siempre que
posible exponiéndolos con estudio de casos y el usual
despliegue de ilustraciones.
Paradójicamente, dos
de los más importantes trabajos que publiqué por
aquellos años y que representaron sendos golpes contra
la tiranía surgieron un tanto que por iniciativa de
algunos de sus personeros. Uno se refirió al famoso plan
de dividir la Isla en dos por el llamado «Canal Vía
Cuba» y que fui el primero en denunciar con el
consiguiente escándalo nacional (buscando publicidad sus
propulsores incluso permitieron a Raúl retratar las
maquetas del proyecto). Y otro derivó de un simposio
sobre recursos naturales, organizado por un organismo
oficial pero en el que desempeñé un papel que me
permitió disponer de los datos para un trabajo cuyo
título —desplegado
a todo lo ancho de las dos páginas centrales de
Carteles—
resumía la gran tragedia social del país en aquel
entonces: «¡600 mil desocupados en Cuba!». Lo del Canal
me costó luego la hostilidad constante de dos órganos
represivos de la dictadura: el SIM y el BRAC.5
Pero lo del desempleo por poco la tuvo que pagar con su
renuncia el ministro que organizó aquel evento.
Al cabo de tres o
cuatro años después del golpe de Estado, Batista —«electo»
presidente a fines de 1954 se mantenía firme con las
riendas del poder.
Lo apoyaban el
Ejército, la Policía y todos los cuerpos del aparato
represivo; la oligarquía y sus organizaciones
representativas; y, sobre todo los EE.UU. A principios
de 1955 recibió las visitas del vicepresidente Richard
Nixon —acompañada
de gran publicidad—
y del director de la CIA, Allen Dulles —que
se condujo desde luego muy discretamente. Era sabido
además que el embajador norteamericano, Arthur Gardner,
se había convertido en tan íntimo amigo suyo que solían
pasar los grandes ratos jugando a las cartas —usualmente
canasta, entretenimiento entonces de moda y al que el
dictador era muy aficionado.
Aunque máximo
responsable de las medidas antinacionales del régimen,
de los sangrientos desmanes del aparato represivo —a
veces ordenados por él mismo— y de la
corrupción imperante en los medios oficiales —siendo
él uno de sus principales beneficiarios—,
Batista no vivía ni mucho menos absorto en el
supuestamente agotador trabajo que exigía la crisis
política del país. El joven, humilde y esbelto sargento
del 33 se acercaba ya a los 60 años y vivía más bien
como un burgués ya bien entrado en carnes que dedicaba
buena parte de su actividad a la atención de sus
negocios privados y el manejo de los cientos de millones
de sus cuentas bancarias secretas en los EE.UU. y Suiza.
Testimonios posteriores de gente muy cercana a él
sugieren que también dedicaba bastante tiempo a su
vestimenta, relaciones con la alta sociedad y colección
de chismes e intriguillas de todo tipo —a
veces captadas mediante intercepciones telefónicas.
En realidad, Batista
se sentía entonces tan seguro en el poder como para
hacer fracasar el llamado Diálogo Cívico iniciado por
una flamante Sociedad de Amigos de la República que
encabezaban aquel viejo carcamal político —ya
mencionado aquí antes— que era: don
Cosme de la Torriente y un nutrido grupo de
representantes de partidos y figuras destacadas del
país. De hecho, había pasado bien por pruebas tales como
el escándalo del asalto a una embajada (Haití) para
ultimar a un grupo de oposición allí refugiado y que
llevó a cabo el notorio asesino y jefe de la policía de
La Habana, Salas Cañizares (quien, también herido,
falleció días después); el complot golpista de varios
altos oficiales del Ejército; y un intento de toma del
cuartel Goicuría en Matanzas.
Yo, mientras tanto,
mantenía mis vínculos con el PSP y en mi casa, con la
necesaria discreción, tenía lugar una reunión semanal
con Carlos Rafael Rodríguez —que
ya llevaba una vida rigurosamente clandestina—
y Jacinto Torras —el
más capaz economista que tuviera jamás la clase obrera
cubana. Teníamos un círculo de estudios de economía
incluyendo análisis de las teorías burguesas a la luz
del marxismo y la de la coyuntura nacional para una
publicación también del partido («Notas Económicas».
