|
El posneoliberalismo:
un proyecto en construcción
A
pesar de la fuerza actual del neoliberalismo, el
posneoliberalismo ya está aflorando en algunos países.
Creo que la experiencia del Sudeste asiático es bien
clara en este sentido: las economías más dinámicas del
capitalismo internacional son, precisamente, las menos
influenciadas por la ortodoxia del Consenso de
Washington.
Atilio Borón
|
Argentina
La
evidencia que surge de nuestras discusiones es que
comenzó, al menos en una primera instancia, un proceso
de agotamiento de las experiencias neoliberales. Tales
experiencias no rindieron los frutos esperados y, mucho
menos, consiguieron resolver los graves problemas que se
instalaron en las economías capitalistas hacia mediados
de los 70. Al mismo tiempo, como bien han destacado
Perry Anderson y Göran Therborn, se produjo una tremenda
regresión social expresada en un aumento importante de
la desigualdad y de la miseria. Es probable que la
inercia y el impulso de las políticas neoliberales
continúen por un tiempo significativo en el mundo
capitalista. De todas formas, y a pesar de ser prematuro
decir que ya estamos en una fase posneoliberal, creo,
sí, que es importante no perder de vista los síntomas de
agotamiento que presenta este experimento y los
obstáculos objetivos con los cuales él ha tropezado
tanto en el mundo desarrollado cuanto en la periferia.
Quería comenzar mis reflexiones afirmando que no existe
—ni existirá nunca— un triunfo final y definitivo del
capitalismo, no hay —aun cuando así sea proclamado por
los ideólogos burgueses— ningún fin de la historia. La
idea de un capitalismo «eternizado» es una ilusión
perversa que pretende instalar la resignación en el
corazón de las clases subalternas, ocultando el hecho de
que el capitalismo es un modo de producción y que, como
tal, está condenado a la transitoriedad, a ser
históricamente superado.
Aquellos que, en una vertiente crítica, analizamos el
capitalismo y tratamos de abolir y superar sus prácticas
de exclusión, no podemos perder de vista un hecho
fundamental: la ideología burguesa intenta legitimar la
lógica de la sociedad de clases, haciéndola aparecer
como si fuese el último modo de producción de la
historia. En este sentido, Fukuyama representa la
expresión paradigmática de esta ideología en el final de
siglo: una nueva tentativa de fetichizar y eternizar el
capitalismo. Para él, con el capitalismo llegamos al
grado máximo de desarrollo humano, gracias a lo cual
tendremos para siempre mercados libres y democracia
liberal. En suma, acabó el movimiento de la historia.
Esto, claro, es una falacia. Quienes nos oponemos al
capitalismo y no admitimos las injusticias y las
desigualdades inherentes a este modo de producción
debemos tener presente que, a pesar de tales ideologías,
el capitalismo está condenado a desaparecer.
Jean‑Jacques Rousseau, mucho antes de que se plantearan
los debates acerca del supuesto fin de la historia, se
preguntaba agudamente: «si Roma y Esparta murieron, ¿qué
Estado puede esperar durar toda la eternidad?».
Obviamente, ninguno. Es solo una cuestión de tiempo.
Pero el posneoliberalismo es, todavía, una etapa en
construcción.
Creo que cuando reflexionamos sobre este asunto conviene
recordar una sagaz observación de Adam Przeworski: «el
capitalismo es irracional y el socialismo es inviable».
Creo que Przeworski captó solo parcialmente el dilema de
nuestro tiempo, porque mientras la irracionalidad del
capitalismo es irresoluble, la inviabilidad del
socialismo es provisoria. Tenemos un capitalismo
irracional que no puede alimentar a una buena parte del
planeta mientras, al mismo tiempo, destruye cosechas de
alimentos todos los días. Un capitalismo predador, un
capitalismo del desperdicio, un capitalismo con 38
millones de desempleados en los países de la OECD, la
zona más productiva del mundo. La irracionalidad del
capitalismo no tiene solución. En este sentido, y a
pesar de todos los esfuerzos teóricos realizados, el
posmarxismo y la posmodernidad no han sido capaces, al
menos hasta el momento, de presentar propuestas claras
para resolver esta endémica irracionalidad o, peor
todavía, para demostrar la desaparición de la marca
fundamental que caracteriza a la sociedad capitalista:
la existencia de relaciones sociales mediante las cuales
las clases dominantes explotan al trabajador asalariado.
