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HEREJÍA Y AGONÍA DE UN GENIO
Fernando
Rojas |
La Habana
Un hombre
moría el 21 de enero de 1924: hombre porque aún
postrado, casi inmóvil y casi mudo, despedía la
majestuosa dignidad del líder de muchos, del pensador
infatigable, del artista moldeador de caracteres y
almas, pero humilde en su grandeza imperceptible al ojo
común, aún desconocido —y hasta hoy ignorado— en su
sensibilidad exquisita.
Tenía toda la apariencia y buena parte de la fisiología
de una ruina humana. Había dejado de escribir —o dictar,
como hizo durante los últimos dos meses y medio de su
febril actividad vital— el 6 de marzo de 1923. Si
juzgamos por la influencia que ejerció sobre sus
contemporáneos, ese día de marzo fue su último día de
trabajo.
Desde entonces, aislado en una vetusta casa de las
afueras del Moscú de los primeros zares, la ciudad a la
que se trasladó obligado por la guerra que el «mundo
civilizado» hizo a la Rusia bolchevique por cinco largos
y tremendos años (1917 – 1922), estrictamente custodiado
por el Partido de férrea disciplina que fundó, para
cuidarlo, según algunos; o para dejarlo sin influencia,
según otros, siguió de cerca las peripecias de su
«testamento» recién dictado; o rumió —si es que la
enfermedad se lo permitía— la más terrible soledad que
terminó con su muerte.
Testimonios muy contradictorios entre sí, y tan
convenientes a la sutil perfidia de la maquinaria
propagandística del imperialismo contemporáneo, rodean
las circunstancias de los últimos días de este hombre.
En rigor hegeliano, que en pocas líneas intentará ser
marxista, ello puede entenderse como concatenada
consecuencia de la desmesurada, al mediocre parecer,
campanada que este hombre dio a la percepción de la
trasformación de un mundo ya en su tiempo acabadamente
injusto y, al mismo tiempo, propenso a convencerse a
cada segundo de que era el mejor de los mundos posibles.
En efecto, a este hombre pertenece una idea, aún
insuficientemente aquilatada —y desconocida— hasta hoy:
Los países capitalistas de Europa Occidental «no
concluyen su (desarrollo hacia el socialismo) como
esperábamos antes. No lo concluyen a partir de una
«maduración» uniforme en ellos del socialismo, sino a
través de la explotación de unos estados por otros, a
través de la explotación del más importante de los
estados vencidos durante la guerra imperialista, junto
con la explotación de todo el Oriente».1
II
Tercer hijo de un inspector de escuelas de la región de
la cuenca del Volga y de una maestra de origen germano,
Vladimir Ilich Ulianov, nacido el 22 de abril de 1870,
transitó el camino de los intelectuales rusos de fines
del siglo XIX a costa de un gran esfuerzo personal,
teñido con tintes de tragedia.
Huérfano de padre siendo un adolescente, perdió
enseguida a su hermana más querida como consecuencia de
una epidemia y padeció junto a su madre la detención y
ejecución de su hermano mayor, Alexander, involucrado en
la preparación de un fallido atentado al Zar Alejandro
III. Alexander y Vladimir seguían con pasión las
peripecias ideológicas y conspirativas de los
populistas, corriente de inspiración intelectual,
primero, y de práctica terrorista, después, que confiaba
a la masa campesina rusa, conducida por su elite
intelectual, la misión de emanciparse definitivamente
del carcomido absolutismo zarista y encaminar al enorme
país por la senda del socialismo.
La inconsistencia instrumental del populismo no mellaba
su atractivo fundamental: la propuesta de una sociedad
de libertad y justicia universales, y era, al mismo
tiempo, una lógica expresión del influjo de la idea
socialista en un país agrario, empobrecido,
multinacional y dependiente, que avanzaba hacia el
capitalismo con descomunales ataduras feudales. El
populismo fue el vehículo inevitable de la difusión del
marxismo en Rusia. Los principales propagandistas rusos
de las ideas de Marx, y en cierto sentido el propio
joven Ulianov, comenzaron siendo populistas, para
después unirse a las corrientes dominantes en la II
Internacional, regida ideológicamente por la social
democracia alemana.
