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ADIÓS A NUESTRA DOÑA BÁRBARA
 
Raquel Revuelta ha muerto. La pérdida es irreparable para el teatro cubano. La gran actriz, la ex decana de la Facultad de Artes Escénicas del ISA, la Honoris Causa en Artes, la directora de Teatro Estudio, la Premio Nacional de Teatro 1999, la mujer investigadora, sensible, inteligente, talentosa.


José Luis Estrada Betancourt | La Habana

Es irónico que en 1954 Raquel Revuelta protagonizara el largometraje del mexicano Miguel Morayta, Morir para vivir. Ella que en vida había asegurado el paso a la posteridad. Ella que fue Lucía, Santa Juana de América, Laurencia, la inigualable Doña Bárbara... Ella que fue aire fresco y escenario, luneta, telón. Porque Raquel fue Teatro.

Mas, no nos podemos confundir, aunque preferiríamos estar equivocados. Raquel Revuelta ha muerto. La pérdida es irreparable para el teatro cubano. En la Necrópolis de Colón descansa la gran actriz, la ex decana de la Facultad de Artes Escénicas del ISA, la Honoris Causa en Artes, la directora de Teatro Estudio, la Premio Nacional de Teatro 1999, la mujer que ostentó con orgullo la Distinción Por la Cultura Nacional, la Medalla Alejo Carpentier, la Orden Félix Varela; la mujer investigadora, sensible, inteligente, talentosa.

«Algunas de las cosas que hice, que se conservaban en videos y películas, ya no existen. El tiempo las destruyó. Ni qué decir de la labor pedagógica, esa es aún más difícil y anónima». ¿Se quejaba Raquel de la ingratitud de los hombres en aquella entrevista? No lo creo. Siempre fue una señora con los pies bien puestos en la tierra. Cuando lo dijo ya todo estaba hecho: una obra impresionante en la radio, la televisión, el teatro, el cine, respaldada por efusivos y merecidos aplausos.

Es triste. Ya no hará llorar ni reír. Tampoco podrá jugar dominó con su hermano Vicente después de almuerzo, ni estudiar, incansable, nuevos proyectos de futuras puestas en escena. Mas no importa. Seguirás presente en Lucía, Un hombre de éxito, Cecilia, Cuba baila... Y en Tartufo, y en cada clásico que sus colegas cubanos suban a las tablas.

Todavía me parece escucharla. Con esa voz que retumbaba por las salas oscuras de los cines, donde aprendimos a amarla: «Dame una gardenia, mamá», como si con una fuera suficiente. Son todas tuyas, Raquel. Tú las mereces.

(Juventud Rebelde)

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