Esto, por cierto, todavía no desapareció. Por ahora, el
capitalismo continúa vivo, solo que cambió su fisonomía.
El posneoliberalismo: un proyecto en construcción
Claro que la audacia de ciertos intelectuales no tiene
límite. Algunos dicen que el capitalismo no existe más,
que hoy nos encontramos frente a un nuevo tipo de
sistema: el poscapitalismo de Alain Touraine o de Peter
Drucker, por ejemplo. Sin embargo, el capitalismo
consiguió sobrevivir a su propia irracionalidad
produciendo una gigantesca reconversión, políticamente
reaccionaria, bajo la hegemonía neoliberal. Estos
procesos, combinados con la resolución de la Guerra Fría
y el derrumbe de la URSS, se tradujeron en una inédita y
formidable expansión territorial del capitalismo y de
los mercados mundiales. Tal expansión, seguramente,
revitalizará a las grandes potencias y a la gran
burguesía transnacionalizada que mueve los hilos del
capital a escala planetaria. Probablemente estos
acontecimientos den lugar a un nuevo ciclo expansivo de
larga duración, aunque tengo mis dudas. Sin embargo, aun
cuando todo esto pueda suceder, nada autoriza a pensar
que el capitalismo pueda resolver sus contradicciones
estructurales.
A pesar de la fuerza actual del neoliberalismo, el
posneoliberalismo ya está aflorando en algunos países.
Creo que la experiencia del Sudeste asiático es bien
clara en este sentido: las economías más dinámicas del
capitalismo internacional son, precisamente, las menos
influenciadas por la ortodoxia del Consenso de
Washington.
La herencia del neoliberalismo es una sociedad
profundamente desgarrada, con gravísimas dificultades
para constituirse desde el punto de vista de la
integración social, con una agresión permanente al
concepto y a la práctica de la ciudadanía. Creo que la
herencia que deja la experiencia de los años 80 es que,
al mismo tiempo que se produjo un avance significativo
en los procesos de democratización en grandes regiones
del planeta (entre ellas, obviamente, América Latina),
la ciudadanía, que en el fondo es un conjunto de
derechos y habilitaciones siempre arrancados gracias a
las luchas democráticas de las mayorías populares, queda
cancelada por las políticas económicas y sociales que
excluyen de su ejercicio efectivo a grandes sectores de
la población.
La «democratización» gana espacio en los discursos, en
las retóricas, pero la ciudadanía es sistemáticamente
negada por las políticas económicas neoliberales que
tornan imposible el ejercicio mismo de los derechos
ciudadanos. Quien no tiene casa ni comida, quien está
desempleado, no puede ejercer los derechos que, en
principio, la democracia concede a todos por igual.
¿Qué podemos hacer en este momento? Obviamente, en la
agenda histórica de nuestras sociedades no existe la
inminencia de una transformación revolucionaria en un
sentido socialista. Tendremos que partir de la base de
admitir la tremenda derrota que sufrió la izquierda y el
movimiento obrero a escala mundial en este final de
siglo. La derrota que se condensa en el derrumbe de la
Unión Soviética y, al mismo tiempo, en esa particular
versión de capitalismo salvaje y mafioso que se ha ido
desarrollando en aquella región. Esta derrota no tiene
precedentes en la historia del movimiento obrero. Antes
de la Revolución rusa, los críticos del socialismo
sostenían que este era una utopía completamente
irrealizable. Ahora la situación es mucho más grave:
pueden decir que el proyecto fracasó, y la izquierda
debe asumir esta derrota, la frustración de un proyecto
que poco nos ayudó a avanzar por el camino del
socialismo.
