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SOY UN ESCRITOR, SIMPLEMENTE
 
"Quizás la forma más directa de dañar una cultura sea pretender encapsularla con la tradición de influencias y la capacidad receptiva evidenciada por la trayectoria de Cuba. Las relaciones entre países y culturas, por muy adversas que resulten, establecen líneas de interrelación, zonas de interinfluencias". Entrevista con Reynaldo González, autor que ha merecido el Premio Nacional de Literartura Cubana en el 2003.


Iris Cepero | La Habana


Reynaldo González (1940), pertenece a esa cofradía de intelectuales  avaros, a los cuales nada que huela arte y cultura universales les es ajeno. También a esa otra de los hombres a los que nada alrededor suyo los deja indiferente y cada palabra, compromiso, obligación por nimia que parezca sirve para activar su voracidad analítica y creativa.

A lo largo de muchos años de experiencia intelectual y vital, Reynaldo  ha logrado parir  dieciséis hijos, como él gusta llamar a sus libros, sin apartarse de su pública vida y su andar por oficinas, eventos, jurados y toda la amalgama de obligaciones culturales de alguien entregado también a la dirección de la cultura. Jamás se ha enclaustrado en los predios de su casa habanera, alejado del mundo para investigar o fantasear. Más bien todo lo contrario. Ese andar permanente por el activo espacio de la cultura cubana, latinoamericana y universal han sido su menú permanente que, bien digerido,  nace trasmutado en ensayo, testimonio, novela, y hasta poesía a una edad en la que bien podría darse el lujo de la continuidad más que los riesgos del desplazamiento hacia una nueva forma de crear.

Su texto Siempre la muerte, su paso breve (1968), el testimonio de La fiesta de los tiburones (1978), el documentado acercamiento al siglo XIX cubano que es Contradanzas y latigazos (1983), los ensayos Llorar es un placer, exquisito en su análisis de la cultura de masas bastarían para identificar y ensalzar a Reynaldo como un prolífero investigador y narrador. La aparición de su libro de poesía, Envidia de Adriano y la noticia de que ahora escribe una novela  sobre la Cuba de la primera mitad del XIX, hablan de un intelectual al que la madurez y el reconocimiento no le inspiran el reposo sino más bien todo lo contrario. 

Reynaldo es, en literatura y en vivo, un apasionado. Sus textos, libres de cualquier  amarre que impida la holgura de la palabra y la idea, dejan ver al intelectual  que hábilmente se desplaza de un género a otro, de la sapiencia del hombre fervorosamente dedicado al estudio como el del cubano que, aun en los más elevados círculos de la intelectualidad, no prescinde de la  jarana, el chiste inteligente y oportuno, la ironía tanto intelectual como callejera. 

Su trabajo al frente de la Cinemateca de Cuba durante once fervientes años trajo como resultado el volumen Cine cubano, ese ojo que nos ve, de la misma manera que su trabajo como editor de La cantidad Hechizada, de Lezama Lima, sirvió para escribir El ingenuo culpable (1988) en el que revela a un Lezama tan hermético como próximo.  

La premura y el ajetreo  de estos días de Feria Internacional de Libro, y los trajines propios del galardón recién recibido, impidieron una entrevista cara a cara, que hubiera podido sacar para estas líneas todo el  encanto de un encuentro con Reynaldo González.  Por la breve conversación telefónica supe que se sentía “la víctima propiciatoria” para el acoso periodístico, mientras me sugirió conseguir fotos para esta entrevista entre sus numerosas admiradores de Hollywood.
 

Usted le editó a José Lezama Lima su libro La cantidad hechizada. Hable de  sus experiencias como editor de un autor cuya obra trasciende entre otras cosas, por su hermetismo y sapiencia.

La cantidad hechizada es, quizás uno de los libros menos “herméticos” entre los publicados por Lezama, sin que esto suponga completa literalidad en sus proposiciones. En sus páginas se ocupó de grandes figuras de la cultura cubana, trazó paralelos significativos entre la poesía y la pintura, y volvió a explicar su sistema poético del mundo. Lo considero una buena brecha para entrar en la complejidad de su obra, como siempre he recomendado leer sus ensayos antes que sus novelas y su poesía. Esto puede desconcertar, tratándose de un poeta extraordinario, pero se explica si sabemos que independientemente de los géneros, tuvo una intensa expresión poética, y en su ensayística explicitó su concepción de la poesía. Trabajar con él, en un libro como La cantidad hechizada, fue una excelente oportunidad para dialogar sobre nuestra cultura y nuestra historia, Martí, Casal, Heredia, Zenea, encuentros y desencuentros, la recepción de sus libros y otros asuntos de interés para mí. No desaproveché la ocasión.

¿Qué valoración le merece la literatura cubana de los últimos 50 años, incluida la que se escribe actualmente en Cuba y el exilio?

