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Entrevista con David Mitrani
LA LITERATURA, ¿EL PLACER DE LA ZOZOBRA?
 
Deberíamos asumir el lenguaje como una convención que debe romperse, revolucionarse; una convención que necesita ser cambiada.


Ahmel Echevarría | La Habana

Desde pequeños nos damos de cara contra un libro. Sin embargo, para algunos es un absurdo este oficio, incluso se sorprenden cuando les hacemos saber que conocemos a un escritor, o que algún familiar nuestro dedica buena parte de su tiempo a fabular historias. Podría ser una paradoja. Para algunos es un oficio apenas tangible solo por los cientos de libros que se acumulan en librerías, casas o bibliotecas. Otros se juegan hasta la vida por terminar un texto, hay quienes también apuestan todo por alentarlo. Técnicas narrativas, revisar y reescribir una y otra vez las mismas cuartillas, investigar un tema hasta el agotamiento. El resultado es incierto. La respuesta llegará en las manos de editores o el público. ¿Será acaso la literatura, para los escritores, el placer de la zozobra? 

En San Carlos de La Cabaña, sede de la XIII Feria Internacional del Libro, se presentaron los títulos premiados en el Concurso Alejo Carpentier correspondientes a la edición de 2003. David Mitrani, ganador en el género cuento, con el libro Los malditos se reúnen, nos revela algunas de las claves de este oficio. 

Abelardo Castillo, en su libro Ser escritor, dijo: “Hacer poemas, hacer novelas, siempre fue un oficio secretamente vergonzante. El escritor resolvía el problema imaginando que, por lo menos, era un ser necesario (..)”. ¿Realmente es necesario un escritor? 

Sí, claro, esa es una visión muy pesimista de Abelardo Castillo. De no serlo, no tuviera un taller allá en Buenos Aires con una cantidad de discípulos tremenda. No creo que él se lo diga a menudo a sus alumnos; los desalentaría para siempre. Algo similar hacía Lino Novás Calvo; él desalentaba a los que empezaban. A mí no puede desalentarme. Llevo bastante tiempo escribiendo. Empezé algo y quiero terminarlo. Creo que es necesario. Lo demuestra una feria que está llena de gente ávida por leer. Lo demuestra no solo esta feria, sino otras en las que también he participado, en las que se puede respirar esa avidez por la lectura. A veces los precios en otras ferias no están al alcance de lo que el pueblo pudiera. En Argentina, por ejemplo, había mucha contracción económica y no se compraban muchos libros. 

Creo que si Abelardo Castillo viniera a La Habana ―no viene porque le tiene miedo a los aviones, dice él que no le tiene tanto miedo a los aviones como al tiempo que demoran en llegar―, él es un admirador de Cuba, La Habana y los cubanos, creo que desistiría de lo que dijo. Abelardo se daría cuenta de que, mientras haya un lector, es necesario escribir. Como escritor te diría que es necesario desembocar en el papel las historias, las anécdotas que uno tiene. La literatura es la base de otros tipos de arte, como la dramaturgia. El cine tiene como base la literatura. Un escritor es necesario. No hay otra salida para esa pregunta. 

Quiéralo o no, el escritor forma parte de los engranajes de la sociedad, ¿cuáles temas debería ficcionar?  

El escritor, aunque no quiera, siempre va a ficcionar. Lo que uno escribe siempre es diferente a la realidad, porque es instranferible. Siempre uno le añade parte de su pensamiento, sus conceptos, su visión. 

A tres escritores se le podría dar como tarea escribir sobre un mismo tema; todos harían un texto diferente. Algo similar ocurrió con un cuento que resultó premiado en el Concurso La Gaceta de la UNEAC. Alberto Guerra y yo escribimos sobre un hombre que llevaba un colchón por La Habana. Es un mismo tema, sin embargo, salieron dos cuentos muy diferentes. Cada cuento tiene su propia metafísica. 

Ficcionar es todo. Pero me parece que no debemos insistir en hacerlo todo creíble, en hacerlo todo semejante a la realidad. Eso es un imposible y a la misma vez nos corta las alas, nos corta el impulso hacia la fabulación. 

Una vez dijiste: “La sociedad nos lega a nosotros el lenguaje, que es una prisión, eso debemos romperlo con las mismas reglas que nos da ella.” ¿Cómo un escritor debería asumir el lenguaje? 

