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El cuento de La Jiribilla
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A LA UNA DE LA TARDE
Carilda Oliver Labra
Esa vez se dio cuenta de que siempre había odiado esa
hora. Recordó que dos años atrás, cuando precisamente
viajaban en el automóvil, ella dijo que aquella hora era
impropia para el amor. Y hoy, de modo imprevisto, todo
sucedió a la una de la tarde, cuando el sol condenaba a
la tierra y la luz era una marca agobiadora en los
cuerpos.
Simplemente hacía calor en la calle y su oficina estaba
a un paso con su aire acondicionado, y era verde, y sus
ojos también eran verdes como un paisaje a donde no
llega el otoño.
Encontró unos clientes y quiso marcharse. Primero él la
estuvo mirando con sorpresa, después con alguna
indiferencia y cierta caricia. Esa era una proporción
básica en su mirada generalmente, y era, desde luego, un
modo de atraparla.
Al
ver aquella gente se excusó por la interrupción y
pretendió irse, pero él la detuvo:
—Espérate, en un momento termino…
El
ruego lo mismo podía ser interesado que simplemente
cortés. Miró a los hombres adivinándoles el pensamiento,
así que sólo repuso:
—Vuelvo dentro de diez minutos; también tengo algo
pendiente.
Tan pronto caminó
hacia la calle se percató de que no debía volver, la
razón no estaba bien clara: era un presentimiento.
Bueno, le dijo que iba a volver. Odiaba las indecisiones
y los términos medios.
Entre ellos no había otro vínculo que el de una amistad
que retoñaba de vez en cuando. No eran íntimos que se
necesitaban constantemente o que intercambiasen
secretos, penas, goces, aunque un nudo impalpable los
unía misteriosamente; quizás por un sinnúmero de
afinidades no manifiestas. Era una relación sin
consecuencias, como la que tienen los niños y no lo
saben; una alianza, un lazo fuerte por lo débil que
aparentaba ser. Ni el amor propio de él levantado como
urticaria, cuando se le había negado dos años antes,
pudo deshacer la suerte de inteligencia atractiva que
los unía.
En fin, volvió, y los
clientes se retiraron con presteza. Al principio por no
mirarlo, se enfrentó a un cuadro que ennoblecía la
pared. Con buen dibujo, era lo más amable en la
habitación, aunque quizás algún color pecaba de
ligeramente impuro.
Cambió la mirada y la puso en sus ojos verdes. Pensó que
a él sí no había quien le ensuciara los ojos, y sonrió.
Él revoleteaba por la oficina en busca de un libro
prometido. La situación era inocente aunque en un caso
así la soledad entre hombre y mujer raras veces parece
serlo.
Se
sentaron uno junto al otro y comenzaron a hablar
improvisando temas distintos. A ella le parecía que
estaba diciendo más simplezas que él. Todo era falso:
las palabras, la hora, el sitio. Estaba bastante molesta
consigo misma. No sabía la causa de la visita y la
sabía. Cuando le dijo: «Eres la única amiga que he
podido conservar» quiso decir que con todas las demás
hacía siempre lo mismo. Ella esbozó:
—Usas la vida como quieres. Me gusta tu sinceridad. Eres
un hombre. Cuesta mucho trabajo encontrar un hombre—;
aunque no lo miró al decirlo. Siguió hablando sin saber
de qué… Hizo mención a cómo había sido posible guardar
la amistad y huir de… ¿Qué estaba diciendo? ¿Qué máscara
se había puesto? Una fuerza cómplice la estremeció. Se
volvió hacia él con la gracia de la verdad y el temblor
del descubrimiento. Se quedó estática, como a flote, en
la onda sin sosiego que venía de las pupilas imantadas.
Con gran asombro, con casi perplejidad se escuchó a sí
misma diciendo unas palabras que por el mensaje que
traían pudieron haber sido bíblicas. Él la tomó por los
brazos y ambos sonrieron: por un momento se habían
encontrado.
Pronto sería la una.
Estaban solos en la oficina desierta. Él la besaba. Ella
quería pensar mientras la boca se le llenaba de verde.
Tengo que irme resolvió a mitad del beso, y enseguida
pensó otra cosa—: Tengo que irme, estoy diluyéndome,
estoy borrándome, todo esto no es cierto, lo he
inventado, él no está ni yo tampoco —pero el beso
arreciaba— tengo que irme, debo regresar al trabajo a
las dos y ya es más de la una—. El beso se había
bifurcado y empezaba otra vez—. Me falta la respiración,
vivo en su boca, tengo que irme, va a suceder algo, yo
no he venido para esto—. Pero el beso trabajador la
conducía.
