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Lo que fue aquella República:
Protectorado y neocolonia
 
Oscar Pino Santos


Durante el período de 1902 a 1958, ¿fue Cuba una neocolonia de los Estados Unidos?

Tal calificación, cuando se comenzó a plantear a partir del triunfo de la revolución en 1959, representó sin duda un avance conceptual en la definición del carácter de la dependencia de nuestro país durante las casi primeras seis décadas del siglo XX. Desde entonces adquirió tal validez que aun hoy forma parte de los estudios historiográficos, de las alusiones a aquella etapa de nuestra vida nacional e incluso de cualquier discurso patriótico de fuente oficial o no.

No obstante, cabe preguntarse si se trata de una versión correcta en términos teóricos, objetivos o, si se quiere, científicos de una época como aquella tan dura y amarga como superada. Pues ocurre que el examen del proceso histórico que cubre el periodo l902-1958 sugiere otro enfoque mas preciso. Esto es, a través de esos años la nación cubana pasó por dos etapas perfectamente distinguibles. De 1902 a 1934 su dependencia de los Estados Unidos asumió claramente la forma de un «protectorado» y solo entre 1934 y 1958 se manifestó como «neocolonia».

Curiosamente, cuando hemos planteado tal importante distinción, la reacción de compañeros a quienes admiro por la seriedad y profundidad de sus reflexiones sobre nuestra historia, es sorprendentemente negativa. « ¿Protectorado? No, suelen decir; ¡neocolonia!». Tal vez, ello se deba a un hábito repetitivo, al orgullo del triunfo alcanzado por la liberación del país de aquella dependencia o, simplemente a que el término protectorado evoca ciertas reminiscencias de un método de dominación que aparte otros rasgos tuvo el humillante de ser impuesto a naciones más atrasadas.

Pero distinguir el régimen del protectorado (1902-34) del neocolonial (1934-58) resulta en extremo importante.

El protectorado que nació y se extinguió con la Enmienda Platt fue un estadio de dominación imperialista mas abierto, brutal y lesivo que el neocolonial precisamente además el que permitió a los Estados Unidos colocar nuestra economía en las condiciones de dependencia que explican su deformación estructural, vulnerabilidad externa y subdesarrollo.

El período neocolonial que se inicia con la abrogación de aquel colgajo constitucional y termina con el triunfo de la Revolución en 1959 también representó una etapa de dependencia y explotación de Cuba por el vecino norteño, mas para entonces este tenía ya bien afirmada aquí su hegemonía y las circunstancias domésticas e internacionales le obligaban a actuar de manera más sutil y encubierta.

Entre 1902 y 1934, las notas diplomáticas presionantes, las amenazas de intervención más o menos públicas, el desembarco de marines y hasta el envío de un procónsul como Crowder, eran ocurrencias más o menos «normales» y acá aceptadas con cierta resignación. Tales injerencias hubieran resultado insólitas entre 1934 y 1958. Cuando a principios de la década de los cincuenta ciertos intereses norteamericanos requirieron un cambio en la política económica de Cuba, se vieron forzados a dar un golpe de Estado (10 de marzo de 1952), pero utilizando la CIA para garantizar el secreto de su intervención y esto se logró con tanta eficacia que aun hay quienes creen que aquel madrugonazo fue producto de la iniciativa y las ambiciones de poder de Batista.

Los regímenes de protectorado y neocolonia no deben confundirse. Representan dos etapas del mismo período seudorrepublicano, pero de contenido histórico diferente. Ambos tienen en común, sin embargo, aparte la dominación imperialista, que solo pudieron ser superadas por las heroicas luchas revolucionarias del pueblo cubano.

Protectorado y el caso de Cuba

Pero, ¿qué es un protectorado? Cualquier diccionario define nítidamente ese término. El de la Real Academia Española, el francés Larousse, los ingleses Oxford, Webster y la Enciclopedia Británica, el enciclopédico en español EDAF, y otros todos, sin falta caracterizan esa condición de dependencia en términos que se ajustan al caso de Cuba tal y como se produjo en el espíritu, la letra y la realidad de las consecuencias de la Enmienda Platt. Algunos lo hacen de forma un tanto general. Otros tienden a destacar el aspecto del control, por la potencia dominante, de las relaciones exteriores o incluso su ejercicio de un derecho de intervención en los asuntos internos del país subordinado implicando por tanto una merma de la soberanía de este.

«The Columbia Enciclopedia» publicada por esa universidad de Nueva York y es la que este autor suele utilizar por su seriedad contiene esta definición:[1]

«Protectorado» término jurídico internacional que describe la relación entre dos estados uno de los cuales ha sometido a otro el control parcial o total de sus relaciones exteriores o le ha otorgado el derecho a intervenir en sus asuntos internos. El estado subordinado puede rendir una porción de su soberanía por tratado o luego que el estado protector ha logrado ello por la fuerza. El protectorado se distingue de la colonia en que el estado protegido aun mantiene la soberanía sobre su territorio, el cual no se incorpora al territorio del protector ni sus ciudadanos asumen la nacionalidad de este último. Aunque los protectorados existieron desde los tiempos de Grecia, Roma, la Edad Media y la era napoleónica, el propio término tiene un origen reciente y generalmente se refiere a la relación existente entre una potencia altamente civilizada y un país atrasado. (Cuba) antes de la abrogación de la Enmienda Platt (1934) fue un cuasi protectorado de los Estados Unidos y Haití y Nicaragua fueron a veces definidos como tales.

Leland Jenks en su clásica obra Nuestra Colonia de Cuba cita una decena de autores que en los años veinte clasificaban a nuestro país como protectorado o como una variante de esa condición que llamaron semiprotectorado (Buell), protectorado disfrazado (Adams), soberanía limitada (Culberston) o semisoberanía (Hershey) y así por el estilo (Jenks: 121).

Décadas más tarde, el también norteamericano Robert F. Smith, en una obra valiosa por sus aportaciones documentales, aludió al hecho de que «cuando las fuerzas norteamericanas se retiraron de Cuba (1902), un cuasi protectorado quedaba establecido por la adición de la Enmienda Platt a la nueva Constitución del país»(Smith: 88). El punto de vista europeo se revela en la obra de los especialistas franceses Raymon Aron y Alfred Grossen cuando se refieren a la abrogación de la Enmienda Platt (1934), que «le había otorgado a los Estados Unidos un cuasi protectorado sobre Cuba» (Aron y Grossen: 142).

Sin embargo, tampoco debemos pasar por alto que nuestro Emilio Roig de Leuchsenring solía aludir a aquella condición que nos fue impuesta durante más de tres décadas calificándola como protectorado. Ello lo hacía con la prueba documental de sus imprescindibles estudios sobre la Enmienda Platt. En la obra de Hortensia Pichardo, aquí y allá como en la de otros autores cubanos también puede encontrarse esa definición.

Finalmente, debe aclararse que los «cuasi» y los «semi» utilizados por los autores norteamericanos y europeos arriba citados y que tienden a atenuar el carácter de aquella dependencia están demás. Aunque con ciertas peculiaridades, el régimen que los Estados Unidos impusieron a Cuba era un protectorado con todas las de la ley.

Pronunciamientos en los Estados Unidos

Pero si retrocedemos hacia los tiempos en que se aprobaba en los Estados Unidos la Enmienda Platt y ocurrían acá con su imposición las conocidas protestas, se observará enseguida que aquel aditamento constitucional no solo se interpretaba como la cobertura jurídica de un régimen de protectorado, sino también que alrededor de esa realidad y no de las posibilidades de anexión era que tenían lugar los históricos debates de aquel entonces.

Convertir a Cuba en un protectorado yanqui era obviamente la intención de los diversos niveles del Poder Ejecutivo en la potencia norteña.

La Enmienda Platt, como es sabido, se gestó bajo el patrocinio de William McKinley, aquel presidente de apenas ocultas posiciones contra la independencia de Cuba y tan conocido servidor de los mas poderosos intereses económicos de los Estados Unidos que, cuando fue electo, hizo exclamar a los norteamericanos mas avisados: «La plutocracia ha llegado al poder».

El caso de Elihu Root el secretario del Departamento de Estado que solía distribuir su indiscutible talento como jurista entre la Casa Blanca y su clientela de Wall Street merece párrafo aparte.

Root al margen de las sugerencias que como antecedente se le atribuyen a un general Wilson ha sido reconocido como el «padre de la Enmienda Platt». No vamos a referirnos aquí in extenso a su posible concepción y seguro protagonismo en la imposición de aquel instrumento intervencionista de dominación. Sí vale la pena apuntar un dato documentado por Ph. Foner, pero generalmente inadvertido que resulta de sumo interés. En los días en que especulaba con la idea de encontrar una manera de garantizar el supuesto derecho norteamericano a intervenir en Cuba cuando asi conviniera a sus intereses, Root sostuvo una abundante correspondencia con el Departamento de Guerra. ¿Objetivo? El Secretario de Guerra solicitaba se hiciera un estudio completo en base a toda la información disponible sobre el funcionamiento del régimen de protectorado que Inglaterra le había impuesto a Egipto en 1898 (Foner: 243).

Pero si el Poder Ejecutivo hacia todo lo posible por ocultar la verdadera esencia de la Enmienda Platt creación de un protectorado norteamericano en Cuba en el Legislativo no dejaron de alzarse las voces de destacados congresistas que, por diversos motivos, denunciaban enérgicamente aquella maniobra.

