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Por qué Carilda Oliver es para mí una clásica de su
tiempo
Antonio
Piedra
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La Habana
A
veces —lo sugería Alfonso Reyes— las razones más
personales son las que deciden, inconscientemente, una
línea de investigación o una postura literaria. Es lo
que ha ocurrido con esta mesa redonda sobre Carilda
Oliver Labra, en la que la Feria del Libro de La Habana
homenajea a una de las mujeres más fascinantes del siglo
XX y a una poetisa, la única de la historia que ha sido
capaz de conferir al mito de don Juan una respuesta
femenina contundente –más mito, sí, pero para todos— al
hablar sobre algo tan importante como de una poética
que, además, guarda íntima relación con eso que llamamos
clasicismo viviente. La razón esencial arranca,
precisamente, de mí mismo porque la propia Carilda
Oliver, en su día y por la vía lectora, depositó en mí
eso que los latinos llamaban tationabile obsequium,
un razonable obsequio. La anécdota lo explica todo. Yo
había leído de Carilda Oliver muy pocas cosas. Sobre
todo el célebre soneto místico-amoroso “Me desordeno,
amor, me desordeno” que, como todo el mundo sabe, está
en casi todas las antologías eróticas que en el mundo
han sido.
Cuando
nos conocimos de verdad en carne mortal, lo primero que
Carilda Oliver me puso en los oídos fue la poesía de
Fray Luis de León y tras él todo un conocimiento
exhaustivo de la mística dorada de los siglos XVI y XVII
realmente impresionante. Y a continuación, y para
demostrar que las cosas tenían su correspondencia
colmada, me recitó un soneto de su libro Se me ha
perdido un hombre que resumía toda esa convicción de
clasicismo en vena que arrastra: “No me canso, mi amor,
ya de quererte”, que no es otra cosa que la réplica
moderna al célebre soneto anónimo “No me mueve, mi Dios,
para quererte”.
Siempre me ha acompañado esta impresión feliz carildiana
por dos razones: porque aquí, sin saberlo, siempre
despierta uno al consuelo de los clásicos, y porque
desde un libro tan lleno de clasicismo, como el aludido,
Se me ha perdido un hombre, todo se dispone para
que el lector sume el ritmo clásico, pero por una razón:
porque en él se entra de la mano de los clásicos y se
sale de él con Carilda Oliver en solitario. Y esto,
precisamente, es lo que pretendo demostrar en estos
minutos: que Carilda Oliver es una clásica de su tiempo.
No
teorizaré aquí sobre el concepto y acepciones de lo que
hoy día entendemos por clásico. Críticos, poetas y
novelistas notabilísimos –Sainte-Beuve, Reyes, Eliot,
Valery, Ernst Fisher, Aguiar e Silva, etcétera— lo han
hecho desde muy distintos argumentos. Tampoco lo haré
desde esa perspectiva apuntada de una lectura fervorosa.
Italo Calvino ya formuló en su libro Por qué leer los
clásicos toda una batería de razones —14 en
concreto— para el lector convencido, y no es necesario
volver a la carga. En los tiempos de Internet, el futuro
del autor clásico no descansa en un tiempo de lectura
afortunada, algo importante, sin duda, sino en la
perdurabilidad del arte que encarna —captar lo que no
puedes ver, recalcaba Marcial—, y en la fórmula que
elige. Carilda Oliver es consciente de este criterio
selectivo, y por ello, en la introducción que hace Tula
en Matanzas en 1861, no se fijará Oliver en los
destellos de la condición femenina, sino en esa cuota de
clasicismo que toda poesía anhela: “Felices aquellos
que escucharon el trueno de la emoción en su voz y
vieron el sello de eternidad en su frente... ¡Ah, qué
pocos adivinarían entonces lo que conturbaba
secretamente su corazón, qué pocos sabrían leer la
verdad en su frente misteriosa de poeta
desgraciada...!”. Lo que Carilda persigue es algo muy
elemental en la percepción de lo clásico: estamos ante
una nueva hermosura con su drama. El poema armoniza ese
hecho como un tiempo abolido que busca su instante
perdurable. Cuando un poeta asume de esta forma la
formulación de lo clásico como se hace aquí es que, como
apuntaba P. Klee, se empieza a transitar
inconscientemente “del tipo al arquetipo”. Es decir, de
lo permanente del arte a la individualidad más universal
del ente estético.
Ilustres críticos cubanos y españoles han señalado en
distintos ensayos y artículos que la poesía de Carilda
Oliver se perfila desde una condición femenina del
asombro, y que esta hay que entenderla dentro de una
crítica literaria de altos vuelos y alejada de cualquier
otra consideración incluyendo la política, porque
estamos ante una obra que se nos escapa por su
complejidad y por situarse en un espacio en el que la
perdurabilidad logra un espacio secreto que nos sigue de
soledad en soledad. Y no solo porque se diga aquí en un
marco de ilustres expositores, e independientemente
quién lo diga, sino por lo que en esos postulados se
señala como hecho novedoso poético, como postura
progresiva de una condición, y como una enormidad
intelectiva que no tiene escapatoria y que señala lo que
en otros queda abolido por incomprensión. Ello quiere
decir, sencillamente, que estamos ante una obra cuyos
fundamentos regulan eso que, desde Aristóteles, llamamos
categoría con validez universal, y que en el caso de
Carilda –y en esto, al menos para mí, se explica su
rango de clásico moderno— afecta a la experiencia de la
obra en sí, a la historidad que con ella se inaugura, al
desarrollo de las formas, y al destino de la misma en
una sociedad receptora.