Ahora bien, hubo también una segunda derrota, de la cual
casi nadie habla. Si recordamos el debate teórico en
torno a las tesis de Bernstein, a comienzos de siglo,
nos daremos cuenta de que no solo el ala revolucionaria
de la socialdemocracia fracasó en la tentativa de
construir el socialismo, sino que también lo hizo, y de
manera no menos estruendosa, el ala reformista. Aquella
que confiaba, como sostenía Bernstein, en que el
tránsito al socialismo sería «tan imperceptible como es
para el navegante cruzar la línea del Ecuador». Hoy
también sabemos que por ese camino tal vez se
pueda democratizar la sociedad y organizar el Welfare
State, pero difícilmente se pueda superar los
límites del propio capitalismo. De hecho, la
socialdemocracia se fue convirtiendo en una diligente y
responsable gestora de los intereses del capital.
Objetivamente estamos en un momento de retroceso. Creo
que reconocer semejante hecho es importante porque,
especialmente en América Latina, la tentación
voluntarista de pensar que simplemente alcanza con una
vanguardia enérgica y esclarecida para hacer avanzar la
lucha por el socialismo puede constituir una barrera más
en el proceso de reconstrucción de la fuerza social que
necesitamos para realizar nuevas conquistas
democráticas. Si el socialismo pudiese ser impuesto por
obra y gracia de una vanguardia esclarecida, no
restarían ya capitalismos en el mundo...
En este sentido, hay un consejo muy sabio que, casi al
final de su vida, nos legó Friedrich Engels: uno de los
errores más graves que pueden cometer los
revolucionarios es confundir su impaciencia personal con
un argumento teórico. Nuestra impaciencia y nuestro
fervor revolucionarios no pueden constituirse en una
supuesta «guía para la acción». Creo que esto es
fundamental como punto de partida.
Hoy, más que nunca, es importante diseñar una estrategia
de larga duración en la lucha por el socialismo. Esta
lucha es posible, no debemos abandonar nuestros ideales.
En el momento en que el capitalismo se reconvierte en un
sentido reaccionario y regresivo, es de extraordinaria
importancia elaborar una estrategia y una táctica para
la reconstrucción del socialismo. Esta es una tarea
fundamental. Sobre todo en América Latina, donde podemos
avanzar mucho en esta dirección.
El problema es que, en la tradición del socialismo
marxista, la reflexión sobre la transición del
capitalismo al socialismo está inevitablemente centrada
en el corto plazo. Esto fue observado con inusual
agudeza por Gramsci, cuando sostenía que el corpus
teórico del marxismo se había desarrollado enteramente
dentro del ciclo revolucionario que comienza con la
Revolución francesa en 1789 y que culmina con la
Revolución rusa en 1917. Este «clima ideológico de
época» fue exaltado durante las revoluciones europeas de
1848, de las cuales tanto Marx como Engels formaron
parte, a tal punto que el Manifiesto del Partido
Comunista es una genial anticipación del desenlace de la
coyuntura prerrevolucionaria que se vivía desde mediados
de 1840. El impacto de esas experiencias vitales, y la
vigencia de una tradición política que concebía la
revolución como un tema de «corta duración», hicieron
que en la teoría marxista no se desarrollasen enfoques y
conceptos adecuados para comprender aquellas
transformaciones que podrían llegar a abarcar décadas
enteras. Por otro lado, la gravitación que en la teoría
de Marx tuvo la noción de que la política era una esfera
alienada y alienante y, más allá de esto, la
subestimación —reconocida luego por el propio Marx—
respecto a la enorme capacidad adaptativa del
capitalismo, hicieron que la propia reflexión
teórico-política sobre el Estado capitalista y su
derrota en las manos de la revolución proletaria, fuesen
concebidas como rápidas transiciones desprovistas de
nuevas particularidades. En suma: el capitalismo sería
liquidado de una manera tan fulminante como las masas
parisinas pusieron fin al absolutismo feudal en las
jornadas de 1789. Las cosas, claro, no ocurrieron de esa
forma.
