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Lo que fue aquella República:
Protectorado y neocolonia
Oscar Pino Santos
Durante el período de
1902 a 1958, ¿fue Cuba una neocolonia de los Estados
Unidos?
Tal calificación,
cuando se comenzó a plantear a partir del triunfo de la
revolución en 1959, representó sin duda un avance
conceptual en la definición del carácter de la
dependencia de nuestro país durante las casi primeras
seis décadas del siglo XX. Desde entonces adquirió tal
validez que aun hoy forma parte de los estudios
historiográficos, de las alusiones a aquella etapa de
nuestra vida nacional e incluso de cualquier discurso
patriótico —de
fuente oficial o no.
No
obstante, cabe preguntarse si se trata de una versión
correcta —en
términos teóricos, objetivos o, si se quiere,
científicos—
de una época como aquella tan dura y amarga como
superada. Pues ocurre que el examen del proceso
histórico que cubre el periodo l902-1958 sugiere otro
enfoque mas preciso. Esto es, a través de esos años la
nación cubana pasó por dos etapas perfectamente
distinguibles. De 1902 a 1934 su dependencia de los
Estados Unidos asumió claramente la forma de un
«protectorado» y solo entre 1934 y 1958 se manifestó
como «neocolonia».
Curiosamente, cuando hemos planteado tal importante
distinción, la reacción de compañeros a quienes admiro
por la seriedad y profundidad de sus reflexiones sobre
nuestra historia, es sorprendentemente negativa. «
¿Protectorado? No, suelen decir; ¡neocolonia!». Tal vez,
ello se deba a un hábito repetitivo, al orgullo del
triunfo alcanzado por la liberación del país de aquella
dependencia o, simplemente a que el término protectorado
evoca ciertas reminiscencias de un método de dominación
que aparte otros rasgos tuvo el humillante de ser
impuesto a naciones más atrasadas.
Pero distinguir el régimen del protectorado (1902-34)
del neocolonial (1934-58) resulta en extremo importante.
El
protectorado —que
nació y se extinguió con la Enmienda Platt—
fue un estadio de dominación imperialista mas abierto,
brutal y lesivo que el neocolonial
—precisamente
además el que permitió a los Estados Unidos colocar
nuestra economía en las condiciones de dependencia que
explican su deformación estructural, vulnerabilidad
externa y subdesarrollo.
El
período neocolonial
—que
se inicia con la abrogación de aquel colgajo
constitucional y termina con el triunfo de la Revolución
en 1959—
también representó una etapa de dependencia y
explotación de Cuba por el vecino norteño, mas para
entonces este tenía ya bien afirmada aquí su hegemonía y
las circunstancias domésticas e internacionales le
obligaban a actuar de manera más sutil y encubierta.
Entre 1902 y 1934, las notas diplomáticas presionantes,
las amenazas de intervención más o menos públicas, el
desembarco de marines y hasta el envío de un procónsul
como Crowder, eran ocurrencias más o menos «normales» y
acá aceptadas con cierta resignación. Tales injerencias
hubieran resultado insólitas entre 1934 y 1958. Cuando a
principios de la década de los cincuenta ciertos
intereses norteamericanos requirieron un cambio en la
política económica de Cuba, se vieron forzados a dar un
golpe de Estado (10 de marzo de 1952), pero utilizando
la CIA para garantizar el secreto de su intervención y
esto se logró con tanta eficacia que aun hay quienes
creen que aquel madrugonazo fue producto de la
iniciativa y las ambiciones de poder de Batista.
Los regímenes de protectorado y neocolonia no deben
confundirse. Representan dos etapas del mismo período
seudorrepublicano, pero de contenido histórico
diferente. Ambos tienen en común, sin embargo, aparte la
dominación imperialista, que solo pudieron ser superadas
por las heroicas luchas revolucionarias del pueblo
cubano.
Protectorado y el caso de Cuba
Pero, ¿qué es un protectorado? Cualquier diccionario
define nítidamente ese término. El de la Real Academia
Española, el francés Larousse, los ingleses Oxford,
Webster y la Enciclopedia Británica, el enciclopédico en
español EDAF, y otros
—todos,
sin falta caracterizan esa condición de dependencia en
términos que se ajustan al caso de Cuba tal y como se
produjo en el espíritu, la letra y la realidad de las
consecuencias de la Enmienda Platt. Algunos lo hacen de
forma un tanto general. Otros tienden a destacar el
aspecto del control, por la potencia dominante, de las
relaciones exteriores o incluso su ejercicio de un
derecho de intervención en los asuntos internos del país
subordinado implicando por tanto una merma de la
soberanía de este.
«The
Columbia Enciclopedia» publicada por esa universidad de
Nueva York —y
es la que este autor suele utilizar por su seriedad—
contiene esta definición:[1]
«Protectorado»
—término
jurídico internacional que describe la relación entre
dos estados uno de los cuales ha sometido a otro el
control parcial o total de sus relaciones exteriores o
le ha otorgado el derecho a intervenir en sus asuntos
internos. El estado subordinado puede rendir una porción
de su soberanía por tratado o luego que el estado
protector ha logrado ello por la fuerza. El protectorado
se distingue de la colonia en que el estado protegido
aun mantiene la soberanía sobre su territorio, el cual
no se incorpora al territorio del protector ni sus
ciudadanos asumen la nacionalidad de este último. Aunque
los protectorados existieron desde los tiempos de
Grecia, Roma, la Edad Media y la era napoleónica, el
propio término tiene un origen reciente y generalmente
se refiere a la relación existente entre una potencia
altamente civilizada y un país atrasado. (Cuba) antes de
la abrogación de la Enmienda Platt (1934) fue un cuasi
protectorado de los Estados Unidos y Haití y Nicaragua
fueron a veces definidos como tales.
Leland Jenks en su clásica obra Nuestra Colonia de Cuba
cita una decena de autores que en los años veinte
clasificaban a nuestro país como protectorado o como una
variante de esa condición que llamaron semiprotectorado
(Buell), protectorado disfrazado (Adams), soberanía
limitada (Culberston) o semisoberanía (Hershey) y así
por el estilo (Jenks: 121).
Décadas más tarde, el también norteamericano Robert F.
Smith, en una obra valiosa por sus aportaciones
documentales, aludió al hecho de que «cuando las fuerzas
norteamericanas se retiraron de Cuba (1902), un cuasi
protectorado quedaba establecido por la adición de la
Enmienda Platt a la nueva Constitución del país»(Smith:
88). El punto de vista europeo se revela en la obra de
los especialistas franceses Raymon Aron y Alfred Grossen
cuando se refieren a la abrogación de la Enmienda Platt
(1934), que «le había otorgado a los Estados Unidos un
cuasi protectorado sobre Cuba» (Aron y Grossen: 142).
Sin embargo, tampoco debemos pasar por alto que nuestro
Emilio Roig de Leuchsenring solía aludir a aquella
condición que nos fue impuesta durante más de tres
décadas calificándola como protectorado. Ello lo hacía
con la prueba documental de sus imprescindibles estudios
sobre la Enmienda Platt. En la obra de Hortensia
Pichardo, aquí y allá
—como
en la de otros autores cubanos—
también puede encontrarse esa definición.
Finalmente, debe aclararse que los «cuasi» y los «semi»
utilizados por los autores norteamericanos y europeos
arriba citados y que tienden a atenuar el carácter de
aquella dependencia están demás. Aunque con ciertas
peculiaridades, el régimen que los Estados Unidos
impusieron a Cuba era un protectorado con todas las de
la ley.
Pronunciamientos en los Estados Unidos
Pero si retrocedemos hacia los tiempos en que se
aprobaba en los Estados Unidos la Enmienda Platt y
ocurrían acá con su imposición las conocidas protestas,
se observará enseguida que aquel aditamento
constitucional no solo se interpretaba como la cobertura
jurídica de un régimen de protectorado, sino también que
alrededor de esa realidad
—y
no de las posibilidades de anexión—
era que tenían lugar los históricos debates de aquel
entonces.
Convertir a Cuba en un protectorado yanqui era
obviamente la intención de los diversos niveles del
Poder Ejecutivo en la potencia norteña.
La
Enmienda Platt, como es sabido, se gestó bajo el
patrocinio de William McKinley, aquel presidente de
apenas ocultas posiciones contra la independencia de
Cuba y tan conocido servidor de los mas poderosos
intereses económicos de los Estados Unidos que, cuando
fue electo, hizo exclamar a los norteamericanos mas
avisados: «La plutocracia ha llegado al poder».
El
caso de Elihu Root
—el
secretario del Departamento de Estado que solía
distribuir su indiscutible talento como jurista entre la
Casa Blanca y su clientela de Wall Street—
merece párrafo aparte.
Root —al
margen de las sugerencias que como antecedente se le
atribuyen a un general Wilson—
ha sido reconocido como el «padre de la Enmienda Platt».
No vamos a referirnos aquí in extenso a su
posible concepción y seguro protagonismo en la
imposición de aquel instrumento intervencionista de
dominación. Sí vale la pena apuntar un dato
—documentado
por Ph. Foner, pero generalmente inadvertido—
que resulta de sumo interés. En los días en que
especulaba con la idea de encontrar una manera de
garantizar el supuesto derecho norteamericano a
intervenir en Cuba cuando asi conviniera a sus
intereses, Root sostuvo una abundante correspondencia
con el Departamento de Guerra. ¿Objetivo? El Secretario
de Guerra solicitaba se hiciera un estudio completo en
base a toda la información disponible sobre el
funcionamiento del régimen de protectorado que
Inglaterra le había impuesto a Egipto en 1898 (Foner:
243).
Pero si el Poder Ejecutivo hacia todo lo posible por
ocultar la verdadera esencia de la Enmienda Platt
—creación
de un protectorado norteamericano en Cuba—
en el Legislativo no dejaron de alzarse las voces de
destacados congresistas que, por diversos motivos,
denunciaban enérgicamente aquella maniobra.