No suelo establecer panoramas, no es de mi agrado. En ese medio siglo la cultura cubana creció enormemente, y en ella la literatura. Surgieron libros fundamentales, autores de gran interés, que alcanzaron una difusión sin paralelo con tiempos anteriores. Coexistieron tendencias muy variadas y a pesar de un paréntesis dogmático y dramático, iniciado a finales de los años 60 y extendido hasta comienzos de los 80, padecido por todas las disciplinas artísticas, pero fundamentalmente por la literatura y el teatro, la vitalidad de nuestros creadores se impuso a influencias exógenas que se disfrazaban de defensoras de la cultura nacional. Muchos de los que hoy escriben en el exilio, fueron disparados por aquellas medidas extremas. Los que quedamos, podemos considerarnos parte de una resistencia, aferrados a valores propios y a individualidades realmente fuertes. Unos y otros de alguna manera fuimos marcados por aquellos vapuleos. Eso se refleja en nuestras obras, sobre todo en la accidentada periodicidad en que pudimos darlas a conocer.

¿Cuál es su valoración sobre la permanente relación de amor y odio entre nacionalidad y universalidad, los riesgos de perder la identidad o encapsular la cultura?

Solo los países de culturas obligatoriamente cerradas conocen lo que llamas “permanente relación de amor y odio entre nacionalidad y universalidad”. Una expresión así niega viejas convicciones de los cubanos, incluido José Martí, hombre de extensa convivencia en metrópolis de otros países, que devino defensor de nuestra autoctonía. Quizás la forma más directa de dañar una cultura sea pretender encapsularla, algo extremadamente difícil en nuestro entorno occidental, con la tradición de influencias y la capacidad receptiva evidenciada por la trayectoria de Cuba. Las relaciones entre países y culturas, por muy adversas que resulten, establecen líneas de interrelación, zonas de interinfluencias. He subrayado que el afán universalista halla reflejo en el micromundo, lo genera el hombre mismo. Parecerá pedante remitirte a un texto mío, pero son ideas ya trabajadas en “Municipio Vs. Municipalismo”, de La ventana discreta. Este asunto suele traducir la obsesión de afiliarse a modas y tendencias que fenecen con rapidez y dejan un fardo menos generador de lo que se pensaba, simples tics de expresión, metalenguaje vacuo. Es manía feble, snobismo, subproducto ajeno a la creatividad verdadera. A veces el fruto de un empecinado “aggiornamento” es el traslado de neologismos y valores de la teoría en la obra de ficción, una suerte de polución verbal. Eso no guarda relación con la identidad o con el encapsulamiento.

¿Qué se considera, se siente más narrador, poeta, ensayista...?

Soy un escritor, simplemente. Al inicio de los años 60, siendo un narrador que comenzaba, publiqué un artículo que ya fijaba mi posición: “Los géneros estallan” (revista Unión). La intensa relación de los géneros para alcanzar una expresión que esté realmente en función de la obra deseada, puede resultar útil a la expresión, pero si la obra lo requiere, no por capricho o intencionalidad artificiosa. Lo poético asiste a la narración, y viceversa, si la obra “lo pide”, “lo dice” ella misma al creador auténtico. Sé que tu pregunta viene por la salida de mi primer poemario editado, Envidia de Adriano. ¡A los 63 años!, podrás pensar. ¿Y cuál es la edad de la poesía? En mi comprensión, es un género de madurez. No todos los jóvenes son Rimbaud, por más que lo deseen.

De sus libros, ¿cuál es el preferido y cuál disfrutó más escribiendo?

Yo siempre disfruto escribiendo, también investigando, lo denotan mis ensayos. Cuando estoy enfrascado en un nuevo libro, es el que prefiero. Tengo particular cariño por algunos, como Contradanzas y latigazos, Llorar es un placer, La fiesta de los tiburones y mi reciente novela Al cielo sometidos. También aprecio mi primera novela, Siempre la muerte, su paso breve, casi desconocida por las nuevas generaciones de lectores. Y amo El bello habano, quizás el más literario y juguetón de todos. Ahora tengo un romance con el que se presenta en la feria, Espiral de interrogantes (versión electrónica y en formato tradicional). ¿Ves? Casi te hago un listado completo. Teniéndolos a todos por hijos legítimos, es difícil escoger entre ellos.

Usted tiene una obra extensa y diversa, lo cual, junto a las ventajas de un hombre que se mueve en varios mundos, implica los riesgos de la falta de especialización, de hondura del conocimiento...

No es lo que piensan los críticos que han frecuentado mis libros. En el mundo existen muchos escritores como yo. La insularidad, las condiciones que han agravado el desenvolvimiento de nuestros autores y una buena dosis de holgazanería y pérdida de tiempo, no pueden tomarse como modelos. Mis modelos son otros. A quien desperdicia su vida en corrillos, en pretenderse magíster de grupos, andar a zancadas en cada brete, se le recordará como salonnier, espécimen tipificado en los cotarros culturales, pero no como un escritor de significación verdadera. No siempre quien escribe poco, es profundo. Suele ocurrir lo contrario. Estando en Cuba, no suelo desperdiciar mi tiempo. Tampoco en el exterior. Mi frecuentación de países diversos me ha permitido profundizar en conocimientos a los que un escritor estático no tiene alcance. Lamento que otros que con idénticas posibilidades, las desaprovechen.
 

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