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BREVE CURSO SOBRE
TÉCNICAS DE ASESINATO
 
Oscar Pino Santos


El 24 de septiembre de aquel año 1960, por la noche, O'Connell, Maheu y Rosselli se encontraron en el Hotel Kennilworth, de Miami, donde estos dos últimos ocuparon sendas habitaciones —Maheu registrándose con su propio nombre y Rosselli con el de John Rawlston. O'Connell, quien dijo que iba a hospedarse en casa de un amigo, se alojó desde luego en una de las residencias que la CIA tenía arrendadas en el suroeste de la ciudad. Cenaron juntos en el propio hotel y después —en un auto que conducía O'Connell salieron a dar un breve paseo por el centro urbano. «Conozco un lugar donde se puede tomar buen café y conversar tranquilos», prometió O'Connell mientras observaba las señales de tránsito.

Rosselli hacía tiempo que no venía a Miami y le sorprendieron mucho los cambios que había experimentado: los altos edificios recién construidos y las nuevas avenidas, la cantidad de transeúntes de aspecto latino —obviamente cubanos— que veía por doquier. Sumaban ya, en efecto, decenas de miles los que habían arribado a la urbe floridana, convirtiéndola en una comunidad bilingüe a la que tan masiva inmigración imprimía un peculiar sello de colorido y bulliciosidad. Cerca de una esquina de Flager Street, algo alejada de la parte más animada de la famosa vía, O'Connell detuvo el auto y los invitó a entrar en un cafetín casi vacío, ocupando los tres una mesa apartada al fondo del salón. Enseguida vino a atenderlos el que evidentemente era el dueño del negocio, un hombre grueso, trigueño y de ademanes desenvueltos, quien les entregó un menú algo manoseado que ofrecía café, leche, refrescos, helados y «sandwiches a la cubana».

—Café —dijo O'Connell—, solo queremos, café.

—«American coffee?» —chapurreó el tendero, luego de notar el aspecto de los recién llegados y tratando de demostrar su dominio del idioma.

—No —dijo O'Connell, mientras sus dos acompañantes asentían. «Express».

El hombre se volvió y gritó a una mujer que estaba detrás  de un mostrador lavando vasos.

— ¡María, tres expresos!

María se dirigió a la plateada coladera automática que estaba en una esquina y, sin pronunciar palabra —lanzando un vistazo a los clientes recién llegados— se aprestó a confeccionar la infusión en medio de los vaporosos resoplidos del aparato.

Comenzaron a conversar con cierta libertad, convencidos de que el tendero —única persona allí cercana en aquel momento— no comprendería ni jota de lo que hablaban.

Rosselli dijo que al día siguiente iba a tener una entrevista con alguien que no quiso identificar, pero que, por el tono con que lo dijo, parecía ser un gran personaje.

—O'Connell intervino:

—No quiero interferir en lo de esa entrevista que puede ser importante. Pero, ¿cuándo sería?

—Mañana por la tarde.

—Ok. Entonces nos veríamos pasado mañana. Quisiera contactar con algunos anticastristas y luego presentárselos a ustedes. La idea es ir identificando algunos elementos a los que se pudiera pedir apoyo en caso necesario. Además, es bueno familiarizarse con ese ambiente de los grupos cubanos que hay aquí.

—Estupendo —coincidió Rosselli.

—A mí me parece que no es necesario que yo participe en esos encuentros —objetó Maheu.

—Es verdad —aceptó O'Connell. Mejor solo vamos Johnny y yo.

— ¿Y cómo me presentarías a mí a esos cubanos? —indagó Rosselli.

—Siempre como John Rawlston, el nombre con que te inscribiste en el hotel —replicó O'Connell.

—Eso, desde luego, pero ¿dedicado a qué?

—O'Connell miró a Rosselli y lanzó un suspiro. Con su ropa bien cortada y cara pero, por contraste, con un chillón pulóver de cuello de tortuga bajo la chaqueta, un sortijón en el anular derecho y sus espejuelos oscuros, no obstante su tono mesurado al hablar, Rosselli difícilmente daba la estampa de un gran hombre de negocios. En la Agencia, sin embargo, se había decidido que así fuera para facilitar los contactos entre el mafioso y algunos de los elementos de acción más militantemente anticastristas con los que aquélla tenía relaciones. Esto pudiera ser útil —y quizá decisivo— para el éxito del complot y, también, para que la Agencia, aún sin involucrarse directamente, mantuviera en todo momento bajo control la operación. O'Connell decidió entonces que, a pesar de todo, lo mejor era mantener la «leyenda» que se había preparado para Rosselli.