El
senador Morgan, por ejemplo
—ardiente
defensor de la independencia de Cuba antes de
convertirse como sucedió luego en un no menos fogoso
anexionista—
sostuvo un largo discurso que «cuando nos dedicamos a
crear un gobierno independiente en Cuba y después a
ejercer un protectorado o suzeranía sobre ese gobierno,
no hacemos más que separarnos de los límites de que está
investido el Gobierno por la Constitución, tanto en las
ramas diplomática como en la ejecutiva o legislativa»
(Roig : 104) El representante republicano por Maine,
Charles E. Littlefield, fue incluso más terminante:
«Por este ultimátum (la Enmienda Platt), nosotros, en
efecto, asumimos un ‘protectorado’ sobre Cuba, que nos
desvía de nuestra política nacional con un poder que
jamás hemos ejercitado. Dudo que todo eso quepa dentro
de los capítulos de nuestra Constitución y no concibo
que se pueda edificar un ‘protectorado’ sobre los
pilares de la Doctrina Monroe».(Márquez Sterling: 140)
En
términos parecidos se pronunciaron George F. Hoar y
otros congresistas. Sin embargo, como evidencia de las
presiones que se ejercieron sobre esos políticos, debe
notarse que Hoar, finalmente, votó a favor de la
Enmienda y el citado Littlefield sencillamente no votó.
La
actitud de los convencionales cubanos
No
menos significativo es que la mayoría de los
convencionales cubanos que redactaban la Constitución
que habría de regir en nuestro país también eran
conscientes de lo que en realidad representaba la
Enmienda Platt, i.e., un protectorado. Fue con ese
enfoque que Juan Gualberto la sometió a su devastador
análisis y que la Asamblea nombró aquella Comisión para
que viajara a Washington, aclarara la situación y dejara
constancia de las posiciones cubanas.
La
Comisión, cuya presencia fue reflejada allá por la
prensa con altanera hostilidad, aunque no había sido
invitada por el Gobierno de Estados Unidos, recibió sin
embargo un trato oficial más bien respetuoso y amable.
Pudo sostener conversaciones a fondo con Elihu Root,
secretario de guerra y personaje clave en las relaciones
cubano-norteamericanas y la recibió en audiencia
especial el presidente MacKinley, quien le ofreció un
—para
algunos de sus miembros—
impresionante y suntuoso banquete en la Casa Blanca en
el que estuvo presente la crema de la administración y
la política del país. Obviamente, se aplicaba una
táctica enderezada a deslumbrar a la delegación criolla
y amansarla con la idea de las tan buenas como
razonables intenciones de Washington hacia Cuba.
En
una de las entrevistas con Root, tras exponer lo que la
Enmienda Platt como mutilación de la soberanía y su
incompatibilidad con la independencia de Cuba,
respondiendo al argumento de aquel secretario de Guerra
—en
el que este aludía al apéndice como una extensión
efectiva de la Doctrina Monroe que haría imposible el
intento de cualquier otra potencia de dominar sobre Cuba—,
Méndez Capote, que presidía la delegación cubana,
planteó:
«Aun a riesgo de parecer demasiado insistentes, nosotros
(los miembros de la Comisión) agradeceríamos al señor
secretario que concretara mas aun lo que su gobierno
estima sustancial en los ocho artículos de la Enmienda.
Diré con franqueza que no se ha borrado de nuestro ánimo
el recelo fundamentalísimo de que la posición reservada
por la Ley Platt a la República de Cuba se interprete
mas adelante a manera de un simple protectorado o
soberanía, y de ocurrir así, emergerán dificultades para
el reconocimiento de Cuba como miembro de la comunidad
internacional» (Marquez Sterling, op.cit., 220).
Como respuesta, Root reiteró que la Enmienda fue
elaborada con un sentido favorable a Cuba y respeto por
su independencia y al respecto leyó una comunicación de
supuesto autor, el senador Platt, en el que este
aseguraba que aquel texto fue redactado «cuidadosamente
con el propósito de evitar todo posible pensamiento de
que al aceptarla la Convención Cubana produciría el
establecimiento de un protectorado o ‘soberanía’»
(Martínez Ortiz, I, 297). Pero, como observó Foner, «Platt
no mencionaba el hecho de que una gran parte de sus
colegas en el Congreso interpretó la medida como una
violación de la soberanía de Cuba y el establecimiento
de un protectorado norteamericano en la Isla» (Foner,
301)
Root también insistió en que el controvertido artículo
tercero de la Enmienda
—por
el cual «Cuba consiente que los Estados Unidos puedan
ejercer el derecho de intervenir para la preservación de
la independencia y el sostenimiento de un gobierno
adecuado a la protección de la vida, la propiedad y la
libertad individual»—
solo sería de aplicación en el caso de anarquía o de
amenaza extranjera.
Todas aquellas aclaraciones y promesas resultaron luego
puro cuento, pues en la vida real la Enmienda resultó
tal y como lo había previsto Juan Gualberto Gómez en su
impresionante y analíticamente irrebatible voto
particular, —sin
duda uno de los documentos más trascendentales de la
historia de Cuba. Y como es sabido, la Enmienda fue
aprobada.
Alguien estaba ausente
Dieciséis votos estuvieron a su favor, casi todos
determinados por la trágica disyuntiva que en un brutal
ultimátum planteó el interventor Leonardo Wood: se
aceptaba o las tropas norteamericanas de ocupación no se
retirarían de Cuba
—de
donde la aspiración a establecer la república quedaba
relegada a un futuro tan dudoso como lejano e
indefinido. Sanguily
—su
patriótica gallardía diluyéndose en tan dramática como
dolorosa amargura y tratando de preservar por lo menos
lo salvable—
estuvo entre esos votantes.
Once votos se manifestaron en contra, el de Juan
Gualberto desde luego, pero también otros diez
—entre
ellos, con resonancias que aun nos estremecen de
emoción, el de la voz y los gestos desafiantes del
irreductible Salvador Cisneros Betancourt.
Está claro, por supuesto, cuánto influyó en aquel
proceso la ausencia del caído en Dos Ríos.
La
forzada aceptación de la Enmienda Platt
—no
solo añadida al texto constitucional sino poco después
incorporada textualmente a un Tratado Permanente entre
Cuba y los Estados Unidos (1903) significó la derrota de
los que —allá
y aquí—
impulsaban el movimiento anexionista. Pero, al mismo
tiempo, implicó la mediatización de la independencia con
la imposición del protectorado. Como apuntó Leland Jenks
—quien
mientras investigaba aquel proceso tuvo también
oportunidad de vivirlo en sus consecuencias—
ninguno de aquellos conceptos tranquilizadores de Root
se comprobó y «a los pocos años Cuba había llegado a
ser, en realidad, un protectorado de los Estados Unidos»
(Jenks: 102).
El
protectorado sustituye la anexión
En
realidad, la Enmienda Platt fue la expresión jurídica
del protectorado y éste, a su vez, la fórmula que
sustituyó el proyecto de anexión, cuyas perspectivas ya
se agotaban por inviable.
La
anexión era militantemente repudiada por el pueblo
cubano y sus más preclaras figuras patrióticas. Insistir
en ella o intentar imponerla resultaba sin duda riesgoso
para los Estados Unidos. Cuando durante el otoño de 1899
comenzaron a circular rumores de que
—como
paso previo a la anexión—
el interventor militar L. Wood seguiría en el país pero
encabezando un gobierno civil estadounidense permanente
en lugar de un gobierno militar supuestamente temporal,
el clamor de las protestas en Cuba
—la
prensa y las instituciones patrióticas, los veteranos y
las masas multitudinarias de pueblo manifestándose
indignadas en las calles de todo el país—
sorprendió y alarmó de tal manera en Washington que se
tomaron medidas para aclarar la situación (Foner, 200).
Probablemente, además, allá tuvieron en cuenta que
muchos veteranos de la Guerra de Independencia
—como
recién nos enteramos por acuciosas investigaciones de
Jorge Ibarra—
no habían entregado sus armas cuando así oficialmente
decidido en ocasión de su licenciamiento a mediados de
1901 (en la Habana y Oriente, por ejemplo, apenas un 25%
lo hizo).
En
los propios Estados Unidos la idea de la incorporación
de Cuba estaba bien lejos de ser unánime. Además de
criterios racistas, intereses remolacheros y otros
económicos, el gobierno norteamericano debía tomar en
consideración que, si su intervención en el conflicto
cubano-español tenía el respaldo legislativo de la
Resolución Conjunta, esta incluía un cuarto párrafo (el
famoso «inhibitorio») declarando «no tener disposición
ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o
control sobre dicha Isla (Cuba), excepto para su
pacificación y, lograda esta, afirma su determinación de
dejar el gobierno y control de la Isla a su pueblo».
El
propio senador O. Platt, cuyo nombre asumió la Enmienda
aunque no fue su autor, escribió por aquellos días una
carta a Edwin F. Atkins
—aquel
inversionista azucarero yanqui tan connotado por sus
intrigas contra la independencia de Cuba—
en la que reconocía lo arriba expuesto. Roig, citando a
H. Portell Vilá, reproduce parte de aquella epístola en
que Platt confesaba que «la Enmienda es un sustituto de
la anexión, porque había una foolish resolution (tonta
resolución) que nos impedía llevar a cabo la anexión; es
decir, porque había Joint Resolution era necesaria la
Enmienda Platt... o no había República de Cuba»(Roig:
120).
Desde luego, como se expone mas arriba, la Resolución
Conjunta no era el único obstáculo para la anexión. Esta
contaba aun, indudablemente, con partidarios
—en
los Estados Unidos y en Cuba—,
pero todo sugiere que la mayoría no dejaba de comprender
la imposibilidad de lograrla.
Como resultado de esa situación, la lucha contra el
anexionismo debió ceder su prioridad, para las fuerzas
patrióticas, a la lucha contra el nuevo y objetivo
peligro: el protectorado. Más claro, la batalla por la
nación que enfrentaron los cubanos entonces no consistió
en la derivada de la contradicción anexionismo vs
independencia sino la de protectorado vs. independencia.