El senador Morgan, por ejemplo ardiente defensor de la independencia de Cuba antes de convertirse como sucedió luego en un no menos fogoso anexionista sostuvo un largo discurso que «cuando nos dedicamos a crear un gobierno independiente en Cuba y después a ejercer un protectorado o suzeranía sobre ese gobierno, no hacemos más que separarnos de los límites de que está investido el Gobierno por la Constitución, tanto en las ramas diplomática como en la ejecutiva o legislativa» (Roig : 104) El representante republicano por Maine, Charles E. Littlefield, fue incluso más terminante:

«Por este ultimátum (la Enmienda Platt), nosotros, en efecto, asumimos un ‘protectorado’ sobre Cuba, que nos desvía de nuestra política nacional con un poder que jamás hemos ejercitado. Dudo que todo eso quepa dentro de los capítulos de nuestra Constitución y no concibo que se pueda edificar un ‘protectorado’ sobre los pilares de la Doctrina Monroe».(Márquez Sterling: 140)

En términos parecidos se pronunciaron George F. Hoar y otros congresistas. Sin embargo, como evidencia de las presiones que se ejercieron sobre esos políticos, debe notarse que Hoar, finalmente, votó a favor de la Enmienda y el citado Littlefield sencillamente no votó.

La actitud de los convencionales cubanos

No menos significativo es que la mayoría de los convencionales cubanos que redactaban la Constitución que habría de regir en nuestro país también eran conscientes de lo que en realidad representaba la Enmienda Platt, i.e., un protectorado. Fue con ese enfoque que Juan Gualberto la sometió a su devastador análisis y que la Asamblea nombró aquella Comisión para que viajara a Washington, aclarara la situación y dejara constancia de las posiciones cubanas.

La Comisión, cuya presencia fue reflejada allá por la prensa con altanera hostilidad, aunque no había sido invitada por el Gobierno de Estados Unidos, recibió sin embargo un trato oficial más bien respetuoso y amable. Pudo sostener conversaciones a fondo con Elihu Root, secretario de guerra y personaje clave en las relaciones cubano-norteamericanas y la recibió en audiencia especial el presidente MacKinley, quien le ofreció un para algunos de sus miembros impresionante y suntuoso banquete en la Casa Blanca en el que estuvo presente la crema de la administración y la política del país. Obviamente, se aplicaba una táctica enderezada a deslumbrar a la delegación criolla y amansarla con la idea de las tan buenas como razonables intenciones de Washington hacia Cuba.

En una de las entrevistas con Root, tras exponer lo que la Enmienda Platt como mutilación de la soberanía y su incompatibilidad con la independencia de Cuba, respondiendo al argumento de aquel secretario de Guerra en el que este aludía al apéndice como una extensión efectiva de la Doctrina Monroe que haría imposible el intento de cualquier otra potencia de dominar sobre Cuba, Méndez Capote, que presidía la delegación cubana, planteó:

«Aun a riesgo de parecer demasiado insistentes, nosotros (los miembros de la Comisión) agradeceríamos al señor secretario que concretara mas aun lo que su gobierno estima sustancial en los ocho artículos de la Enmienda. Diré con franqueza que no se ha borrado de nuestro ánimo el recelo fundamentalísimo de que la posición reservada por la Ley Platt a la República de Cuba se interprete mas adelante a manera de un simple protectorado o soberanía, y de ocurrir así, emergerán dificultades para el reconocimiento de Cuba como miembro de la comunidad internacional» (Marquez Sterling, op.cit., 220).

Como respuesta, Root reiteró que la Enmienda fue elaborada con un sentido favorable a Cuba y respeto por su independencia y al respecto leyó una comunicación de supuesto autor, el senador Platt, en el que este aseguraba que aquel texto fue redactado «cuidadosamente con el propósito de evitar todo posible pensamiento de que al aceptarla la Convención Cubana produciría el establecimiento de un protectorado o ‘soberanía’» (Martínez Ortiz, I, 297). Pero, como observó Foner, «Platt no mencionaba el hecho de que una gran parte de sus colegas en el Congreso interpretó la medida como una violación de la soberanía de Cuba y el establecimiento de un protectorado norteamericano en la Isla» (Foner, 301)

Root también insistió en que el controvertido artículo tercero de la Enmienda por el cual «Cuba consiente que los Estados Unidos puedan ejercer el derecho de intervenir para la preservación de la independencia y el sostenimiento de un gobierno adecuado a la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual» solo sería de aplicación en el caso de anarquía o de amenaza extranjera.

Todas aquellas aclaraciones y promesas resultaron luego puro cuento, pues en la vida real la Enmienda resultó tal y como lo había previsto Juan Gualberto Gómez en su impresionante y analíticamente irrebatible voto particular, sin duda uno de los documentos más trascendentales de la historia de Cuba. Y como es sabido, la Enmienda fue aprobada.

Alguien estaba ausente

Dieciséis votos estuvieron a su favor, casi todos determinados por la trágica disyuntiva que en un brutal ultimátum planteó el interventor Leonardo Wood: se aceptaba o las tropas norteamericanas de ocupación no se retirarían de Cuba de donde la aspiración a establecer la república quedaba relegada a un futuro tan dudoso como lejano e indefinido. Sanguily su patriótica gallardía diluyéndose en tan dramática como dolorosa amargura y tratando de preservar por lo menos lo salvable estuvo entre esos votantes.

Once votos se manifestaron en contra, el de Juan Gualberto desde luego, pero también otros diez entre ellos, con resonancias que aun nos estremecen de emoción, el de la voz y los gestos desafiantes del irreductible Salvador Cisneros Betancourt.

Está claro, por supuesto, cuánto influyó en aquel proceso la ausencia del caído en Dos Ríos.

La forzada aceptación de la Enmienda Platt no solo añadida al texto constitucional sino poco después incorporada textualmente a un Tratado Permanente entre Cuba y los Estados Unidos (1903) significó la derrota de los que allá y aquí impulsaban el movimiento anexionista. Pero, al mismo tiempo, implicó la mediatización de la independencia con la imposición del protectorado. Como apuntó Leland Jenks quien mientras investigaba aquel proceso tuvo también oportunidad de vivirlo en sus consecuencias ninguno de aquellos conceptos tranquilizadores de Root se comprobó y «a los pocos años Cuba había llegado a ser, en realidad, un protectorado de los Estados Unidos» (Jenks: 102).

El protectorado sustituye la anexión

En realidad, la Enmienda Platt fue la expresión jurídica del protectorado y éste, a su vez, la fórmula que sustituyó el proyecto de anexión, cuyas perspectivas ya se agotaban por inviable.

La anexión era militantemente repudiada por el pueblo cubano y sus más preclaras figuras patrióticas. Insistir en ella o intentar imponerla resultaba sin duda riesgoso para los Estados Unidos. Cuando durante el otoño de 1899 comenzaron a circular rumores de que como paso previo a la anexión el interventor militar L. Wood seguiría en el país pero encabezando un gobierno civil estadounidense permanente en lugar de un gobierno militar supuestamente temporal, el clamor de las protestas en Cuba la prensa y las instituciones patrióticas, los veteranos y las masas multitudinarias de pueblo manifestándose indignadas en las calles de todo el país sorprendió y alarmó de tal manera en Washington que se tomaron medidas para aclarar la situación (Foner, 200). Probablemente, además, allá tuvieron en cuenta que muchos veteranos de la Guerra de Independencia como recién nos enteramos por acuciosas investigaciones de Jorge Ibarra no habían entregado sus armas cuando así oficialmente decidido en ocasión de su licenciamiento a mediados de 1901 (en la Habana y Oriente, por ejemplo, apenas un 25% lo hizo).

En los propios Estados Unidos la idea de la incorporación de Cuba estaba bien lejos de ser unánime. Además de criterios racistas, intereses remolacheros y otros económicos, el gobierno norteamericano debía tomar en consideración que, si su intervención en el conflicto cubano-español tenía el respaldo legislativo de la Resolución Conjunta, esta incluía un cuarto párrafo (el famoso «inhibitorio») declarando «no tener disposición ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o control sobre dicha Isla (Cuba), excepto para su pacificación y, lograda esta, afirma su determinación de dejar el gobierno y control de la Isla a su pueblo».

El propio senador O. Platt, cuyo nombre asumió la Enmienda aunque no fue su autor, escribió por aquellos días una carta a Edwin F. Atkins aquel inversionista azucarero yanqui tan connotado por sus intrigas contra la independencia de Cuba en la que reconocía lo arriba expuesto. Roig, citando a H. Portell Vilá, reproduce parte de aquella epístola en que Platt confesaba que «la Enmienda es un sustituto de la anexión, porque había una foolish resolution (tonta resolución) que nos impedía llevar a cabo la anexión; es decir, porque había Joint Resolution era necesaria la Enmienda Platt... o no había República de Cuba»(Roig: 120).

Desde luego, como se expone mas arriba, la Resolución Conjunta no era el único obstáculo para la anexión. Esta contaba aun, indudablemente, con partidarios en los Estados Unidos y en Cuba, pero todo sugiere que la mayoría no dejaba de comprender la imposibilidad de lograrla.

Como resultado de esa situación, la lucha contra el anexionismo debió ceder su prioridad, para las fuerzas patrióticas, a la lucha contra el nuevo y objetivo peligro: el protectorado. Más claro, la batalla por la nación que enfrentaron los cubanos entonces no consistió en la derivada de la contradicción anexionismo vs independencia sino la de protectorado vs. independencia.

Consecuentemente, aquí sugiero la tesis sujeta por supuesto a mas amplias y profundas investigaciones, a análisis rigurosamente objetivos y, cómo no, a debates de que la etapa histórica republicana comprende dos períodos bien definidos: uno de protectorado que rigió durante la vigencia de la Enmienda Platt (1902-1934) y otro, este sí, neocolonial que comprende los años que corren entre 1934 y el triunfo de la Revolución en 1959.