Durante un período nos escurríamos también, casi aún no
amanecido, por casa de José Artschuler, que nos daba
clases de matemáticas superiores.6 Aquellos
furtivos encuentros, sobre todo por la presencia de
Carlos Rafael, fueron decisivos en mi formación como
economista.
Mi filiación al
partido era secreta, pero —más
por mis trabajos en Carteles que por ella—
fue imposible evitar la atención de los cuerpos
represivos, aunque sin mayores consecuencias. Hubo
registros policíacos —sin
otro objetivo, parece, que revolverme los libros—
en mi casa, alguna que otra noche en prisión y varias
convocatorias a que me presentara al SIM y el BRAC
7 — una de ellas
con resultados tragicómicos.
Se ocupó de mí en el
BRAC en aquella ocasión el conocido capitán Castaño8
quien, después que me tomaron las consabidas fotografías
y huellas digitales, me sometió al correspondiente
interrogatorio. Estaba él sentado en el buró —detrás
del cual había un mapa que mostraba una línea que iba de
Cuba a la URSS con el ridículo título de «Los vínculos
de los comunistas con Moscú»—
y su tarea consistía en acusarme de ser miembro del PSP,
lo que al parecer era un delito. Lo negué por supuesto,
pero entonces sacó un documento y dijo: —¿Ve
usted? Tal vez tiene razón. Esos comunistas son unos
cabrones y deben haberle robado la cédula inscribiéndome
en su partido.
—Mire
lo que sabemos. Usted no se llama Oscar Pino Santos como
firma en Carteles sino Jorge Oscar Pino Vega. Y
el número de su cédula electoral aparece en la lista de
afiliados del PSP y es (tal más cual).
Cogido in fraganti
sólo le argumenté:
— ¿Ve usted? Tal vez
tiene razón. Esos comunistas son unos cabrones y deben
haberme robado la cédula inscribiéndome en su partido.
— Ah, ¿sí? —observó
con una expresión de sorna.
—Bueno,
yo protesto de todas maneras por haber sido fichado aquí
como un delincuente y quiero que esa protesta conste en
acta.
—Como
usted quiera.
Para mi sorpresa,
llamó entonces a un mecanógrafo y abandonó la oficina.
Yo, al mecanógrafo, comencé a dictarle unas largas
parrafadas sobre mis derechos constitucionales de
ciudadano violados por aquella citación, fichaje e
interrogatorio. Pero, cuando más entusiasmado estaba en
medio de aquella perorata, veo que de pronto irrumpe de
nuevo Castaño en la oficinita —era
un pequeño gabinete—,
arranca de un tirón el papel de la máquina de escribir
en que se recogían mis palabras y me dice en tono
violento.
—¡Está
bueno ya de comer mierda!... ¡Váyase de aquí!
Dadas las
circunstancias, aunque asumiendo el porte más digno que
me fue posible, me apresuré a abandonar el lugar.
En realidad, como
bien había documentado aquel agente de la CIA, yo era
militante del PSP, pero su dirigencia había tomado
medidas para mantenerlo en secreto y, como no estaba
sujeto a la usual disciplina partidaria, tendía a
desenvolverme algo así como rueda suelta aunque sujeta a
mi propia formación ideológica, la línea general del
partido y cuando necesario las orientaciones de Carlos
Rafael.
Aquella consigna que
voceaban los estudiantes cuando la manifestación de
protesta por la profanación del busto de Mella —«
¡Revolución!, ¡Revolución! ¡Revolución!»
— la había
acogido con ciertas reservas. El término había perdido
bastante la legitimidad que tuvo en los primeros años de
la década de los treinta9 empañado como
estaba por aquellos grupos que surgieron después y en
los que era difícil distinguir algunos elementos con
genuina ideología de izquierda de otros realmente
gangsteriles. Posteriormente, ya a plenitud la lucha
contra el batistato, vinculado como estaba al PSP
mantuve cierta distancia con relación a organizaciones
tales como el 26 de Julio y el Directorio
Revolucionario. Yo pensaba además que una revolución en
Cuba era algo mucho más complejo y profundo que el
derrocamiento de la dictadura y tampoco estaba de
acuerdo con algunos de los métodos de lucha utilizados.