Consecuentemente, aquí sugiero la tesis
—sujeta
por supuesto a mas amplias y profundas investigaciones,
a análisis rigurosamente objetivos y, cómo no, a debates—
de que la etapa histórica republicana comprende dos
períodos bien definidos: uno de protectorado que rigió
durante la vigencia de la Enmienda Platt (1902-1934) y
otro, este sí, neocolonial que comprende los años que
corren entre 1934 y el triunfo de la Revolución en 1959.
La
exposición que sigue, por tanto, esta organizada
considerando esa evolución.
Primera Parte: El protectorado 1902-1934
La
condición de protectorado en Cuba no se impuso en la
práctica de sus términos y consecuencias como quien dice
de golpe y porrazo. Las formas operativas en que los
Estados Unidos interpretaron y aplicaron la Enmienda
Platt asumieron un carácter cambiante, i.e., ajustadas a
la dinámica de la evolución del capital invertido en la
Isla y a las circunstancias domésticas e internacionales
en que este se desenvolvía.
La
intervención abierta de 1906-09, que implicó la
reocupación militar y el establecimiento de un gobierno
provisional encabezado por un norteamericano,
aparentemente tan lógica como radical y efectiva dada la
coyuntura en que se produjo, no volvió a repetirse. En
realidad, resultaba un método en la práctica poco
eficiente, burdo y escandaloso, amén de un alto costo
político para los propios Estados Unidos. Se hizo
entonces imprescindible diseñar y utilizar un nuevo
mecanismo de intervención que permitiera lograr un
ejercicio de dominación hegemónica sin aquellos
inconvenientes.
Ello demandó un nuevo y reinterpretativo enfoque de la
forma de utilizar la Enmienda Platt y que consistió en
el llamado «injerencismo preventivo».
Con su perspicacia habitual, Leland Jenks apreció el
significado de ese cambio.
«La política exterior de Taft y Knox abandonó
bruscamente la dirección que le habían impuesto
Roosevelt y Root...El Tratado (Enmienda Platt) nos
obligaba a intervenir bajo ciertas condiciones; como
esta intervención podía no ser conveniente desde el
punto de vista de la política exterior, así como en lo
que afectaba a nuestras relaciones con el resto de
América, había que evitarla siempre que se pudiera.
Hasta aquí llegaron Roosevelt y Root en sus
razonamientos. Luego añadimos el corolario de que
Norteamérica tenía el deber
—y
con el deber el derecho—
de procurar que no se produjera la causa de la
intervención. Debíamos interponernos oficialmente para
evitarla... Y así nació lo que el Presidente Taft llamó
‘política preventiva’, que dominó las relaciones de los
Estados Unidos con Cuba por lo menos hasta 1923». (Jenks:
120)
La
paternidad de la nueva fórmula suele acreditarse al
presidente Taft, quien la definió una vez diciendo que a
tenor de la Enmienda Platt las atribuciones de los
Estados Unidos consistían en «inducir a Cuba que evite
todo motivo que haga posible o necesaria la
intervención». Por intervención se entendía entonces el
envío de buques de guerra, desembarco de marines y
establecimiento de un gobierno provisional
norteamericano
—como
ocurrió en 1906-09.
Quizá fue Taft realmente quien primero concibió aquella
política preventiva o, como se la conoció luego,
práctica del «injerencismo preventivo». Era un hombre
alto y corpulento, austero y sustentador de ciertos
principios conservadores. No obstante su experiencia
colonialista como gobernador de Filipinas y su
conocimiento de Cuba
—aunque
limitado a su papel como iniciador de la intervención de
1906-09 durante un par de semanas—
la trayectoria de su carrera político-burocrática había
sido bastante opaca. Durante sus últimos años, como
jubilado, confesó una vez que «nunca recuerdo haber sido
presidente» —un
olvido que por cierto también compartía el pueblo
norteamericano.
Sin embargo, uno tiende a sospechar
—como
probablemente también lo hará el lector al considerar
los datos que enseguida voy a exponer que la autoría,
concepción y primera aplicación de la mencionada
política corresponde mas bien a Philander Ch. Knox.
Este, secretario de Estado durante la administración de
Taft —cargo
que también detentó con McKinley y Roosevelt, aparte
algún periodo como senador—
era un personaje de mucho más colorido y trastienda.
El
escenario profesional de Knox fue siempre el estado de
Pennsylvania —el
emporio minero norteamericano—
donde desde joven logró acumular una pequeña fortuna
poniendo su brillante talento de abogado al servicio de
las más poderosas corporaciones de negocios. Su primer
gran cliente había sido Andrew Carnegie
—el
célebre magnate del acero—
y fue probablemente entonces que conoció a su segundo,
Charles M. Schwab, quien mas tarde fundaría y dominaría
la Bethlehen Steel Corporation. Luego se unió a otra
famosa pareja de la oligarquía monopolista
norteamericana: A. Mellon (bancos) y H. C. Frick (carbón
y acero). El trío Mellon-Frick-Knox, con sus recursos
multimillonarios y escándalos en el mundo de los
negocios, llegó a representar parte bien característica
de la historia de los Estados Unidos a fines del XIX y
principios del XX.
Este personaje, continuador de la línea expansionista
que caracterizaron a Hay y a Root como secretarios de
Estado, resultó también anticipador de la típicamente
imperialista «diplomacia del dólar» que impulsarían sus
sucesores en el mismo cargo, pero bajo la administración
de Wilson.
Knox, fue en efecto, quien llevó a cabo los iniciales
ejercicios de prueba del injerencismo preventivo, cuando
en 1912 estalló aquí la insurgencia del llamado Partido
de los Independientes de Color, reprimida al costo de
más de 3 mil negros muertos. Pues, apenas recibida la
noticia del alzamiento, tomó medidas para que se
enviaran a Cuba 500 marines fusileros, mientras cuatro
acorazados zarpaban desde Key West y 5 mil soldados eran
puestos en alerta de combate para partir hacia la parte
oriental de la Isla.
El
30 de mayo, unos días después del comienzo de la
insurrección, los marines desembarcaron en Daiquiri y el
1ro. de junio Knox enviaba un despacho a su ministro
(embajador) en La Habana dándole instrucciones de que
tomara medidas para «proteger las compañías Spanish
American, Juraguá y Cuba Copper», enfatizando que «esto
es importantísimo». (Jenks: 129). Poco después, los
marines ocupaban Guantánamo, El Cobre, centrales
azucareros y puntos estratégicos de las vías
ferroviarias de esa región.
Las empresas norteamericanas para las que Knox urgía
protección estaban vinculadas a intereses del sector
minero y metalúrgico de Pennsylvania, el estado donde
desenvolvía sus actividades profesionales y políticas.
La Juraguá Iron Cop., por ejemplo, era subsidiaria de la
Bethlehem Steel Corp., que literalmente manejaba Ch. M.
Schwab —el
viejo amigo de, la Knox. Con el tiempo Bethelehem llegó
a ser la segunda empresa metalúrgica mas poderosa del
mundo (la primera siempre fue la US Steel Corp.,
procedente de la fusión por Morgan de las compañías de
Carnegie y otras, y que también habían sido dirigidas
por Schwab).
Todo esto tiene cierta significativa importancia
histórica, pues parece que fue la primera vez que
intereses de la oligarquía ostentadora del poder
económico y político en los Estados Unidos desempeñaba
un papel entromisor en las relaciones
cubano-norteamericanas. Ello ocurrió en los términos de
aquella reinterpretación de la Enmienda Platt que
permitía ejercer el protectorado a través de la fórmula
del «injerencismo preventivo». En el caso arriba
expuesto, utilizando el recurso mas bien extremo del
desembarco de marines, pero luego aplicando otros más
discretos aunque no menos efectivos.
Precisamente, por aquellos años, que fueron los de la
presidencia de José Miguel Gómez, la corrupción
administrativa existente dio la oportunidad a los
Estados Unidos de aplicar otros mecanismos de
intervención —entre
ellos, por ejemplo, presiones diplomáticas como las que
tuvieron lugar cuando los escándalos del «Chivo del
Arsenal», las concesiones para la explotación de la
Ciénaga de Zapata, el dragado de los puertos, el
ferrocarril Nuevitas-Caibarién y otros sonados episodios
de venalidad oficial que en Washington se estimó no
convenía a sus intereses.
Pero el injerencismo solo resultó posible aplicarlo en
toda la variedad de sus recursos instrumentales en una
etapa posterior: la que siguió en los Estados Unidos a
la administración de Taft y aquí a la de Gómez. Esto es,
durante el sorprendentemente breve lapso de la década
que corre entre 1914 y 1923. Fue entonces cuando la
condición de protectorado llegó a su apogeo como marco
de aquellos cambios económicos
—con
su correspondiente envoltura de incidencias políticas—que
se tradujeron en la absoluta hegemonía del gobierno y el
capital norteamericanos sobre Cuba y sentaron las bases
de nuestra vulnerabilidad externa, subdesarrollo y
dependencia.
A
la forma en que ello tuvo lugar
—de
consideración verdaderamente clave para la comprensión
de nuestra historia republicana—
voy a referirme ahora. Mas, por razones de espacio,
deberé hacerlo no solo de manera en extremo sucinta,
sino también utilizando como eje expositivo el caso
azucarero. El proceso histórico real involucró desde
luego otros sectores (minería, manufactura, servicios
públicos, comercio exterior y fisco, banca y moneda,
deuda externa, etcétera) pero
—habida
cuenta la necesidad de resumir—
la evolución de aquella llamada nuestra primera
industria sirve bien para revelar las líneas
fundamentales de lo ocurrido.
Inversiones norteamericanas en el azúcar
El
movimiento de capitales norteamericanos hacia el sector
azucarero de Cuba se inició a fines del siglo XIX y
tenía el carácter de inversiones individuales o
familiares. Típicas fueron las de empresarios como E.F.
Atkins, M. Rionda, H. Kelly y otros, que se hicieron en
conjunto tal vez de una docena de ingenios.
