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Inspecciones de armas para todos


Mark Sommer *
Tierramérica

EE.UU. debería someterse al mismo régimen de desarme que pregona para el resto del mundo. Pero no lo permite y esa es una hipocresía descarada, argumenta el autor de este artículo y plantea que en la práctica, debería reducir sus propias reservas de armas.

BERKELEY. Cuando los 200 mil manifestantes que marcharon por Washington el 15 de enero pasado terminaron de reunirse cerca del Capitolio, se dirigieron hacia las instalaciones navales adyacentes para emprender, según dijeron, una inspección cívica de las armas de destrucción masiva allí almacenadas.

Por supuesto que se trató de una muestra de teatro político de masas, porque no había modo de que a ellos ni a ningún otro se les permitiera jamás ver algo dentro del vigilado recinto.

Pero los manifestantes pusieron en evidencia lo que en los últimos meses ha resultado obvio para casi todo el mundo, así como para la mayoría de los estadounidenses: que el mismo gobierno que exige total e inmediata investigación y transparencia acerca de la posesión de armas de destrucción masiva (las tengan o no) por parte de Iraq y Corea del Norte, nunca permitiría a nadie —llámese Naciones Unidas o quien sea— acercarse a cualquier lugar cercano a sus santuarios ultrasecretos.

Esto es una hipocresía que resulta, además, por su inconsistencia, descarada. Pero, más allá de sus motivos, el gobierno de George W. Bush insistió con tanta vehemencia en el establecimiento de un régimen riguroso de inspección, que estableció una regla de oro para las inspecciones de armas y para el desarme obligatorio. Si esa regla se aplicara con igual coherencia y rigor a cualquier otra nación sospechosa de poseer armas de destrucción masiva, habría un salto cuantitativo en la reducción de la amenaza planteada por todas esas armas.

Para no desechar esta cuestión como puramente teórica es necesario tener en cuenta las palabras de Richard Butler, ex jefe de los inspectores de armas de la ONU en Iraq.

Butler condenó lo que calificó de «chocante doble rasero» aplicado por Washington y
sostuvo que «el espectáculo de EE.UU., con sus armas de destrucción masiva, actuando sin la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU para invadir un país en el corazón de Arabia y, si fuera necesario, usando sus armas de destrucción masiva para
ganar la batalla sería algo que violaría tan intensamente toda noción de justicia que yo sospecho que podría desencadenar fuerzas cuya acción luego lamentaríamos de por vida».

Un ataque de EE.UU. sin el respaldo de las Naciones Unidas y sin esfuerzos por limitar globalmente la posesión de armas de destrucción masiva, dijo Butler, sería una violación de la ley internacional. Asimismo, agregó, el motivo declarado de EE.UU. para eliminar las armas de destrucción masiva de Iraq carece de credibilidad a causa del fracaso de Washington en hacer frente a otros en las mismas condiciones.

Los aliados de EE.UU. como Israel, Pakistán e India tienen arsenales nucleares pero no han firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear. EE.UU. y otros miembros del Consejo de Seguridad son también poseedores de las mayores cantidades de armas nucleares del mundo.

En lugar de hacer sonar los tambores de guerra, EE.UU. debería proponer un mecanismo internacional al Consejo de Seguridad para hacer cumplir las convenciones que controlan la proliferación de armamentos nucleares, químicos y biológicos.

También debería tomar la iniciativa mediante la reducción de sus propias reservas de armas.

Cuando la Convención sobre Armas Químicas fue presentada para su ratificación ante el Senado de EE.UU., la oposición se centró en el argumento de que nadie, ni siquiera un organismo neutral, tenía el derecho a inspeccionar cualquier instalación estadounidense de fabricación de productos químicos, militar o comercial.

Aunque el tratado fue finalmente ratificado, tanto el gobierno como la industria química estadounidense han erigido desde entonces todo tipo de barreras para el control efectivo de sus reservas.

Ante estas perspectivas, la cuestión es, entonces, no tanto protestar contra las inspecciones a Iraq sino aceptar el régimen de inspección y desarme que EE.UU. ha establecido y que involuntariamente ha ofrecido como un modelo para el mundo. Nunca hubo una mejor oportunidad para afirmar la regla fundamental de igual aplicación de la ley para todos.

La exigencia de inspecciones y desarme obligatorio a escala universal debe comenzar desde la sociedad civil, a partir de los miles de millones de personas que no forman parte de las mortíferas disputas entre naciones sino que son los peones sacrificados en la lucha por el poder. Quienes pagan por las armas tienen el derecho de saber qué es lo que se está comprando con su dinero y decidir si este es el más apropiado uso de sus recursos.

Es posible que por eso los gobiernos sean tan reservados sobre lo que están construyendo. Si nosotros pudiéramos averiguar qué es lo que hay detrás de esas puertas estrechamente vigiladas, quizás no les permitiríamos que lo vuelvan a fabricar.

*El autor es columnista y director del Mainstream Media Project, una iniciativa con base en EE.UU. que lleva nuevas voces a los medios de radiodifusión.
 

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