Hizo un último esfuerzo por zafarse y solo consiguió que
la besara más, que se besaran los dos. Todo era
incierto: hasta la voz de él pidiéndole suave,
infinitamente. Antes de que pudiera darse cuenta abrió
la puerta de la oficina y corrió casi desnudo por el
patio para cerciorarse de que todos estaban ausentes y
pasar el pestillo de la puerta de la calle. No le vio
pero esta imagen no percibida fue la que tuvo el poder
de enardecerla. Desnudo, bajo el sol, a la una de la
tarde, con su sombra también sobre el pavimento debía
ser olímpico, natural. Tuvo un impulso voluptuoso a
causa de la imaginación. Por varios minutos sintió miedo
a no ser decente. La hoja de parra estaba cayéndosele,
pero la mantuvo en su puesto.
Realmente todo era
ridículo. Lo pensarían mañana… Él apagó la luz
artificial y el sol se encendió más, atravesando los
cristales opacos. Era la una de la tarde en todos los
relojes. A esta hora la piel en un país del trópico suda
inexorablemente y no se es joven ni frutal. A esta hora
una mujer envejece sin misericordia si ya está pasada de
los cuarenta. Echó una última súplica a la puerta de la
pequeña habitación: estaba cerrada. Ella también estaba
cerrada: así, sin bañarse, sin haberse prevenido de
pequeñas argucias femeninas, con el sol del mediodía
delatando imperfecciones y sin el amor acompañándola iba
a ser muy difícil.
Entonces él, con una intuición prodigiosa empezó a
desbaratar tabúes, dijo un solo verbo, el milenario, el
mismo ancestral, el de Adán, el de Abelardo, el de
Picasso, el de Romeo. Todos los ángeles de la
sensualidad fueron convocados.
La
carne, casi en calma, asumía una actividad secreta.
Quizás ambos no querían amarse. ¿O era el maleficio de
la una de la tarde? El sol negaba la intimidad que de
noche suele acercarse con alas tan mágicas, y el tiempo
era escaso. Su endiablada mente de intelectual
empobrecía el estado propicio de los momentos iniciales.
Se estaba enfriando sin besos. A cada instante que él
dejaba de besarla más se parecía a una muerta. El
momento de posesión había pasado. Lo sintió llegar al
principio cuando él la apretó contra sí, inevitablemente
sin intentar el contacto, solo la proximidad. Ese fue el
momento. Su corazón había sonado con ferocidad y los
senos se le endurecieron. Ahora, sin embargo, y sin
poder explicárselo, aunque las caricias subieron de
tono, no se incorporaba a la situación. ¿Por qué? Tenía
que gustarle mucho, exactamente mucho, porque nunca
había provocado un asunto tan vulgar como este, nunca
antes hubo de arriesgarse a parecer…
Bueno, no podía seguir pensando porque ahora, otra vez,
de nuevo, una salud repentina, estaba trasladándola a
otro universo. Se mecía entre suspiros y palpitaciones.
Hubiera preferido una palabra, una sola de amor pero él
la cubrió con dichos obscenos. Entreabría los labios
para respirar porque se ahogaba de placer. Confiarse a
la naturaleza parecía el único modo. Cedió, temblando
como la tierra cuando se ha desatado la tempestad. Eran
una mujer y un hombre. Desde millones de años se hacían
la guerra. Y en aquel momento, por una historia de
siglos, era más su enemigo. Solo quería poseerla y
robarle su libertad. Y aunque fuera por una partícula de
tiempo iba a ser suya y no quería. No quería. Trató de
protestar, solo que no pudo y dijo no sabía qué o nada
dijo, y él entendió el mandato secular. Con un gesto
apasionado, viril, casi de náufrago, entró en ella.
Cuando recuperó el
habla y el barniz de dama intachable, él se estaba
vistiendo. Después de abrir la puerta de la calle,
parecía más joven, le palmeó los hombros, quiso
levantarle la falda que ella alisaba continuamente y la
pellizcó en lo alto de la cadera. Jugaba a caricias y
mimos. Solo esta actitud lúdica, este intrascendente
modo de coronar el suceso podía ayudarla a vencer un
sentimentalismo tonto.