La exposición que sigue, por tanto, esta organizada considerando esa evolución.

Primera Parte: El protectorado 1902-1934

La condición de protectorado en Cuba no se impuso en la práctica de sus términos y consecuencias como quien dice de golpe y porrazo. Las formas operativas en que los Estados Unidos interpretaron y aplicaron la Enmienda Platt asumieron un carácter cambiante, i.e., ajustadas a la dinámica de la evolución del capital invertido en la Isla y a las circunstancias domésticas e internacionales en que este se desenvolvía.

La intervención abierta de 1906-09, que implicó la reocupación militar y el establecimiento de un gobierno provisional encabezado por un norteamericano, aparentemente tan lógica como radical y efectiva dada la coyuntura en que se produjo, no volvió a repetirse. En realidad, resultaba un método en la práctica poco eficiente, burdo y escandaloso, amén de un alto costo político para los propios Estados Unidos. Se hizo entonces imprescindible diseñar y utilizar un nuevo mecanismo de intervención que permitiera lograr un ejercicio de dominación hegemónica sin aquellos inconvenientes.

Ello demandó un nuevo y reinterpretativo enfoque de la forma de utilizar la Enmienda Platt y que consistió en el llamado «injerencismo preventivo».

Con su perspicacia habitual, Leland Jenks apreció el significado de ese cambio.

«La política exterior de Taft y Knox abandonó bruscamente la dirección que le habían impuesto Roosevelt y Root...El Tratado (Enmienda Platt) nos obligaba a intervenir bajo ciertas condiciones; como esta intervención podía no ser conveniente desde el punto de vista de la política exterior, así como en lo que afectaba a nuestras relaciones con el resto de América, había que evitarla siempre que se pudiera. Hasta aquí llegaron Roosevelt y Root en sus razonamientos. Luego añadimos el corolario de que Norteamérica tenía el deber y con el deber el derecho de procurar que no se produjera la causa de la intervención. Debíamos interponernos oficialmente para evitarla... Y así nació lo que el Presidente Taft llamó ‘política preventiva’, que dominó las relaciones de los Estados Unidos con Cuba por lo menos hasta 1923». (Jenks: 120)

La paternidad de la nueva fórmula suele acreditarse al presidente Taft, quien la definió una vez diciendo que a tenor de la Enmienda Platt las atribuciones de los Estados Unidos consistían en «inducir a Cuba que evite todo motivo que haga posible o necesaria la intervención». Por intervención se entendía entonces el envío de buques de guerra, desembarco de marines y establecimiento de un gobierno provisional norteamericano como ocurrió en 1906-09.

Quizá fue Taft realmente quien primero concibió aquella política preventiva o, como se la conoció luego, práctica del «injerencismo preventivo». Era un hombre alto y corpulento, austero y sustentador de ciertos principios conservadores. No obstante su experiencia colonialista como gobernador de Filipinas y su conocimiento de Cuba aunque limitado a su papel como iniciador de la intervención de 1906-09 durante un par de semanas la trayectoria de su carrera político-burocrática había sido bastante opaca. Durante sus últimos años, como jubilado, confesó una vez que «nunca recuerdo haber sido presidente» un olvido que por cierto también compartía el pueblo norteamericano.

Sin embargo, uno tiende a sospechar como probablemente también lo hará el lector al considerar los datos que enseguida voy a exponer que la autoría, concepción y primera aplicación de la mencionada política corresponde mas bien a Philander Ch. Knox. Este, secretario de Estado durante la administración de Taft cargo que también detentó con McKinley y Roosevelt, aparte algún periodo como senador era un personaje de mucho más colorido y trastienda.

El escenario profesional de Knox fue siempre el estado de Pennsylvania el emporio minero norteamericano donde desde joven logró acumular una pequeña fortuna poniendo su brillante talento de abogado al servicio de las más poderosas corporaciones de negocios. Su primer gran cliente había sido Andrew Carnegie el célebre magnate del acero y fue probablemente entonces que conoció a su segundo, Charles M. Schwab, quien mas tarde fundaría y dominaría la Bethlehen Steel Corporation. Luego se unió a otra famosa pareja de la oligarquía monopolista norteamericana: A. Mellon (bancos) y H. C. Frick (carbón y acero). El trío Mellon-Frick-Knox, con sus recursos multimillonarios y escándalos en el mundo de los negocios, llegó a representar parte bien característica de la historia de los Estados Unidos a fines del XIX y principios del XX.

Este personaje, continuador de la línea expansionista que caracterizaron a Hay y a Root como secretarios de Estado, resultó también anticipador de la típicamente imperialista «diplomacia del dólar» que impulsarían sus sucesores en el mismo cargo, pero bajo la administración de Wilson.

Knox, fue en efecto, quien llevó a cabo los iniciales ejercicios de prueba del injerencismo preventivo, cuando en 1912 estalló aquí la insurgencia del llamado Partido de los Independientes de Color, reprimida al costo de más de 3 mil negros muertos. Pues, apenas recibida la noticia del alzamiento, tomó medidas para que se enviaran a Cuba 500 marines fusileros, mientras cuatro acorazados zarpaban desde Key West y 5 mil soldados eran puestos en alerta de combate para partir hacia la parte oriental de la Isla.

El 30 de mayo, unos días después del comienzo de la insurrección, los marines desembarcaron en Daiquiri y el 1ro. de junio Knox enviaba un despacho a su ministro (embajador) en La Habana dándole instrucciones de que tomara medidas para «proteger las compañías Spanish American, Juraguá y Cuba Copper», enfatizando que «esto es importantísimo». (Jenks: 129). Poco después, los marines ocupaban Guantánamo, El Cobre, centrales azucareros y puntos estratégicos de las vías ferroviarias de esa región.

Las empresas norteamericanas para las que Knox urgía protección estaban vinculadas a intereses del sector minero y metalúrgico de Pennsylvania, el estado donde desenvolvía sus actividades profesionales y políticas. La Juraguá Iron Cop., por ejemplo, era subsidiaria de la Bethlehem Steel Corp., que literalmente manejaba Ch. M. Schwab el viejo amigo de, la Knox. Con el tiempo Bethelehem llegó a ser la segunda empresa metalúrgica mas poderosa del mundo (la primera siempre fue la US Steel Corp., procedente de la fusión por Morgan de las compañías de Carnegie y otras, y que también habían sido dirigidas por Schwab).

Todo esto tiene cierta significativa importancia histórica, pues parece que fue la primera vez que intereses de la oligarquía ostentadora del poder económico y político en los Estados Unidos desempeñaba un papel entromisor en las relaciones cubano-norteamericanas. Ello ocurrió en los términos de aquella reinterpretación de la Enmienda Platt que permitía ejercer el protectorado a través de la fórmula del «injerencismo preventivo». En el caso arriba expuesto, utilizando el recurso mas bien extremo del desembarco de marines, pero luego aplicando otros más discretos aunque no menos efectivos.

Precisamente, por aquellos años, que fueron los de la presidencia de José Miguel Gómez, la corrupción administrativa existente dio la oportunidad a los Estados Unidos de aplicar otros mecanismos de intervención entre ellos, por ejemplo, presiones diplomáticas como las que tuvieron lugar cuando los escándalos del «Chivo del Arsenal», las concesiones para la explotación de la Ciénaga de Zapata, el dragado de los puertos, el ferrocarril Nuevitas-Caibarién y otros sonados episodios de venalidad oficial que en Washington se estimó no convenía a sus intereses.

Pero el injerencismo solo resultó posible aplicarlo en toda la variedad de sus recursos instrumentales en una etapa posterior: la que siguió en los Estados Unidos a la administración de Taft y aquí a la de Gómez. Esto es, durante el sorprendentemente breve lapso de la década que corre entre 1914 y 1923. Fue entonces cuando la condición de protectorado llegó a su apogeo como marco de aquellos cambios económicos con su correspondiente envoltura de incidencias políticasque se tradujeron en la absoluta hegemonía del gobierno y el capital norteamericanos sobre Cuba y sentaron las bases de nuestra vulnerabilidad externa, subdesarrollo y dependencia.

A la forma en que ello tuvo lugar de consideración verdaderamente clave para la comprensión de nuestra historia republicana voy a referirme ahora. Mas, por razones de espacio, deberé hacerlo no solo de manera en extremo sucinta, sino también utilizando como eje expositivo el caso azucarero. El proceso histórico real involucró desde luego otros sectores (minería, manufactura, servicios públicos, comercio exterior y fisco, banca y moneda, deuda externa, etcétera) pero habida cuenta la necesidad de resumir la evolución de aquella llamada nuestra primera industria sirve bien para revelar las líneas fundamentales de lo ocurrido.

Inversiones norteamericanas en el azúcar

El movimiento de capitales norteamericanos hacia el sector azucarero de Cuba se inició a fines del siglo XIX y tenía el carácter de inversiones individuales o familiares. Típicas fueron las de empresarios como E.F. Atkins, M. Rionda, H. Kelly y otros, que se hicieron en conjunto tal vez de una docena de ingenios. Representaban operaciones llevadas a cabo en las condiciones de libre concurrencia que caracterizaban entonces el capitalismo en los Estados Unidos.

