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UN SORBO DE
MATANZAS
Amado del Pino
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La Habana
Siempre que llego a
la espléndida ciudad recuerdo la descripción de Carlos
Loveira en su novela Generales y doctores.
Mi padre me repetía aquel fragmento antes de que el
hábito de lectura entrara en el ámbito de mi infancia.
A muchos nos pasa como a nuestro narrador de la
arrancada del siglo XX y la imagen de Matanzas y su
bahía nos remite a la evocación y hasta a la melancolía.
Ya se sabe que la
llaman La Atenas de Cuba por la activa vida cultural en
los años de la consolidación de la nacionalidad cubana.
La batalla por un rostro se daba también en la
literatura y Matanzas —con tantos ingenios, esclavos y
riqueza— fue el principal bastión de una aristocracia
liberal, ilustrada y a la que le quedaba incómodo el
yugo colonial. En ese círculo vivió, breves pero
intensos años nuestro primer gran poeta, el romántico y
desdichado José María Heredia. Ahora Leonardo Padura ha
retomado, de forma respetuosa pero creativa, aquel
siglo XIX de sueños literarios, amores palpitantes y
amistades no siempre instaladas sobre un lecho de rosas.
En La novela de mi vida la sociedad matancera
vuelve a tomar vida y las motivaciones de un promotor
como Domingo del Monte son calibradas con los ojos de
hoy.
Ese círculo de la
Atenas caribeña impulsó también a José Jacinto Milanés.
El poeta se atrevió con el drama y su obra, El conde
Alarcos, sería estrenada con éxito aunque vista con
suspicacia por una sociedad esclavista y provinciana.
Los últimos años de Milanés figuran en su biografía,
pero pertenecen al reino de la sombra y el delirio. Al
reencuentro con esa leyenda brillante y atormentada nos
fuimos en 1985, en una incómoda guagua de asientos de
plásticos, para el estreno de La dolorosa historia
del amor secreto de don José Jacinto Milanés,
de nuestro imprescindible dramaturgo Abelardo Estorino.
De la puesta en escena del maestro Roberto Blanco
me queda, sobre todo, la imagen del actor Bertrand con
un inmenso tablón sobre la cabeza, preguntando a los
hombres del tiempo de Milanés y en buena medida a los
contemporáneos: «¿Dónde está mi mancha?»
Matanzas es sus
puentes, responsables de las variaciones del paisaje y
de su aire elegante y volátil. Sin tanta belleza, casi
debajo del más altivo de estos puentes, vive y palpita
el barrio de La Marina. Allí se fraguaron o amplificaron
muchos de nuestros ritmos populares. Ya se sabe que la
ciudad acunó al danzón y que en la rumba se hermana con
La Habana. En La Marina se conservan los ritos
afrocubanos con singular pureza, a pesar del azote
continuo de la postal turística. Cuando en un tambor,
consagración de santo u otro ritual, se informa que esa
familia religiosa procede de Matanzas, se está pautando
una señal, dando una pista de seriedad y compromiso.
Otro de los símbolos
de Matanzas va más allá de una plaza, una estatua o una
música de culto. La ciudad tiene a su poetisa viva y
actuante. Carilda Oliver Labra, con ochenta años y su
sonrisa de bella mujer, con una dirección (Calzada de
Tirry 71) convertida en legendaria, con su dueña
habitando entre sus paredes, ofreciendo amistad y una
sabiduría coloquial, casera, familiar.
Recuerdo que en los
ochenta se cometió el disparate de cambiar el nombre de
las calles matanceras por fríos y gordos números.
Entonces pulsé mis teclas en desacuerdo: la aritmética
no podía competir con una ciudad bendecida por el mar y
los poetas.
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