Representaban operaciones llevadas a cabo en las
condiciones de libre concurrencia que caracterizaban
entonces el capitalismo en los Estados Unidos.
Pero en ese país bien pronto se inició una etapa de
tendencias monopolistas que en la alborada del siglo XX
ya culminaba con la aparición de sociedades anónimas o
corporaciones que levantaban su capital emitiendo
acciones y bonos. Algunos grupos inversionistas
—atraídos
por la tradición productora de Cuba, las garantías
políticas que ofrecía la Enmienda Platt y otras
facilidades—
se dirigieron a la Isla comprando o construyendo
centrales. Se habían iniciado así los tiempos de las
sugar companies y la erección de aquellos gigantes de la
producción azucarera
—como
los centrales Francisco, Boston, Merceditas, Chaparra,
Delicias y otros—
que fueron, por cierto, los que llevaron hasta sus
últimas consecuencias un patrón de desarrollo azucarero
que había comenzado a definirse a finales del siglo XIX,
pero que ahora asumía una estructura mucho más
consolidada y definitiva.
En
la zafra de 1913-14 participaron 174 centrales y aunque
solo 38 de ellos eran propiedad de compañías
norteamericanas, representaron el 39% de la producción
azucarera de ese año. No obstante ello, hacia entonces
el capital procedente de los Estados Unidos, aunque
había logrado tan significativa penetración en ese y aun
otros sectores, no dominaba por completo la economía
cubana. Apenas superaba, si lo superaba, el monto de
otras inversiones extranjeras (como las inglesas) o las
mas importantes (domésticas españolas y cubanas).
Además, también en aquel año, resultó evidente que
incluso en el sector azucarero asomaban las más sombrías
perspectivas dado que el mercado norteamericano absorbía
una proporción cada vez menor de las zafras y se
acumulaban excedentes que ejercían una presión bajista
sobre los precios.
Lo
que salvó entonces la situación
—suerte
de esa combinación de esfuerzos y milagros que tantas
veces vino en auxilio de la economía cubana en los
momentos más críticos—fue
el estallido de la Primera Guerra Mundial.
El
trasfondo de las vacas gordas
Aquella conflagración devastó las áreas europeas de
azúcar de remolacha cuya producción descendió del
promedio de 7.5 millones de toneladas en 1911-14 (39.5%
del total mundial) a 3.2 millones al término del
conflicto (20%). Demoraría unos cuantos años en
recuperarse.
Ello creó un espacio en el mercado del dulce cuya
demanda Cuba era entonces el país mas apto para
satisfacerla. La zafra de preguerra de 1913-14 promedió
2.5 millones de toneladas largas (14.1% de la producción
mundial). La de 1917-18 alcanzó 3.5 millones (25.1% de
la mundial).
Dado el correspondiente auge de las inversiones, la
producción exportable y su efecto multiplicador en la
economía, el país comenzó a vivir uno de los períodos
que tradicionalmente se han llamado aquí de «vacas
gordas». Mas, obviamente, aparte la captación de
ganancias por los capitalistas extranjeros
(norteamericanos sobre todo) y otras filtraciones, dada
la desigual distribución de ingresos imperante, los
principales beneficiarios en el país de la próspera
coyuntura económica fueron los miembros de la oligarquía
doméstica y otras capas a ella vinculadas.
Ello se reflejó particularmente en la Habana, ahora
centro dinámico de amenidades, sucesos culturales y
emprendimientos urbanísticos.
El
inicio del «boom» se reflejó en un gran espectáculo
deportivo al que financiaba el dinero que corría y se
arriesgaba en apuestas: en el Oriental Park de Marianao
se celebró aquella célebre y discutida pelea por el
campeonato mundial de los pesos completos en que el
ebánico e imbatible Jack Johnson pareció
—solo
pareció—
ser noqueado por Jess Willard. Por los teatros de la
Habana desfilaron, entre otras, las grandes luminarias
de la danza (Anna Pavlova) y la opera (Caruso). El
tránsito por las calles se complicó con una
impresionante circulación de automóviles. En los
numerosos solares aun vírgenes del Vedado los espacios
se cubrieron de suntuosas residencias cuya mezcla de
lenguajes arquitectónicos muestran los recuerdos que de
sus viajes por París y Roma guardaban sus acaudalados
propietarios. Otros, aun mas opulentos y probablemente
sin saber que sus gustos partían de reminiscencias de
periplos a Nueva York, decidieron levantar sus
espléndidos palacetes al otro lado del río Almendares,
donde desde 1918 se definía ya el trazado de la
bellísima Quinta Avenida, eje de un nuevo reparto
exclusivo: Miramar (E.L. Rodríguez:125).
Todos estos —a
veces prodigiosos—
acontecimientos, como se apuntó, tenían como trasfondo
la evolución azucarera. En Europa se cavaban trincheras
en medio del fragor de la artillería, las destrucciones
materiales y las bajas humanas a escala. Pero en los
Estados Unidos, que desde la primavera de 1917 se había
incorporado al conflicto declarándole la guerra a
Alemania y sus aliados, la economía experimentó
—bajo
el impacto del auge de sus exportaciones—
un crecimiento tan acelerado como sin precedentes. Ello
se reflejó en un alza de la demanda azucarera que
estimuló, como también se señaló mas arriba, un
incremento de un millón de toneladas en las zafras del
periodo 1914-18, a precios discutidos pero finalmente
aceptables. Sin embargo, en el sector azucarero
ocurrieron también en esos años otros procesos de
extrema importancia
Las pequeñas empresas norteamericanas de capital
individual de fines del XIX habían sido absorbidas o
desaparecido con el surgimiento durante los tres
primeros lustros siguientes de las sugar companies.
Pero, con el estallido de la Guerra Mundial, se produjo
un nuevo fenómeno que habría de cambiar radicalmente el
curso de la historia de Cuba.
Wall Street entra en escena
En
los Estados Unidos, desde fines del siglo XIX, se había
ido formando una oligarquía financiera que tenía por
sede de sus negocios el renombrado Wall Street de Nueva
York y por cabeza dirigente la conocida Casa Morgan. En
conjunto —aparte
las rivalidades, a veces violentas y escandalosas de sus
miembros—,
representaba una especie de cofradía del dinero que
dominaba sobre poderosas redes monopolistas de empresas,
servicios públicos como ferrocarriles y bancos, cuyos
recursos aumentaban día por día con la prosperidad
económica generada en el país por la guerra.
Al
estallar la conflagración mundial, personajes de
aquellos clanes financieros
—inicialmente
algunos con experiencia y vínculos relacionados con la
industria azucarera insular, como Manuel Rionda y E.F.
Atkins—
advirtieron de inmediato las oportunidades que para la
colocación de excedentes de capital ofrecía el derrumbe
de la producción remolachera europea, la apertura de
mercados con una demanda así insatisfecha y el propio
auge del consumo norteamericano del dulce. Y, si tal era
la coyuntura, ¿cuál mejor paraíso de inversión
—natural,
técnica y políticamente—
que Cuba?
La
Cuba Cane Corporation y la Punta Alegre Sugar Company
fueron pioneras en el proceso que de esta manera se
desencadenó.
La
Cuba Cane fue seguramente una iniciativa de Manuel
Rionda. Despegó con un capital de $50 millones
—en
1915 una cifra sensacional—
y con ellos emprendió una relampagueante campaña de
adquisiciones. En unos meses se hizo entonces de
diecisiete centrales (ocho de los cuales, por
irrentables, desmanteló o revendió mas tarde); pero en
1923-24 aun tenía en operación siete moliendo cañas de
las 25 278 caballerías (338 775 ha) de sus inmensos
latifundios: y que representaron nada menos que el 18.4%
de la zafra de aquel año.
Casi al mismo tiempo que la Cuba Cane, 1915, surgió la
Punta Alegre Sugar Co. Uno de los impulsores fue Edwin
F. Atkins. Inició sus operaciones construyendo el
central de ese nombre en Camagüey y enseguida fue
controlando otras compañías hasta poseer seis unidades
de gran capacidad de producción. Su expansión
latifundiaria fue impresionante. El año de su fundación
había despegado con 1 060 caballerías, (14 204 ha), pero
una década mas tarde era dueña de 9 122 caballerías (122
235 ha.)
Pudieran citarse otros ejemplos de aquella evolución.
Todos los casos, sin embargo, mostrando un rasgo común:
no se trataba de inversionistas individuales como a
fines del siglo XIX ni de compañías más o menos
independientes como a principios del XX. Las nuevas
corrientes de capital procedían de la ahora poderosa
oligarquía financiera. En la Cuba Cane, tras algunas
bajas, se podían identificar desde luego los intereses
de Rionda, pero también de la Casa Morgan, J. & W.
Seligman y otros. En la Punta Alegre estaban presentes
el Chase National Bank, Brown Brothers, Hayden & Stone y
otros.
Más claro: la crema de Wall Street.
Y,
por cierto, particularmente cuando
—como
luego veremos—
entró en escena el National City Bank, todos ellos
componentes de aquella vanguardia imperial que
protagonizó en el Caribe (Nicaragua, Haití, Santo
Domingo) las intromisiones, violencias y saqueos de la
era de la «diplomacia del dólar» y su acompañante, la
«política de las cañoneras» (Pino Santos, passim, 1973).
Por otro lado, durante aquellos años ¿cómo funcionó
aquella modalidad del protectorado que fue el «injerencismo
preventivo»?
Apogeo del protectorado
Los nuevos y mas poderosos e influyentes grupos
capitalistas norteamericanos que comenzaron a arribar
aquí alrededor de 1914-15 exigieron, no cabe dudarlo,
mayores garantías y facilidades para sus inversiones.
Las obtuvieron, por supuesto, desde el primer momento y
con ciertas coyunturas de mercado favorables mas las
condiciones de protectorado
—exprimidas
hasta sus últimas consecuencias—
lograron una impresionante expansión de sus intereses en
Cuba.