Pero en ese país bien pronto se inició una etapa de tendencias monopolistas que en la alborada del siglo XX ya culminaba con la aparición de sociedades anónimas o corporaciones que levantaban su capital emitiendo acciones y bonos. Algunos grupos inversionistas atraídos por la tradición productora de Cuba, las garantías políticas que ofrecía la Enmienda Platt y otras facilidades se dirigieron a la Isla comprando o construyendo centrales. Se habían iniciado así los tiempos de las sugar companies y la erección de aquellos gigantes de la producción azucarera como los centrales Francisco, Boston, Merceditas, Chaparra, Delicias y otros que fueron, por cierto, los que llevaron hasta sus últimas consecuencias un patrón de desarrollo azucarero que había comenzado a definirse a finales del siglo XIX, pero que ahora asumía una estructura mucho más consolidada y definitiva.

En la zafra de 1913-14 participaron 174 centrales y aunque solo 38 de ellos eran propiedad de compañías norteamericanas, representaron el 39% de la producción azucarera de ese año. No obstante ello, hacia entonces el capital procedente de los Estados Unidos, aunque había logrado tan significativa penetración en ese y aun otros sectores, no dominaba por completo la economía cubana. Apenas superaba, si lo superaba, el monto de otras inversiones extranjeras (como las inglesas) o las mas importantes (domésticas españolas y cubanas). Además, también en aquel año, resultó evidente que incluso en el sector azucarero asomaban las más sombrías perspectivas dado que el mercado norteamericano absorbía una proporción cada vez menor de las zafras y se acumulaban excedentes que ejercían una presión bajista sobre los precios.

Lo que salvó entonces la situación suerte de esa combinación de esfuerzos y milagros que tantas veces vino en auxilio de la economía cubana en los momentos más críticosfue el estallido de la Primera Guerra Mundial.

El trasfondo de las vacas gordas

Aquella conflagración devastó las áreas europeas de azúcar de remolacha cuya producción descendió del promedio de 7.5 millones de toneladas en 1911-14 (39.5% del total mundial) a 3.2 millones al término del conflicto (20%). Demoraría unos cuantos años en recuperarse.

Ello creó un espacio en el mercado del dulce cuya demanda Cuba era entonces el país mas apto para satisfacerla. La zafra de preguerra de 1913-14 promedió 2.5 millones de toneladas largas (14.1% de la producción mundial). La de 1917-18 alcanzó 3.5 millones (25.1% de la mundial).

Dado el correspondiente auge de las inversiones, la producción exportable y su efecto multiplicador en la economía, el país comenzó a vivir uno de los períodos que tradicionalmente se han llamado aquí de «vacas gordas». Mas, obviamente, aparte la captación de ganancias por los capitalistas extranjeros (norteamericanos sobre todo) y otras filtraciones, dada la desigual distribución de ingresos imperante, los principales beneficiarios en el país de la próspera coyuntura económica fueron los miembros de la oligarquía doméstica y otras capas a ella vinculadas.

Ello se reflejó particularmente en la Habana, ahora centro dinámico de amenidades, sucesos culturales y emprendimientos urbanísticos.

El inicio del «boom» se reflejó en un gran espectáculo deportivo al que financiaba el dinero que corría y se arriesgaba en apuestas: en el Oriental Park de Marianao se celebró aquella célebre y discutida pelea por el campeonato mundial de los pesos completos en que el ebánico e imbatible Jack Johnson pareció solo pareció ser noqueado por Jess Willard. Por los teatros de la Habana desfilaron, entre otras, las grandes luminarias de la danza (Anna Pavlova) y la opera (Caruso). El tránsito por las calles se complicó con una impresionante circulación de automóviles. En los numerosos solares aun vírgenes del Vedado los espacios se cubrieron de suntuosas residencias cuya mezcla de lenguajes arquitectónicos muestran los recuerdos que de sus viajes por París y Roma guardaban sus acaudalados propietarios. Otros, aun mas opulentos y probablemente sin saber que sus gustos partían de reminiscencias de periplos a Nueva York, decidieron levantar sus espléndidos palacetes al otro lado del río Almendares, donde desde 1918 se definía ya el trazado de la bellísima Quinta Avenida, eje de un nuevo reparto exclusivo: Miramar (E.L. Rodríguez:125).

Todos estos a veces prodigiosos acontecimientos, como se apuntó, tenían como trasfondo la evolución azucarera. En Europa se cavaban trincheras en medio del fragor de la artillería, las destrucciones materiales y las bajas humanas a escala. Pero en los Estados Unidos, que desde la primavera de 1917 se había incorporado al conflicto declarándole la guerra a Alemania y sus aliados, la economía experimentó bajo el impacto del auge de sus exportaciones un crecimiento tan acelerado como sin precedentes. Ello se reflejó en un alza de la demanda azucarera que estimuló, como también se señaló mas arriba, un incremento de un millón de toneladas en las zafras del periodo 1914-18, a precios discutidos pero finalmente aceptables. Sin embargo, en el sector azucarero ocurrieron también en esos años otros procesos de extrema importancia

Las pequeñas empresas norteamericanas de capital individual de fines del XIX habían sido absorbidas o desaparecido con el surgimiento durante los tres primeros lustros siguientes de las sugar companies. Pero, con el estallido de la Guerra Mundial, se produjo un nuevo fenómeno que habría de cambiar radicalmente el curso de la historia de Cuba.

Wall Street entra en escena

En los Estados Unidos, desde fines del siglo XIX, se había ido formando una oligarquía financiera que tenía por sede de sus negocios el renombrado Wall Street de Nueva York y por cabeza dirigente la conocida Casa Morgan. En conjunto aparte las rivalidades, a veces violentas y escandalosas de sus miembros, representaba una especie de cofradía del dinero que dominaba sobre poderosas redes monopolistas de empresas, servicios públicos como ferrocarriles y bancos, cuyos recursos aumentaban día por día con la prosperidad económica generada en el país por la guerra.

Al estallar la conflagración mundial, personajes de aquellos clanes financieros inicialmente algunos con experiencia y vínculos relacionados con la industria azucarera insular, como Manuel Rionda y E.F. Atkins advirtieron de inmediato las oportunidades que para la colocación de excedentes de capital ofrecía el derrumbe de la producción remolachera europea, la apertura de mercados con una demanda así insatisfecha y el propio auge del consumo norteamericano del dulce. Y, si tal era la coyuntura, ¿cuál mejor paraíso de inversión natural, técnica y políticamente que Cuba?

La Cuba Cane Corporation y la Punta Alegre Sugar Company fueron pioneras en el proceso que de esta manera se desencadenó.

La Cuba Cane fue seguramente una iniciativa de Manuel Rionda. Despegó con un capital de $50 millones en 1915 una cifra sensacional y con ellos emprendió una relampagueante campaña de adquisiciones. En unos meses se hizo entonces de diecisiete centrales (ocho de los cuales, por irrentables, desmanteló o revendió mas tarde); pero en 1923-24 aun tenía en operación siete moliendo cañas de las 25 278 caballerías (338 775 ha) de sus inmensos latifundios: y que representaron nada menos que el 18.4% de la zafra de aquel año.

Casi al mismo tiempo que la Cuba Cane, 1915, surgió la Punta Alegre Sugar Co. Uno de los impulsores fue Edwin F. Atkins. Inició sus operaciones construyendo el central de ese nombre en Camagüey y enseguida fue controlando otras compañías hasta poseer seis unidades de gran capacidad de producción. Su expansión latifundiaria fue impresionante. El año de su fundación había despegado con 1 060 caballerías, (14 204 ha), pero una década mas tarde era dueña de 9 122 caballerías (122 235 ha.)

Pudieran citarse otros ejemplos de aquella evolución.

Todos los casos, sin embargo, mostrando un rasgo común: no se trataba de inversionistas individuales como a fines del siglo XIX ni de compañías más o menos independientes como a principios del XX. Las nuevas corrientes de capital procedían de la ahora poderosa oligarquía financiera. En la Cuba Cane, tras algunas bajas, se podían identificar desde luego los intereses de Rionda, pero también de la Casa Morgan, J. & W. Seligman y otros. En la Punta Alegre estaban presentes el Chase National Bank, Brown Brothers, Hayden & Stone y otros.

Más claro: la crema de Wall Street.

Y, por cierto, particularmente cuando como luego veremos entró en escena el National City Bank, todos ellos componentes de aquella vanguardia imperial que protagonizó en el Caribe (Nicaragua, Haití, Santo Domingo) las intromisiones, violencias y saqueos de la era de la «diplomacia del dólar» y su acompañante, la «política de las cañoneras» (Pino Santos, passim, 1973).

Por otro lado, durante aquellos años ¿cómo funcionó aquella modalidad del protectorado que fue el «injerencismo preventivo»?

Apogeo del protectorado

Los nuevos y mas poderosos e influyentes grupos capitalistas norteamericanos que comenzaron a arribar aquí alrededor de 1914-15 exigieron, no cabe dudarlo, mayores garantías y facilidades para sus inversiones. Las obtuvieron, por supuesto, desde el primer momento y con ciertas coyunturas de mercado favorables mas las condiciones de protectorado exprimidas hasta sus últimas consecuencias lograron una impresionante expansión de sus intereses en Cuba.

A decir verdad, es en el periodo sorprendentemente breve de apenas una década la que corre mas o menos entre 1914-15 y 1922-23 cuando los capitalistas de los Estados Unidos se hacen prácticamente dueños de los recursos naturales y la economía cubana un fenómeno solo posible por el apoyo que tuvieron de su gobierno en Washington, que entonces llevó la política injerencista a los niveles mas escandalosos. Fueron años cruciales durante los cuales dentro de los marcos de un régimen de protectorado que había llegado a su apogeo la penetración y hegemonía económica imperialista dejó marcada en Cuba la impronta de la deformación estructural, el subdesarrollo y la vulnerabilidad externa.