—A ti, Johnny, te presentamos como un agente con oficinas en Wall Street que representa intereses de empresas que explotaban el níquel en Cuba y que además tenían otras propiedades allá. Debes manifestarte como una persona cuyos clientes están decididos a todo con tal de derribar a Castro. Pero, ¡atención!, sin ni siquiera insinuar por ahora el carácter del proyecto que tenemos entre manos.

Rosselli quedó pensativo. De inmediato comprendió el sutil cambio que se había producido en la situación. O'Connell, aunque cuidaba mucho de no aparecer dando órdenes, ahora actuaba como siguiendo instrucciones precisas, que exponía con vago aire de autoridad. Y Rosselli vio entonces más claro el panorama. Su gente —la de Chicago en primer lugar— estaría a cargo de asesinar a Fidel Castro, pero la CIA —ya no cabían dudas de que se trataba de la CIA— quedaba al margen de toda responsabilidad mientras, en cierto sentido, guardaba para sí el mando de toda la operación. Rosselli se encogió de hombros. Si esa era la manera de trabajar que tenía la Agencia, okey, no había problemas y seguramente que Sam pensaría igual. Incluso podía convenirles.

—De acuerdo —dijo finalmente.

En eso llegó el café y lo tomaron con deleite.

— ¡Coño, qué fuerte! —comentó Maheu.

—Así lo toman los cubanos —aclaró O'Connell, mientras pedía la cuenta y, poco después, se marchaban.

Durante los dos días siguientes todo se desenvolvió según lo planeado. Rosselli sostuvo su entrevista con el personaje a que había aludido —pero continuó callando de quién se trataba— y después, acompañado de O'Connell y un individuo que este presentó como amigo suyo, conversó con varios exiliados cubanos, cada uno de los cuales aseguró encabezar una poderosa organización anticastrista. A Rosselli no le impresionaron gran cosa. «Son tipos que parecen dispuestos a todo», le comentó a O'Connell, «pero cada uno se cree un jefe, están en pugna unos con otros y carecen de experiencia para el trabajo que tenemos entre manos: bueno, quizá haya de todos modos que utilizar a algunos de ellos, pero tendrán que ser escogidos por la persona con quien hablé ayer».

Esa misma noche los tres —O'Connell, Rosselli y Maheu se reunieron en el Hotel Kennilworth. Rosselli dijo que, si no había otra cosa que hacer, él tomaría el avión al día siguiente rumbo a Chicago. Maheu dijo que, si O'Connell estaba de acuerdo, él también se marcharía para Washington. O'Connell no manifestó reparos, pero puso mucho énfasis en evaluar las gestiones realizadas como muy positivas. Señaló además que, como Miami era decididamente la base de operaciones, proponía que volvieran a reunirse allí una o dos semanas más tarde. Todos estuvieron conformes y se despidieron.

II

O'Connell salió dos días después rumbo a Washington y, en seguida, solicitó una entrevista con el coronel Edwards a quien expuso detalladamente la marcha de la operación.

Edwards se manifestó satisfecho y, a su vez, habló con Richard Bissell para informarle.

—Todo está saliendo a pedir de boca —le dijo. Ya tenemos un contacto con los tipos esos del sindicato… Uno de ellos, Johnny Rosselli, está trabajando con nosotros. Él incorporará gente de más peso y recursos.

— ¿Cómo lo lograste? —preguntó Bissell.

— Jim O'Connell lo hizo a través de Bob Maheu.

—Sí, he oído hablar de ese Maheu.

—Es de confianza.

—Bueno —concluyó Bissell—, yo creo que llegó la hora de informar al jefe y sería bueno que tú participaras en esa conversación.

—De acuerdo. Tú me avisas.

Al día siguiente Bissell y Edwards se encontraron en el despacho del Director General de la CIA. También estaba presente el subdirector, general Charles Cabello

  —El proyecto de remoción de Castro ya está en marcha —dijo Bissell.

—se limitó a exclamar Dulles exhalando una bocanada de humo de su pipa.

—La operación la llevará a cabo gente… gente del sindicato… verdaderos especialistas en ese tipo de trabajo… y afectada en sus intereses por el gobierno de Castro… En La Habana tenían casinos y todo eso…

—Sí —dijo Dulles—, ya sé de quiénes se trata.

—Y la Agencia no aparecerá involucrada en nada.

