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Iraq: Designación en lugar de elección
Naomi
Klein |
Massiosare
Para
Washington, la única manera de continuar con su plan
económico es que ocupación militar termine: sólo un
gobierno soberano iraquí, sin las ataduras de la
legislación internacional, puede vender legalmente los
bienes de Iraq.
Pero si se les diera a los iraquíes la posibilidad de
votar mañana, podrían decidir expulsar a las tropas
estadounidenses, revertir el proyecto de privatización
del jefe de la ocupación, Paul Bremer, y proteger los
empleos locales. Y esa perspectiva aterradora explica
por qué la Casa Blanca pone tanto empeño en luchar por
la designocracia
«El pueblo de Iraq es libre», declaró el presidente
estadounidense George W. Bush el pasado martes en su
informe anual ante el Capitolio. El día anterior, 100
mil iraquíes optaron por disentir. Salieron a las calles
al grito de: «Sí, sí a las elecciones. No, no a la
selección».
Según el jefe de la ocupación en Iraq, Paul Bremer, en
realidad no hay diferencia entre la versión de la
libertad de la Casa Blanca y la que se demanda en las
calles. Cuando se le preguntó si su plan de formar un
gobierno iraquí a través de caucus designados iba a
chocar con el llamado del ayatola Ali al-Sistani a
elecciones directas, Bremer dijo que no tenía ningún
«desacuerdo fundamental con él».
Fueron, dijo, sólo sutilezas. «No quiero entrar en
detalles técnicos de lo que haya que afinar... Hay - si
hablas con los expertos en estos asuntos- todo tipo de
maneras de organizar elecciones parciales y caucus. Y no
soy un experto en elecciones, así que no quiero entrar
en los detalles. Pero siempre hemos dicho que estamos
dispuestos a tomar en consideración lo que haya que
afinar».
Tampoco soy una experta en elecciones, pero estoy segura
de que sí hay diferencias que no pueden ser afinadas.
Los seguidores de Al-Sistani quieren que cada uno de los
iraquíes tengan derecho al voto y que aquellos a quienes
elijan sean los que escriban las leyes del país -o sea,
una elemental democracia representativa imperfecta.
Bremer quiere que su Autoridad Provisional de la
Coalición (APC) designe a los miembros de los 18 Comités
de Organización regionales. Estos seleccionarán a los
delegados para formar 18 Comités de Selección. Estos
delegados seleccionados, a su vez, seleccionarán a los
representantes de una Asamblea Nacional de Transición.
La Asamblea seleccionará a un jefe del Ejecutivo y a los
ministros que formarán el nuevo gobierno en Iraq. Esto,
dijo Bush en su informe anual, constituye «una
transición a una completa soberanía iraquí».
¿Entendido? La soberanía iraquí será establecida a
través de designar a designados que designan a
designados para seleccionar designados para seleccionar
designados. Si a esto se suma el hecho de que Bremer fue
designado para su puesto por el presidente Bush y que
Bush fue designado al suyo por la Suprema Corte
estadounidense, tenemos ante nosotros la gloriosa nueva
tradición democrática de la Designocracia: el mandato de
los seleccionados de los designados de los designados de
los designados de los designados de los designados.
La Casa Blanca insiste en que su aversión a las
elecciones es puramente práctica: simplemente no hay
tiempo para realizarlas antes de la fecha límite del 30
de junio. Entonces, ¿para qué tener una fecha límite? La
más recurrida explicación es que Bush necesita algo de
qué jactarse en su la campaña: cuando su rival demócrata
mencione el espectro de Vietnam, Bush responderá que la
ocupación ya terminó, que vamos de salida.
Nomás que EEUU no tiene ninguna intención de salirse en
realidad de Iraq; quiere que sus tropas permanezcan ahí,
y quiere que Bechtel, MCI y Halliburton se queden y se
encarguen del sistema de agua potable, la telefonía y
los campos petroleros. Fue con esta meta que, el 19 de
septiembre, Bremer logró que se aprobara un vasto
paquete de reformas económicas que The Economist
describió como «un sueño capitalista».
Un milagro
Pero el sueño, aunque aún esté vivo, corre peligro. Un
creciente número de expertos legales cuestiona la
legitimidad de las reformas de Bremer, con el argumento
de que bajo las leyes internacionales que gobiernan a
los poderes de ocupación -las Regulaciones de la Haya de
1907 y la Convención de Ginebra de 1949- la APC sólo
puede actuar como el cuidador de los bienes económicos
de Iraq, no como su subastador. Cambios radicales, como
la Orden 39 de Bremer, que abrió la industria iraquí
para permitir 100% de propiedad extranjera, violan estas
leyes y, por lo tanto, podrían fácilmente ser anuladas
por un gobierno iraquí soberano.
