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HÉCTOR QUINTERO
PREMIO Y TEATRO
Actor, director de escena, dramaturgo... Héctor Quintero
recibió el Premio Nacional de Teatro por la obra de toda
una vida, donde se destacan inmortales títulos de
nuestras artes dramáticas, como Contigo, pan y
cebolla, El premio flaco y Sábado corto.
Sandra del
Valle Casals |
La Habana
De muchas maneras se
pudiera comenzar a hablar sobre Héctor Quintero. Actor,
director de escena, dramaturgo... Premio Nacional de
Teatro del presente año, un reconocimiento legítimo a su
trabajo de más de cuatro décadas en las tablas cubanas.
Su obra, fundada con
la antológica pieza de nuestras artes dramáticas
Contigo, pan y cebolla, se despliega bajo el latente
signo del teatro vernáculo. Mas su esencia teatrista no
se regodea en el ciego mimetismo de las postulaciones de
la tríada del negrito, la mulata y el gallego del
período costumbrista; sino que se muestra como profunda
tesis de la vida social contemporánea, y espacio donde
se sintetiza la verdadera identidad del cubano.
Sería repetitivo,
quizás hasta ocioso, interrogarle por lo que se siente,
esa suerte de sentimientos que se disparan, al conocer
la noticia del Premio Nacional de Teatro; pues desde que
fue difundida la información esta es la pregunta más
solicitada por los medios de comunicación masiva.
Infiero que sea una experiencia semejante al momento en
que le fue conferida, en 1963, la mención del Premio
Casa de las Américas, por su primera obra extensa, la ya
mencionada Contigo, pan y cebolla. Sin embargo,
Héctor me corrige la especulación: «son dos momentos muy
diferentes en la vida de uno. Esos eran mis inicios, y
esto es el punto de análisis a partir de una obra muy
vasta, de mucho trabajo a lo largo de tantos años. En el
Premio Casa se trataba de descubrir a alguien. Ahora ya
yo estoy descubierto, lo que a uno le agrada mucho haber
realizado una labor que sea reconocida, fuera de toda
vanidad. Este galardón representa que lo que tú has
hecho, en alguna medida, ha valido la pena».
Ahora mismo prepara
una reposición de la obra que, junto a El Premio
flaco, lo destacara dentro del espectro de creadores
en las artes escénicas. Tres palmadas y comienza el
ensayo. En su propia voz remeda la banda sonora con que
se inicia el acto primero. En el vetusto edificio que
reconocemos por la Casona de Teatro Estudio, se monta la
escena de la obra que esta misma compañía estrenara un
mes de febrero cuarenta años atrás. «Pienso que no es
usual que una pieza teatral logre permanecer en el
interés del público al cabo de tanto tiempo. Esta nueva
puesta es un reto para comprobar si se mantiene vigente.
Yo pienso que el tema argumental de Contigo, pan y
cebolla ya no pertenece a Cuba; sino que se expande
hacia muchísimos pueblos de América Latina, que tienen
la misma situación que se narra: la familia de baja
extracción económica. Sin embargo, continúa siendo un
recuerdo para los que vivimos aquella etapa, y un
periódico para los que no conocieron realidades como
esas».
Hilda Oates, actriz
que fuera también galardonada con el Premio Nacional de
Teatro, estuvo en algún momento bajo la voz directora de
Héctor Quintero. «Yo dirigí a Hilda en un pequeño papel,
una escena en una obra mía del año 78, que se llama
La última carta de la baraja. Pero he visto su labor
en otros títulos desde María Antonia hasta su
Bernarda Alba. Este premio en reconocimiento a su
trabajo es muy estimulante. Hilda es una actriz
ciertamente atípica porque comenzó tardíamente su
carrera, como ella misma ha señalado, gracias a la
existencia de la Revolución cubana. Probablemente nunca
hubiera sido la actriz que conocemos debido a su
condición social, su raza, la naturaleza de la sociedad
cubana antes del triunfo revolucionario; difícilmente
hubiera podido desarrollar la carrera artística que ha
cultivado en estos cuarenta y cinco años».