Dulles asintió con un gesto.

— La cosa sería como una operación de inteligencia.

—intervino Edwards. Tenemos el canal «A», que no es de la Agencia, pero que ha hecho algunos trabajos para nosotros. El canal «A» está en contacto con el canal «B», y este, a su vez, lo está con la gente encargada de la operación, esa del sindicato que mencionó Dick. Luego, esta gente arregla el asunto con «C», que sería quien haría el trabajo principal en Cuba.1

Dulles volvió a asentir con un gesto aprobatorio, pero sin hacer comentarios.

—Bueno —dijo Bissell finalmente—, pensamos que era nuestro deber informarle. Y, claro, saber si usted no tiene objeciones.

Dulles se encogió de hombros.

—Entonces —concluyó Edwards—, si yo no recibo órdenes específicas de cancelar esta operación, entenderé que está aprobada y continuaré con ella.

—Es lo normal —se limitó a decir Dulles y la reunión se dio por terminada.

III

Cuando Robert Maheu llegó a Washington se encontró con que en su oficina le aguardaba un mensaje de Howard Hughes diciéndole que quería verlo urgentemente.

Maheu llamó a su cliente, excusándose por no haberlo hecho antes debido a que se había tenido que ausentar por unos días en Miami para un trabajo que le había pedido el gobierno.

— ¿Qué trabajo es ese? —preguntó Hughes con tono irritado.

—Algo importante, pero que no puedo explicar desde aquí.

—Entonces, tome el primer vuelo y venga a Los Ángeles       a informarme.

—Sí, señor.

Veinticuatro horas más tarde Maheu estaba hablando por teléfono con Hughes, desde una caseta algo separada de la residencia de este último, que ya comenzaba a ser víctima de su manía bacteriofóbica y evitaba que la gente se le acercara por temor a contagiarse de una enfermedad.

—Dígame —expresó el magnate en tono severo—, ¿usted trabaja para mí o para el gobierno?

—Para usted, señor, pero las cosas ocurrieron muy rápidamente y no tuve tiempo de explicarle y pedirle permiso para una tarea que es oficial y, como le dije, muy, pero muy importante.

— ¿De qué se trata?

—Es algo extremadamente confidencial. Yo, cuando me pidieron que realizara ese trabajo, me negué alegando mis compromisos con usted. Pero se me insistió mucho y hasta se aseguró que, sabiendo que se trata de algo del interés del gobierno de los EE.UU., usted no se opondría a que yo les diera una mano como otras veces.

— ¿Y para quién es ese trabajo?

—Este... bueno... es un encargo de la CIA.

— ¡Ah, debí imaginarlo! ¿Y en qué consiste el trabajo, si se puede saber?

—No se puede saber dado su carácter, pero a usted yo se lo voy a decir. Se trata de un plan para asesinar a Fidel Castro el de Cuba.

— ¡Coño! No me imaginé que la CIA sería capaz de meterse en algo así.

—Yo tampoco. Pero, en realidad, la CIA no hace el trabajo. Quiere encargárselo a gente esa del sindicato… que opera casinos y esas cosas… matan a cualquiera por dinero o por negocio.

— ¡La Mafia, coño, la Mafia! Hablemos claro.

—Bueno, si, esa gente.

— ¿Y usted qué pinta en todo esto?

—Yo conozco algunos tipos del sindicato. La CIA me pidió que les sirviera de enlace con ellos. Una vez realizada esa tarea, si usted no se opone, vuelvo a estar a su disposición.

— ¿Con qué van a eliminar a Castro? No va a ser fácil.

—Es que hay un gran plan que incluye una invasión a Cuba por los anticastristas de aquí. Ya tienen un montón de gente entrenándose.

— ¡Ah, tal vez tengan éxito! Pero, dígame, ¿cuánto le paga la CIA a esos del sindicato del crimen por cargarse a Castro?

—Han ofrecido $150 mil.

— ¡Qué mierda!

—Pero mi impresión es que ese dinero no cuenta. La gente del sindicato también quiere deshacerse de Castro para reanudar sus negocios en La Habana como antes: juego, drogas y cosas como esas.

—A mí también me interesaría invertir en Cuba.2 Voy a hacerlo en Las Vegas, pero allá hay mucha competencia y están de por medio unos cuantos de esos amigos suyos que son gente de cuidado.

—Eso es cierto.

— Bueno, dígale a la gente de la CIA que yo le he autorizado para que los ayude en ese trabajo. No tiene que decirles que me ha dado detalles de lo que se trata. Eso queda entre nosotros. Solo debe quedar bien claro que yo he colaborado con ellos cuando lo han necesitado.