Ya
en la acera parecían colegiales que habían alcanzado
frutas de un árbol alto. Estaban un poco sofocados, pero
nadie sabía que hurtaron cerezas verdes. Esa noche
pensarían bastante, aún más en las maduras que en las
devoradas frugalmente.
La
llevó en el automóvil y al despedirse pronunció una
frase de esas que pulía a propósito para arrojarla de su
pedestal. Era un «hasta luego» matemático.
Ella entró en su casa sin hacer ruido, cuidando de
meterse en el baño antes de que la vieran. Le parecía
que conservaba algunas de las huellas perceptibles que
deja la batalla del amor. Efectivamente tenía un beso
morado. Lo rodeó con jabón sin tocarlo, como si fuera un
sello que de preservarlo, ahora seco, pudiera
sobrevivir. Su seno al fin había sido ultrajado. Sin
querer, vino la representación mental de otra boca.
Antes, el esposo los había velado con su amor de cripta
y lejanía, con su amor casi reverente. Los envolvió con
seda china y, pleno de ternura mística, quiso
eternizarlos con un lápiz Conté en papel azul celeste.
Era una lástima no elegir la tarde para reflexionar
sobre esto y sobre la boca nueva caminándole por el
cuello como una arañita perdida. Era una lástima tener
que vestirse pronto, almorzar harina de maíz y
habichuelas y correr hacia el trabajo. Precisamente
después, durante todo el tiempo estuvo recordando dos
gotas claras que sonreían o llameaban y eran aquellos
ojos.
Mientras el organizador de la asamblea de emulación
hablaba, ella seguía en el lance sobre los cojines en el
piso que temblaban en una órbita menos vertiginosa pero
más dulce que la del Sputnik trepador del cosmos.
Sintió vergüenza durante un breve rato mientras se
efectuaba la última votación pero, a la suma del
resultado, ya estaba acordándose de la línea firme que
descubrió en ese tramo que va de la pantorrilla al muslo
cuando él se desnudaba. Con disimulo bocetó la rodilla
en el cuaderno que tenía sobre la tabla del pupitre en
que estaba sentada. Luego quedó pensativa, un poco
incómoda al reconocer tales resabios de adolescencia… ¿Y
por qué seguía memorizando lo que la lógica aconsejaba
olvidar? Él era solo un relámpago que a veces se sentaba
en la oficina y había que tomarlo como: una luz que
zigzaguea y se va pronto aunque nos deslumbre. Por otra
parte ¿qué más iba a pedir?
No
creía en el amor ni en su permanencia sino en el
deslumbramiento, la consumación y el tedio posterior.
Era triste a los cuarenta años saberlo todo sin casi
haber vivido. Él, pues, jugaba con ella como ahora ella
con este sueño. Era solamente una respuesta al instinto,
el retozo radiante que nos ofrece la sangre. Ni amor ni
nada semejante; era un asunto de causalidad. Alguna vez
tenía que sucederles porque estaba harta de tenorios
municipales, de casados adúlteros, de pederastas que
fingían, de otros que armaban versos cursilones para
proponerle la cama y, en general, de todos aquellos
siervos que la amenazaban con la tradición. Y
posiblemente él también se cansaba de las muchachas
sentimentales acosándole por el teléfono; con sus
remilgos y llantos, de sus candideces falsas, del
compromiso que representaba una novia acuciosa o una
amante contumaz. Se dijo que lo grato que no esperamos y
salta a nuestro encuentro de modo imprevisto es el único
placer que la vida reserva a los escépticos; y con ese
razonamiento, que no era muy lúcido, regresó a la casa y
después de comer algo se acomodó en su mecedora
preferida. Hoy no estaba para Chopin ni Mozart.
Escucharía mejor a Schönberg.
A
la una de la mañana se dispuso a dormir. Le llegó
entonces un regalo maravilloso. Al desvestirse ante el
espejo, descubrió en la oscuridad del cuarto su imagen
iluminada por un rayo de luz. Allí rutilaba una mujer, a
lo sumo de veinte años. Los besos habían estirado con
suavidad la piel, una llamarada emergía de la cabellera
y los senos palpitaban como flores del paraíso.
Tomado de: A
la una de la
tarde, Antología de cuentos de esta escritora que
será presentado por la Editorial Letras Cubanas
en la XIII edición de la Feria del Libro de La Habana.
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