A
decir verdad, es en el periodo sorprendentemente breve
de apenas una década
—la
que corre mas o menos entre 1914-15 y 1922-23 cuando los
capitalistas de los Estados Unidos se hacen
prácticamente dueños de los recursos naturales y la
economía cubana
—un
fenómeno solo posible por el apoyo que tuvieron de su
gobierno en Washington, que entonces llevó la política
injerencista a los niveles mas escandalosos. Fueron años
cruciales durante los cuales
—dentro
de los marcos de un régimen de protectorado que había
llegado a su apogeo—
la penetración y hegemonía económica imperialista dejó
marcada en Cuba la impronta de la deformación
estructural, el subdesarrollo y la vulnerabilidad
externa.
Un
conjunto de circunstancias coincidió
—o
se las hicieron coincidir—
para que ello ocurriera. Solo voy a mencionar algunas y
ello de modo bien sumario. En primer lugar la existencia
en Estados Unidos de una oligarquía financiera.
Esa oligarquía se había comenzado a formar, según
avanzaba el régimen oligopolista, hacia fines del XIX,
desarrollándose desde principios del XX y alcanzando la
cima de su poder con la Primera Guerra Mundial. Cuando
ésta terminó, los Estados Unidos
—que
habían aprovechado bien aquel conflicto—
era indiscutiblemente la primera potencia del planeta y
no solo en lo económico. Protagonista decisivo de la
evolución de aquella oligarquía casi desde su nacimiento
fue la Casa Morgan, a su vez, el clan financiero
dominante en Cuba.
En
segundo lugar, con Woodrow Wilson en la Casa Blanca
(1913-21), la política imperialista norteamericana
alcanzó rasgos de desfachatez y violencia sin precedente
histórico hasta entonces.
El
presidente Wilson era un personaje de notables
antecedentes académicos y contradictorio carácter a
quien se suele recordar por su esfuerzos en aquella
famosa Sociedad de las Naciones (antecedente de la ONU)
en cuyo programa había inscrito el derecho de las
naciones a su autodeterminación. Parece el propio Wilson
interpretaba ese principio de manera bien peculiar, pues
fue bajo su administración que tuvieron lugar las
intervenciones mas abiertas, cruentas y groseramente
imperialistas que recuerdan los anales de los Estados
Unidos y nuestra región caribeña.
México nunca podrá olvidar las provocaciones de Tampico,
la toma de Veracruz y la invasión de 1916. Y, si
Nicaragua también tuvo lo suyo, ello parecería poco
comparable con la trágica y larga brutalidad de las
ocupaciones militares de Haití y Santo Domingo. Veremos
enseguida el caso de Cuba. Pero todo ello, por cierto,
nos hace recordar que esos hechos tuvieron lugar cuando
la política exterior norteamericana estaba en manos de
Willian J. Bryan, aquel furibundo antiexpansionista de
antaño que ahora
—bajo
la administración de Wilson—
llegó a convertir el Departamento de Estado en una
sucursal del National City Bank.
En
tercer lugar, el régimen de protectorado pudo contar en
Cuba con la complicidad del bloque oligárquico doméstico
y su brazo representativo de partidos, caudillejos y
politicastros que competían por el apoyo yanqui en sus
luchas por el poder. Tal cooperación, particularmente
decisiva a nivel de la presidencia de la república,
funcionaba con una suerte de cadena de transmisión cuyos
eslabones incluían el poder legislativo, el judicial,
las fuerzas armadas y la prensa. Resulta inevitable en
tal sentido aludir el caso paradigmático de la
presidencia de Menocal.
Mario García Menocal
—quien
llegó a alcanzar el grado de general durante la Guerra
de Independencia y, tras ocupar algunos cargos oficiales
durante la intervención norteamericana de 1898-02, se
desempeñó como administrador del coloso azucarero
«Chaparra» de la Cuban American Sugar Co.
—protagonizó
durante esa trayectoria una carrera política que le
llevó a la jefatura del Partido Conservador y en 1916 a
la presidencia del país. Su porte algo aristocrático,
inglés ranciamente bostoniano (se había formado
profesionalmente como ingeniero en los Estados Unidos) y
astucia de caudillo partidista, le permitieron no solo
multiplicar el millón de pesos con que llegó a aquel
acto cargo en una fortuna de más de $40 millones, sino
también ejercer un gobierno cuyo autoritarismo estaba en
funciones de una supeditación absoluta a los intereses
norteamericanos.
Con Menocal, quien ascendió al poder coincidiendo con el
inicio de la penetración en el sector azucarero cubano
por los poderosos
—y
en Washington influyentes—
clanes financieros de Wall Street, el régimen de
protectorado comenzó a alcanzar aquí una máxima
expresión. La identificación de su gobierno con la
política de los Estados Unidos hacia Cuba era absoluta y
facilitaba todo el diapasón del intervencionismo
—desde
la complicidad en las decisiones de envío de marines,
hasta la represión del movimiento obrero cuando este
afectaba la producción o las ganancias de las empresas
aquí establecidas por los inversionistas vecinos. Es así
cómo su instrucción a la Guardia Rural que exigía
«mantener el orden a toda costa durante la zafra»
encontraba a los trabajadores tan avisados que entre
ellos se habían popularizado aquellas coplas
reminiscentes de los lastigazos con que se azotaba a los
esclavos en otros tiempos («tumba la caña, anda
ligero/mira que ahí viene el mayoral/sonando el
cuero/mira que ahí viene Menocal, sonando el cuero».).
Menocal disfrutó siempre del más sostenido
—y
por él reciprocado—
apoyo de los Estados Unidos.
Cuando a principios de 1917 estalló la revuelta militar
liderada por el Partido Liberal en protesta por los
fraudulentos comicios con los que aspiraba a reelegirse
y mantenerse en el poder, conocida como La Chambelona,
en Washington se reaccionó de inmediato con una
declaración de apoyo a su «gobierno constitucional» y
una condena de la «revolución (sic) ilegal e
inconstitucional». Una semana más tarde, el 26 de
febrero, los marines desembarcaban por Guantánamo y poco
después ocupaban Nuevitas y Mayarí. Era como acción de
puro oficio —por
mantener vivo el principio del derecho a la intervención—,
pero también respuesta a la urgente solicitud de
proteccióon planteada por las empresas norteamericanas
establecidas en Oriente y Camagüey
—aparentemente
afectadas por reales o posibles sabotajes de los
alzados.
El
estacionamiento de un número de marines y otras fuerzas
regulares continuó acrecentándose aquel año por lo menos
hasta agosto, cuando llegaron como relevo tropas
supuestamente para «entrenarse en una clima invernal
benigno». Se trataba, en realidad, de justificar aquella
ocupación militar yanqui de parte del territorio cubano
montando una comedia según la cual Menocal ofrecía ese
espacio como contribución de Cuba al esfuerzo de guerra
de los Estados Unidos (debe recordarse que nuestro país
se había aliado al poderoso vecino contra Alemania solo
24 horas después de este declararle la guerra).
Tres años más tarde, en septiembre de 1920, el Ministro
de Estados Unidos en Cuba, argumentando que las
propiedades azucareras norteamericanas en Camagüey
corrían peligro, pidió se reforzaran aquellas tropas con
500 hombres adicionales, Menocal, advertido, comunicó a
Washington enseguida que ello no era necesario, que él
podía controlar cualquier situación y que un acto más de
intervención sí podía desatar un ataque popular en gran
escala contra aquellas propiedades. Consultado el
presidente Wilson acerca de lo que se debía hacer, este
—probando
el grado de confianza que tenía en su homólogo cubano—
dijo que Menocal seguramente había apreciado la
situación correctamente, que Estados Unidos solo
intervendría en caso de revolución y que «cualquier
movimiento prematuro podía en efecto provocar el
desencadenamiento de lo que queremos prevenir» (Smith:
84).
Las tropas yanquis estacionadas en Cuba se mantuvieron
hasta 1922, cuando
—como
irónicamente comentaba Jenks
—
el presidente Zayas le recordó al gobierno de Estados
Unidos que aquellos efectivos fueron enviados a nuestro
país con motivo de una guerra que había terminado cuatro
años atrás.
Por otro lado, esas intervenciones constituían solo
acciones llevadas a cabo en el marco político de un
protectorado cuya función era aun más fundamentalmente
económica y que como tal hizo posible aquí la hegemonía
absoluta de los capitales norteamericanos.
La
forma no solo acelerada e imprevista, sino también
dramática en que ello tuvo lugar es lo que vamos a ver
enseguida.
«La Danza de los Millones»
Las clases dominantes norteamericanas
—y
Wilson particularmente—
eran decididos partidarios de una política de laisser
faire—i.e.,
liberal—
en la economía. Sin embargo, la entrada en el conflicto
europeo al declararle la guerra a Alemania (abril de
1917) cambió la situación de tal manera que se hizo
necesario aplicar todo tipo de controles estatales a esa
actividad —desde
sectores como el naviero y de servicios públicos que
pasaron a manos del gobierno hasta la creación de
numerosos organismos regulatorios de la producción y los
abastecimientos. Uno de ellos fue la Administración
Nacional de Alimentos (US Food Administration) y en esa
onda, mas tarde, la Junta de Estabilización del Azúcar (Sugar
Equalization Board), presidida por Wilson y con
facultades para adquirir las zafras cubanas a precios
por ella misma fijados.
Particularmente aquella política de precios resultó
fuente de conflictos y acciones intervencionistas. A la
zafra de 1917-18 se le fijaron 4.60 ct/lb. Y, mientras
se negociaba otro mas justo, los embarques desde Cuba se
paralizaron. La respuesta de la administración Wilson
fue inmediata: se ordenó la suspensión de las
exportaciones de trigo y carbón hacia Cuba, i.e.,
históricamente el primer bloqueo económico
norteamericano contra nuestro país.
Sin embargo, el gran problema surgió con la zafra de
1919-20. ¿Se vendería también en condiciones de
intervención oficial? Si era así, ¿a cuál precio? O, por
el contrario. ¿Se liberaría el azúcar de los controles
de guerra permitiéndose la venta libre y el precio que
determinara el libre juego de la oferta y la demanda?