Un conjunto de circunstancias coincidió o se las hicieron coincidir para que ello ocurriera. Solo voy a mencionar algunas y ello de modo bien sumario. En primer lugar la existencia en Estados Unidos de una oligarquía financiera.

Esa oligarquía se había comenzado a formar, según avanzaba el régimen oligopolista, hacia fines del XIX, desarrollándose desde principios del XX y alcanzando la cima de su poder con la Primera Guerra Mundial. Cuando ésta terminó, los Estados Unidos que habían aprovechado bien aquel conflicto era indiscutiblemente la primera potencia del planeta y no solo en lo económico. Protagonista decisivo de la evolución de aquella oligarquía casi desde su nacimiento fue la Casa Morgan, a su vez, el clan financiero dominante en Cuba.

En segundo lugar, con Woodrow Wilson en la Casa Blanca (1913-21), la política imperialista norteamericana alcanzó rasgos de desfachatez y violencia sin precedente histórico hasta entonces.

El presidente Wilson era un personaje de notables antecedentes académicos y contradictorio carácter a quien se suele recordar por su esfuerzos en aquella famosa Sociedad de las Naciones (antecedente de la ONU) en cuyo programa había inscrito el derecho de las naciones a su autodeterminación. Parece el propio Wilson interpretaba ese principio de manera bien peculiar, pues fue bajo su administración que tuvieron lugar las intervenciones mas abiertas, cruentas y groseramente imperialistas que recuerdan los anales de los Estados Unidos y nuestra región caribeña.

México nunca podrá olvidar las provocaciones de Tampico, la toma de Veracruz y la invasión de 1916. Y, si Nicaragua también tuvo lo suyo, ello parecería poco comparable con la trágica y larga brutalidad de las ocupaciones militares de Haití y Santo Domingo. Veremos enseguida el caso de Cuba. Pero todo ello, por cierto, nos hace recordar que esos hechos tuvieron lugar cuando la política exterior norteamericana estaba en manos de Willian J. Bryan, aquel furibundo antiexpansionista de antaño que ahora bajo la administración de Wilson llegó a convertir el Departamento de Estado en una sucursal del National City Bank.

En tercer lugar, el régimen de protectorado pudo contar en Cuba con la complicidad del bloque oligárquico doméstico y su brazo representativo de partidos, caudillejos y politicastros que competían por el apoyo yanqui en sus luchas por el poder. Tal cooperación, particularmente decisiva a nivel de la presidencia de la república, funcionaba con una suerte de cadena de transmisión cuyos eslabones incluían el poder legislativo, el judicial, las fuerzas armadas y la prensa. Resulta inevitable en tal sentido aludir el caso paradigmático de la presidencia de Menocal.

Mario García Menocal quien llegó a alcanzar el grado de general durante la Guerra de Independencia y, tras ocupar algunos cargos oficiales durante la intervención norteamericana de 1898-02, se desempeñó como administrador del coloso azucarero «Chaparra» de la Cuban American Sugar Co.protagonizó durante esa trayectoria una carrera política que le llevó a la jefatura del Partido Conservador y en 1916 a la presidencia del país. Su porte algo aristocrático, inglés ranciamente bostoniano (se había formado profesionalmente como ingeniero en los Estados Unidos) y astucia de caudillo partidista, le permitieron no solo multiplicar el millón de pesos con que llegó a aquel acto cargo en una fortuna de más de $40 millones, sino también ejercer un gobierno cuyo autoritarismo estaba en funciones de una supeditación absoluta a los intereses norteamericanos.

Con Menocal, quien ascendió al poder coincidiendo con el inicio de la penetración en el sector azucarero cubano por los poderosos y en Washington influyentes clanes financieros de Wall Street, el régimen de protectorado comenzó a alcanzar aquí una máxima expresión. La identificación de su gobierno con la política de los Estados Unidos hacia Cuba era absoluta y facilitaba todo el diapasón del intervencionismo desde la complicidad en las decisiones de envío de marines, hasta la represión del movimiento obrero cuando este afectaba la producción o las ganancias de las empresas aquí establecidas por los inversionistas vecinos. Es así cómo su instrucción a la Guardia Rural que exigía «mantener el orden a toda costa durante la zafra» encontraba a los trabajadores tan avisados que entre ellos se habían popularizado aquellas coplas reminiscentes de los lastigazos con que se azotaba a los esclavos en otros tiempos («tumba la caña, anda ligero/mira que ahí viene el mayoral/sonando el cuero/mira que ahí viene Menocal, sonando el cuero».). Menocal disfrutó siempre del más sostenido y por él reciprocado apoyo de los Estados Unidos.

Cuando a principios de 1917 estalló la revuelta militar liderada por el Partido Liberal en protesta por los fraudulentos comicios con los que aspiraba a reelegirse y mantenerse en el poder, conocida como La Chambelona, en Washington se reaccionó de inmediato con una declaración de apoyo a su «gobierno constitucional» y una condena de la «revolución (sic) ilegal e inconstitucional». Una semana más tarde, el 26 de febrero, los marines desembarcaban por Guantánamo y poco después ocupaban Nuevitas y Mayarí. Era como acción de puro oficio por mantener vivo el principio del derecho a la intervención, pero también respuesta a la urgente solicitud de proteccióon planteada por las empresas norteamericanas establecidas en Oriente y Camagüey aparentemente afectadas por reales o posibles sabotajes de los alzados.

El estacionamiento de un número de marines y otras fuerzas regulares continuó acrecentándose aquel año por lo menos hasta agosto, cuando llegaron como relevo tropas supuestamente para «entrenarse en una clima invernal benigno». Se trataba, en realidad, de justificar aquella ocupación militar yanqui de parte del territorio cubano montando una comedia según la cual Menocal ofrecía ese espacio como contribución de Cuba al esfuerzo de guerra de los Estados Unidos (debe recordarse que nuestro país se había aliado al poderoso vecino contra Alemania solo 24 horas después de este declararle la guerra).

Tres años más tarde, en septiembre de 1920, el Ministro de Estados Unidos en Cuba, argumentando que las propiedades azucareras norteamericanas en Camagüey corrían peligro, pidió se reforzaran aquellas tropas con 500 hombres adicionales, Menocal, advertido, comunicó a Washington enseguida que ello no era necesario, que él podía controlar cualquier situación y que un acto más de intervención sí podía desatar un ataque popular en gran escala contra aquellas propiedades. Consultado el presidente Wilson acerca de lo que se debía hacer, este probando el grado de confianza que tenía en su homólogo cubano dijo que Menocal seguramente había apreciado la situación correctamente, que Estados Unidos solo intervendría en caso de revolución y que «cualquier movimiento prematuro podía en efecto provocar el desencadenamiento de lo que queremos prevenir» (Smith: 84).

Las tropas yanquis estacionadas en Cuba se mantuvieron hasta 1922, cuando como irónicamente comentaba Jenks el presidente Zayas le recordó al gobierno de Estados Unidos que aquellos efectivos fueron enviados a nuestro país con motivo de una guerra que había terminado cuatro años atrás.

Por otro lado, esas intervenciones constituían solo acciones llevadas a cabo en el marco político de un protectorado cuya función era aun más fundamentalmente económica y que como tal hizo posible aquí la hegemonía absoluta de los capitales norteamericanos.

La forma no solo acelerada e imprevista, sino también dramática en que ello tuvo lugar es lo que vamos a ver enseguida.

«La Danza de los Millones»

Las clases dominantes norteamericanas y Wilson particularmente eran decididos partidarios de una política de laisser fairei.e., liberal en la economía. Sin embargo, la entrada en el conflicto europeo al declararle la guerra a Alemania (abril de 1917) cambió la situación de tal manera que se hizo necesario aplicar todo tipo de controles estatales a esa actividad desde sectores como el naviero y de servicios públicos que pasaron a manos del gobierno hasta la creación de numerosos organismos regulatorios de la producción y los abastecimientos. Uno de ellos fue la Administración Nacional de Alimentos (US Food Administration) y en esa onda, mas tarde, la Junta de Estabilización del Azúcar (Sugar Equalization Board), presidida por Wilson y con facultades para adquirir las zafras cubanas a precios por ella misma fijados.

Particularmente aquella política de precios resultó fuente de conflictos y acciones intervencionistas. A la zafra de 1917-18 se le fijaron 4.60 ct/lb. Y, mientras se negociaba otro mas justo, los embarques desde Cuba se paralizaron. La respuesta de la administración Wilson fue inmediata: se ordenó la suspensión de las exportaciones de trigo y carbón hacia Cuba, i.e., históricamente el primer bloqueo económico norteamericano contra nuestro país.

Sin embargo, el gran problema surgió con la zafra de 1919-20. ¿Se vendería también en condiciones de intervención oficial? Si era así, ¿a cuál precio? O, por el contrario. ¿Se liberaría el azúcar de los controles de guerra permitiéndose la venta libre y el precio que determinara el libre juego de la oferta y la demanda? Finalmente, esto último fue lo que ocurrió, pero la incertidumbre inicial y otros factores dieron alas a un alza sin precedentes en las cotizaciones del dulce. Rumores carentes de base objetiva, declaraciones de personajes oficiales y, sobre todo, una increíble campaña de prensa en los medios norteamericanos anunciando una tan supuesta como inminente escasez, impulsó los precios de manera desatinada. El alza era evidente a fines de 1919, pero continuó durante las primeras semanas del año siguiente. En marzo de 1920 ya se cotizaba a 12 ct. /lb. Y el 19 de mayo catalogó ya como fecha para recordar: 19.5 ct. /lb.

Las repercusiones en Cuba de aquella marejada especulativa fueron tremendas.