—Así lo haré. Le estoy muy agradecido por su comprensión.

—No hay nada que agradecer. Este asunto me pudiera convenir a mí también.

IV

Johnny Rosselli salió de Miami temprano por la mañana, pero con tantas escalas y cambios de avión que tuvo que hacer, solo arribó a Chicago pasadas las nueve de la noche y eran casi las once cuando pudo concertar una entrevista con Sam Giancana. Fue citado para la noche siguiente en la oficina secreta que tenía el capo en un lugar de la ciudad, cuando este tendría tiempo suficiente para hablar largo y tendido.

Giancana —cuando se reunieron— ya estaba al cabo de la entrevista sostenida en el Plaza, de Nueva York y ahora solo le interesaba lo ocurrido en Miami.

 

Rosselli se extendió en detalles sobre sus conversaciones con O'Connell y los exiliados anticastristas que le fueron presentados. Estaba claro, observó, que el tal «Jim Olds» (O'Connell) era un oficial de la CIA —tal vez un alto oficial— que actuaba según instrucciones. También parecía obvio que la Agencia deseaba seguir de alguna manera el desarrollo de la operación e incluso estaba en disposición de ayudar si era necesario, aunque no involucrándose directa o explícitamente. Maheu, como lo había presumido, no era de la CIA, pero cumplía encargos de esta —según pudo sacarle, por lo menos desde 1954 o 1955. Era muy astuto, experimentado y ambicioso, pero en este trabajo se daba su lugar, siguiendo en todo las orientaciones de Jim. Este último no tenía un pelo de tonto y aunque resultaba evidente que actuaba según un guión preparado de antemano, como buen profesional sabía ser flexible y receptivo, pudiéndose discutir con él y llegar a donde fuere con tal de cumplir los objetivos que se habían propuesto. ¿Qué otra cosa?

 

—Falta lo más importante —dijo Giancana. ¿Pudiste hablar con Trafficante?

 —Es que lo más importante lo dejé para el final. Sí. Hablé con él. Aparte de nuestras viejas relaciones, me recibió enseguida por una llamada telefónica que le hiciste. Pero no conversamos mucho porque coincidió que él se iba a un viaje urgente. Aun así, pude explicarle en pocas palabras todo el asunto.

—Yo, desde luego, solo le dije que te enviaba a ti para algo importante, pero sin revelar nada, porque estas cosas no se pueden ni mencionar por teléfono. Pero dime, ¿cómo reaccionó?

—Pareció asombrarse. Pero no por el proyecto de matar a Castro. Tuve la impresión de que en eso ya había pensado más de una vez. Lo que le sorprendió fue cuando le dije que presumíamos que la CIA es la que está detrás de todo esto. Finalmente dijo: «Bueno, con esos hijoputas también se puede trabajar. Y eso pudiera convenimos. Ya lo creo que sí».

— ¡Lo mismo que pensé yo!

 —Justamente.

—Pero, ¿en qué quedaron?

—Él pareció insinuar que en fin de cuentas ese trabajo podía realizarlo por su cuenta él solo. ¡Coño, Sam, no lo dijo tan claro, pero estoy seguro que pensaba en eso! Sin embargo, luego aclaró que, estando ya tú de por medio, no daba un paso sin contar contigo.

— Es un tipo de ley. Dicen que el padre era igual. Entonces, ¿está dispuesto a meterse en la operación?

—Sin duda. Pero conmigo no quiso hablar mucho sobre el asunto. Dijo que todo lo conversaría contigo personalmente.

—Eso es razonable. No te vas a ofender por eso, ¿verdad?

—Claro que no. Pero me preguntó si tu estarías dispuesto a ir a la Florida para tratar sobre el asunto, porque él, por ahora, luego del viaje corto que iba a hacer, no podría moverse de allá en largo tiempo. Me atreví a decirle que yo estaba seguro de que tú irías allá a verlo. ¿Hice bien?

—Sí, coño, hiciste bien.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Yo estoy ahora un poco complicado. Pero trata de arreglar con el Jim ese de la CIA y Maheu para encontrarnos en Miami dentro de una semana o diez días.

—De acuerdo.

