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CON EL CIELO EN LAS MANOS
«Pude saber lo que es el hambre, lo que es trabajar por
nada o casi nada. Viví todos los obstáculos posibles y
todos los vencí cuando triunfó la Revolución. Ya no
tengo miedos.» Entrevista con Hilda Oates, Premio
Nacional de Teatro.
Indira
Valero Taboada|
La Habana
Baila Ochún al toque
del tambor yoruba. Baila Ochún la mulata, la de amarillo
y cascabeles, contorsiona la pelvis zalamera, sensual. Y
la música sube, inunda el espacio y Ochún la invita,
la lleva; la enseña a bailar; a bailarle a ella, santa
del panteón yoruba. El tambor canta y tiemblan las
tablas: María Antonia baila…
Hilda Oates, la
María Antonia, de Eugenio Hernández, comparte con
La Jiribilla sus recuerdos, las lágrimas y sonrisas
de quien buscó su lugar y lo encontró entre telones, con
el Premio Nacional de Teatro en las manos y un mundo
de aplausos frente a sí.
«Primero quería ser
bailarina porque cuando era niña llegó un circo cerca de
la casa. Desde afuera abrí un huequito en la carpa y vi
a la rumbera remeneándose con sus plumas y sus vuelos y
me deslumbró. Ese día llegué a la casa diciendo que
quería ser la rumbera del circo. Mi papá me dio una
bofetada en la boca porque decía que las bailarinas son
putas.
«Después que triunfa
la Revolución, al principio, sale un anuncio en el
periódico convocando a unas pruebas para aquellas
personas que estuvieran interesadas en la actuación.
Todos los días había que hacer pruebas e
improvisaciones y al mes recibí la carta que decía
‘usted ha sido seleccionada para cursar estudios de
artes dramáticas en la academia Florencio de la Colina’.
«Como las clases eran
por la tarde, me presenté a una convocatoria del teatro
de ‘Muñecos de La Habana’. Nunca había trabajado con
muñecos, no sabía como manejarlos. Me pusieron uno en la
mano y me pidieron que contase un cuento con él: ‘mi
mamá me dijo que el cielo se podía tocar con las manos,
entonces yo salté y traté de volar, volar, volar, hasta
tocar el cielo con las manos’. De ocho que nos
presentamos, me escogieron. En ese grupo estuve como un
año, trabajaba allí por las mañanas y por la tarde iba a
la escuela.
«Cuando se construye
la Escuela Nacional de Arte (ENA), los más jóvenes que
quedaban en la escuela fueron trasladados allí; para los
que teníamos más de 26 el Doctor Rodríguez Alemán hizo
gestiones para que hiciéramos una evaluación que tuvo
como jurado a personalidades de la talla de Adela
Escarpín, Eduardo Mané, Vicente Revuelta, Mario
Rodríguez Alemán y Guido González del Valle.
«Así ingresé en
movimiento profesional Conjunto Dramático Nacional.
«Comencé haciendo
papeles pequeños como la mujer que canta en Un
tranvía llamado deseo. Luego el conjunto se
desintegra y me fui con Gilda Hernández para el grupo
Taller Dramático.
«Eugenio Hernández
había hecho una obra que yo fui la primera en leer: era
María Antonia y le dije a Eugenio ‘ese personaje
es para mí, porque yo pasé por eso’; era representar mi
propia historia.
«En ese tiempo llegó
Roberto Blanco, venía de África y Eugenio le dio la obra
para dirigirla, porque además tenía mucho de folklore.
«Un día Roberto me
llamó y me preguntó cómo me llamaba, ‘mira para acá,
mira para allá, ponte seria, triste….te voy a dar a
probar el personaje central de la obra. Apréndete esto
para mañana, y luego apréndete aquello y ahora esto
otro….tú eres María Antonia’. Samuel Claxon fue mi
boxeador.
«María Antonia
se estrenó en 1967 bajo la dirección general de Gilda
Hernández, puesta en escena de Roberto Blanco y la muy
importante participación del Conjunto Folklórico
Nacional.
«Después Roberto
formó el grupo de teatro de ensayo Ocuje porque Gilda se
fue para el Escambray. Yo, por supuesto, me fui con él,
porque fue quien me abrió la gran puerta.
«A partir de eso hice
muchísimas obras, Ocuje dice a José Martí, con
textos martianos; Una temporada en el Congo, del
martiniqueño Cesaire; Divinas palabras, de Valle
Inclán, que dirigí junto con Roberto.
«Después Roberto
tiene que irse y se desintegra el grupo.
«En el Teatro Popular
Latinoamericano trabajé también con un director muy
bueno que nadie menciona, que mataron y jamás se le ha
hecho un homenaje: Adolfo de Luis.
«En ese período un
director alemán me invitó a hacer el personaje de ‘la
delegada del distrito 11’, de la Comuna de París.
«Luego llegó Teatro
Estudio de Raquel Revuelta. Allí trabajé, con Suárez
del Villar, Abelardo Estornino, Héctor Quintero, entre
otros importantes directores.
«Con Berta Martínez
presentamos en España Bodas de sangre y la
crítica dijo que: ‘Los cubanos llegaron a España para
enseñarnos cómo hacer Lorca’.
«Claudine Harnault,
una directora francesa nos invitó a Francia para hacer
Macbeth, pero por unos amigos nos enteramos de
que querían sabotear la actuación apagando las luces y
solo hicimos una pequeña presentación con personas
seleccionadas y regresamos a Cuba. «Después la
presentamos en Bélgica y otros países con excelente
crítica.
«Sí he hecho algunas
cosas en televisión y en cine, pero he dedicado mi vida
al teatro.
«Pude saber lo que es
el hambre, lo que es trabajar por nada o casi nada.
Viví todos los obstáculos posibles y todos los vencí
cuando triunfó la Revolución. Ya no tengo miedos.»
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