Aquí, una frenética locura mercantilista comenzó a sacudir y extenderse en ciertas clases y capas sociales. Hacendados, colonos, corredores, banqueros y negociantes de cualquier linaje se dieron a la especulación con un hasta entonces desconocido espíritu de negocios. Se apostaba al azúcar en cada esquina. Se compraban y vendían inmensos cañaverales e innúmeros ingenios grandes, pequeños, nuevos y viejos, eficientes e ineficientes. Toda esta delirante atmósfera la provocaba un tan sencillo como aparentemente sólido razonamiento: los contratos azucareros se hacían en mayo a alrededor de 20 ct. /lb, un precio de fantasía, pero ¿quién podía poner en duda las afirmaciones de la prensa y otras fuentes norteñas de que llegaría a 40 ó 50 centavos?

Colonias de caña y centrales azucareros cambiaban de propietarios constantemente. Según una fuente, en aquellos días fueron objeto de compraventa cerca de 50 ingenios (Jenks: 211). Un buen número los adquirieron compañías norteamericanas y a precios de locura. El propio Jenks cita el caso de un hacendado, que he logrado identificar como cierto Pelayo, dueño del ingenio «Rosario» cerca de La Habana, quien se dispuso a venderlo en $4.5 millones... « ¡Ni un centavo menos!». Su estupefacción no tuvo límites cuando un magnate norteamericano de la industria del chocolate, A. Hershey, se le presentó como comprador y, sin dejarle hacer su proposición, le paró en seco diciéndole: «No vamos a discutir. Le pago por el ‘Rosario’ $8 millones: ¡ni un centavo más! Los toma o los deja». El hombre solo pudo creer que no estaba soñando cuando unas horas después firmó el contrato y recibió el cheque.

La catástrofe

Súbitamente, hacia los Estados Unidos comenzó a fluir una corriente de azucares hasta entonces «invisibles»(sic) que llegaba desde los mas imprevisibles y remotos lugares del mundo, llenando hasta el tope los almacenes portuarios, abasteciendo las industrias, refinerías y consumidores, convirtiendo la presunta escasez en puro aguaje de los especuladores. El precio comenzó a bajar con la misma vertiginosidad con que había subido. En junio comenzó a temblequear por debajo del nivel fabuloso de 19.5 ct/lb. del mes anterior. En julio ya había descendido a 15.5. En agosto a 11. A 8 en septiembre. A 6 ct/lb. en octubre.

En solo cuatro meses se pasó del delirio a la euforia, al azoramiento y, a seguidas, a la preocupación, la alarma y el pavor.

Después de todo 6 ct/lb. no era un mal precio. Pero el caso es que el azúcar y otros negocios habían girado alrededor de una cotización de 20 ct./lb y con pronósticos de que llegarían a 30, 40, 50 centavos.

Las peticiones de préstamos, las promesas de pago con garantía hipotecaria, en fin, todas las inversiones y gastos se fundaban en tales expectativas. De modo que, cuando estalló la burbuja, todo el mundo se encontró al descubierto, endeudado hasta el cuello y sin posibilidades de cumplir con los acreedores que tocaban a la puerta.

Los que habían hecho negocios en base a aquella ilusoria coyuntura, aprovechando la imprudente liberalidad de los préstamos bancarios, ahora no podían hacer honor a estas deudas y los bancos a su vez, como, por tanto, no podían recuperar sus préstamos, tampoco estaban en condiciones de devolver a los ahorristas los fondos que les habían confiado. La crisis no se hizo esperar.

El 6 de octubre de 1920 el Banco Mercantil comenzó a doblar campanas anunciando el agotamiento de sus fondos. Fue la señal. Ese mismo día una multitud se agolpaba frente al Banco Español que en solo unas horas tuvo que pagar $9 millones de lo poco que le quedaba en caja. El día 8 los reclamantes tenían prácticamente sitiado el Banco Internacional. Y lo mismo, ante el rumor de que sus fondos estaban casi exhaustos, ocurría con el llamado Banco Nacional. Por doquier muchedumbres enloquecidas por el pánico reclamaban su dinero.

Era el amargo despertar de la Danza de los Millones.

Pero, como en la genial síntesis del cuento ahora célebre de Augusto Monterroso, «cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».

Y lo representaban los intereses más poderosos de Wall Street, que si no en acecho, al menos disponían de los mecanismos para aprovechar al máximo cualquier oportunidad que se presentara de ampliar, profundizar y consolidar sus negocios en Cuba.

Probablemente muy pocos investigadores analizaron ese período de nuestra historia con la certera anticipación que lo hizo Leland Jenks hace ya mas de 70 años.

«La Danza de los Millones» terminó en la catástrofe del otoño de1920, que produjo la bancarrota del pueblo y el gobierno de Cuba, trajo una nueva forma de tutela política yanqui y dio a Wall Street el control económico de la Isla».

«Ningún episodio de la historia de Cuba ha sido tan dramático, funesto y complejo como este. Ninguno asimismo tan deformado por los rumores, tan oscurecido por el misterio. Se dice que los documentos oficiales de las relaciones de los Estados Unidos con Cuba son de tal naturaleza que no pueden darse a la publicidad. Pero los hechos principales están claros, aunque sea algo difícil explicarlos» (Jenks: 216).

Ciertamente lo son e incluso el estudio a fondo de aquel proceso probablemente vinculado a la fase descendente del ciclo económico norteamericano que se expresó en la breve pero significativa crisis de 1920-21 representa todavía uno de los más importantes desafíos que enfrentan nuestras ciencias sociales.

Sin embargo, la secuencia de los más fundamentales acontecimientos inmediatamente posteriores a aquel dramático episodio y, sobre todo, sus resultados i.e., el completamiento a fondo de la dominación económica de Cuba por el capital norteamericano mediante el aprovechamiento hasta sus últimas consecuencias del régimen de protectorado están bastante claras.

Crowder

La «corrida» y el crac bancario de fines de 1920 forzó al gobierno de Menocal a decretar una moratoria en los pagos de aquellas entidades (11 de octubre) que, si las salvó por el momento, no se acompañó de medidas que permitieran una recuperación económica y financiera del país. Este, al mismo tiempo, experimentaba una aguda crisis política debido al escandaloso fraude electoral que llevó a cabo el presidente Menocal a favor de su candidato Alfredo Zayas a costa de José Miguel Gómez el caudillo liberal que posiblemente habría ganado en unos comicios limpios.

Fue bajo estas circunstancias de crisis económica y a la vez política que a principios de enero de 1921, llegó a Cuba en el buque de guerra Minnesota el general Enoch H. Crowder, enviado personal del presidente Wilson quien ni siquiera se tomó la molestia de comunicar al gobierno de la Isla esa importante designación.

Crowder había hecho una carrera burocrático-militar con la que alcanzó el grado de general. Había desempeñado cargos aquí durante la segunda intervención norteamericana (1906-09) y se consideraba un experto en todo lo relacionado con nuestro país (para el que incluso había redactado códigos electorales) suerte de eso que hoy se llama cubanólogo, aunque con posiciones oficiales de asesoramiento y en la práctica a veces ejecutivas. Especie de estantigua del siglo XIX, personalmente honrado e infatigable trabajador, representaba como lo describía Jenks «ese altruismo agresivo que ha dado al mundo los grandes procónsules» (Jenks: 224). Como tal su ejecutoria en Cuba vino a representar el apogeo de la condición de protectorado.

Crowder, siempre despachando en un camarote del Minnesota, desde donde pedía todas las informaciones que juzgaba necesarias para conocer al detalle la crisis cubana, recibía allí también visitas de figuras de la crema empresarial y politiquera del país que iban a quejarse de la situación y escuchar respetuosamente sus opiniones y proyectos.

El enviado personal de Wilson resolvió pronto, a su manera, el conflicto político: Zayas quedaría como presidente.

Pero ahí no terminó, sin embargo, su intromisión en la esfera política, que pronto adquirió un carácter continuo y a fondo, mas no siempre exitoso en sus esfuerzos de discreción, como ocurrió con aquel escándalo que sacudió la Isla al hacerse públicos por la prensa unos 13 memorando secretos (abril a junio de 1922) en los que aquel procónsul daba instrucciones al presidente Zayas sobre cómo tenía que gobernar y a quienes debía nombrar ministros que constituyeron lo que entonces se llamó el «gabinete Crowder». Eran los tiempos en que los cintillos de un periódico denunciaban en La Habana que «se gobierna bajo las órdenes de un enviado personal del presidente de los Estados Unidos».

Pero la ejecutoria de Crowder con más consecuencias históricas tuvo lugar en el campo de la economía.

 Una de sus primeras acciones consistió en dar su respaldo a las Leyes Torriente, así llamadas por haberlas propuesto en el Congreso el excoronel de la Guerra de Independencia y senador Cosme de la Torriente un renombrado personaje de la época que, no obstante la imagen que se había creado como patriota, aparece casi siempre vinculado a cuanto proceso impulsaron los Estados Unidos para exprimir hasta el hueso las condiciones de dependencia de Cuba.

En realidad, pese a su nombre, las leyes Torriente fueron redactadas por abogados norteamericanos que se basaron en severos procedimientos judiciales de los Estados Unidos y no en las disposiciones sobre quiebra de empresas del Código de Comercio vigente en Cuba y con las cuales «el sistema bancario nacional hubiera tenido una mejor oportunidad de sobrevivir» (Wallich: 94). En la propia Comisión de Liquidación Bancaria creada por aquella legislación y a propuesta de Crowder participaba el gobernador del Banco de la Reserva Federal de Atlanta.