V

Al día siguiente de su entrevista con Giancana, Rosselli salió para Los Ángeles (LA) donde tenía algunas tareas por resolver. Entre ellas estaba una entrevista pendiente con Jimmy («La Comadreja») Fratianno —el matón profesional de la familia Dragna. Últimamente no le había ido bien. Convicto de asesinato acababa de pasar un período en presidio y, aunque logró su libertad bajo palabra, se le había confinado a vivir en una pequeña ciudad donde, en espera de tiempos mejores, se dedicaba a un pequeño y más o menos legal negocio de transporte. Concertada la entrevista con Rosselli, una mañana tomó su auto y burlando la vigilancia de las autoridades, llegó a LA, donde fácilmente localizó el lugar donde aquel se alojaba —una lujosa suite de un edificio de apartamentos.

Fratianno llegó puntual a la cita, concertada para las 8 p.m. Era un hombre de mediana estatura, complexión fuerte y trigueño, lo que le daba cierto aire latino. Se le consideraba un verdadero experto en el arte del asesinato, dominando los más diversos métodos de ejecución. Pero, cuando se le encargaba eliminar a alguien conocido, utilizaba siempre la misma técnica infallable: lo citaba con alguna propuesta seductora a una casa o apartamento, donde le recibía con las frases más afectuosas y de golpe, ayudado por un auxiliar, le tendía una soga al cuello y entre ambos tiraban por sus extremos hasta estrangulado. «Lo que me llama la atención», solía decir, «es la cara que pone la gente cuando sienten la soga en el cuello: primero sonríen, luego hacen una mueca y finalmente se arrodillan, mientras mueren, con una expresión de asombro». Fratianno era un tipo rencoroso y sujeto a raptos de ira, pero usualmente se conducía con afabilidad y hasta con aparente timidez e ingenuidad. Sentía una gran admiración por Rosselli, al que consideraba su mejor amigo. Y ahora, momentos antes de encontrarse con él —luego de tanto tiempo sin verlo— se sentía no solo contento sino también algo ansioso, pues había roto con los Dragna y pensaba que Rosselli podía ayudarlo por sus relaciones con la Mafia de Chicago. Rosselli también apreciaba a Fratianno, ante quien podía jactarse de sus éxitos e influencia.

Luego de los más efusivos saludos, Rosselli le dijo a su visitante que disponía de tiempo para conversar largo y que podían cenar allí mismo en la suite. Fratianno aceptó enseguida y como dijo que añoraba cierto plato italiano muy especial, su anfitrión, llamando a una especie de mayordomo que tenía a su servicio, le ordenó que localizara ese plato en cualquier buen restaurante de la ciudad. El mayordomo dijo que no había problemas, pero que le llevaría un par de horas el traerlo. «No importa», dijo Rosselli, «Jimmy y yo tenemos mucho que conversar y podemos esperar por esa especialidad culinaria». Luego, ya solo con Fratianno y degustando una botella de buen vino, le entregó a este un sobre conteniendo $5 mil —resultado de una colecta que hizo entre varios amigos de ambos. Fratianno se embolsilló el dinero y durante largo rato conversaron mientras saboreaban el vino.

Ya iban por la segunda botella, cuando Rosselli, dijo de pronto:

— Jimmy, ojalá tengamos suerte, porque algo se prepara que, si se logra, vamos a agarrar al gobierno en cueros y lo vamos a hacer mierda.

— ¿De qué se trata? —preguntó Fratianno sorprendido. Rosselli se inclinó y dijo en tono confidencial:

—Hay un ex agente del FBI a quien conozco, Bob Maheu, que tiene contactos con la CIA y el Gobierno, y nos están pidiendo que matemos a Fidel Castro. Nadie sabe nada de esto excepto Sam (Giancana) y Santos (Trafficante).

— Pero dime, Johnny, ¿Sam se puso de acuerdo con la Comisión?3

— Yo hablé con Sam y Trafficante, y ambos decidieron aceptar el encargo. No, no se ha consultado a la Comisión.

— ¡Ey, Johnny, si la Comisión se entera…! Johnny, tú sabes que eso va contra las reglas.

— ¡Bah —dijo Rosselli—, no tenemos por qué consultar (a la Comisión). Si llevamos a cabo esta operación tendremos el poder… ¿comprendes? …¡el poder! Y, si alguno de los nuestros cae en desgracia, podremos ayudado... ¡Tendremos al gobierno en nuestras manos!

— ¿Y cómo fue que Santos se enredó en esto?

—Bueno, el asunto es en Cuba y él conoce muchos cubanos que desean liquidar a Castro. Además, tú sabes que cuando Castro tomó el poder le causó muchas pérdidas a nuestra gente. De modo que esta es también una oportunidad de vengarnos y de instaurar el antiguo gobierno... ¿Qué te parece este contrato, eh?