Por otro lado, a pesar de que el texto de La Historia
me absolverá no había llegado a mis manos, en el
caso de Fidel Castro algo distinto barruntaba, pues en
cierta ocasión me dispuse a ir a la Sierra con el fin de
entrevistarlo para si era posible definir —y
publicar—
sus ideas económicas y sociales. El proyecto se frustró
como bien debe recordar Carlos Rafael.
En realidad, según yo
lo entendía, el PSP estaba por cambios profundos —en
el fondo revolucionarios en la vida del país. Pero,
aunque firmemente antimperialista, su discurso era el de
reformas como la agraria, frente único progresista en lo
político y, en tanto que recurso decisivo y final para
salir de la crisis política —cuando
las circunstancias lo exigieran y las condiciones lo
permitieran—,
huelga general. Los aspectos más radicalmente
conmocionales de algo así como una rebelión —con
apoyo de la lucha armada para abatir el régimen y
facilitar aquellos cambios a fondo que requería el país,
no estaban ni en su programa ni en su lenguaje. Che
Guevara diría años después: «El PSP podía formar y
formaba militantes incapaces de traicionar incluso bajo
las más crueles torturas y la amenaza de muerte. Pero no
enseñó a uno solo de ellos cómo tomar un nido de
ametralladoras».
Más tarde supe que
entre aquellos estudiantes que voceaban «¡Revolución!
¡Revolución! ¡Revolución!» había unos cuantos que, bajo
la dirección de un joven líder llamado Fidel Castro, se
entrenaban efectivamente para ser capaces de tomar un
nido de ametralladoras.
NOTAS:
1)
Años más tarde me enteré por Pelegrín Torras
—miembro
de la redacción y especialista en asuntos
internacionales—
que, no sabiendo quién era yo, el Partido hizo una
investigación por mi barrio a resultas de la cual se me
hizo la propuesta.
2) Que debían celebrarse el 1ro. de junio
de 1952.
3)
Con un formato moderno, profusamente ilustrada con fotos
y bien balanceada selección de materiales, los cientos
de miles de ejemplares de Bohemia volaban
literalmente de los estanquillos de venta semana tras
semana. Las mejores plumas
—Roa,
Mañach y otros—
se contaban entre sus colaboradores asiduos. La revista
no cuestionaba el régimen de capitalismo dependiente que
caracterizaba el país ni desafiaba la dominación
norteamericana como tal, pero mantenía firme cierta
tradición democrática, receptiva a muchas causas
populares y denunciadora
—en
su famosa sección «En Cuba»—
de la corrupción política al uso y algunas de las más
flagrantes injusticias sociales.
4) Miguel Ángel Quevedo, acaudalado propietario de
Bohemia. Se mandó de Cuba en 1960
—seguido
por Antonio Ortega—,
y suicidándose
en
1969.
5) Servicio de Inteligencia Militar y Buró de Represión
de Actividades Comunistas.
6) Que tenían que ver con unas oposiciones a las que iba
a concurrir Carlos Rafael para una cátedra de Economía
en la Universidad. Las ganó, pero no le concedieron la
cátedra por razones políticas. En aquellos días Carlos
Rafael pronunció en el Aula Magna Universitaria una
extraordinaria conferencia («Las bases del desarrollo
económico de Cuba»), terminada la cual abandonó
apresuradamente el lugar para reincorporarse a la vida
clandestina, pero dejando impresionado al auditorio por
la profundidad de sus reflexiones y la soltura de su
manejo de conceptos, argumentos y autores.
7) Servicio de Inteligencia Militar y
Buró de Represión de actividades comunistas (organizado
por la CIA).
8 )
Fusilado
en
1959.
9) El propio Partido Comunista, fundado en 1925, cambió
después su nombre por el de Unión Revolucionaria
Comunista y, más tarde por el más asimilable —dada la
atmósfera política de la época— de Partido Socialista
Popular. |