El resultado de todo fue que al cabo de unos pocos meses de su aplicación veinte bancos cubanos con 334 sucursales tuvieron que cerrar sus puertas. Y poco después, dado que Bancos de la Reserva Federal de los Estados Unidos el de Atlanta y el de Boston establecieron agencias en Cuba, las posibilidades de que aquí se creara un banco central resultaron prácticamente nulas. El propio Henry Wallich, en su sobrio y mas bien técnico estudio sobre aquel periodo, diría años mas tarde que «la desaparición de la mayoría de los bancos nacionales cubanos dejó a los bancos extranjeros en una posición dominante» (Walllich:98).

Por otro lado, mediante ejecución judicial de empresarios domésticos que no pudieron pagar los préstamos con garantía hipotecaria que habían adquirido durante el boom azucarero, sucedió que un número de bancos estadounidenses se hicieron dueños de centrales, colonias de caña y otras propiedades cubanas.

El propio National City Bank, por ejemplo, que aunque tenía intereses en la industria refinadora del este atlántico norteamericano, pero que en Cuba no poseía ni el tornillo de un ingenio, se hizo de la noche a la mañana, por ejecución judicial, de once centrales algunos de ellos entre los mas poderosos del país con decenas de miles de caballerías, i.e., millones de hectáreas y pronto controló otras cuatro empresas (diecisiete centrales) y extendió su influencia financiera a tres más (cinco centrales).

El National City Bank llegó así a constituir en los años veinte el imperio azucarero mas grande del mundo (Pino Santos, passim, (1973).

Pero datos más comprensivos sugieren lo impresionante de aquella evolución.

En 1913-14 como ya se apuntó páginas atrás había en Cuba 38 centrales propiedad de sugar companies que representaron el 39% de la producción cubana del dulce. En 1918-19, penetrado el sector por los grupos financieros de Wall Street cada uno dominando varias de esas compañías, sus correspondientes racimos de centrales y colosales latifundios participaban en nuestras zafras 75 fábricas de azúcar norteamericanas que absorbían el 49% de esa producción. Pero en 1923-24, poco después de la debacle que siguió a la Danza de los Millones, ese capital estadounidense en la industria representó el 60.3% de la producción cubana del dulce.

Un fenómeno semejante debió ocurrir también al parecer en otros sectores del país, habida cuenta que el derrumbe de 1920 afectó también ramas diversas de la producción manufacturera, los servicios, etcétera.

La deuda exterior del país, a través de negociaciones políticas creció entre 1914 y 1923 en más de $100 millones: todos esos préstamos concertados con la Casa Morgan cabeza de la oligarquía financiera norteamericana cuyos tentáculos se extendían a prácticamente todos los sectores de la economía cubana.

El comercio exterior, donde regía el lesivo tratado de «reciprocidad comercial» de 1902, expresó el impacto de aquella evolución acelerándose su concentración en el mercado norteamericano de tal manera que a mediados de los años veinte el 65% de las importaciones cubanas procedían de los Estados Unidos.

Pero no solo el comercio exterior, otros aspectos decisivos de la infraestructura económica institucional del país funcionaban en favor de la dependencia y explotación de Cuba por el capital norteamericano.

El 53% de los ingresos del Estado provenían de las rentas de aduanas, cuya función más importante consistía en garantizar el pago de la deuda externa.

Aunque parezca increíble, la industria azucarera no pagó impuestos hasta uno irrisorio establecido en 1917.

Y tampoco existía un impuesto territorial, lo que explica la facilidad y baratura de la extensión del latifundio.

A todo lo cual puede añadirse que cuando en 1914 Cuba quiso tener moneda propia, «tuvo que contentarse con un sistema dual en el que el peso tenía el mismo contenido de oro que el dólar y el dólar tenía igual curso legal ilimitado» (Wallich: 58).

Resulta, por supuesto, inimaginable que una dominación económica tan absoluta y acelerada como la que logró el imperialismo norteamericano en el corto lapso arriba mencionado en nuestro país hubiera podido tener lugar fuera de las condiciones facilitadoras de un régimen de protectorado.

Crisis del protectorado

Durante el período de auge y apogeo del protectorado entre 1914-15 y 1923-24, no solamente tuvo lugar la enajenación en gran escala de parte decisiva de nuestro patrimonio nacional, que pasó a las manos de poderosos grupos financieros de los Estados Unidos. También y en sustancial medida como resultado de ese proceso fueron los años en que se consolidó la deformación estructural de la economía cubana, desde entonces mas atrapada que nunca en las redes de la monoproducción exportadora de azúcar y su tendencia a la concentración geográfica en un solo mercado (el norteamericano). El latifundismo por una parte y, por otra, ciertas infraestructuras institucionales (aranceles, moneda y crédito bancario), sustentaban rígida y fuertemente aquella malformación.

Así aquel régimen de capitalismo dependiente, ceñido además por las condiciones políticas de protectorado, solo pudo evolucionar de manera maltrecha e inestable. Todo ello se tradujo en vulnerabilidad externa, subdesarrollo y limitado crecimiento del ingreso y el empleo por contraste con el aumento incesante de la población. El resultado para esta última eran los cada vez más dramáticamente bajos niveles de vida.

La década siguiente que corre entre 1924-25 y 1933-34 enmarcó un periodo de transición, pero no menos conmocional y trascendente.

En 1925, por ejemplo, ocurrieron dos acontecimientos bien significativos. Ese año se hizo una zafra de alrededor de cinco millones de toneladas récord que no se igualaría hasta unos cuantos años mas tarde y también fue el de la construcción del último central erigido en Cuba. A partir de entonces, ese sector ingresaría en una etapa de vicisitudes de mercado que llegaría a los extremos calamitosos desencadenados por la devastadora depresión capitalista mundial de los treinta (zafra en 1932 de 2.6 millones de toneladas vendida a solo poco mas de 0.05 ctv/lb.).

También, aquel 1925 fue el año en que ascendió a la presidencia y poco después iniciaba su cruenta dictadura Gerardo Machado. Tal evolución como es sabido, impulsó un proceso revolucionario que culminó con el derrocamiento del déspota y el comienzo de decisivos cambios históricos en nuestro país.

Convendría, sin embargo, advertir que tal desenlace no se produjo solamente como a veces se ha apuntado por coincidencia de una crisis económica coyuntural y una política, sino de otra de mucho mas profundo calado: la de un régimen de protectorado que si bien hizo posible en corto lapso la mas completa dominación de la economía cubana por el capital norteamericano, hacia mediados de esa década de los veinte ya había prácticamente agotado sus posibilidades.

Ello explica que entre las primeras consecuencias de aquella revolución se contara la muy importante de la abrogación en 1934 de la Enmienda Platt.

Fue entonces y solo entonces, cuando como veremos luego se inició en Cuba una etapa neocolonial.

El impacto económico de la crisis

El 12 de agosto de 1933, haciendo fracasar la maniobra intervencionista norteamericana de la «mediación» de Summer Welles, fue derrocada la sangrienta dictadura de Machado el último engendro del régimen de protectorado. La lucha del pueblo cubano le puso fin y, si bien como graficó Raúl Roa, sus objetivos revolucionarios «se fueron a bolina», no dejaron de lograrse ciertos saldos positivos. El nuevo Tratado Permanente acordado entre Cuba y los Estados Unidos el 29 de mayo de 1934 implicó la abrogación de la Enmienda Platt, aunque manteniendo esa pieza de museo que es la base naval de Guantánamo). Dos años después el gobierno norteamericano reconoció ante América Latina el principio de no intervención de un Estado en los asuntos de otro.

A pesar de tales acontecimientos, las condiciones determinantes de la dependencia no variaron. Como una vez señaló Carlos Rafael Rodríguez, con la revolución del 33 el dominio imperialista sobre Cuba cimbró, pero no fue destruido. Y ello resultó particularmente cierto en el campo de la economía. Durante aquellos años treinta de la gran depresión capitalista varias de las importantes empresas azucareras norteamericanas que aquí operaban quebraron. El caso mas espectacular fue el de la Cuba Cane, cuyas propiedades valoradas en $111 millones en 1929 pasaron a manos de un interventor jurídico y se remataron en 1934 solo por los $4 millones con que las adquirió un nuevo consorcio : la Cuban Atlantic Sugar Co. Lo significativo en todo esto es que la Cuba Cane se encontraba en la esfera financiera de la Casa Morgan y la Cuban Atlantic en la de los Rockefeller.

Tal transacción y otras parecidas marcaron sin duda el fin de la hegemonía económica de la Casa Morgan en nuestro país y el inicio de la preponderancia del clan citado de los Rockefeller, pero también de Sullivan & Cronwell, First National City Bank, todavía Morgan y otros (un fenómeno que también se produjo en Estados Unidos). Esto tendría ciertas consecuencias políticas, pero posteriores, cuando también ocurriría que las inversiones norteamericanas en el sector azucarero tendieron a reducirse (74 centrales en 1928, pero solo 36 en 1958, la diferencia siendo adquiridos por elementos de la oligarquía doméstica). Estos cambios, sin embargo, no alteraron la situación de dependencia del país pues ellos se quedaron con los centrales más eficientes y sus colosales latifundios y continuaron además dominando en los otros sectores claves de la economía del país.

Segunda Parte: La Neocolonia

Los cambios más decisivos tuvieron lugar en lo político.

En las nuevas condiciones históricas, con la revolución del 33 y, en el marco continental, ciertos nuevos matices en la relaciones norteamericano-latinoamericanas durante el gobierno de F.D. Roosevelt, el envío de un Crowder por no hablar del desembarco de marines y otras acciones abiertas de intervencionismo típicas de la era del protectorado hubiera resultado una ocurrencia realmente insólita y preñada de imprevisibles consecuencias. En realidad, ni siquiera los Summer Welles y los Caffery volvieron a repetirse.