En todo caso, esta tradición «del 48», como la llamaba
Gramsci, fue recogida por la socialdemocracia rusa e
impactó profundamente en Lenin y Trotski, así como en el
pensamiento y en la práctica de Rosa Luxemburgo y de la
izquierda de la socialdemocracia alemana. Sin embargo,
el viejo Engels había notado, en su «testamento
político» de 1895 (la famosa nueva «Introducción» a
Las luchas de clases en Francia, de Karl Marx), que,
teniendo en cuenta la capacidad del capitalismo para
emerger fortalecido de la Gran Depresión de los años 70
y 80, sería necesario prepararse para una lucha mucho
más prolongada que la esperada. Karl Kautsky se hizo eco
de las incisivas reflexiones de Engels, aunque la
polémica en el seno de la socialdemocracia alemana —como
con el ala bolchevique del partido ruso— lo desvió por
otros caminos que finalmente terminaron extraviándolo
por completo. Quien realmente recogió las advertencias
de Engels fue Antonio Gramsci. A él le cabe el honor de
haber sido el primer gran teórico marxista que pensó una
estrategia política revolucionaria de «larga duración»,
para la cual forjó un aparato conceptual («guerra de
posiciones», concepción «ampliada» del Estado,
«hegemonía», etcétera) explícitamente diseñado con este
objetivo. La coyuntura del capitalismo hacia el final
del siglo xx
nos exige, por lo tanto, retomar las posiciones
gramscianas, si es que queremos comprender las
condiciones concretas bajo las cuales será posible
luchar efectivamente por la causa del socialismo.
Debemos destacar que el socialismo es una combinación de
ideas, de grandes valores y de proyectos concretos.
En este sentido, es importante saber que él anuda dos
cuestiones fundamentales: un conjunto de valores, y un
proyecto que precisamos desarrollar con experiencias
concretas. Los valores del socialismo ya los conocemos:
justicia, igualdad, libertad, cooperación, democracia,
bienestar, desarrollo integral del hombre. Son sus
valores clásicos, aquellos que trascienden las
determinaciones de un período concreto. Se trata, claro,
de valores permanentes, aun cuando debamos actualizarlos
frente a los nuevos desarrollos, a las nuevas dinámicas
que caracterizan a la sociedad capitalista
contemporánea. El conjunto central de estos valores es
el mismo que se formuló en la tradición socialista
inspirada en la obra de Marx. Hoy, sin embargo, debemos
agregar nuevos ideales a ese conjunto de principios: el
feminismo, la seguridad ecológica y del medio ambiente,
el desarrollo sustentado, el pacifismo, etcétera.
Valores que se articulan —no siempre sin fricciones— al
corpus de la tradición valorativa socialista. Por
otro lado, también creo que es muy importante entender
que el socialismo requiere de proyectos concretos, los
cuales, al estar históricamente condicionados, no pueden
tener la abstracción propia de los valores
fundamentales. Esto implica, nada menos, pensar aquello
que podemos hacer en nombre de esos valores y en función
de ciertas necesidades prácticas.
Göran Therborn y Perry Anderson ya subrayaron la
magnitud de los cambios históricos del capitalismo
(cambios que reflejan nuevas relaciones entre el Estado,
el mercado, la sociedad civil, las empresas, etcétera).
En tales condiciones precisamos ideas claras respecto a
qué vamos a hacer, por ejemplo, en relación con los
procesos de liberalización, de privatización, de
aperturas comerciales y en relación con la dinámica que
asume la globalización económica.
¿Qué vamos (y qué podemos) hacer frente a estas
cuestiones?
Con los valores del socialismo estamos en condiciones de
dar respuestas alternativas a estas problemáticas.
Ahora bien, en los años 60, la mayoría de los
socialistas hubiera dicho, por ejemplo: vamos a
nacionalizar las industrias básicas, vamos a estatizar.
Esta fue la respuesta de Salvador Allende en Chile y
también la respuesta de toda la izquierda
latinoamericana. Sin embargo, probablemente, hoy la
estatización de grandes sectores industriales no sería
una buena salida a la crisis económica y social por la
que atraviesan nuestros países. En América Latina,
difícilmente exista la fuerza política suficiente como
desandar el camino de las privatizaciones. Argentina y
México son dos buenos ejemplos de esa dificultad.