La leyenda leninista, tejida meticulosamente por los
amanuenses de Stalin, afirmó siempre que apenas Sacha2
fue fusilado, Vladimir concluyó que el camino del terror
no conducía a la emancipación. Independientemente del
poco crédito que esta anécdota puede merecer, apenas
ocho años después de aquel aciago día de la primavera de
1887, Ulianov aparece, junto a otros intelectuales,
liderando una organización obrera clandestina de
inspiración marxista en San Petersburgo. En el interín
se ha graduado de abogado, ahorrando hasta el último
kopek de lo poco que puede enviarle su madre, y ha
comenzado su abundante producción literaria,
precisamente con una agudísima crítica al populismo
desde el ángulo más eficaz: una visión marxista
finalmente anclada en el suelo nacional ruso, la piedra
de toque de la herejía leninista y el vehículo que
atraería hacia la Revolución a la gran masa campesina
rusa, a la mayoría de la población.
III
La Segunda Internacional fue constituida después de la
muerte de Marx y, a diferencia de la Primera, que era
una organización por sí misma, agrupó desde el principio
a partidos nacionales de filiación socialista. El
partido más importante era el social-demócrata alemán,
que contaba con la invaluable influencia y la autoridad
de Engels, quien, aunque residía en Gran Bretaña y
dedicaba la mayor parte de su tiempo a concluir y editar
la obra de Marx, siempre encontraba maneras de continuar
inspirando a la militancia política socialista.
Precisamente fue Engels el autor del texto que
fundamentó y consolidó un viraje muy significativo en la
propuesta de métodos de acción política de la
organización internacional recién fundada, si se compara
con los métodos que proponía su predecesora. Se trata
del prólogo a la edición de l895 de la obra de Marx «Las
luchas de clases en Francia de l848 a l850». En esas
líneas, el fundador sobreviviente de lo que ya se
llamaba «marxismo» argumenta con sobrada brillantez que
la «rebelión al viejo estilo, la lucha en las calles con
barricadas, que hasta l848 había sido la decisiva en
todas partes, estaba considerablemente anticuada»3,
para afirmar como método de lucha del proletariado
contemporáneo el empleo eficaz del sufragio universal.
Engels partía de bases sustanciales para hacer esta
afirmación: desde la derrota de la Comuna de París hasta
los éxitos electorales de la socialdemocracia alemana en
los 80, aún cuando Bismarck la proscribiera, había
analizado y confrontado rigurosamente la incapacidad de
los combatientes armados para sostenerse en el poder y
el significado educativo y movilizativo de la
participación electoral. Comprendió el valor de la
independencia nacional para dar impulso al capitalismo
en los estados europeos más jóvenes y la velocidad con
que se desarrollaba en estos el movimiento obrero. Captó
la importancia que tenía para el desarrollo de las
luchas revolucionarias la combinación del avance
vertiginoso de la clase obrera y el establecimiento de
la democracia burguesa. Fijó su atención en Rusia, en un
brillante arranque de clarividencia, para insistir de
inmediato, según la lógica de su argumentación, en la
necesidad de transitar por el capitalismo. A pesar de
todo, el anciano combatiente defendió hasta el último
instante de su vida el imperativo de la revolución y de
la toma del poder político, y no excluyó que en el
futuro la lucha armada podría ser necesaria.
Precisamente estas consideraciones de principio fueron
cuestionadas en nombre de los argumentos tácticos
previos, dando origen al proceso que concluiría años
después con la escisión de la socialdemocracia
internacional. Algunos de los propios discípulos de
Engels se desentendieron de la idea de la revolución,
propugnaron la asimilación a los mecanismos electorales
como vía para la toma del poder, comenzaron a otorgar un
sentido abstracto, no contextualizado, a la acepción de
democracia, terminando por identificar a los mecanismos
de la maquinaria política burguesa con la democracia
misma, desatando una creciente confusión que dura hasta
hoy, y renunciando a la transformación de la sociedad.