— ¡Por Dios, Johnny! —insistió Fratianno. No debemos matar gente a cuenta del gobierno. Eso está contra las reglas de la organización.

— ¡Al carajo con las reglas y la Comisión! Óyeme: Sam es miembro de la Comisión y asume la responsabilidad. Hemos hablado con Santos y este nos apoyará. Si no lo logramos, ¿quién nos juzgará? Pero, si lo logramos, ¡tendremos el poder!

VI

A comienzos de la segunda semana de octubre, volvieron a encontrarse en Miami O'Connell, Maheu y Rosselli, hospedándose estos últimos de nuevo en el Hotel Kennilworth y con Rosselli inscribiéndose otra vez con nombre falso. Cenaron juntos y cambiaron impresiones sobre la operación. Rosselli dijo que ya tenía los contactos necesarios y que las dos personas más importantes estaban en Miami y dispuestos a reunirse para discutir en detalle el proyecto.

— ¿Cuándo nos pudiéramos ver? —preguntó O'Connell muy interesado.

—Mañana. Esta vez tengo una suite en el hotel y podemos reunirnos en ella. Es un lugar discreto. Sugiero que nos veamos por la noche.

—Me parece bien —dijo O'Connell.

—A mi también —corroboró Maheu.

— Pero sería bueno que no llegáramos todos al mismo tiempo —propuso Rosselli. Bob, tu habitación está al lado de mi suite y pudieras hacerlo a eso de las siete y cuarto. Jim, si no tiene inconveniente, vendría más o menos a las siete y media. Mis dos amigos llegarán a las ocho, en eso quedamos.

—De acuerdo.

La noche siguiente, cuando arribaron casi al mismo tiempo, alrededor de las ocho, los dos amigos de Rosselli, ya éste, Maheu y O'Connelllos estaban esperando. Las presentaciones —que hizo Rosselli— fueron breves y nadie pareció prestar mucha atención a los nombres con que eran presentados. En realidad, sólo Maheu utilizó el suyo verdadero. Rosselli era para todos solo «Johnny». O'Connell asumió de nuevo el «Jim Olds» que utilizó cuando la reunión en el Hotel Plaza, de Nueva York. Y los recién llegados dijeron llamarse, uno, «Sam Gold», y el otro, simplemente, «Joe».

O'Connell los observó atentamente.

«Sam Gold» era un cincuentón que parecía querer dar la impresión de cierto vigor juvenil. Bajo la corona de una algo más que incipiente calvicie, exhibía un rostro anguloso y duro que, sin embargo, se suavizaba a menudo con una sonrisa o una espontánea carcajada. Destacaba la elegancia de su atuendo. Los colores del pantalón —con su filo impecable armonizaban con los de una bien cortada chaqueta tras la cual centelleaba una camisa de seda blanca enfatizando la corbata bien escogida. En el cinturón brillaba una hebilla de oro debidamente inicialada (SMG) y de él partía una cadenilla también de oro que a medio camino desaparecía en el bolsillo derecho del pantalón. Gesticulaba mucho y, entonces, salían a relucir los yugos de zafiros de onex negro también inicialados en los puños de la camisa y el reloj pulsera, cuadrado y tan fino como una lámina, con las agujas marcando la hora al llegar a unas diamantinas piedrecillas. «Parece un dando», pensó O'Connell, «pero también un magnate de Wall Street».

«Sam Gold» era Momo Salvatore Giancana.

El otro hombre, «Joe», daba una impresión distinta. También elegantemente vestido, con gestos reveladores de una educación más refinada, su rostro lleno pero de líneas regulares, exhibiendo unos espejuelos correctores de ligera miopía, sí hubiera podido pasar por un tranquilo hombre de negocios y hasta por un profesor universitario. Solo la mirada fría y penetrante de sus ojos y una como vaga pero temible expresión al hablar, sugerían que tal no era el caso.