Probablemente en Brasil existan mejores condiciones como
para poder contener el avance indiscriminado de las
privatizaciones. Aunque estas condiciones, claro, pueden
modificarse. De cualquier forma, un proyecto socialista
debe tener propuestas alternativas a la simple
reestatización. ¿Por qué no pensar en fórmulas de otro
tipo? En algunos casos podría implementarse la
progresiva transferencia de empresas a los trabajadores;
en otros, a cooperativas de usuarios; en otros, a nuevas
formas de asociación entre el capital estatal, los
trabajadores y las propias cooperativas de usuarios. En
Cuba, por ejemplo, se están ensayando empresas mixtas de
capital cubano y capital privado español. Al final de
cuentas, no hay solo una respuesta al problema de las
privatizaciones (aunque para algunos todo se resuelva
con una reestatización anacrónica, siguiendo el modelo
soviético). No podemos enfrentar la desregulación con un
proceso simétricamente inverso de regulación.
Evidentemente, había muchos problemas en la forma de
regulación centralizada que existía en América Latina.
Un proyecto socialista debería implementar mecanismos de
regulación localmente descentralizados, donde los
sectores de la sociedad civil, esto es el pueblo, tengan
más capacidad para efectuar los controles necesarios
para fiscalizar la prestación de cierto tipo de bienes y
de servicios.
Podríamos avanzar mucho más en este aspecto, pero
considero importante pasar a un segundo punto
fundamental en la perspectiva del socialismo: la
reconstrucción del espacio público. En América Latina,
el capitalismo neoliberal produjo una total destrucción
de estos ámbitos, transformándolos en espacios privados
monopolizados por la burguesía. Ahora bien, ¿cómo
reconstruir los espacios públicos? Algunas lecciones
podemos derivar de la experiencia por la que atravesaron
los llamados países del «socialismo real». Tal como ha
señalado Kiva Maidanik, en la Unión Soviética se pensaba
que cuanto más Estado se tenía, más se avanzaba en el
camino del socialismo. Esto demostró ser un error
trágico. El avance del Estado no significa el progreso
del socialismo. Si así fuese, difícilmente se hubiera
producido, en aquella región, la contrarrevolución
capitalista mafiosa que está teniendo lugar. En suma,
debemos reconstruir lo público sin caer en los vicios
del estatismo.
Quiero llamar la atención sobre este punto: el espacio
público tiene un carácter más estratégico que el propio
Estado. Es allí donde deberá librarse la larga batalla
por el socialismo. Si no se triunfa en ese terreno jamás
se podrá conquistar el poder del Estado. El espacio
público, además, comprende y excede al propio aparato
estatal. ¿Debemos ceder este ámbito fundamental a la
clase dominante? ¿Debemos dejar que el mercado fije los
límites y las dimensiones del espacio público, el único
plausible de ser gobernado democráticamente? Para la
burguesía lo importante es «jibarizar» los espacios
públicos cuanto antes y al máximo posible: privatizar
las escuelas, los hospitales, las calles, las plazas, la
playa, la selva, las ondas radiales y televisivas, los
deportes; en una palabra, hacer que el mercado devore
todas las formas democráticas de sociabilidad que solo
pueden existir en espacios públicos verdaderamente
estructurados y vigorosos.
La defensa del espacio público, en consecuencia, es tan
importante para los socialistas como la defensa del
trabajador y de las clases desposeídas. Cometeríamos un
error terrible si pensásemos que este desafío se reduce
a una simple dinámica de progresiva estatización de la
sociedad. No basta defender el Estado para defender los
espacios públicos. Solo por citar un ejemplo: no existe
en América Latina nada parecido a la BBC o
al Channel 4 del Reino Unido o al Public
Broadcasting System de los EE.UU. y de Canadá.