Esta perspectiva tiene seriamente espantados a los
inversionistas extranjeros, y muchos están optando por
no ir a Iraq. Las principales aseguradoras privadas
tampoco le están entrando, tras evaluar que en Iraq el
riesgo de expropiación es demasiado alto. Bremer
respondió cancelando de manera callada el plan que había
anunciado de privatizar las 200 empresas estatales de
Iraq; en su lugar, puso 35 compañías en arrendamiento
(con una opción posterior de compra). Para la Casa
Blanca, la única manera de continuar con su gran plan
económico es que la ocupación militar termine: sólo un
gobierno soberano iraquí, sin las ataduras de las
Regulaciones de la Haya y de Ginebra, puede vender
legalmente los bienes de Iraq.
Pero, ¿lo hará? A juzgar por la extendida percepción de
que EEUU no planea reconstruir Iraq sino saquearlo, si
se les diera a los iraquíes la posibilidad de votar
mañana, bien podrían decidir inmediatamente expulsar a
las tropas estadounidenses y revertir el proyecto de
privatización de Bremer, y, en su lugar, optar por
proteger los empleos locales. Y esa perspectiva
aterrador -mucho más que la ausencia de un censo-
explica por qué la Casa Blanca pone tanto empeño en
luchar por su designocracia.
Bajo el actual plan estadounidense para Iraq, la
Asamblea Nacional de Transición permanecería en el poder
del 30 de junio hasta que se lleven a cabo elecciones
generales, «a más tardar» el 31 de diciembre de 2005.
Eso da 17 relajados meses para que un gobierno no electo
haga lo que la APC no pudo hacer legalmente por sí sola:
invitar a las tropas estadounidenses a permanecer
indefinidamente y convertir el sueño capitalista de
Bremer en ley que debe ser cumplida. Sólo después de que
se hayan tomado estas importantes decisiones, los
iraquíes serán invitados a participar. La Casa Blanca
llama a esto «auto-gobierno». Es, en realidad, la
definición perfecta de gobierno-desde-el-exterior,
ocupación a través de la subcontratación.
Eso significa que el mundo, de nuevo, tiene que tomar
una decisión respecto a Iraq. ¿Nacerá muerta la
democracia, con tropas extrajeras metidas en su
territorio, multinacionales con contratos de varios años
controlando recursos estratégicos, y un afianzado
programa económico que ya dejó entre 60 y 70% de la
población en el desempleo? ¿O nacerá la democracia con
el corazón aún latiendo, capaz de construir el país que
los iraquíes escojan?
De un lado están las fuerzas de ocupación. Del otro, los
crecientes movimientos que demandan derechos económicos
y el voto. Cada vez más, las fuerzas de ocupación
responden a estas fuerzas con la fuerza bruta para
romper las manifestaciones, como hicieron los soldados
británicos en Amarah a principios de mes, matando a
seis. Sí, hay fundamentalistas religiosos y leales a
Saddam que capitalizan la furia, pero la sola existencia
de estos movimientos pro-democracia ya es una especie de
milagro: tras 30 años de dictadura, guerra, sanciones y
ahora ocupación, definitivamente sería comprensible que
los iraquíes enfrentaran más penurias con fatalismo y
resignación. Por el contrario, la violencia de la
terapia de shock de Bremer empujó a cientos de miles a
la acción.
Esta valentía merece nuestro apoyo. La semana pasada, en
el Foro Social Mundial en Mumbai, India, la escritora y
activista Arundhati Roy llamó a las fuerzas globales que
se opusieron a la guerra en Iraq a «convertirse en la
resistencia global a la ocupación». Sugirió escoger «dos
de las principales empresas que están lucrando con la
destrucción de Iraq» y hacerlas blanco de boicots y
desobediencia civil.
En su informe anual, el presidente Bush dijo: «Creo que
Dios ha plantado en cada uno de los corazones el deseo
de vivir en libertad. Aun cuando ese deseo sea aplastado
por la tiranía durante décadas, resurgirá». En Iraq,
cada día que pasa comprueban que tiene razón -y las
voces que se alzan proclaman: «No, no EEUU. Sí, sí
elecciones».
(Traducción: Tania Molina Ramírez. Copyright 2004 Naomi
Klein)
Naomi Klein es autora de No Logo y
Vallas y ventanas. |