Finalmente, esto último fue lo que ocurrió, pero la
incertidumbre inicial y otros factores dieron alas a un
alza sin precedentes en las cotizaciones del dulce.
Rumores carentes de base objetiva, declaraciones de
personajes oficiales y, sobre todo, una increíble
campaña de prensa en los medios norteamericanos
anunciando una tan supuesta como inminente escasez,
impulsó los precios de manera desatinada. El alza era
evidente a fines de 1919, pero continuó durante las
primeras semanas del año siguiente. En marzo de 1920 ya
se cotizaba a 12 ct. /lb. Y el 19 de mayo catalogó ya
como fecha para recordar: 19.5 ct. /lb.
Las repercusiones en Cuba de aquella marejada
especulativa fueron tremendas.
Aquí, una frenética locura mercantilista comenzó a
sacudir y extenderse en ciertas clases y capas sociales.
Hacendados, colonos, corredores, banqueros y negociantes
de cualquier linaje se dieron a la especulación con un
hasta entonces desconocido espíritu de negocios. Se
apostaba al azúcar en cada esquina. Se compraban y
vendían inmensos cañaverales e innúmeros ingenios
—grandes,
pequeños, nuevos y viejos, eficientes e ineficientes.
Toda esta delirante atmósfera la provocaba un tan
sencillo como aparentemente sólido razonamiento: los
contratos azucareros se hacían en mayo a alrededor de 20
ct. /lb, un precio de fantasía, pero ¿quién podía poner
en duda las afirmaciones de la prensa y otras fuentes
norteñas de que llegaría a 40 ó 50 centavos?
Colonias de caña y centrales azucareros cambiaban de
propietarios constantemente. Según una fuente, en
aquellos días fueron objeto de compraventa cerca de 50
ingenios (Jenks: 211). Un buen número los adquirieron
compañías norteamericanas y a precios de locura. El
propio Jenks cita el caso de un hacendado, que he
logrado identificar como cierto Pelayo, dueño del
ingenio «Rosario» cerca de La Habana, quien se dispuso a
venderlo en $4.5 millones... « ¡Ni un centavo menos!».
Su estupefacción no tuvo límites cuando un magnate
norteamericano de la industria del chocolate, A. Hershey,
se le presentó como comprador y, sin dejarle hacer su
proposición, le paró en seco diciéndole: «No vamos a
discutir. Le pago por el ‘Rosario’ $8 millones: ¡ni un
centavo más! Los toma o los deja». El hombre solo pudo
creer que no estaba soñando cuando unas horas después
firmó el contrato y recibió el cheque.
La
catástrofe
Súbitamente, hacia los Estados Unidos comenzó a fluir
una corriente de azucares hasta entonces
«invisibles»(sic) que llegaba desde los mas
imprevisibles y remotos lugares del mundo, llenando
hasta el tope los almacenes portuarios, abasteciendo las
industrias, refinerías y consumidores, convirtiendo la
presunta escasez en puro aguaje de los especuladores. El
precio comenzó a bajar con la misma vertiginosidad con
que había subido. En junio comenzó a temblequear por
debajo del nivel fabuloso de 19.5 ct/lb. del mes
anterior. En julio ya había descendido a 15.5. En agosto
a 11. A 8 en septiembre. A 6 ct/lb. en octubre.
En
solo cuatro meses se pasó del delirio a la euforia, al
azoramiento y, a seguidas, a la preocupación, la alarma
y el pavor.
Después de todo 6 ct/lb. no era un mal precio. Pero el
caso es que el azúcar y otros negocios habían girado
alrededor de una cotización de 20 ct./lb y con
pronósticos de que llegarían a 30, 40, 50 centavos.
Las peticiones de préstamos, las promesas de pago con
garantía hipotecaria, en fin, todas las inversiones y
gastos se fundaban en tales expectativas. De modo que,
cuando estalló la burbuja, todo el mundo se encontró al
descubierto, endeudado hasta el cuello y sin
posibilidades de cumplir con los acreedores que tocaban
a la puerta.
Los que habían hecho negocios en base a aquella ilusoria
coyuntura, aprovechando la imprudente liberalidad de los
préstamos bancarios, ahora no podían hacer honor a estas
deudas y los bancos a su vez,
—como,
por tanto, no podían recuperar sus préstamos—,
tampoco estaban en condiciones de devolver a los
ahorristas los fondos que les habían confiado. La crisis
no se hizo esperar.
El
6 de octubre de 1920 el Banco Mercantil comenzó a doblar
campanas anunciando el agotamiento de sus fondos. Fue la
señal. Ese mismo día una multitud se agolpaba frente al
Banco Español que en solo unas horas tuvo que pagar $9
millones de lo poco que le quedaba en caja. El día 8 los
reclamantes tenían prácticamente sitiado el Banco
Internacional. Y lo mismo, ante el rumor de que sus
fondos estaban casi exhaustos, ocurría con el llamado
Banco Nacional. Por doquier muchedumbres enloquecidas
por el pánico reclamaban su dinero.
Era el amargo despertar de la Danza de los Millones.
Pero, como en la genial síntesis del cuento ahora
célebre de Augusto Monterroso, «cuando despertó, el
dinosaurio todavía estaba allí».
Y
lo representaban los intereses más poderosos de Wall
Street, que si no en acecho, al menos disponían de los
mecanismos para aprovechar al máximo cualquier
oportunidad que se presentara de ampliar, profundizar y
consolidar sus negocios en Cuba.
Probablemente muy pocos investigadores analizaron ese
período de nuestra historia con la certera anticipación
que lo hizo Leland Jenks hace ya mas de 70 años.
«La Danza de los Millones» terminó en la catástrofe del
otoño de1920, que produjo la bancarrota del pueblo y el
gobierno de Cuba, trajo una nueva forma de tutela
política yanqui y dio a Wall Street el control económico
de la Isla».
«Ningún episodio de la historia de Cuba ha sido tan
dramático, funesto y complejo como este. Ninguno
asimismo tan deformado por los rumores, tan oscurecido
por el misterio. Se dice que los documentos oficiales de
las relaciones de los Estados Unidos con Cuba son de tal
naturaleza que no pueden darse a la publicidad. Pero los
hechos principales están claros, aunque sea algo difícil
explicarlos» (Jenks: 216).
Ciertamente lo son e incluso el estudio a fondo de aquel
proceso —probablemente
vinculado a la fase descendente del ciclo económico
norteamericano que se expresó en la breve pero
significativa crisis de 1920-21—
representa todavía uno de los más importantes desafíos
que enfrentan nuestras ciencias sociales.
Sin embargo, la secuencia de los más fundamentales
acontecimientos inmediatamente posteriores a aquel
dramático episodio y, sobre todo, sus resultados
—i.e.,
el completamiento a fondo de la dominación económica de
Cuba por el capital norteamericano mediante el
aprovechamiento hasta sus últimas consecuencias del
régimen de protectorado—
están bastante claras.
Crowder
La
«corrida» y el crac bancario de fines de 1920 forzó al
gobierno de Menocal a decretar una moratoria en los
pagos de aquellas entidades (11 de octubre) que, si las
salvó por el momento, no se acompañó de medidas que
permitieran una recuperación económica y financiera del
país. Este, al mismo tiempo, experimentaba una aguda
crisis política debido al escandaloso fraude electoral
que llevó a cabo el presidente Menocal a favor de su
candidato Alfredo Zayas a costa de José Miguel Gómez
—el
caudillo liberal que posiblemente habría ganado en unos
comicios limpios.
Fue bajo estas circunstancias de crisis económica y a la
vez política que a principios de enero de 1921, llegó a
Cuba en el buque de guerra Minnesota el general Enoch H.
Crowder, enviado personal del presidente Wilson
—quien
ni siquiera se tomó la molestia de comunicar al gobierno
de la Isla esa importante designación.
Crowder había hecho una carrera burocrático-militar con
la que alcanzó el grado de general. Había desempeñado
cargos aquí durante la segunda intervención
norteamericana (1906-09) y se consideraba un experto en
todo lo relacionado con nuestro país (para el que
incluso había redactado códigos electorales)
—suerte
de eso que hoy se llama cubanólogo, aunque con
posiciones oficiales de asesoramiento y en la práctica a
veces ejecutivas. Especie de estantigua del siglo XIX,
personalmente honrado e infatigable trabajador,
representaba —como
lo describía Jenks—
«ese altruismo agresivo que ha dado al mundo los grandes
procónsules» (Jenks: 224). Como tal su ejecutoria en
Cuba vino a representar el apogeo de la condición de
protectorado.
Crowder, siempre despachando en un camarote del
Minnesota, desde donde pedía todas las informaciones que
juzgaba necesarias para conocer al detalle la crisis
cubana, recibía allí también visitas de figuras de la
crema empresarial y politiquera del país que iban a
quejarse de la situación y escuchar respetuosamente sus
opiniones y proyectos.
El
enviado personal de Wilson resolvió pronto, a su manera,
el conflicto político: Zayas quedaría como presidente.
Pero ahí no terminó, sin embargo, su intromisión en la
esfera política, que pronto adquirió un carácter
continuo y a fondo, mas no siempre exitoso en sus
esfuerzos de discreción, como ocurrió con aquel
escándalo que sacudió la Isla al hacerse públicos por la
prensa unos 13 memorando secretos (abril a junio de
1922) en los que aquel procónsul daba instrucciones al
presidente Zayas sobre cómo tenía que gobernar y a
quienes debía nombrar ministros
—que
constituyeron lo que entonces se llamó el «gabinete
Crowder». Eran los tiempos en que los cintillos de un
periódico denunciaban en La Habana que «se gobierna bajo
las órdenes de un enviado personal del presidente de los
Estados Unidos».
Pero la ejecutoria de Crowder con más consecuencias
históricas tuvo lugar en el campo de la economía.