Estos casos son ejemplares porque desarrollaron redes
radiofónicas y televisivas de cobertura nacional, que se
convirtieron en una verdadera alternativa a las empresas
comerciales del sector sin depender del gobierno ni del
Estado. Son genuinos espacios públicos, donde la
sociedad participa mediante un conjunto de asociaciones
civiles junto con agencias estatales y con total
independencia de los gobiernos de turno. Esto hizo
posible que, en aquellos países y gracias a la vitalidad
de estos espacios, se pueda escuchar una «voz diferente»
en la radio y la televisión.
Esta cuestión se relaciona con otra de gran relevancia.
Existe un problema que el capitalismo no puede resolver:
la contradicción entre un modo de producción fundado en
la extracción de plusvalía y un modo de representación
política de carácter democrático. La democracia cancela,
al menos teóricamente, las posibilidades de extraer
indefinidamente plusvalía. Esta contradicción
fundamental debe ser comprendida por las fuerzas
socialistas que, en el pasado y con excesiva frecuencia,
solo manifestaron desdén por las posibilidades que
ofrecía la democracia. Profundizarla equivale a
profundizar una contradicción que el capitalismo no
puede resolver. En este sistema no puede haber
democracia para todos; no puede haber libertad e
igualdad para todos, en un sentido pleno del término. El
capitalismo solo puede tener democracias limitadas, con
un gran número de excluidos y marginados. En los países
industrializados se compra la paz social con el
Welfare State. En América Latina, la única
aproximación a este modelo fueron nuestros folklóricos
Estados populistas. ¿Cómo va a democratizarse este
continente con 61 % de la población viviendo bajo la
línea de pobreza? ¿Cuál será el destino de los más de
312 millones de pobres que viven en nuestros países? El
avance de la democracia será, al mismo tiempo, el avance
del socialismo en su lucha contra el capitalismo.
Hay una serie de estrategias y pasos concretos que
podemos dar sin renunciar a ninguno de nuestros valores
socialistas. Pero también tenemos que recordar que la
implementación práctica de esos valores, hacia finales
del siglo xx,
exige imaginación y creatividad. Solo con imaginación y
creatividad podremos batallar por nuestro futuro. Para
que esa batalla sea encarada con perspectivas de éxito
es necesario descartar dos actitudes. Por un lado, la de
los «negadores» que insisten en desconocer la magnitud
de los cambios ocurridos en los últimos años y que
consideran que la crisis del socialismo es apenas un
complot propagandístico del imperialismo. Para ellos no
es necesario revisar nada en nuestros análisis y
nuestros diagnósticos. Es así que la teoría adquiere la
firmeza intocada de un dogma sobre el cual se tropiezan
los accidentes de la historia. Una actitud de este tipo,
propia de sectas milenaristas, es el camino más seguro
para la extinción del socialismo.
Por otro lado, también es preciso cuidarse del «falso
realismo» de los pequeños hombres prácticos que, como
recordaba Keynes con ironía, siempre son «esclavos de
algún economista muerto hace siglos». En función del
«pragmatismo», del «realismo» y del «posibilismo» muchos
marxistas cayeron en el desencanto y en la frustración y
terminaron abrazando el neoliberalismo, convertidos en
elocuentes apóstoles de nuestras burguesías.
Lo que se requiere es alimentar nuestra pasión por lo
imposible, porque, tal como Weber sostuvo de forma
acertada, «en este mundo no se consigue nunca lo posible
si no se intenta reiteradamente lo imposible».
Debemos recordar una de las conclusiones más incisivas
de su célebre conferencia La política como vocación:
«es preciso armarse de esa fortaleza que permite
soportar la destrucción de todas las esperanzas si no
queremos resultar incapaces de realizar inclusive lo que
es posible».
Un
realismo sensato nos exige luchar por lo imposible para
conquistar lo posible. Renunciar a esta lucha sería,
como dice el poema de Silvio Rodríguez, «eternizar los
dioses del ocaso» y reducir a los hombres al triste
papel de diligentes funcionarios de la historia.
Capítulo del libro La trama
del neoliberalismo editado por
Ciencias Sociales y que será presentado durante la XIII
Feria Internacional del Libro de la Habana. |