«Joe» era Luigi Santos Trafficante (hijo), un gángster de pura cepa, que había heredado de su padre en 1952 parte del negocio del juego y la cocaína en La Habana, Tampa y casi toda la Florida. Contaba entre sus amigos al notorio Carlos Marcello, cuyo imperio delictivo, con capital en Nueva Orleans, se extendía por la Luisiana y otros estados. Su socio más íntimo y principal (como anteriormente de su padre) era Meyer Lansky —el veterano mafioso de los años veinte y, desde entonces, uno de los compañeros de correrías del capo di tutti capi Lucky Luciano. En ausencia de Lansky, Trafficante era el todopoderoso jefe de la «Cosa Nostra» en la capital cubana. En los archivos de policía de varios estados y del FBI, poseía un voluminoso expediente y algunos contenían varias páginas describiéndolo —como a Vito Genovese— entre los posibles victimarios de Albert («El Loco Asesino») Anastasia en la barbería del Hotel Sheraton, de Nueva York en 1957.

A O'Connellle impresionaron los dos nuevos personajes que entraban en la escena del complot. Estaba habituado ya a la facha y las maneras de Rosselli, pero había algo distinto en estos supuestos «Sam Gold» y «Joe» que le acababan de ser presentados. Sin duda, eran gentes más importantes que Rosselli, el cual se dirigía a ellos con familiaridad, pero también con un no sé qué de respeto. ¿Quiénes serían, verdaderamente? O'Connell, luego de pensarlo un poco, se encogió de hombros, pues, después de todo, la cuestión no era como para cambiar de planes, ni mucho menos. A él, su jefe inmediato en la CIA, el coronel Edwards, le había encomendado arreglar con la Mafia el asesinato de Fidel Castro. Y el acuerdo con el propio Edwards consistió en, a través de Maheu, en conectarse con Rosselli quien, a su vez, intermediaría con los jefes mafiosos de más nivel para llevar a cabo la operación. Bueno, concluyó O'Connell en sus reflexiones, ahora parece que tengo delante de mí a dos de esos importantes ejemplares del hampa. Pero ¿no fue eso lo que se me encargó? Y, enseguida, recordó también aquella conversación con Edwards en la que ambos, pensando en ese tipo de gente, habían imaginado un escenario escalofriante de celadas, armas de fuego y tiroteo mortal, en el que, en un ambiente enrarecido por el olor a pólvora, se consumaba el magnicidio. «Seguramente», había dicho Edwards, «esos tipos van a llevar a cabo un asesinato de tipo gangsteril…4 Es lo que saben hacer bien».

Pero Edwards y O'Connell habían subestimado a la Mafia.

Y, cuando ya comenzando a entrar en el tema principal de aquella reunión, las palabras de O'Connell dejaron entrever que estaba dando por hecho que la operación se llevaría a cabo en la forma de un «asesinato de tipo gangsteril» (aunque evitó usar esos términos), solo provocó una carcajada por parte de Giancana y una silenciosa pero severa expresión negativa en el rostro de Trafficante.

Finalmente, adoptando una actitud más seria, Giancana le dijo a O'Connell con sequedad:

—Olvídese de tal procedimiento. En eso de un encuentro a tiros Castro y su gente saben tanto como nosotros. Además, como jefe de un gobierno, está bien protegido.

Y Trafficante, con voz tranquila, añadió:

— Yo, al menos, no conozco a nadie, quiero decir, un verdadero profesional en este tipo de trabajo, capaz de aceptar un encargo así.

—Exacto —corroboró Giancana. Nadie se arriesgaría a una operación tan peligrosa.

—Pero, además, Sam —dijo Trafficante mirando ahora a Giancana—, aunque encontráramos alguien dispuesto a aceptar ese trabajo. Los que tu y yo conocemos, tipos seguros y de experiencia, son todos norteamericanos. Y ninguno tendría acceso a Castro. Ni siquiera podrían acercarse a él lo suficiente para ubicado en el alza telescópica de un fusil. Y, eso, pensando en un solo hit-man5 que, si se tratara de una acción de grupo, mucho menos.

O'Connell, entre sorprendido y perplejo, preguntó entonces con desaliento:

—O sea que, ¿no pueden llevar a cabo la operación?

—Nadie ha dicho eso —replicó Giancana—, nos referimos al método en que usted al parecer ha estado pensando.

—Jim —intervino Rosselli en tono persuasivo—, Sam y yo hemos estado conversando sobre esto y también lo hemos discutido con Joe. Puedes estar convencido de que tienen razón. Nada de tiros, emboscadas ni cosas por el estilo.

—Exacto —dijo Giancana. Tiene que ser algo refinado y limpio, que ofrezca también una oportunidad al «activo»6 para escapar.

— ¿Cómo que, por ejemplo? —preguntó O'Connell.

—Un envenenamiento —respondió ahora Trafficante.

— ¡Coño! —exclamó O'Connell. Eso no se me había ocurrido. Y con razón, porque me parece algo muy difícil.