Cuando
en 1949 escribe Carilda Oliver Al sur de mi garganta
lo primero que acusa la crítica es, precisamente, su
capacidad para armonizar la factura y el fondo del
clasicismo con la metáfora de la modernidad. No se busca
aquí una equidistancia para resaltar las diferencias
evidentes, sino algo mucho más complejo: pretende
constatar que todo ese fondo de relaciones forman parte
indivisible de una civilidad literaria, de una sabiduría
común que rebasa la línea divisoria de las Américas. Las
sucesivas apariciones de libros como Memoria de la
fiebre (1958), Desaparece el polvo (1984),
Se me ha perdido un hombre (1991), no hacen otra
cosa que acentuar una tendencia ya invariable en la
poesía carildiana: que la experiencia de la escritura
–la que suma débitos literarios como una calidad
intrínseca al propio desarrollo poético— va adquiriendo
esa familiaridad relacionante que traza una línea de
entendimiento entre la intimidad asumida y la historia
que, siempre asombrosa, va resolviendo en el hombre
algunos de sus enigmas más inquietantes. Sin duda, una
apuesta de intencionalidad clásica, porque en ella la
pervivencia de la poetisa Carilda Oliver se une a la
universidad de la historia –lo cubano en Carilda resulta
ser una cifra de exigencia y no una referencia meramente
social—y al devenir de una madurez sin tacha.
Esta
irrupción enriquecida del hecho poético, que en Carilda
Oliver se produce en los albores de la escritura
personal —de hecho se remonta a su primer libro titulado
Preludio lírico—, resulta ser tan precoz que
acaba explicando en verdad la propia historia de la
poetisa. Poco tienen que ver aquí sus puntos de vista
políticos por una razón: porque ningún materialismo
dialéctico le sirvió realmente para desviarse un ápice
de lo que su lengua y su literatura habían aportado a la
vida del pensamiento. Lo que sí pretende Carilda Oliver,
en cambio, es algo consustancial a sus convicciones
personales y que en este caso coinciden con las
literarias: que el idioma rebase sus propias barreras
expresivas para reconocerse en los demás y que los demás
lo reconozcan. Qué lucha tan titánica la de esta poetisa
para que el pueblo sustente los fundamentos de la
modernidad y al mismo tiempo detente la representación
más aristocrática. Virgilio luchó por algo parecido y
nos dejó, en consecuencia, un clasicismo incorporado al
porvenir de un pueblo como si fuera el propio. El poema
titulado “Hablo con todos”, perteneciente al libro
Desaparece el polvo resumiría esta percepción
indisoluble:
Hablo con todos,
sí,
con
todos,
con
los que burlan el fisco
y
la azucena,
con
los que tocan el violín,
con
los que rezan para que les caiga un testamento.
Todos son míos:
patéticos o impuros,
ministros o poetas,
suicidas o resucitados.
Hablo con todos.
Y
mientras digo todos también hablo conmigo
porque yo soy nosotros.
Un
gran riesgo este, sin duda, porque requiere que una
forma específica encuentre en la poetisa su indiscutible
alma: “rendir de amor alguna fiera” con un “idioma de
escombros”, es lo que decía también Alberti, que es
necesario revitalizar. Carilda aplica en esta
reconstrucción del idioma poético toda su condición de
clásico instinto con una tozudez encomiable: hasta dejar
el recurso sin aliento, sin otra posible sobrevivencia
o resolución que la expresada en el poema carildiano.
Prosas, timas, figuras, metros —¿hay alguno que Carilda
no haya domeñado y conducido a su paroxismo como ocurre
en Se me ha perdido un hombre? —, no son más que
las variantes formales de una realidad poética que sabe
hacia dónde se dirige y que sabe, además, que ahí se
agota su familiaridad con el arte. Nos hallamos, por
tanto, ante esa labor del clásico que abarca la
universidad de las formas para determinar con maestría
su propio destino.
Un
destino, es decir, la única senda en la que hombres y
dioses se entremezclan como pretendientes de una misma
eternidad, y que en literatura se recorre no tanto para
sobrevivir, sino como para establecer un proceso de
identidad. ¿Con quién? Léanse los libros que venimos
señalando y sabremos qué entiende Carilda Oliver por
destino literario: una feliz confluencia de pueblo y
poesía. Puede que aquí algunos consideren necesario
separar el eros político de la realidad estrictamente
literaria. Pero creo que no lo es, porque lo esencial
que Carilda recoge en sus versos de ese pueblo, extienda
la mano de una forma o de otra, viene a coincidir con lo
que todo clásico de cualquier tiempo identificó con una
esencia popular: la que arrastra todo poema cuando
enfila un proceso de libertad.
Sin duda, hay otras razones que remarcan en Carilda
Oliver Labra su condición de clásico. Las señales son
suficientes, al menos para mí, para ajustarse a dicha
condición. |