Deberíamos asumir el lenguaje como una convención que debe romperse, revolucionarse; una convención que necesita ser cambiada. El pueblo, de alguna manera, hace sus aportes, tiende a cambiar el lenguaje, ya sea a nivel de palabras o a nivel de sintagmas. Tenemos un ejemplo: embarcar, en Cuba, no tiene el mismo significado que está en el diccionario; obstinado no tiene el mismo significado que pudiera tener para un español o un argentino. Le hacemos cambios a nivel de acepción, cambios fonéticos. La palabra especular tiene otro cambio; a nivel de pueblo ha cambiado el significado de la palabra. 

El escritor, desde su posición, tiene más derecho, porque conoce el leguaje y no a nivel solo de la palabra, de los significados, sino a nivel de sintaxis. El escritor tiene que ser atrevido. De alguna manera la estética anda muy cerca de esa forma de insurgir. Creo que es casi un deber en ese sentido. No hablemos ya de la parte temática. El escritor no debe temerle a eso. A veces hay mucho temor para insurgir contra el lenguaje. Hay temores que no nacen del puro concepto estético, sino de su relación con el lector, de su relación, incluso ―que es mucho más pecaminoso―, con el mercado. Si eres demasiado revolucionario, demasiado rebelde, si te rebelas contra las convenciones, ya sea del lenguaje, ya sean estructurales, incluso temáticas, entonces corres el riesgo de no ser aceptado. Ese riesgo hay que asumirlo. No se debe temer.  

Con tantos obstáculos de por medio, ¿es la literatura, entonces, el placer de la zozobra? 

No lo creo así. No lo es para el escritor, tampoco para el lector. No creo que la literatura sea el placer de la zozobra, teniendo en cuenta como acepción zozobra según aparece en el diccionario, y teniendo en cuanta que tú no estás alterando el sentido de la palabra. Diría que es el placer que se halla en el ocio. A veces carecemos de ocio. El ocio es tan preciado, o imprescindible, como puede serlo la felicidad. Me parece que la literatura es el placer que se halla en el ocio. 

Cada texto propone a los letores descubrir o acercarse a un tema en específico. El cuaderno de cuentos Los malditos se reúnen, resultó ganador del Premio Alejo Carpentier, ¿hacia cuál o cuáles temas nos haría volcar la atención? 

Es bastante difícil hablar de temas. A veces prefiero negarme a hacerlo. Los temas limitan mucho el mensaje. Cuando uno escribe no está pensando en llamar la atención sobre nada en específico. Hay una turbulencia, una polisemia, que de alguna manera avisa y entonces decides llamar la atención sobre esta vorágine. Uno mismo no puede explicarse. Es mejor y más saludable para el escritor no explicarse; el día que empiece a explicarse, a hacer las cosas con conciencia, estaría muy limitado en el orden creativo.

Recuerdo ahora una anécdota que hacía Gabriel García Márquez: dice que cuando él leyó las críticas que aparecieron a partir de la publicación de Cien años de soledad, todas las exégesis que se hacían, las disecciones que se hicieron de su novela, le costó mucho trabajo volver a escribir, porque tenía demasiada conciencia de lo que estaba haciendo.  

Generalmente son poco atendidos los temas que quiero que los lectores les presten atención. En eso he tenido poca suerte. En el cuento Erecciones en el bus a la gente le ha llamado la atención la técnica, el gracejo del lenguaje, el humor; sin embargo, para mí es una oda a la fidelidad, a serle fiel a quien nos es fiel, y lo hago a través de un perro callejero. En Esclavo del pianista muchos ven un bis sádico en ese narrador que está ahí, que sí lo tiene realmente, pero llamo la atención sobre el sometimiento, sobre conceptos existencialistas como la libertad. En Los malditos se reúnen, ven tal vez algo sobre la muerte, sobre el mundo de los escritores. Yo quise llamar la atención sobre una tesis de que todo connota, todas las palabras, los temas, tienen que ver entre sí; porque si es una la materia, entonces todas las palabras están relacionadas. Allí lo que traté de relacionar fueron ideas dispersas y lo logré a través de un cuento. Fue un simple ensayo que a veces, cuando lo releo, me puede resultar un tanto pedante, pero no pasa de ser una experimentación. 

¿Entonces apuestas por una carga de ironía y levedad en el lenguaje? 

En ciertas ocasiones soy leve, porque me gusta ser directo en el lenguaje. En otras, no. En otras soy más reticente, más riguroso y más complejo en la comprensión, soy más ambiguo. 

En cuanto a apostar por la ironía, es algo que no hago, pero me resulta muy difícil safarme y no ser irónico. No puedo dejar de serlo. 

Sobre las espaldas del escritor está el peso de las tradiciones. ¿Debería despojarse de ellas y entonces escribir? 

Coincido contigo de que está el peso de las tradiciones. Es imposible safarse, pero no debiéramos dejar de intentarlo.

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