Este tipo de identificación de sectores populares con
los explotadores, en los países capitalistas más
desarrollados, creciente con los años, fue y es posible
como consecuencia de trasladar las relaciones de
dependencia más crueles y onerosas del ámbito nacional
al de las relaciones coloniales y neocoloniales.
Inevitablemente la respuesta al desvarío revisionista
vendría de un país europeo donde no se dieran las
condiciones de independencia nacional, democracia
burguesa y desarrollo vertiginoso y relativamente global
de las fuerzas productivas y sí tuviera lugar, en alguna
medida, un avance significativo de las relaciones
capitalistas de producción. La presencia de estas
circunstancias en Rusia desataría una crisis de
proporciones gigantescas, en la medida que la
concentración de la producción industrial en las
ciudades más importantes formaría una clase obrera
relativamente pequeña pero muy bien organizada, que
enfrentaría a la burguesía nacional que, en tanto
dependiente del capital extranjero y temerosa de su
joven e irreconciliable enemigo, pactaría a la larga con
el zarismo y el capitalismo internacional. Una
organización obrera capaz de atraerse a la masa
campesina de todos los pueblos de Rusia estaría llamada
a conquistar la independencia para las nacionalidades
oprimidas, la eliminación de la explotación semifeudal
de los campesinos y su propia emancipación. Esa
organización fue el Partido de Lenin, el Partido
Bolchevique.
IV
La herejía leninista tiene entonces un origen dual: de
un lado, la necesidad de preservar la esencia
revolucionaria y transformadora del llamado marxismo, de
otro la pertinencia de éste, en términos de un contexto
creativo, para la solución de la «crisis nacional» (o
multinacional para ser más exactos) rusa. En pos de la
tradición crítica de la intelectualidad rusa, Ulianov,
que ya firmaba Lenin desde la prisión y el exilio
ganados por su actividad clandestina en San Petersburgo,
miraba a Europa para volverse contra el zarismo arcaico,
pero lo hacía desde una perspectiva propia, como mismo
haría años después al estudiar la tradición japonesa o
al adentrarse en la milenaria cultura china. En pos de
la visión clásica de Marx y Engels sobre una revolución
internacional emergente desde los centros del
capitalismo, a partir del desarrollo de las fuerzas
productivas y la clase obrera, Lenin vinculaba la
solución de la crisis de Rusia a una revolución
originada en ese país, pero desatada de manera más o
menos inmediata en el resto de Europa y que conducía
igualmente al comunismo internacional.
La primera manifestación de la herejía no apuntó
directamente a la escisión de la social-democracia
internacional. De hecho, aparte de la abdicación de
Bernstein, los socialistas seguían siendo combatidos y
perseguidos en masa por el orden burgués y quisiéranlo o
no, constituían una alternativa a éste. Lenin y su
pequeño grupo de seguidores, formal y orgánicamente
militantes del Partido Obrero Social-demócrata de Rusia,
fundado en l898, eran reconocidos por cualquier
socialista europeo como «suyos». No hay el menor
fundamento para suponer que las diferencias en cuanto a
organización de la vida del partido, las únicas que se
ventilaron públicamente en esa época, puedan
interpretarse como una agresión a la tradición
democrática del socialismo europeo o a sus éxitos
electorales o parlamentarios. De hecho, con excepción de
los socialistas que impugnaron la revolución misma, ni
los peores adversarios de Lenin pudieron señalar mancha
alguna a la sustancia democrática del bolchevismo en el
poder. En realidad fueron cogidos entre la sorpresa, la
vergüenza y la incomodidad cuando se estableció por los
bolcheviques la práctica de publicar todos los tratados
diplomáticos y las actas oficiales, y contemplaron
perplejos y soberbios cómo los congresos del partido y
los soviets ventilaban los más escabrosos asuntos a los
ojos de toda la sociedad del multinacional país
socialista.