—Fácil no es —observó Trafficante—, pero imposible tampoco, si se cuenta con gente que tenga acceso a Castro.

— ¡Y «Joe» la tiene! —agregó Giancana mirando con satisfecha admiración a Trafficante.

—Sí —confirmó el aludido. Creo que tengo los contactos necesarios.

— ¿Cubanos? —preguntó O'Connell.

—Cubanos que están aquí en Miami y cubanos que están allá en La Habana.

—Mis socios y yo también habíamos pensado en cubanos —dijo O'Connell tratando de recuperar el prestigio que perdió con su alusión al asesinato de tipo gangsteril. Incluso arreglé para que Johnny conociera a algunos. Claro, solo pensamos en ellos corno posible elemento de apoyo para ejecutar la operación.

—Sí —dijo Trafficante—, Johnny me lo dijo y yo sé quiénes son. Ninguno sirve para lo que queremos hacer. Debe ser alguien con una organización en Cuba a la que yo pueda incorporar la gente que tengo en La Habana. Parece complicado, pero no lo es. Conozco a un líder anticastrista aquí en Miami que tiene su grupo en La Habana y en el cual yo puedo meter a uno de mis hombres: el que tenga más posibilidad de usar el veneno.

O'Connell pareció convencido.

—De acuerdo —dijo. Yo no voy a interferir en los planes de ustedes que son los que van a llevar a cabo el trabajo, aunque, eso sí, tengo que hablar con mis socios que lo habían concebido todo de otra manera.

—Dígale a sus socios que tengan confianza en nosotros —apuntó Giancana.

— Tenemos confianza —aclaró Maheu, que hasta ese momento había permanecido en silencio, sólo de cuando en cuando asintiendo con un gesto a lo que argumentaban Giancana y Trafficante con la obvia aprobación de Rosselli.

—Sin embargo —dijo O'Connell retomando la palabra—, incluso dando por hecho que existen los contactos mencionados, la forma de llevar a cabo la operación y su éxito dependen mucho de algo sobre lo que todavía no se ha hablado aquí: el tipo de veneno a utilizar. Tal vez ustedes ya han pensado en ello.

—No —reconoció Trafficante—, aún no hemos decidido sobre eso.

— Tiene que ser un veneno realmente infalible —dijo Giancana—, pero fácil de mezclar, por ejemplo con una comida, y de efecto lo suficientemente demorado como para darle oportunidad de perderse a quien lo suministre.

—Hay venenos —observó Trafficante— que incluso no dejan huellas.

— Jim —dijo Maheu—, nuestros socios pudieran ocuparse de eso, ¿verdad?

—Seguro que sí —dijo Rosselli con una sonrisa irónica.

—Bueno —comentó O'Connell— algunos de mis socios tienen relaciones con expertos… químicos… gente de la industria farmacéutica que quizá pudieran ayudar en este aspecto de la operación.

— Eso facilitaría la tarea —dijo Trafficante.

Y, con la promesa de Q'Connell de que se ocuparía del asunto, luego de liquidar los tragos sobrantes en una botella de whisky aún medio llena, dieron por terminada la reunión.

NOTAS:

1.)Como testificaron luego ante el Senado (1975) tanto Bissell como Edwards, esta conversación —como de costumbre en esos casos— se desenvolvió utilizando todo tipo de circunloquios, evitando palabras «demasiado crudas o directas». Sin embargo, como enfatizaron aquéllos, no había posibilidad de un malentendido. Se hablaba de asesinar a Fidel Castro y Dulles daba su aprobación sobre todo con gestos de asentimiento. Edwards aclaró que el canal «A» era Maheu, el «B» Rosselli y el «C» alguien con contactos en Cuba o tal vez el contacto en Cuba que cometería el asesinato.


2.) Hughes —igual que muchos capomafiosos— soñaba con convertir La Habana en un paraíso del tipo de turismo generalmente asociado a los casinos, la prostituci6n y la droga. Se dice que tenía en mente un fabuloso proyecto de convertir el Malec6n habanero en una originalísima réplica de Las Vegas.

3.) La Comisión Nacional, órgano supremo de arbitraje de la Mafia.

4.) Un «gangland-style of killing» fue el término utilizado.

5.) Asesino profesional.

6.) Asesino que se encargaría de cometer el atentado. También término utilizado para identificar un informante de la CIA.

Fragmento tomado de Complot Editorial Nuestro Tiempo S.A. México.
 

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