Una de sus primeras acciones consistió en dar su
respaldo a las Leyes Torriente, así llamadas por
haberlas propuesto en el Congreso el excoronel de la
Guerra de Independencia y senador Cosme de la Torriente
—un
renombrado personaje de la época que, no obstante la
imagen que se había creado como patriota, aparece casi
siempre vinculado a cuanto proceso impulsaron los
Estados Unidos para exprimir hasta el hueso las
condiciones de dependencia de Cuba.
En
realidad, pese a su nombre, las leyes Torriente fueron
redactadas por abogados norteamericanos que se basaron
en severos procedimientos judiciales de los Estados
Unidos y no en las disposiciones sobre quiebra de
empresas del Código de Comercio vigente en Cuba y con
las cuales «el sistema bancario nacional hubiera tenido
una mejor oportunidad de sobrevivir» (Wallich: 94). En
la propia Comisión de Liquidación Bancaria creada por
aquella legislación y a propuesta de Crowder participaba
el gobernador del Banco de la Reserva Federal de
Atlanta.
El
resultado de todo fue que al cabo de unos pocos meses de
su aplicación veinte bancos cubanos
—con
334 sucursales—
tuvieron que cerrar sus puertas. Y poco después, dado
que Bancos de la Reserva Federal de los Estados Unidos
—el
de Atlanta y el de Boston—
establecieron agencias en Cuba, las posibilidades de que
aquí se creara un banco central resultaron prácticamente
nulas. El propio Henry Wallich, en su sobrio y mas bien
técnico estudio sobre aquel periodo, diría años mas
tarde que «la desaparición de la mayoría de los bancos
nacionales cubanos dejó a los bancos extranjeros en una
posición dominante» (Walllich:98).
Por otro lado, mediante ejecución judicial de
empresarios domésticos que no pudieron pagar los
préstamos con garantía hipotecaria que habían adquirido
durante el boom azucarero, sucedió que un número de
bancos estadounidenses se hicieron dueños de centrales,
colonias de caña y otras propiedades cubanas.
El
propio National City Bank, por ejemplo, que aunque tenía
intereses en la industria refinadora del este atlántico
norteamericano, pero que en Cuba no poseía ni el
tornillo de un ingenio, se hizo de la noche a la mañana,
por ejecución judicial, de once centrales
—algunos
de ellos entre los mas poderosos del país
—con
decenas de miles de caballerías, i.e., millones de
hectáreas—
y pronto controló otras cuatro empresas (diecisiete
centrales) y extendió su influencia financiera a tres
más (cinco centrales).
El
National City Bank llegó así a constituir en los años
veinte el imperio azucarero mas grande del mundo (Pino
Santos, passim, (1973).
Pero datos más comprensivos sugieren lo impresionante de
aquella evolución.
En
1913-14 —como
ya se apuntó páginas atrás—
había en Cuba 38 centrales propiedad de sugar companies
que representaron el 39% de la producción cubana del
dulce. En 1918-19, penetrado el sector por los grupos
financieros de Wall Street
—cada
uno dominando varias de esas compañías, sus
correspondientes racimos de centrales y colosales
latifundios—
participaban en nuestras zafras 75 fábricas de azúcar
norteamericanas que absorbían el 49% de esa producción.
Pero en 1923-24, poco después de la debacle que siguió a
la Danza de los Millones, ese capital estadounidense en
la industria representó el 60.3% de la producción cubana
del dulce.
Un
fenómeno semejante debió ocurrir también al parecer en
otros sectores del país, habida cuenta que el derrumbe
de 1920 afectó también ramas diversas de la producción
manufacturera, los servicios, etcétera.
La
deuda exterior del país, a través de negociaciones
políticas creció entre 1914 y 1923 en más de $100
millones: todos esos préstamos concertados con la Casa
Morgan —cabeza
de la oligarquía financiera norteamericana cuyos
tentáculos se extendían a prácticamente todos los
sectores de la economía cubana.
El
comercio exterior, donde regía el lesivo tratado de
«reciprocidad comercial» de 1902, expresó el impacto de
aquella evolución acelerándose su concentración en el
mercado norteamericano de tal manera que a mediados de
los años veinte el 65% de las importaciones cubanas
procedían de los Estados Unidos.
Pero no solo el comercio exterior, otros aspectos
decisivos de la infraestructura económica institucional
del país funcionaban en favor de la dependencia y
explotación de Cuba por el capital norteamericano.
El
53% de los ingresos del Estado provenían de las rentas
de aduanas, cuya función más importante consistía en
garantizar el pago de la deuda externa.
Aunque parezca increíble, la industria azucarera no pagó
impuestos hasta uno irrisorio establecido en 1917.
Y
tampoco existía un impuesto territorial, lo que explica
la facilidad y baratura de la extensión del latifundio.
A
todo lo cual puede añadirse que cuando en 1914 Cuba
quiso tener moneda propia, «tuvo que contentarse con un
sistema dual en el que el peso tenía el mismo contenido
de oro que el dólar y el dólar tenía igual curso legal
ilimitado» (Wallich: 58).
Resulta, por supuesto, inimaginable que una dominación
económica tan absoluta y acelerada como la que logró el
imperialismo norteamericano en el corto lapso arriba
mencionado en nuestro país hubiera podido tener lugar
fuera de las condiciones facilitadoras de un régimen de
protectorado.
Crisis del protectorado
Durante el período de auge y apogeo del protectorado
—entre
1914-15 y 1923-24, no solamente tuvo lugar la
enajenación en gran escala de parte decisiva de nuestro
patrimonio nacional, que pasó a las manos de poderosos
grupos financieros de los Estados Unidos. También
—y
en sustancial medida como resultado de ese proceso—
fueron los años en que se consolidó la deformación
estructural de la economía cubana, desde entonces mas
atrapada que nunca en las redes de la monoproducción
exportadora de azúcar y su tendencia a la concentración
geográfica en un solo mercado (el norteamericano). El
latifundismo por una parte y, por otra, ciertas
infraestructuras institucionales (aranceles, moneda y
crédito bancario), sustentaban rígida y fuertemente
aquella malformación.
Así aquel régimen de capitalismo dependiente, ceñido
además por las condiciones políticas de protectorado,
solo pudo evolucionar de manera maltrecha e inestable.
Todo ello se tradujo en vulnerabilidad externa,
subdesarrollo y limitado crecimiento del ingreso y el
empleo —por
contraste con el aumento incesante de la población. El
resultado para esta última eran los cada vez más
dramáticamente bajos niveles de vida.
La
década siguiente
—que
corre entre 1924-25 y 1933-34—
enmarcó un periodo de transición, pero no menos
conmocional y trascendente.
En
1925, por ejemplo, ocurrieron dos acontecimientos bien
significativos. Ese año se hizo una zafra de alrededor
de cinco millones de toneladas
—récord
que no se igualaría hasta unos cuantos años mas tarde—
y también fue el de la construcción del último central
erigido en Cuba. A partir de entonces, ese sector
ingresaría en una etapa de vicisitudes de mercado que
llegaría a los extremos calamitosos desencadenados por
la devastadora depresión capitalista mundial de los
treinta (zafra en 1932 de 2.6 millones de toneladas
vendida a solo poco mas de 0.05 ctv/lb.).
También, aquel 1925 fue el año en que ascendió a la
presidencia y poco después iniciaba su cruenta dictadura
Gerardo Machado. Tal evolución como es sabido, impulsó
un proceso revolucionario que culminó con el
derrocamiento del déspota y el comienzo de decisivos
cambios históricos en nuestro país.
Convendría, sin embargo, advertir que tal desenlace no
se produjo solamente
—como
a veces se ha apuntado—
por coincidencia de una crisis económica coyuntural y
una política, sino de otra de mucho mas profundo calado:
la de un régimen de protectorado que si bien hizo
posible en corto lapso la mas completa dominación de la
economía cubana por el capital norteamericano, hacia
mediados de esa década de los veinte ya había
prácticamente agotado sus posibilidades.
Ello explica que entre las primeras consecuencias de
aquella revolución se contara la muy importante de la
abrogación en 1934 de la Enmienda Platt.
Fue entonces —y
solo entonces—,
cuando como veremos luego se inició en Cuba una etapa
neocolonial.
El
impacto económico de la crisis
El
12 de agosto de 1933, haciendo fracasar la maniobra
intervencionista norteamericana de la «mediación» de
Summer Welles, fue derrocada la sangrienta dictadura de
Machado —el
último engendro del régimen de protectorado. La lucha
del pueblo cubano le puso fin y, si bien como graficó
Raúl Roa, sus objetivos revolucionarios «se fueron a
bolina», —no
dejaron de lograrse ciertos saldos positivos. El nuevo
Tratado Permanente acordado entre Cuba y los Estados
Unidos el 29 de mayo de 1934 implicó la abrogación de la
Enmienda Platt, aunque manteniendo esa pieza de museo
que es la base naval de Guantánamo). Dos años después el
gobierno norteamericano reconoció ante América Latina el
principio de no intervención de un Estado en los asuntos
de otro.
A
pesar de tales acontecimientos, las condiciones
determinantes de la dependencia no variaron. Como una
vez señaló Carlos Rafael Rodríguez,
—con
la revolución del 33 el dominio imperialista sobre Cuba
cimbró, pero no fue destruido. Y ello resultó
particularmente cierto en el campo de la economía.
Durante aquellos años treinta de la gran depresión
capitalista varias de las importantes empresas
azucareras norteamericanas que aquí operaban quebraron.
El caso mas espectacular fue el de la Cuba Cane, cuyas
propiedades —valoradas
en $111 millones en 1929—
pasaron a manos de un interventor jurídico y se
remataron en 1934 solo por los $4 millones con que las
adquirió un nuevo consorcio : la Cuban Atlantic Sugar
Co. Lo significativo en todo esto es que la Cuba Cane se
encontraba en la esfera financiera de la Casa Morgan y
la Cuban Atlantic en la de los Rockefeller.