Ya he intentado demostrar en otra parte que las críticas
de Rosa Luxemburgo —que algún lector tendrá en mente— no
se referían en modo alguno a la ausencia de libertad de
expresión, prensa o reunión a la manera burguesa en el
estado soviético, ni mucho menos a la limitación de los
derechos de los burgueses, idea que ella compartía, sino
a las limitaciones a la democracia que el sitio y la
agresión imperialista podían provocar y a la incapacidad
que los bolcheviques podían demostrar al sortearlas. A
la larga, esas críticas significaron una premonición
genial de la gran luchadora sobre la degeneración
burocrática del régimen bolchevique.
En 1903, cuando se produce la ruptura entre bolcheviques
y mencheviques, ninguno de esos temas estaba en
discusión. Ni unos ni otros emplearon argumentos
concernientes a la limitación o a la ampliación de la
democracia del partido. Sencillamente se discutía sobre
la afiliación obligatoria o no a una célula de base del
Partido Obrero Social-demócrata de Rusia. Por supuesto,
en el pensamiento de Lenin —mucho más que en sus
palabras— estaba la necesidad de una organización
perfecta de revolucionarios comprometidos y
disciplinados... para hacer la revolución que en poco
tiempo sería internacional y emanciparía a la humanidad
entera. No se le puede culpar de que el estalinismo haya
elevado el «centralismo democrático» a política
permanente de partido y estado.
Mientras estos debates dividían al partido y la
organización leninista apenas se formaba, estalló la
revolución real. El ruso común, ajeno a los debates
partidarios y las sutilezas escisionistas, sencillamente
no pudo más y se lanzó a la calle. Bolcheviques,
mencheviques, liberales y monárquicos
constitucionalistas fueron sorprendidos. Tardaron en
adaptarse a la situación casi todos, excepto cierto León
Trotsky, un ente equidistante de las facciones
socialistas en pugna, incoherente en sus postulados y
excesivamente seguro de sí. La velocidad con que este
ocupó su puesto de vanguardia en la revolución es una
prueba inequívoca de la lejanía entre las organizaciones
políticas y el movimiento real de las masas.
V
La revolución de 1905 fracasó después de dos años de
combates callejeros en las principales ciudades del
país, análogos a los que Engels consideraba tan
improbables apenas diez años antes. El zarismo se las
arregló para imponer una constitución espuria que violó
y manipuló cuantas veces quiso y que aportó a los
socialistas una experiencia bien distinta, dada su
escasa relevancia, a los éxitos parlamentarios de sus
colegas de occidente. Se impuso la más brutal reacción
en todos los órdenes, particularmente en el campo de la
cultura. La preeminencia del oscurantismo y las formas
de religiosidad más arcaicas recordaban lo peor del
medioevo y contrastaban claramente con el increíble
impacto mundial de la producción cultural rusa de la
centuria anterior.
En esas condiciones, la intuición organizativa de Lenin
cobró forma en lo ideológico y aún en lo estrictamente
filosófico: la idea de una organización revolucionaria
transformadora dio paso a la concepción de que si bien
acceder al socialismo sólo era posible desde unas
fuerzas productivas colosales, ello tenía que ser el
resultado de la voluntad colectiva, ideológicamente
amasada, de toda la sociedad. En 1923 Lenin sustituiría
ideológico por cultural. Lenin en su segundo exilio,
desde lo filosófico, y Einstein desde la teoría de la
física, arribaron a conclusiones paralelas que refutaban
el supuesto asidero teórico de la versión irracionalista
de la llamada «crisis de la física», desatada cuando se
descubrió que el átomo era divisible. El primero
demostró que ello no era otra cosa que una expresión de
la inagotabilidad de la materia, y el segundo que esta
se comportaba relativamente aún en sus dimensiones
espaciales y temporales. El racionalismo materialista
consecuente no impidió a Lenin insistir en su concepción
ideológica: a esta misma época pertenece su aseveración
de que la primacía absoluta de la materia respecto de la
conciencia sólo puede establecerse en los marcos de la
cuestión fundamental de la filosofía.