A principios de la década de los cuarenta, por ejemplo, un embajador yanqui, Spruille Braden entonces considerado un personaje progresista, bien lejos de las posiciones ultrarreaccionarias que asumiría años más tarde se opuso explícitamente a la creación de un banco central, contribuyendo entonces, quizá, a la frustración de aquel proyecto. Tal actitud provocó un gran escándalo y parece que también algo así como un regaño del Departamento de Estado. En 1952, sin embargo, la institución fue creada y Washington y su representante en Cuba la aceptaron sin discusión.

En realidad, dadas las circunstancias prevalecientes desde la revolución del 33, había sucedido que los métodos de intromisión fueron perfeccionándose y haciéndose cada vez más discretos y sutiles (aunque no por ello menos eficaces). Mientras, en correspondencia con ello, los corruptos y antinacionales gobiernos de turno en su nombre y el de la oligarquía doméstica estrechamente aliada al imperialismo no solo asimilaron las nuevas reglas del juego, sino que llegaron a tal grado de sometimiento (y habilidad en ocultarlo) que solían adelantarse en sus medidas a las corrientes de opinión y órdenes de Washington. La supeditación fue tal que llegó el momento en que bastaba una palabra, un gesto o quizá solo una sugerente sonrisa del embajador norteamericano para que acá un Batista, un Grau o un Prío y sus subalternos supieran orientarse y actuar en armonía con los deseos del poderoso vecino.

Por otro lado, poco después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos comenzó a disponer de un aparato de inteligencia y acciones subversivas la Agencia Central de Inteligencia o CIA que le facilitó deshacerse de gobiernos que no respondieran a sus intereses o incluso imponer otros a su servicio. El golpe de Estado de Batista el 10 de marzo de 1952 como he expuesto en otro trabajo con la debida argumentación fue una operación de la CIA.

Los cambios descritos en las relaciones cubano-norteamericanas resultaron formalmente de la abrogación de la Enmienda Platt, pero en esencia fueron producto de un complejo de circunstancias como las citadas mas arriba. Además, el desfachatadamente escandaloso intervencionismo de los tiempos del protectorado ya no era posible mantenerlo y en definitiva tampoco necesario: a su sombra el capital norteamericano se había hecho dueño del país y en el tiempo récord de solo poco más de una década. Ahora se trataba de continuar el régimen de dependencia y de extraerle el jugo al máximo. Esto era posible y menos riesgoso utilizando métodos más encubiertos, refinados e indirectos de dominación, como los que históricamente caracterizarían mas tarde a un régimen neocolonial.

Pero, ¿qué es el neocolonialismo?

Ese término, como su prefijo lo indica es un neologismo que surgió en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando se produjo aquel amplio movimiento de liberación anticolonialista que sacudió un gran número de países de Asia, África y el Caribe. Muchos la mayoría-- alcanzaron entonces su liberación, rompiendo formalmente los lazos políticos que los sometían a sus metrópolis. La euforia inicial que siguió a ese progreso, sin embargo, pronto quedó teñida de ciertas frustraciones.

Pues las naciones que así tras tenaz y muchas veces heroica lucha de sus puebloshabían logrado la independencia, obtuvieron con esta el derecho a su propio gobierno, su himno y su bandera, incluso a un escaño en la Asamblea General de Naciones Unidas. Mas, al propio tiempo, continuaron arrastrando la deformación estructural y atraso económicos impuestos durante la era colonial una de cuyas expresiones clásicas ha sido y aun es el papel decisivo que en esos países tienen sus exportaciones de materias primas, pero sometidas a las condiciones de intercambio desigual. Es decir, habíase logrado la liberación política, pero continuó en esencia la explotación económica imperialista por las ex metrópolis.

Y fue este nuevo modo de dependencia particularmente desde las décadas de los 50 y 60 del pasado XX lo que se llamó neocolonialismo.

La génesis de ese término desde quizá, por ejemplo, la memorable Conferencia de Bandung en 1955 y a través de declaraciones en las sucesivas cumbres del Movimiento de Países No Alineados amerita investigaciones. Sin embargo, como en el caso del protectorado, cualquier diccionario o enciclopedia cuando editadas algunos años después de la Segunda Guerra Mundial suele contener una definición justa bien distinta a la de colonialismo y, por supuesto, a la de protectorado. En el último de la Real Academia Española (1992) se incluye el término aludiendo a la «influencia» de las antiguas potencias coloniales o países poderosos sobre los países descolonizados o subdesarrollados; el diccionario enciclopédico Larousse se extiende en una explicación detallada sobre «América Latina y el imperialismo norteamericano» (sic) mencionando también a Cuba «antes de su revolución»; el diccionario de economía de Tamames cita las diversas formas de penetración económica que ocurren bajo el sistema; etcétera. Ninguno refiere casos que impliquen la existencia de algo parecido a la Enmienda Platt y los incidentes de intervencionismo aquí ocurridos bajo su advocación.

A manera de resumen

Calificar según está sucediendo desde hace algún tiempo en nuestro país como neocolonial el período de 1902-34, que fue típicamente de protectorado, pudiera considerarse desde cierto punto de vista rigurosamente científico algo mas grave que una simple confusión terminológica. Ello quiérase o no tiende un velo sobre el régimen que durante mas de treinta años mutiló nuestra soberanía y amparó brutales intervenciones imperialistas que facilitaron y aun garantizaron la enajenación, deformación y subdesarrollo de la economía cubana. Al mismo tiempo, pasa por alto que la superación de aquella etapa significó un repliegue del imperialismo forzado por las luchas revolucionarias de nuestro pueblo.

Por otro lado, como hemos visto, aplicar a nuestra historia republicana el nombre de neocolonialismo a todo el período histórico comprendido entre 1902 y 1958 parecería no menos erróneo.

Pudiera tal vez discutirse si no hubo un más remoto antecedente neocolonial en el caso latinoamericano desde fines del siglo XIX. Pero tampoco sería identificable con el nuestro, que entonces era una colonia (de España). Ni después, cuando fue un protectorado (de los Estados Unidos). En cambio como sugerí antes, puede admitirse como justa la afirmación de que a partir de 1934, con la abrogación de la Enmienda Platt y los cambios producidos en el régimen intervencionista yanqui pasamos a ser una neocolonia y, en tal sentido, con cierta anticipación histórica respecto al caso de los países afroasiáticos y caribeños.

Para terminar, creo que hay dos hechos relacionados con el tema de este ensayo que deben tomarse en cuenta.

Uno es que el régimen neoconial que se nos impuso entonces como nueva forma de dependencia, fue el resultado de las luchas del pueblo cubano que hicieron posible la abrogación de la Enmienda Platt y con esta la derrota y liquidación de los brutales, abusivas y enajenantes condiciones del protectorado.

Y otra es que el régimen neocolonial, aunque por una parte representó la frustración de los mas caros objetivos revolucionarios de los años 30, sin embargo, implicó un avance histórico respecto al protectorado en el sentido de que creó las condiciones para que prosiguiera aquel denodado y sostenido esfuerzo antimperialista que culminó con el triunfo de 1959 y el logro de la plena independencia y soberanía de nuestra nación.

Pienso, finalmente, que las tesis expuestas en este ensayo es posible que no cuenten por el momento con algo así como unánime aceptación.

Pero, ¿acaso no estamos en una batalla de las ideas?

OBRAS CITADAS

FONER, Phllips., La Guerra hispano-cubano-norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanqui, vol 2.; Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1978.

JENKS, Leland: Nuestra Colonia de Cuba. Editorial Palestra, Buenos Aires.s/f.

LOCKMILLER, David A: Enoch H. Crowder, The University of Missouri Studies, Columbia, Missouri, 1955.

MARQUEZ STERLING, Manuel: Proceso histórico de la Enmienda Platt, Imprenta Siglo XX, La Habana, 1941.

MARTINEZ ORTIZ, Rafael: Cuba: los primeros años de la independencia, editorial Le livre libre, Paris, 1929.

PINO SANTOS, Oscar: Cuba: historia y economía, editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1984.

PINO SANTOS, Oscar: El intervencionismo yanqui en Cuba: de Magoon a Batista, Revista Casa de las Américas, No 80, sep-oct. De 1973.

PINO SANTOS, Oscar El Asalto a Cuba por la oligarquía financiera yanqui, Casa de las Américas. 1973.

RODRIGUEZ, Eduardo Luis: La Habana republicana: seis décadas de desarrollo urbano en la capital de Cuba, revista Temas, No. 24-

ROIG, de Leuchsenring, Emilio:Historia de la Enmienda Platt, Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana, 1961.

SMITH, Robert F., The United States and Cuba. Bookman Associates, NY, 1962.

SMITH, Robert F. What happened in Cuba? Twyne Inc., NY, 1963.

 WALLICH, Henry C: Problemas monetarios de una economía de exportación, Banco Nacional de Cuba, La Habana, 1953.

 REFERENCIAS

THE COLUMBIA ENCYCLOPEDIA, Columbia University Press, New York, 1944.

DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO EDAF, Edaf, S.A., Madrid, 1970.

DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO LAROUSSE, Librairie Larousse y editorial Planeta, Barcelona, 1984.

DICCIONARIO DE ECONOMÍA DE RAMON TAMAMES, Alianza Editorial, Madrid, 1988.

DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA DE LA LENGUA ESPAÑOL, vigésima primera edición, España, Madrid, 2000.

[1] En esta y las siguientes citas el subrayado es del autor.
 

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