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PARA DIFUSIÓN INMEDIATA:
LA CONTRARREVOLUCIÓN
DESCUBIERTA
 
M. H. Lagarde | La Habana


En los inicios de su guerra contra la Revolución cubana, Estados Unidos mantuvo siempre en el mayor secreto su política de agresiones contra el gobierno de La Habana.

En los 60, por ejemplo, luego de coordinar cuál sería su plan de acción contra los cambios que se llevaban a cabo en la Isla, el presidente Einsenhower le aconsejaba a los arquitectos de la contrarrevolución: «cada uno debe estar preparado a jurar que no escuchó nada de esto» y «nuestra mano no debe aparecer en nada de lo que se haga».

Similar llamado a la máxima discreción hacía en un informe del Inspector General de la Agencia Central para analizar el fracaso de la invasión a Playa Girón, su autor, el general Kirkpatrick. Tal como Eisenhower, el general proponía mantener en absoluto secreto todo lo referente al llamado Proyecto Cuba. Nada debía saberse de que la esencia del mismo consistía en la «formación de una organización de exilados» que tuviera por misión «encubrir las operaciones de la Agencia» y la «creación de una oposición dentro de Cuba» que pareciera dirigida por los exilados —controlados por la Agencia— y «sería alimentada… mediante asistencia clandestina externa». Una vez más: «La mano del gobierno de Estados Unidos no aparecería».

Durante casi cuatro décadas de invasiones, sabotajes, actos de terrorismo y bloqueo que le han costado miles de vidas al pueblo cubano, Washington trató de desentenderse de la responsabilidad de sus agresiones contra Cuba. Para muchos, algunos de ellos al servicio de esos mismos planes, las consecutivas denuncias hechas por la Isla no pasaban de ser una simple prueba de la paranoia antinorteamericana de La Habana.

De un tiempo acá, sin embargo, la estrategia de los servicios secretos norteamericanos parece haber cambiado. La arrogancia debida al nuevo diseño unipolar del mundo, su falta de inteligencia —léase literalmente— o su desespero por mantener el poder de la Casa Blanca en las próximas elecciones, han logrado que la actual administración estadounidense no se ande con muchos misterios en cuanto a la difusión de su agresiva política contra la Isla.
 
Después del discurso del 10 de octubre del 2003, en donde el presidente George W. Bush anunciara nuevas sanciones económicas a Cuba y la creación de una comisión de ayuda a la «transición democrática» en la isla, sus personeros han incrementado el volumen de las campañas de difamación y amenazas. Lo que antes era considerado como top secret, hasta que luego de pasados treinta años se «desclasificara», hoy se publica con la mayor desfachatez en los medios.

La mejor prueba de esta «apertura» es sin dudas el informe hecho público recientemente por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, según el cual, se le asignan 26 millones de dólares a 28 organizaciones no gubernamentales (ONG) con el fin de fomentar la solidaridad con los activistas de Cuba en derechos humanos; dar una voz los periodistas independientes de Cuba; establecer ONG cubanas independientes y planificar la transición; entre otros desvaríos, cuyo único fin real es complacer las exigencias de los chantajistas de Miami.

La tajada es tan apetecible que hasta la supuesta ONG, Reporteros Sin Fronteras ha dejado de jugar al espionaje de los tiempos de la Guerra Fría y ha decidido, de una vez por todas, abrir una oficina en la urbe donde siempre debió tener su principal sede.

El programa de la contrarrevolución sigue siendo el mismo de siempre, pero con la diferencia de que ahora se instrumenta a la vista de todos. El informe de la USAID hecho público por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos: http://usinfo.state.gov/espanol, advierte en su encabezamiento: «Para difusión inmediata».

No hace mucho, esas reparticiones de dólares, cuya mayor parte se queda en Miami, solían hacerse a través de organizaciones más «encubiertas» al estilo de la National Endowment for Democracy, organización que algunos —de «ingenuidad» pagada por esa misma entidad— han llegado a definir como una agencia de carácter cultural.

Pero ya ni eso. Como parte de su obscena arrogancia (¿o ignorancia?), George W. Bush, en su último discurso a la nación, acaba de quemar también al «independiente y bipartidista» Fondo Nacional por la Democracia. El nuevo dictador del mundo, le duplicará el presupuesto  a la NED para cumplir con el «cultural» papel de promover «elecciones libres, mercados libres, prensa libre y sindicatos libres en Medio Oriente».

Más claro, ni el agua.
 

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