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presentación de fuego
en Filadelfia
En busca de las palabras perdidas
Wideman es capaz de interiorizar varios lenguajes
adquiridos naturalmente y utilizarlos sin el menor rasgo
de artificialidad, esnobismo o colonialismo cultural. A
fin de encontrar el lenguaje que mejor le sirva, hurga
en un infinito inventario de formas hasta encontrar la
adecuada y apropiarse de ella para narrar cada estado de
ánimo, entrando y saliendo de laberintos de la memoria
para redescubrir su cultura y la atmósfera asfixiante en
la que desarrolla su búsqueda.
Germán
Piniella|
La Habana
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Portada de la edición cubana de Fuego de
Filadelfia
Editorial Arte y Literatura, 2003 |
Recuerdo el
deslumbramiento que experimenté al descubrir Rayuela,
el monumental rompecabezas novelado de Julio Cortázar, y
de cómo me maravillaba, al igual que tantos otros
lectores, de los malabares que el autor hacía con el
lenguaje. Tiempo después leí en una entrevista a
Cortázar que la escritura de aquella novela había sido
para él un ejercicio agotador. Según decía, había
quedado “despalabrado” cuando puso el punto final.
Si menciono
la anécdota no es por comparar a Rayuela con
Fuego de Filadelfia, ni a Cortázar con John Edgar
Wideman, sino para tratar de describir a los lectores la
sensación tan parecida que experimenté ― no al terminar
la traducción, sino mientras la hacía. Diría que en
muchas oportunidades me encontraba en una especie de
páramo lexical, en un limbo lingüístico mientras me
esforzaba por atrapar el término
que se escapaba.
A riesgo de
repetir lo dicho por López Sacha, ya que hasta esta
presentación del libro ninguno de los dos sabía lo que
diría el otro, me atrevería a asegurar que el autor no
es un escritor de estilo, sino más bien de estilos, o
incluso más allá. Wideman posee amplios recursos, es
capaz de interiorizar varios lenguajes adquiridos
naturalmente y utilizarlos sin el menor rasgo de
artificialidad, esnobismo o colonialismo cultural. A fin
de encontrar el lenguaje que mejor le sirva, hurga en un
infinito inventario de formas hasta encontrar la
adecuada y apropiarse de ella para narrar cada estado de
ánimo, cada recuerdo del protagonista, cada relación
suya con un entorno determinado, entrando y saliendo de
laberintos de la memoria para redescubrir su cultura y
la atmósfera asfixiante en la que desarrolla su
búsqueda.
Y es aquí
donde a menudo me encontré despalabrado, pues no se
trataba solamente de acudir al mataburro bilingüe en
los momentos de duda para buscar la palabra precisa. Por
suerte o por desgracia no poseo ningún diccionario de la
sintaxis que me ayude a traducir estructuras de lenguaje
como las del slang afronorteamericano, o debiera
decir de los slangs, pues hay varios en
dependencia de zonas geográficas y de clases sociales.
Como se sabe, no hablan igual los negros del sur que los
del norte, ni hablan de la misma forma negros y blancos
ni ricos y pobres.
Para
complicar las cosas (para mí) o enriquecerlas (para el
lector), en ocasiones Wideman utiliza una mezcla de más
de una jerga, como en el caso de los varios diálogos
entre Cudjoe, el protagonista, y su amigo Timbo, el
attaché cultural negro del alcalde negro de Filadelfia,
un intelectual adocenado que se complace en imitar la
jerga de los afronorteamericanos más desposeídos, al
parecer como compensación al abandono de sus ideales de
juventud. Timbo es lo contrario de un cheo
culturizado. (Quizás en este caso, en lo que se refiere
al lenguaje, debiera decir un “intelectual acheado”, de
los cuales tenemos entre nosotros algunos ejemplares.)
Wideman también mezcla el slang de varias capas
sociales, como lo que pone en boca de Calibán, uno de
los personajes de La Tempestad, de Shakespeare,
que Cudjoe pretende poner en escena.
El problema
que esto plantea para la traducción es encontrar un
compromiso. En primer lugar, no existen equivalentes
exactos en otros idiomas para el vocabulario de
cualquier jerga. Por otra parte, tampoco lo hay para la
sintaxis particular de una etnia, grupo social o la
particular de un escritor, sintaxis que en oportunidades
es mucho más rica y descriptiva que la que impondrían a
sangre y fuego algunos académicos, si se les
permitiera, con una especie de “Gramática Preventiva”
más feroz que una guerra de estos tiempos, para atacar a
supuestos terroristas del lenguaje.
Un
obstáculo adicional: mientras en la literatura
norteamericana se sigue utilizando una grafía para
remedar la pronunciación de las distintas variantes
dialectales, mucho más numerosas de lo que algunos
pudieran creer, en español se abandonó la práctica desde
los años 30 y 40, y hoy se considera anticuada.
La solución
que encontré es solo una solución parcial, como toda
traducción, y no la mencionaré aquí, ya que de todas
maneras tendrán que leer el libro. Sí diré que he
respetado la voluntad de estilo y de estilos del autor,
pues el traductor no es un sicario de la Gramática
Preventiva, presto a agregar comas y otras puntuaciones
donde no las quiso el autor, o a decir “¡cáspita!”, como
hubieran querido algunos, en lugar de otras
interjecciones más sonoras y humanas. Mi oficio es el
de transcribir, el de interpretar ―en el sentido en que
lo hace un músico o un actor―, lo puesto por el
escritor.
Los exhorto
a leer el libro. Cuando lo hagan podrán estar de
acuerdo o no con la traducción, condenarán al traductor
o se compadecerán de él. Pero sobre todo les aseguro que
a pesar de la niebla que es toda traducción, podrán
entrever a través de ella el fuego no solo de
Filadelfia, sino también el de las palabras
desesperadas, enternecedoras, angustiosas, magníficas,
compasivas e iracundas de John Edgar Wideman.
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