La única y genuina
tradición de nuestras artes escénicas nace con el
llamado teatro cubano, —con rasgos inicialmente bufos
que precipitaron en la variante vernácula—, el cual
llevó por primera vez al criollo a la escena nacional,
en contraposición de los personajes europeos que
figuraban en aquel momento. Sin embargo, en la segunda
mitad del siglo XX, la dramaturgia en la Isla desarrolló
diversos afluentes, como la corriente realista
desembocada con los textos de Virgilio Piñera; el teatro
con referencias poéticas, históricas, donde se señalan
los nombres de Eugenio Hernández Espinosa, Abilio
Estévez, José Milián o Gerardo Fulleda León. Sin
embargo, actualmente la concepción estética asumida por
Héctor Quintero, y que validara en sus últimos títulos:
Te sigo esperando y Antes de mí: el Sahara,
es a veces cuestionada por la caducidad del lenguaje; no
obstante ser una obra sedimentada en una honda visión
antropológica, que empero, sabe apoyar sin sobresaltos,
contradicciones y fórmulas estereotipadas, su retrato
crítico de la sociedad, en las estrategias discursivas
de la ironía y el sarcasmo.
«El teatro en
cualquier parte del mundo no es lo que se hace en Cuba.
Existe el llamado teatro convencional; pero el
convencionalismo puede ser muy amplio: existe lo
clásico, y en un porcentaje muy pequeño la vanguardia,
la experimentación, lo mismo en el mundo desarrollado
que subdesarrollado. Cuba se convirtió en una
singularidad cuando los profesionales del teatro se
alejaron de este medio en búsqueda de la televisión y
los que no, abandonaron el país, —que han sido los
menos. De repente, los espacios quedaron para los
jóvenes, quienes tenían el alimento que se les inculcó
en el Instituto Superior de Arte, donde predominó una
estética como la de Eugenio Barba, quien se estableció
como un icono para todos estos jóvenes que empezaron a
ocupar las plazas teatrales.
«Yo me convertí en
una excepción, al revés del resto del mundo, porque el
teatro que yo hacía dentro de las estructuras
tradicionales era inusual. Cuando en el año 96 soy
jurado del Premio Casa de las Américas, me leo una
considerable cantidad de manuscritos procedentes de
todas partes de Latinoamérica, y por esa vía, además de
mis confrontaciones internacionales, ratifico que en el
mundo entero se sigue haciendo el teatro que yo hago. Y
que en ninguna parte ocurre lo de aquí, que la llamada
experimentación —en algunos casos con logros artísticos
porque eso está en dependencia del talento individual de
los creadores— no sea una determinada cuota, no sea la
excepción, sino la regla.
«Son encomiables
aquellos creadores que de manera intermitente pueden
hacer una puesta en escena donde predomine la imagen,
otros códigos; pero eso en ninguna parte del mundo
constituye el pan nuestro de todos los días, sino son
excepciones que adornan la cultura de cualquier país y
que son importantes desde ese punto de vista. A mí el
saldo me ha demostrado que yo escogí un camino correcto.
El público, el pueblo cubano, —por no hablarte del
resultado de mis obras en otros lugares—, quien es el
verdadero juez, se identifica con mi trabajo; entonces
me demuestro que no estoy equivocado».
No obstante, la
fuerza del teatro es inmensa para quienes, como Héctor
Quintero, han dedicado su vida al gozoso ejercicio de
las artes escénicas.
«Cada día creo más en
ella. De la misma manera que siempre he pensado, que ni
siquiera en el caso de Bertolt Brecht, puede provocar
grandes colapsos sociales; puede influir, mas no creo
que determine. Pero sí es un importantísimo hecho
social, desde el punto de vista de lo que da al
espíritu. La magia del teatro, desde los griegos hasta
nuestros días, es irrepetible para todos los que sienten
la necesidad de hacerlo o de disfrutarlo».
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