No es difícil adivinar que la reacción impidió
consolidar el partido a la imagen leninista. Y entonces
sí estalló la escisión de la socialdemocracia
internacional. Los socialistas de la mayor parte de los
países de Europa occidental, contra toda la tradición de
origen marxista, votaron a favor de los créditos de
guerra en 1914. La mayoría de sus colegas en el resto
del mundo, aún algunos dentro de las filas bolcheviques,
los apoyó. Un pequeño grupo de revolucionarios de
distintos países, entre ellos dos facciones
relativamente importantes —más por el peso de sus
argumentos que por el número de sus afiliados—, la
bolchevique y la lidereada por Rosa Luxemburgo en el
Partido Alemán, se opusieron a la euforia guerrerista y
patriotera. De ese embrión surgiría una nueva
internacional, la tercera. Del pensamiento de esos
combatientes revolucionarios surgieron la teoría del
imperialismo y la idea de que bajo la dirección del
partido, de la guerra imperialista emergería triunfante
la revolución socialista, como pareció empezar a suceder
efectivamente en Octubre de 1917 en Rusia.
Desde la perspectiva de Lenin, ello significaba la
solución de la crisis nacional, el nacimiento de un país
moderno y la creación de condiciones para el
establecimiento en Rusia del socialismo, que se
extendería, mucho más velozmente, al resto de las
naciones desarrolladas.
VI
En diciembre de 1920 corrieron rumores en Moscú de que
se preparaba un decreto para eliminar el dinero. En
menos de tres años se había consumado el «asalto de la
guardia roja al capital». La guerra civil declinaba
decisivamente y el cerco que las potencias capitalistas
habían tendido a Rusia había sido definitivamente roto.
Las necesidades de la contienda habían impuesto la
requisición obligatoria de los excedentes de la
producción agrícola por vías extraeconómicas y, al
establecerse la paz, esta práctica siguió aplicándose,
sin violencia, sin excesos onerosos para el campesino y
con la naturalidad que significaba igualar —a lo
«comunista»— las necesidades de consumo.
Lenin comprendió antes que nadie que la miseria
repartida no era el comunismo. Vislumbró que un país
dependiente no podía contar con recursos propios sin
desarrollar su base industrial. Entendía que una
comunidad multinacional constituida por millones de
pequeños campesinos no podía transitar al socialismo sin
un período previo de acumulación de capital y de
crecimiento cultural. Resolvió creativamente —y
heréticamente— la necesidad de transitar por el
capitalismo sin entregar el poder popular que resolvió
la crisis nacional rusa.
Apoyó a Trotsky en la idea de sustituir la requisición
por el impuesto: la idea de abolir el dinero se fue a
bolina. Al bolchevique curtido por la guerra se le dijo
que aprendiera a comerciar. Crecieron las diferencias
sociales y el partido se ocupó de controlarlas
administrativamente, pero sobre todo, de denunciarlas
por todos los medios posibles, de sostener un clima de
repudio a las relaciones monetario-mercantiles, mientras
se veía obligado a mantenerlas.
Lenin creyó encontrar en la «cooperación» —la
cooperativización a gran escala de toda la pequeña
propiedad— la solución a pequeño, mediano o largo plazo
del problema cardinal de la diferenciación social
inserta en una atmósfera cultural mediocre y pequeño
burguesa. Uncida a una industrialización acelerada y a
un plan económico riguroso y científicamente
fundamentado, la cooperación conduciría al socialismo.
No tuvo tiempo para definir los plazos, los métodos y
las proporciones. Apenas pudo percibir los enormes
peligros que se cernían sobre su programa. Pero sus
preocupaciones no formaron parte, por primera vez en la
historia del partido, del debate colectivo y público, y
fueron escamoteadas al partido, la sociedad y el mundo
durante más de tres décadas. Hay que rastrearlas en sus
últimos textos, los que dictó antes de postrarse
definitivamente.
La necesaria consolidación del partido y el estado, la
prevención contra la desigualdad fueron derivando de un
planteamiento de competitividad económica y
enfrentamiento ideológico culto, al establecimiento de
controles administrativos que paralizaban la creatividad
y el ejercicio de una política económica inteligente y
al surgimiento de la burocracia del partido.
