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JULIO ANTONIO MELLA NO HA MUERTO
Horacio
Labastida|
México
Los atormentados
tiempos que hoy nos agobian no parecen tener un fin
cercano. Hay hechos que todos conocemos y por esto mismo
nos alarman día a día en términos aún más dolorosos que
los registrados en 1933, luego de incendiarse el
Reichstag alemán (27 de febrero). Con este pretexto
Hitler decretó en primer lugar la suspensión de los
derechos humanos a fin de perseguir a los terroristas y
a todos aquellos, también terroristas o amigos de éstos,
que desde ese día pretendían rechazar el nuevo orden
social. Al efecto Hitler abrió las puertas a la
dictadura del partido nazi, dueño único de la verdad y
actor principal en la edificación de un totalitarismo:
el de la raza pura, apuntalador singular del eterno
señorío germano.
¿Cuáles eran los principios del mandato nazi? Consistía
en tres evidencias apodícticas, y consecuentemente
indiscutibles e inapelables.
Era la primera del siguiente tenor: sólo una raza
humana, la germana, goza de las más nítidas virtudes,
las del superhombre pleno de belleza, talento, gracia y
reciedumbre, y por esto verse perseguida por las
cargadas de maldad, odio y feroces instintos
destructivos; mas los germanos tienen el derecho
irrenunciable a defenderse, expandirse por el mundo y
arrasar sin piedad a los enemigos que los acechan y
amenazan. Y precisamente el Estado nazi y su gobierno
son el escudo de la raza pura y los encargados de
extinguir por todos los medios a los condenables
impuros. La segunda evidencia es igualmente aterradora.
La identidad del Estado nazi y raza pura tiene como
fundamento la verdad única, excluyente de cualesquiera
otras postuladas por la perversidad e iluminante del
camino hacia la salvación. La tercera evidencia es
postulada como práctica política. Por su naturaleza el
Estado nazi es totalitario y absolutista. Absolutista
porque representa la verdad única, y totalitario porque
lo abarca todo sin consenso alguno, puesto que es
imposible el acuerdo entre la raza pura y los impuros
del planeta.
Esa fue la doctrina del partido nazi que encabezó Adolfo
Hitler desde 1933, que hizo pedazos a la Liga de
Naciones Unidas, la institución imaginada en Versalles
al final de la Primera Guerra Mundial para garantizar la
paz y purgar la guerra entre los pueblos, que
ensangrentó al mundo y concluyó con el suicidio del
propio Hitler, en 1945, después de algo más de dos
lustros de desasosiego y una Segunda Guerra Mundial que
mató y asesinó a millones de civiles y soldados en
Europa, África y Asia.
El drama fue tan insólito y trágico que culminó con una
de las mayores abominaciones que registra la historia
universal: el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki,
causante del genocidio que lastima aún la conciencia
honesta de la humanidad. ¿Acaso tan dolorosas heridas
concluyeron los afanes aniquilantes de la sociedad y del
hombre?
Contra todo lo previsible hoy enfrentamos un
neototalitarismo nazista más temible que el de 1933. El
gobierno de Estados Unidos que preside Bush, no el
pueblo estadunidense, pretende levantar un nuevo
totalitarismo con su verdad única, absoluta e
irrebatible, que busca esclavizar a los terroristas del
presente, o sea, a todos los que no están de acuerdo y
se insubordinan contra la opresión del flamante
imperialismo.
La batalla del hombre que no admite ser deshumanizado se
inició en 1994, con el Primer manifiesto de la selva
Lacandona de los zapatistas chiapanecos y continúa en
Mumbai, India, a cargo de miles y miles de hombres de
todos los países contrarios al neoliberal despojo de la
libertad y la justicia.
Julio Antonio Mella, el heroico cubano asesinado en
México por Gerardo Machado el 10 de enero de 1929,
invitó durante su breve y maravillosa vida a los
latinoamericanos y no latinoamericanos a organizarse y
luchar por su humanidad y contra las fuerzas
capitalistas y sus asociados políticos, que para
acumular capitales buscan sacrificar la dignidad moral
del hombre.
¿Qué hacer —se preguntó Mella— para iniciar el camino de
la libertad? La respuesta fue contundente: «el dólar
vence hoy al ciudadano; hay que hacer que el ciudadano
venza al dólar». Sólo así podría inaugurarse la
redención del pueblo. Mella no ha muerto: está aún entre
nosotros y con nosotros.
Tomado de La Jornada |