Tal transacción
—y
otras parecidas—
marcaron sin duda el fin de la hegemonía económica de la
Casa Morgan en nuestro país y el inicio de la
preponderancia del clan citado de los Rockefeller, pero
también de Sullivan & Cronwell, First National City
Bank, todavía Morgan y otros (un fenómeno que también se
produjo en Estados Unidos). Esto tendría ciertas
consecuencias políticas, pero posteriores, cuando
también ocurriría que las inversiones norteamericanas en
el sector azucarero tendieron a reducirse (74 centrales
en 1928, pero solo 36 en 1958, la diferencia siendo
adquiridos por elementos de la oligarquía doméstica).
Estos cambios, sin embargo, no alteraron la situación de
dependencia del país pues ellos se quedaron con los
centrales más eficientes y sus colosales latifundios y
continuaron además dominando en los otros sectores
claves de la economía del país.
Segunda Parte: La Neocolonia
Los cambios más decisivos tuvieron lugar en lo político.
En
las nuevas condiciones históricas, con la revolución del
33 y, en el marco continental, ciertos nuevos matices en
la relaciones norteamericano-latinoamericanas durante el
gobierno de F.D. Roosevelt, el envío de un Crowder
—por
no hablar del desembarco de marines y otras acciones
abiertas de intervencionismo típicas de la era del
protectorado—
hubiera resultado una ocurrencia realmente insólita y
preñada de imprevisibles consecuencias. En realidad, ni
siquiera los Summer Welles y los Caffery volvieron a
repetirse.
A
principios de la década de los cuarenta, por ejemplo, un
embajador yanqui, Spruille Braden
—entonces
considerado un personaje progresista, bien lejos de las
posiciones ultrarreaccionarias que asumiría años más
tarde —se
opuso explícitamente a la creación de un banco central,
contribuyendo entonces, quizá, a la frustración de aquel
proyecto. Tal actitud provocó un gran escándalo y parece
que también algo así como un regaño del Departamento de
Estado. En 1952, sin embargo, la institución fue creada
y Washington y su representante en Cuba la aceptaron sin
discusión.
En
realidad, dadas las circunstancias prevalecientes desde
la revolución del 33, había sucedido que los métodos de
intromisión fueron perfeccionándose y haciéndose cada
vez más discretos y sutiles (aunque no por ello menos
eficaces). Mientras, en correspondencia con ello, los
corruptos y antinacionales gobiernos de turno
—en
su nombre y el de la oligarquía doméstica estrechamente
aliada al imperialismo—
no solo asimilaron las nuevas reglas del juego, sino que
llegaron a tal grado de sometimiento (y habilidad en
ocultarlo) que solían adelantarse en sus medidas a las
corrientes de opinión y órdenes de Washington. La
supeditación fue tal que llegó el momento en que bastaba
una palabra, un gesto o quizá solo una sugerente sonrisa
del embajador norteamericano para que acá un Batista, un
Grau o un Prío y sus subalternos supieran orientarse y
actuar en armonía con los deseos del poderoso vecino.
Por otro lado, poco después de la Segunda Guerra
Mundial, Estados Unidos comenzó a disponer de un aparato
de inteligencia y acciones subversivas
—la
Agencia Central de Inteligencia o CIA—
que le facilitó deshacerse de gobiernos que no
respondieran a sus intereses o incluso imponer otros a
su servicio. El golpe de Estado de Batista el 10 de
marzo de 1952
—como he
expuesto en otro trabajo con la debida argumentación—
fue una operación de la CIA.
Los cambios descritos en las relaciones
cubano-norteamericanas resultaron formalmente de la
abrogación de la Enmienda Platt, pero en esencia fueron
producto de un complejo de circunstancias
—como
las citadas mas arriba. Además, el desfachatadamente
escandaloso intervencionismo de los tiempos del
protectorado ya no era posible mantenerlo y en
definitiva tampoco necesario: a su sombra el capital
norteamericano se había hecho dueño del país y en el
tiempo récord de solo poco más de una década. Ahora se
trataba de continuar el régimen de dependencia y de
extraerle el jugo al máximo. Esto era posible y menos
riesgoso utilizando métodos más encubiertos, refinados e
indirectos de dominación, como los que históricamente
caracterizarían mas tarde a un régimen neocolonial.
Pero, ¿qué es el neocolonialismo?
Ese término, como su prefijo lo indica es un neologismo
que surgió en los años posteriores a la Segunda Guerra
Mundial, cuando se produjo aquel amplio movimiento de
liberación anticolonialista que sacudió un gran número
de países de Asia, África y el Caribe. Muchos
—la
mayoría-- alcanzaron entonces su liberación, rompiendo
formalmente los lazos políticos que los sometían a sus
metrópolis. La euforia inicial que siguió a ese
progreso, sin embargo, pronto quedó teñida de ciertas
frustraciones.
Pues las naciones que así
—tras
tenaz y muchas veces heroica lucha de sus pueblos—habían
logrado la independencia, obtuvieron con esta el derecho
a su propio gobierno, su himno y su bandera, incluso a
un escaño en la Asamblea General de Naciones Unidas.
Mas, al propio tiempo, continuaron arrastrando la
deformación estructural y atraso económicos impuestos
durante la era colonial
—una
de cuyas expresiones clásicas ha sido y aun es el papel
decisivo que en esos países tienen sus exportaciones de
materias primas, pero sometidas a las condiciones de
intercambio desigual. Es decir, habíase logrado la
liberación política, pero continuó en esencia la
explotación económica imperialista por las ex
metrópolis.
Y
fue este nuevo modo de dependencia
—particularmente
desde las décadas de los 50 y 60 del pasado XX—
lo que se llamó neocolonialismo.
La
génesis de ese término
—desde
quizá, por ejemplo, la memorable Conferencia de Bandung
en 1955 y a través de declaraciones en las sucesivas
cumbres del Movimiento de Países No Alineados—
amerita investigaciones. Sin embargo, como en el caso
del protectorado, cualquier diccionario o enciclopedia
—cuando
editadas algunos años después de la Segunda Guerra
Mundial—
suele contener una definición justa
—bien
distinta a la de colonialismo y, por supuesto, a la de
protectorado. En el último de la Real Academia Española
(1992) se incluye el término aludiendo a la «influencia»
de las antiguas potencias coloniales o países poderosos
sobre los países descolonizados o subdesarrollados; el
diccionario enciclopédico Larousse se extiende en una
explicación detallada sobre «América Latina y el
imperialismo norteamericano» (sic) mencionando también a
Cuba «antes de su revolución»; el diccionario de
economía de Tamames cita las diversas formas de
penetración económica que ocurren bajo el sistema;
etcétera. Ninguno refiere casos que impliquen la
existencia de algo parecido a la Enmienda Platt y los
incidentes de intervencionismo aquí ocurridos bajo su
advocación.
A
manera de resumen
Calificar —según
está sucediendo desde hace algún tiempo en nuestro país—
como neocolonial el período de 1902-34, que fue
típicamente de protectorado, pudiera considerarse desde
cierto punto de vista rigurosamente científico algo mas
grave que una simple confusión terminológica. Ello
—quiérase
o no—
tiende un velo sobre el régimen que durante mas de
treinta años mutiló nuestra soberanía y amparó brutales
intervenciones imperialistas que facilitaron y aun
garantizaron la enajenación, deformación y subdesarrollo
de la economía cubana. Al mismo tiempo, pasa por alto
que la superación de aquella etapa significó un
repliegue del imperialismo forzado por las luchas
revolucionarias de nuestro pueblo.
Por otro lado, como hemos visto, aplicar a nuestra
historia republicana el nombre de neocolonialismo a todo
el período histórico comprendido entre 1902 y 1958
parecería no menos erróneo.
Pudiera tal vez discutirse si no hubo un más remoto
antecedente neocolonial en el caso latinoamericano desde
fines del siglo XIX. Pero tampoco sería identificable
con el nuestro, que entonces era una colonia (de
España). Ni después, cuando fue un protectorado (de los
Estados Unidos). En cambio como sugerí antes, puede
admitirse como justa la afirmación de que a partir de
1934, —con
la abrogación de la Enmienda Platt y los cambios
producidos en el régimen intervencionista yanqui—
pasamos a ser una neocolonia y, en tal sentido, con
cierta anticipación histórica respecto al caso de los
países afroasiáticos y caribeños.
Para terminar, creo que hay dos hechos relacionados con
el tema de este ensayo que deben tomarse en cuenta.
Uno es que el régimen neoconial que se nos impuso
entonces como nueva forma de dependencia, fue el
resultado de las luchas del pueblo cubano que hicieron
posible la abrogación de la Enmienda Platt y con esta la
derrota y liquidación de los brutales, abusivas y
enajenantes condiciones del protectorado.
Y
otra es que el régimen neocolonial, aunque por una parte
representó la frustración de los mas caros objetivos
revolucionarios de los años 30, sin embargo, implicó un
avance histórico respecto al protectorado en el sentido
de que creó las condiciones para que prosiguiera aquel
denodado y sostenido esfuerzo antimperialista que
culminó con el triunfo de 1959 y el logro de la plena
independencia y soberanía de nuestra nación.
Pienso, finalmente, que las tesis expuestas en este
ensayo es posible que no cuenten por el momento con algo
así como unánime aceptación.
Pero, ¿acaso no estamos en una batalla de las ideas?
OBRAS
CITADAS
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PINO SANTOS, Oscar: El
intervencionismo yanqui en Cuba: de Magoon a Batista,
Revista Casa de las Américas, No 80, sep-oct. De 1973.
PINO SANTOS, Oscar El Asalto a Cuba
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United
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Bookman Associates, NY, 1962.
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Cuba?
Twyne Inc., NY, 1963.
WALLICH, Henry C: Problemas
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University Press, New York, 1944.
DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO EDAF, Edaf,
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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO LAROUSSE,
Librairie Larousse y editorial Planeta, Barcelona, 1984.
DICCIONARIO DE ECONOMÍA DE RAMON TAMAMES,
Alianza Editorial, Madrid, 1988.
DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA DE LA
LENGUA ESPAÑOL, vigésima primera edición, España,
Madrid, 2000.
[1] En esta y las siguientes citas el subrayado es del
autor.
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