Paradójicamente, el verdadero control y la vigilancia
eficaz de los intereses del poder popular fueron
retrocediendo: se renunció al monopolio del comercio
exterior y se sustituyó el avance gradual hacia la
cooperativización por la condescendencia con el
agricultor pudiente.
La imposición de la unión de las repúblicas no rusas a
Rusia, bajo la hegemonía administrativa de esta, fue
—aunque recordemos con cariño el nombre del estado
multinacional creado el 30 de diciembre de 1922— la gota
que colmó el vaso. El mismo día en que se fundó la URSS
Lenin se opuso a su constitución.
Los dos meses siguientes se le escurrieron dictando
cartas contra las desviaciones del inspirador de la
burocracia —el miembro del Buró Político, Secretario
General del Partido y Ministro4
de dos carteras Iosif Stalin— y rumiando las
particulares circunstancias en que se conformaba la
dominación imperialista y se interrumpía el soñado
torrente revolucionario hacia el establecimiento del
socialismo mundial. Su clarinada sobre la manera en que
el capitalismo escamotearía en sus entrañas la
apariencia de dominación gracias a la dominación
efectiva sobre su periferia, sigue esperando por una
lectura creadora. Su llamado contra la desviación
burocrática, el llamado de un moribundo genial, fue
desoído por décadas y a la larga llevó al poder, contra
la burocracia «manchada con la sangre de los jefes del
Partido y la Internacional Comunista»5,
no a la revolución, sino a la reacción pequeño burguesa
y servil.
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Los testimonios más confiables aseguran que trató de
mantenerse activo hasta el último minuto. Cualquiera que
haya sido la causa de su alejamiento, además de la
enfermedad terrible que lo incapacitaba, el partido y la
sociedad vivían pendientes de cada instante de la larga
agonía, esperanzados, dolidos y paralizados a la vez.
Aquella gran voluntad necesitaba más tiempo para afirmar
una obra colosal o seguidores de su talla moral que
colectivamente estuvieran a la altura de la tarea
increíble de emancipar definitivamente a millones de
seres. No tuvo ni lo uno ni lo otro. Y sin embargo, la
obra de Lenin impactó definitivamente el sentido
libertador de los oprimidos de todo el mundo,
mostrándoles la insuficiencia de la independencia
política formal para garantizar su emancipación.
Quiérase reconocer o no, todo el proceso de
descolonización y la aparición de concepciones muy
progresistas en los movimientos de liberación nacional
en el siglo XX, concepciones que plantean que la
consumación de la emancipación es impensable sin una
transformación radical de las relaciones sociales, son
consecuencia de la herejía leninista y su praxis
abarcadora. Paradójicamente, la contribución de Lenin a
la práctica de la construcción del socialismo apenas si
se ha ensayado. Tenemos esa deuda con aquel inmenso
intelecto. Al saldarla, sobrevendrá la emancipación
definitiva. Sobrevendrá porque, como Lenin previó hace
ochenta años, los oprimidos somos la mayoría de la
población del planeta.
Notas:
1) V.I. Lenin.
Mejor poco, pero bueno. Obras escogidas, Moscú,
Editora Política, 1976. p738.(en ruso) La traducción y
las cursivas son del autor de este texto. El texto de
Lenin está fechado el 2 de marzo de 1923.
2)
Diminutivo cariñoso de Alexander.
3) Karl
Marx. Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850.
Espasa-Calpe, 1985. p.92
4) Se
llamaban «Comisarios del Pueblo», no Ministros.
5) Según
Isaac Deuscher, biógrafo de Trotsky, esta fue la
imprecación lanzada por los seguidores de Jruschev a los
seguidores de Stalin que sobrevivieron a este, cuando se
debatía en el Buró Político la crítica al culto a la
personalidad de Stalin, a propuesta de Jruschev. El
pasaje, que no he podido comprobar documentalmente,
parece verosímil.
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