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105 MIL 120 HORAS DESPUÉS
José
Steinsleger|
México
Tras la esperada
invasión de Panamá (diciembre de 1989) y la inesperada
derrota electoral del sandinismo dos meses después, en
los coches de Miami aparecieron calcomanías adheridas
que decían: «La próxima Navidad, en La Habana».
Xavier Suárez,
alcalde de la ciudad, declaró: «…la ‘vox populi’ (sic)
en la comunidad de exiliados es que ‘ese señor’ no puede
mantenerse ni por un año». Y un periodista cuya opinión
«independiente» coincide invariablemente con la del amo,
apuró el paso para entregar a imprenta un libro de
modesta pretensión: «La hora final de Castro».
A tono con una época
en que la información se liberaba de los criterios
tradicionales de la verificación o el error, el libro de
Andrés Oppenheimer se vendió como pan caliente y termina
así: «Esto ya se cayó —me dijo un hombre en la calle
hacia el final de mi último viaje a Cuba—. Estamos en el
papeleo».
Ciento cinco mil
ciento veinte horas después (incluyendo las de 1993-95,
las más difíciles de la revolución), Fidel cumplió 77
años. Hecho que a muchos politólogos y escritores de
espíritu plural aunque peleados con la realidad, les
condujo al sensacional hallazgo de que las personas, a
determinada edad, mueren.
Angustiados por Cuba
(al igual que lo están por Haití, Colombia, la deuda
externa, los indios de Bolivia y los periodistas
asesinados de América Latina), los chiquillos y las
chiquillas bienpensantes emplean una serie de términos
de «excelencia académica» que atornillan y desatornillan
a discreción. «Transición» es el favorito. Como en
España…¿me explico? «Diálogo», «participación
ciudadana», «alternancia», «democracia con inclusión
social», «acceso a la información», «transparencia»,
«desarrollo humano sustentable»… suma y sigue.
Ahora bien. Si las
personas mueren a determinada edad, cosa científicamente
probada, Fidel Castro sería igual a Francisco Franco.
Por tanto, corresponde alentar (¡intervenir, no!),
apoyar (¡conspirar,no!), impulsar (¡desestabilizar,
no!), una «transición» como la que Felipillo realizó
en la madre patria de todas las derrotas. ¿De qué
«transición» se trataría? La manirrota Agencia de
Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID),
jura que su anhelo consiste en favorecer «una transición
rápida y pacífica a la democracia en Cuba» ( ¡zambomba,
Delfina! ¿ahora sí, te cai? ). En la hoja informativa
del 16 de enero pasado, la USAID señala que el programa
asciende a un total de 26 millones de dólares en
donaciones a 28 «organizaciones no gubernamentales» para
establecer solidaridad con los «activistas en derechos
humanos» (sic), dar una voz a los periodistas
«independientes» (sic) y hacer un «plan para la
transición a la democracia.» (sic). (¡Eah, mi gente!
¿Hay chamba por ahí?).
Ante la «inminente
transición» (sic), la Universidad de Rutgers, la
Universidad de Miami y el Consejo Empresarial Estados
Unidos-Cuba, conjuga esfuerzos con la Fundación
Internacional para Sistemas Electorales (IFES),
«organismo no gubernamental y no partidario sin fines de
lucro» (sic), que opera en varios países del mundo para
que la democracia funcione como la dinastía Bush sueña
que debe funcionar. Por ejemplo, en la rebatiña de
licitaciones para la reconstrucción de Iraq, el
secretario de Estado Colin Powell controla el IFES para
dirimir sus «contradicciones secundarias» con el
Pentágono.
Dijo Powell en mayo
pasado: «Estados Unidos no considera necesario utilizar
la fuerza contra Cuba porque estima que el gobierno
‘anacrónico’ de Castro caerá por sí mismo».
Curiosamente, su antecesor en el cargo, John Quincy
Adams, escribió en 1823: «…así como una fruta separada
de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque
quiera, dejar de caer al suelo, así Cuba, una vez
separada de España…tiene que gravitar necesariamente
hacia la Unión americana».
Licuado entre física
de Newton y geopolítica imperial que está por verse.
Porque antes de Powell, el jefe del Pentágono Donald
Rumsfeld declaró que la invasión tendría lugar en caso
que hubiesen «armas de destrucción masiva». Algo que el
último filme de James Bond ya descubrió y el «olfato»
periodístico de Oppenheimer y los intelectuales libres
podría certificarnos. Tiempo al tiempo. Y si
no…cincuenta misiles sobre Cuba podrían reforzar el voto
gángster de Florida que, después del lobby sionista, es
el de mayor influencia en la Casa Blanca.
Ni modo: a
determinada edad, estiramos la pata. Compay Segundo se
fue con 97 años. El poeta Andrés Henestrosa asegura que
cumplirá tres más para completar un siglo. Y el maestro
Horacio Labastida, que a los 85 libra fecundas batallas
contra la impostura intelectual, sigue convencido de que
a pesar de los intentos retorcidos de interpretar la
historia, una conciencia colectiva alerta no puede ni
debe aceptar conciliaciones políticas de índole
monstruosa. |